Cosas de neurofisiología
XLVIII
Pasaron un par de semanas sin que Sofía respondiera a Adam. Él tampoco insistió. El silencio era comprensible: sabía que lo que había dejado en aquel sobre no era solo una carta, era dinamita. Y a la dinamita no se le aprieta: se le concede espacio.
Sofía, por su parte, se refugió en la rutina. Pero a comienzos de mayo le tocó, junto a Karen, una rotación corta de quince días en Neurocirugía. Allí se cruzaba con Adam a diario.
Él estaba en su elemento: lideraba los pases de visita, coordinaba las guías clínicas, dirigía sesiones académicas.
Sus habilidades como docente eran brillantes: hablaba con precisión, sin prisa.
Tenía esa forma suya —tan infalible como irritante— de volver comprensibles hasta los diagnósticos más intrincados.
Sacaba esquemas y recursos nemotécnicos de debajo de la manga, como si la claridad fuera su arma secreta.
Era adictivo verlo en acción. Disfrutaba enseñar, pero disfrutaba aún más saberse capaz de hacerlo como nadie. Y Sofía no podía evitar admirarlo. Esa admiración corría por un carril distinto al de sus heridas y reproches. Adam era, sin dudas, un neurocirujano extraordinario.
Cada vez que lo veía caminar por los pasillos con esa seguridad que parecía heredada desde la infancia, y lo escuchaba desglosar paso a paso el abordaje quirúrgico de un caso complejo; cada vez que lo observaba cerrar los ojos por un instante, como si trazara el mapa exacto del cerebro o de la médula antes de entrar al quirófano… algo se le removía por dentro.
Él tenía un don. Operar en el sistema nervioso le salía mejor que todo, incluso que amar.
No era deseo —o no solo deseo—. Era esa clase de admiración que se instala en lo más hondo de la mente y no se disuelve ni con la rabia ni con el aislamiento. Una admiración obstinada, inmune incluso al desencanto. Una grieta por donde podían filtrarse cosas que nunca debían volver.
Uno de aquellos días, tras una conferencia sobre tumores gliales —que él, con su manera hipnótica de explicar, había vuelto casi encantadora—, Karen lo observaba fija, entre fascinada y suspicaz. Al salir del salón, se inclinó hacia Sofía y le susurró sin apartar la vista de Adam:
—¿Segura de que no lo has perdonado?
Sofía la miró sorprendida; Karen no solía meterse en la vida de los demás. Apretó los labios y siguió caminando, confiando en que el silencio frenara la curiosidad de su colega.
—Lo digo porque esa energía entre ustedes se nota. No disimula la manera en que te mira. Y además, Sofi… él es encantador. Encima, te explica lo que te gusta de un modo que no aparece en ningún libro. Debe ser difícil tenerlo de profesor ahora mismo.
La mente de Sofía se llenó de pasajes que creía sepultados: momentos en los que Adam le había explicado, en espacios muy íntimos, aquello que no aparecía en los manuales…
Estar allí era un déjà vu. La única diferencia era que, en ese instante, no hablaba solo para ella.
Y, en verdad, no era tan complicado como Karen insinuaba. Al menos eso se decía a sí misma.
—Tranquila, no es tan difícil como parece. Puedo manejarlo —respondió con ligereza.
Pero lo cierto era que verlo así, tan dueño de su entorno, tan sereno en medio de las complicaciones, no le facilitaba la intención de no pensar en aquel sobre y eso la desordenaba por dentro.
Porque el Adam del que se había enamorado también era ese: el que hablaba con dominio, el que desmenuzaba lo complejo con una suavidad inesperada, el que lograba que hasta los más distraídos lo escucharan atentos.
No era sencillo. Porque no solo ella lo admiraba. Se notaba en las miradas de los otros residentes, incluso en la de Karen, en los murmullos de respeto apenas disimulados, en esa especie de aura que rodea a quien ama lo que hace con precisión casi divina.
Ese mismo día había guardia, y la noche resultó ser una de esas demasiado largas e indefinidas, en las que el destino —caprichoso como siempre— vuelve a girar la ruleta sin pedir permiso. ¿A favor o en contra de Sofía? Eso solo podría saberse después.
El equipo de residentes de Neurocirugía estaba activo. Adam había delegado las tareas en William, mientras él se refugiaba en el cuarto médico, concentrado en el estudio para su examen estatal y en la presentación de su tesis.
A Sofía, honestamente, el quirófano no le entusiasmaba. Estaba lavándose las manos después de una craneotomía por un hematoma epidural, cuando le preguntó a William:
—Oye… ¿puedo saltarme la próxima cirugía?
