Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Otra oportunidad con la vida
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Otra oportunidad con la vida

XLIX

La luz impertinente del amanecer se filtró por la ventana del cuarto médico y le ardió directo en los ojos a Sofía.

Tardó unos segundos en ubicarse, pero lo supo apenas sintió la textura de una piel familiar bajo su mejilla: estaba recostada sobre el pecho de Adam.

Otra vez. En una de esas camas sin dueño, sin historia, como tantas otras veces.

Él dormía profundo, con la respiración serena y el gesto en calma.

Y eso fue lo primero que la desconcertó: su paz.

Esa paz que con ella nunca había alcanzado.

Lo miró por unos segundos, en silencio, con una rabia tibia que no era contra él… sino contra ella misma.

William nunca se equivocaba, ya debía haber aprendido eso. Era una bofetada de conciencia: «¿Qué rayos hago aquí, de nuevo?» «¿Cómo he terminado otra vez entre sobre su cuerpo, dentro de su órbita?»

Ese hombre —el mismo que durante un año repitió que la amaba, pero jamás se atrevió a elegirla— acababa de hacerle el amor, otra vez, hacía solo unas horas.

Y lo hizo con ese equilibrio perfecto entre pasión y ternura que no dejaba espacio ni para un reproche que la reconfortara.

Con esa entrega que desarma cualquier defensa. que no permite reclamar… nada.

Y sí, lo había disfrutado. Lo había sentido brutalmente real. Tal parecía que su cuerpo no aprendiera nunca. Todos esos años estudiando el cerebro parecían no servirle de nada cuando era la piel la que decidía, cuando el latido imponía su ritmo por encima de cualquier sinapsis.

Pero en la claridad implacable del amanecer, se sentía vulnerable.

Dentro de ella había un hueco. Un silencio inquisidor que no se llenaba con orgasmos ni con ternura.

Había un vacío que dolía justo donde, tan solo unas horas antes palpitaba la promesa —y hasta la esperanza— de no volver a fallarse a sí misma.

Se levantó con cuidado para no despertarlo, recogió sus cosas y salió del cuarto.

Caminó por los pasillos silenciosos del hospital con el alma encogida, con la punzada amarga de saberse en deuda consigo misma.

Cada paso era un recordatorio cruel de la noche anterior: la tensión contenida, las caricias, los susurros, los besos voraces.

Había sido una detonación precisa… y devastadora.

La mente se despejaba, el placer se le volvía áspero, imposible de digerir. Lo que horas antes había sentido como éxtasis, comenzaba a inundarla como una derrota. Se descubría traicionada por su propio deseo.

Un recuerdo se le encendió como un replay  involuntario: ese momento de la noche en que, entre caricias y besos, él le pidió que se fueran juntos a la capital...; y cómo su corazón, desbocado y desobediente, le respondió con un incoherente: «Vale, intentémoslo de nuevo».

«¿Cómo pudiste decir eso, Sofía?», se reprochaba con furia.

Porque ya era un hecho, lo había lanzado así, como una moneda al vacío.

Había olvidado de golpe todas las heridas que seguían abiertas.

Había ignorado que él seguía casado, y que eso era parte de un plan de vida en el que ella nunca había estado incluida.

En ese instante de fría introspección lo vio con nitidez.

Tal vez aquella invitación, esa carta, esa propuesta…

no eran un gesto sincero, sino una extensión calculada del mismo libreto de siempre.

No un acto de amor, sino de control. Una jugada para apaciguar su ego.

Para sentirse, otra vez, el hombre que lo consigue todo.

El que podía ganarla y retenerla de nuevo…

aunque jamás hubiera sabido cómo amarla bien.

Sofía se detuvo en seco. Apoyó las manos sobre las rodillas, doblada, también por dentro, en medio de un pasillo vacío.

Cerró los ojos con fuerza, tratando de empujarse hacia afuera ese nudo en el pecho.

Quiso gritarse, sacudirse, regañarse. ¿Hasta cuándo iba a permitir que lo que sentía por él la arrastrara —constantemente— a los mismos lugares donde ya había quedado hecha pedazos?

¿Por qué la traicionaba el deseo insulso, de que fuese diferente la próxima vez?

Respiró bien profundo. No para calmarse, sino para sostenerse. Porque el cuerpo tiembla cuando el alma se dispersa, y la suya estaba a punto de distorsionarse otra vez.

Fuera del hospital, la ciudad despertaba como si nada.

La vida seguía su curso, implacable, ajena.

Y en medio de ese silencio brutal, Sofía lo entendió con una claridad incómoda: si no se elegía a sí misma —con brutal egoísmo y obstinación— volvería a quedarse sola y rota.

Aún podía decidir. Pero esta vez… tenía que ser por ella… Y solo por ella.

Decidió que no le contaría a nadie lo que había pasado.

No podía. Decirlo en voz alta sería amplificar el eco, y con el que ya retumbaba en su interior bastaba.

Así que caminó sola hasta su casa, como quien regresa del campo de batalla: con el cuerpo entero, pero con el corazón traicionado.

Abrió la puerta con las llaves temblorosas y fue directo al baño. Sin pensarlo. Sin detenerse.

