Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Otra oportunidad con la vida #2
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Otra oportunidad con la vida #2

Si tomaba esa decisión, tendría que estar convencida hasta el tuétano de que lo hacía por ella.

Solo por ella. No para prolongar un lazo roto, no para sostener una esperanza que ya no le pertenecía.

Tendría que ser una elección suya, libre, firme.

Parte de su plan. De su ruta. De su vida.

Y aunque avanzaba hacia ello, aún no había llegado del todo.

Era una tarde a mediados de julio, a solo unos días del viaje a La Habana para gestionar los trámites de la visa, cuando Adam le propuso encontrarse en el bar Lumière, para tomarse algo y conversar tranquilos.

Sofía leyó el mensaje sin prisa… y sonrió.

El lugar escogido le pareció casi un guiño del destino.

Ese sitio tenía algo inefable: una calma cálida, un aire de renacimiento. Y pensó, con esa certeza serena que da saberse en el centro de una misma, que lo que fuera que sucediera allí… sería lo que tenía que suceder.

Eligió con mimo lo que iba a ponerse, pero no desde la ansiedad del impacto, sino desde el placer de sentirse cómoda en su piel. Quería sentirse liviana, irreverente, tranquila. Ya no tenía nada que demostrar, ni que decidir. Solo se debía lealtad y coherencia a sí misma y a su propio futuro.

Se puso un vestido blanco de lino, por encima de las rodillas, suelto y audaz, como el verano, y unas sandalias carmelitas, sencillas. Llevaba su pelo suelto, ondulado, con olor a jazmín y aquel perfume floral seco, ese que usaba cuando quería sentirse libre.

Puso en marcha su playlist  y salió al encuentro. En ese instante sonaba Ana Belén:

♫22- Todo lo que diga está de más… Las luces siempre encienden en el alma, y cuando me pierdo en la ciudad …♫

Salió a la calle con el volumen justo para aislarla del ruido y devolverla a sí misma.

La música siempre la salvaba; esas canciones la hacían flotar por encima de todo.

Y así caminaba: paso a paso, ligera, firme, presente.

No solo avanzaba hacia el bar… también hacia esa versión de sí misma que, al fin, la definía.

Cuando llegó, lo vio. Adam estaba en una de las mesas del patio, bajo la sombra de un árbol. Traía una camisa blanca, coincidentemente, y el pelo un tanto despeinado. Una cerveza delante y la mirada fija en la puerta. Esperándola. Lo observó de lejos unos segundos, con ternura.

Sofía se detuvo un instante en la sala de entrada y se quitó los auriculares mientras la voz de Fito Páez sonaba de fondo. Por un momento, el Lumière se le volvió hogar.

Caminó despacio por el pasillo, dejándose envolver por el ambiente.

Se detuvo frente a los lienzos abstractos de Samir, su amigo artista plástico, que colgaban de las paredes como torbellinos de color.

Había algo hipnótico en ellos. Caos convertido en calma.

Como si también ellos contuvieran un mensaje para ella.

No sabía qué iba a pasar esa tarde. Pero sí sabía, sin duda, que iba a ser importante.

Cuando llegó al patio y se acercó a la mesa, Adam se levantó de inmediato. Le abrió la silla con esa elegancia instintiva que nunca perdía. Sofía lo saludó con un beso en la mejilla, breve y sereno, y se sentó con una naturalidad nueva, relajada y observadora.

Mientras se acomodaba, sintió una mirada sobre los hombros.

Era Darío, el dueño del bar, recostado en una columna cercana, tenía los brazos cruzados y su aire despreocupado.

La miraba con esa sonrisa suya, pícara y cómplice, que decía más que todas las palabras.

Sí. Estaba comprobado: Sofía se sentía en casa.

Ella le devolvió la sonrisa con un gesto sutil, cargado de complicidad. Y él, sin dudar, se acercó hasta la mesa.

—Buenas tardes, señorita —le dijo con voz cálida, inclinándose apenas hacia ella—. ¿Qué le traigo?

Sofía no dudó ni un segundo.

—Sorpréndeme —respondió, acompañando las palabras con un guiño ligero.

Darío lo entendió al vuelo. Mandó a preparar su peach daiquiri  favorito.

Minutos después, se lo dejó sobre la mesa con un gesto amable, pero elocuente: una sonrisa ladeada y un brillo en los ojos que le recordaban, sin necesidad de palabras que, aunque la mayoría de los hombres no sabían cómo amar a una mujer que no los necesitaba…

ella era de las que, antes de conformarse, apostaría por la rara posibilidad de encontrarse con uno que sí supiera.