—¿Y desde cuándo me pides permiso a mí para eso? —le respondió él, alzando una ceja con media sonrisa.
—Bueno… por más que le pese a mi ego, tú estás al mando esta noche.
—Por mí puedes irte ahora mismo a descansar. Pero no soy yo quien tiene que firmar mañana que estuviste las veinticuatro horas de guardia. —le recordó haciendo ese gesto de «ya sabes quién es». — Aunque si prefieres estudiar… o irte con los tuyos…
—No, con los míos no. Después dicen que los neurocirujanos no enseñan nada — bromeó Sofía, y ambos rieron.
William se le quedó mirando con esa calma suya, tan distinta al ritmo general del hospital.
—Vete, Sofi. Pero si me dejas decir algo… hoy, tu lugar más seguro es el quirófano.
—¿Lo dices por Adam?
—Lo digo por los dos. Ustedes dos son magnéticos, no se ven como se miran… pero yo sí. Y es mucho. Demasiado, aunque se esfuercen por negarlo.
Sofía bajó la mirada, algo entre incómoda y agradecida.
—Gracias por el consejo William, pero estoy bien, en serio. Estoy a salvo.
Subió a la sala de Neurocirugía con la intención de darse un baño. Cuando entró al cuarto médico, lo vio allí, frente a su laptop, con la frente fruncida, los ojos fijos, como si diseccionara el mundo desde la pantalla.
Adam levantó la vista y al verla le sonrío.
—¿Qué tal el epidural?
—Todo bien. William lo hizo de maravilla.
—Me alegra que no me hayan necesitado.
—¿En serio? ¿Te alegra eso? —preguntó Sofía con una sonrisa irónica y algo más en la voz.
Él no respondió. Solo la miró con un gesto íntimo y silencioso. Le bastaba tenerla cerca, y, no molestarla era su manera de mantenerla así. Sus ojos agradecían su presencia como quien agradece un privilegio inesperado.
Sofía tomó sus cosas con calma medida y entró al baño.
Le pareció un acto temerario, casi insensato: desvestirse para tomar una ducha a menos de dos metros de Adam, con solo una puerta delgada entre ambos.
Cerró el seguro con un clic seco apenas sintió el primer pensamiento colarse en su cabeza…
pero ya era tarde: su cuerpo había reaccionado antes.
Le temblaban las manos mientras abría el grifo.
El pulso se disparó. El agua tibia no bastaba para disolver el vértigo súbito que le provocaba saberse tan cerca, tan físicamente expuesta…
y, sin embargo, invisible para él. Porque Adam, ahí afuera, seguía absorto.
En sus esquemas, sus papeles, sus rutas neuroquirúrgicas… o al menos eso le parecía.
Al salir del baño, lo encontró de pie, caminando de un lado a otro del cuarto médico. Tenía el ceño fruncido y los pasos erráticos. Parecía abrumado.
—¿Qué te pasa? —preguntó Sofía, guardando los lapiceros en el bolsillo.
—Estoy un poco atormentado —respondió, sin mirarla del todo—. Siento que no avanzo. Es demasiada información y todo parece urgente.
Sofía lo observó un instante: despeinado, con los ojos hinchados por un cansancio que solo conocen los obsesivos.
—¿Quieres café? —le dijo, señalando el termo en su mochila.
—¿En serio? Pensé que nunca más me lo ibas a ofrecer, que ya no era digno de tu famoso café.
—Deja el drama —replicó Sofía—. ¿Quieres o no?
—No hay forma de que te diga que no… y menos si es por café.
Entonces, en un gesto que no supo si era ternura genuina o estrategia emocional encubierta, se le acercó con un vaso en la mano. No lo miró directo. Solo estiró el brazo.
—Si quieres… puedo ayudarte a repasar un rato.
Adam alzó la vista. Olió el café como si fuera oxígeno. La mirada se le suavizó de inmediato.
—¿Estás segura? ¿Tú… ayudándome a estudiar neurocirugía?
—No me interesa abrir cráneos ni columnas, ya lo sabes. Pero puedo preguntarte las tarjetas… leer los casos clínicos. Hacerlo más dinámico… No tengo nada mejor que hacer. Ese quirófano es muy aburrido.
Él hundió los ojos en el café y esbozó una sonrisa que, por un segundo, pareció sincera y no defensiva.
—Sería un placer… tenerte de nuevo como aliada en el estudio.
La palabra «aliada» flotó en el aire, suspendida entre el pasado y el presente, entre lo que habían sido y lo que fingían olvidar. Un segundo apenas… pero suficiente para que ambos lo sintieran.