Se desnudó como si se arrancara la noche de encima, y se metió bajo la ducha como si el agua pudiera disolver todas sus malas decisiones. No era solo un baño, era un exorcismo silencioso.

Quería hacer las paces consigo. Y, más que nada, quería encontrar esa fuerza —la que tantas veces había postergado— para hacer, por fin, lo que debía. Porque atreverse a ser quien una es, no siempre se siente como un alivio. A veces, se percibe como un desgarro necesario .

Cuando se acostó en su cama, envuelta en sábanas limpias y con el cuerpo aún húmedo del baño, su teléfono vibró.

El sonido, breve, certero, rompió el silencio con la puntualidad de una señal.

Sofía giró el rostro, en esa mezcla de autoreproche y redención, y al ver el nombre en la pantalla… no pudo evitar sonreír.

Era César , como si el universo, en un acto mínimo de compasión, le hubiera enviado un respiro.

César:     ¿Sería muy loco si yo fuera a verte?

Sofía frunció el ceño, entre curiosa y agotada.

Sofía:     ¿Sería muy loco creer

que me hablas en serio?

Pasaron apenas segundos.

César: Realmente nunca me había planteado

volver a Cuba. Pero no puedo parar

de pensar en ti.

Ella sonrió, incrédula y a la defensiva, como si una caricia se colara en medio de la decepción.

Sofía: Hay cosas con las que

no se juega, César .

César: No estoy jugando.

Tampoco dejo de pensarte

con ese vestido negro puesto.

Ella cerró los ojos por un segundo, respiró profundo.

Sofía:     Mi vida ahora mismo está

tan al revés …

que no tengo energía para intentar

tomar en serio lo que estás diciendo.

César  tardó un poco más esta vez.

César:     Nunca se sabe, Doctora.

A veces ser feliz es más simple de

lo que nos parece.

Dicen que de los imprevistos...

nacen las mejores historias.

César:     Es importante hacerse caso a uno mismo.

Así que si estas ganas locas de verte

continúan.

Iré por ti… así mismo: a ciegas.

No tengas duda.

Sofía se quedó mirando la pantalla. No escribió nada. Solo se quedó ahí, con el corazón al galope… y la intuición en guerra.

Entonces buscó el chat de Adam… y a él sí le escribió:

Sofía:     Lo de anoche no debió haber pasado.

No creas que te culpo. Me dejé llevar,

pero ya no solo se trata de ti y de mí.

Sofía: Ahora tienes una esposa y si te conozco

un poco, sé que tampoco estás del todo bien

haciendo esto.

Creo que debemos mantener las distancias

mientras sea posible.

Adam no sintió culpa, no del todo. Lo que lo desbordaba era el peso de sus malas decisiones.

Haber pasado la noche con Sofía había sido justo lo que deseaba…

y lo que mejor lo había hecho sentir en meses.

No se trataba solo de sexo. Era ella. Su compañía.

Su risa entre frases. Dormir abrazado a la mujer que todavía amaba, como si el mundo se detuviera para ellos dos solos.

Era una especie de droga —dulce, dolorosa, irrenunciable—.

Pero al leer el mensaje de Sofía, supo al instante que tenía razón. Que no podía arrastrarla a ese lugar otra vez, ni usar el deseo como excusa para prolongar lo inevitable.

Entonces respondió:

Adam:     Me gustaría decirte que lo siento,

Sofía, pero no es así.

No puedo evitar mirarte, desearte,

querer tocarte cuando estás cerca.

Adam:     Así que sabrás que volver a hacerte

el amor y abrazarte toda la noche no es algo

de lo que me pueda arrepentir.

Sería hipócrita decirlo. Pero sí sé que no es justo

para nadie más. Y tú mereces algo limpio.

Algo que no te rompa por dentro.

Adam:     Intenta separar esto del entrenamiento en Argentina,

de lo que ocurre entre nosotros.

Es algo muy bueno para tu carrera.

No dejes pasar esta oportunidad por mí.

Sofía cerró los ojos, apretó el celular contra el pecho… y, a los pocos minutos, se durmió.

Pasaron los días. Incluso las semanas. Adam, instintivamente, la interceptaba cada vez que podía —en un pasillo, entre neuroimágenes, durante las interconsultas—, pero Sofía lo esquivaba con la misma precisión con la que había aprendido a blindarse.

Lo hacía sin enojo, sin drama, pero con una firmeza inquebrantable.

No volvieron a estar a solas. No se rozaron siquiera. No hubo más noches compartidas ni palabras al oído. Ella no lo permitió… y él, aunque le doliera, lo respetó. Pero eso no hacía las cosas más fáciles.

La idea del entrenamiento en Argentina seguía flotando sobre su cabeza como una nube densa. Por momentos la seducía con promesas de futuro y autonomía. Por otros, la acorralaba con la sospecha de estar disfrazando de impulso profesional lo que quizás aún era un resquicio de ilusión.

Y eso… eso le jodía en lo más profundo. Le jodía no estar segura, no saber si, en el fondo, una parte de ella aún quería sentir que podía haber algún buen final para Sofía y Adam.