Adam, con su cerveza en mano y visiblemente incómodo por la cercanía inesperada de Darío, reclamó su lugar en la mesa con una sonrisa suave. Sofía, por fin, lo miró directo a los ojos. Y entonces él, sin decir una palabra más, deslizó sobre la mesa dos pasajes de autobús impresos.

—Son para este fin de semana —dijo con voz baja, tenso, observador—. Para La Habana… tienes que decidirlo ya, Sofía. No hay más tiempo.

Sofía los miró. Tocó el papel como si ardiera un poco.

Le devolvió la sonrisa, pero más con los labios que con los ojos.

Adam aprovechó ese instante para acariciarle la mano, apenas un roce.

Pero justo entonces, el teléfono de Sofía vibró sobre la mesa.

Ella no iba a responder… hasta que vio el nombre en la notificación: César .

Abrió el mensaje sin poder evitarlo. El destino tenía maneras crueles de enredarlo todo: una captura de pantalla mostraba un boleto de avión desde Nueva York hasta una de las playas más hermosas del país. A nombre de César. Cancelado.

Sofía frunció el ceño, entre sorprendida y confundida. Pero antes de poder pro césar lo, entraron tres mensajes nuevos:

César:     Doctora, iba a darte la sorpresa

este weekend…

pero la vida es una cabrona.

Me cancelaron el vuelo por mal tiempo.

César: Estoy un poco down con eso.

No sé cuándo vuelva a tener días libres.

Había reservado en un sitio precioso…

y si lo cancelo ahora, pierdo el dinero.

César: Ya lo sé, tremendo drama.

Sofía no daba crédito. «¿Es esto en serio?» «¿ César  de verdad ha intentado venir a verme?»

Nuevas notificaciones interrumpieron sus pensamientos:

César:     Sé que no será lo mismo sin mis ojos verdes,

pero…Creo que deberías ir tú sola.

A darte otra oportunidad contigo… y con la vida.

A estrenarte ese vestido negro …

César:     Supongo que eso se parece un poco a eso

de «escogerte a ti misma» que me soltaste hace

unos días.

César:     Eso sí: si te lo pones, mándame una foto.

O al menos una pista, cuando te lo quites.

Sofía sonrío. No pudo evitarlo. Y, como si César  siempre estuviera al tanto del momento justo, llegó una última notificación. Otra captura de pantalla: un pasaje en autobús, esta vez a nombre de Sofía, para esa misma playa. Ese mismo fin de semana.

Abajo, un mensaje breve, sin presión, pero con toda la intención:

César:     Por si te animas.

Sofía se quedó quieta. Los ojos se le humedecieron, pero no por tristeza. Volvió la vista hacia Adam… y por fin lo vio entero, con todo lo que era y todo lo que no pudo ser.

Él esperaba su respuesta con los labios temblorosos, conteniendo su incertidumbre.

Pero Sofía ya no tenía rencor. Lo suyo había sido un amor bonito, de esos que se sienten con las vísceras, incluso cuando duelen, incluso cuando no convienen, de esos que ocurren pocas veces en la vida y no todos tienen la dicha de sentir.

Y ella había decidido defender eso. Lo había perdonado.

Y mejor aún, se había perdonado a sí misma.

En ese momento supo que estaba en paz con lo que vivieron… y también con lo que no.

Tomó sus manos con ternura y lo miró hondo, como grabando su rostro en un lugar donde ya nada podría borrarlo. Él le sonrió, sereno. Ella respiró despacio. Tocó los pasajes sobre la mesa, los sostuvo apenas un segundo, y con una calma luminosa los deslizó de nuevo hacia él. Sin soberbia. Sin drama.

Se inclinó despacio hacia a su rostro, rozó su mejilla con un beso suave y, al oído, con la voz más delicada que guardaba, por fin se lo dijo:

—Lo siento mucho, Adam. De veras que sí… Te amé, te amé con todo lo que soy. Nunca lo olvides. Pase lo que pase.

Se puso de pie.

Salió del Lumière con los labios rojos intactos y los adoquines bajo sus pies.

Cruzó su comarca de tinajones y sombreros, con los auriculares puestos otra vez, y aquella canción de Silvio calándole los huesos:

♫23- Una mujer se ha perdido, conocer el delirio y el polvo... Se ha perdido esta bella locura, su breve cintura debajo de mí… Se ha perdido mi forma de amar,       se ha perdido mi huella en su mar … ♫

Fin…