Sofía se sentó frente a él. Su piel aún estaba tibia por la ducha y su respiración todavía alterada por todo lo no dicho. Adam volvió a concentrarse en sus apuntes; tenerla cerca lo calmaba. Era eso, justo eso, lo que en realidad necesitaba.
Ella tomó las tarjetas que él tenía desperdigadas sobre una cama y empezó a lanzarle preguntas, una tras otra. Él respondía con esa precisión casi arrogante que solo le salía cuando estaba en su elemento. Falló solo una. Pero obvio, esa no estaba en ninguna tarjeta.
—¿Los potenciales de fibrilación y ondas positivas en reposo durante una electromiografía, sugieren el diagnóstico de...? —preguntó ella, mirándolo de reojo, como quien lanza un anzuelo.
Adam frunció el ceño. Repasó todos sus esquemas y nemotecnias en su mente, pero no halló la ruta. Se quedó en blanco.
Sofía arqueó una ceja, divertida.
—Claro… ¿qué vas a saber tú de eso? Eso es neurología pura.
Él la miró entrecerrando los ojos, sin dejar de sonreír.
—Acabas de inventarte la pregunta, ¿verdad?
—Obvio —dijo ella, conteniendo la risa—. Alguien tiene que darte una dosis de humildad.
Adam fingió una risa baja, esa que hacía con la garganta.
—Al final… —añadió Sofía, mientras barajaba las tarjetas— parece que tú sí vas a necesitar ese entrenamiento de neurofisiología.
Él alzó la vista, y esta vez no fue solo una mirada. Fue una invitación muda, cargada.
—¿Y tú?... Ya que lo mencionas ¿Qué has pensado sobre eso? ¿Qué vas a hacer?
Sofía giró una tarjeta entre los dedos, como si necesitara distraer a sus manos de lo que pasaba dentro de ella.
—Nada todavía. Me cuesta decidir cuando algo me da miedo.
—¿Te da miedo? —preguntó él, bajando la voz.
—Sí —respondió sin titubeos—. Sería muy fuerte volver a enredarme en una historia que me ha costado tanto soltar… Es una oportunidad profesional, sí, pero implica estar al lado tuyo. ¿no?
Adam guardó silencio. Bajó la mirada, pensativo, pero enseguida volvió a alzarla, con una seriedad nueva.
—¿Sabes qué hace un neurocirujano apuntándose a un entrenamiento de neurofisiología?
—No. Sorpréndeme.
—Intenta estar cerca de las pasiones de la mujer que ama… aunque ella lo mire así, con tanta duda y tanto miedo, como me estás mirando tú ahora.
—Ya, claro… ¿serías capaz de no ir tú? Para que yo no me lo perdiera. ¿O tu presencia es un requisito indispensable?
Adam sonrió, divertido.
—Sería capaz de decirte que no iré, solo para que vayas creyendo que mi presencia no es indispensable. —Arrastró su silla despacio, acercándose sin romper el contacto visual.
Sofía tragó en seco. Se quedó paralizada, mirándolo a los ojos, sin saber exactamente por qué.
El miedo y el deseo, otra vez, hablaban el mismo idioma.
Ya estaba arrepentida de ese estudio improvisado, de haber intentado compartir con él un espacio que no doliera, de creer siquiera que podía haber paz entre los dos.
—Ya deja de mirarme así, por favor— dijo él
—¿Así cómo? —respondió ella con una voz que se apagaba.
—Así como me estás mirando ahora… —le dijo, acercándose más— como si nunca pudieras tenerme, y al mismo tiempo… te estuvieras muriendo porque te hiciera el amor ahora mismo.
Sofía se quedó congelada. Algo en ella —antiguo, visceral— se salía de control. Su mente retrocedía, temía; pero su cuerpo lo deseaba. Lo reclamaba.
Adam no pidió permiso. Se inclinó hasta rozarle los labios con los dedos; al instante, sus manos bajaron por su cuello y encontraron, sin esfuerzo, los lugares que ya conocían. La rodeó por la cintura y, al no sentir resistencia, la atrajo hacia sí. Ella se sentó sobre él instintivamente.
Sus bocas se encontraron en un choque que ninguno detuvo, un beso urgente, con la violencia dulce de querer borrar el tiempo, los errores y las palabras no dichas.
Adam creía que podía curar con su boca lo que había herido con su torpeza .
Sofía cerró los ojos e intentó contenerse unos segundos, hasta que no pudo más. Arqueó el cuello y respondió con la misma intensidad: sin tregua, sin medias tintas. La corteza prefrontal estaba apagada; nadie pensaba.
Lo levantó de la silla y lo empujó contra la cama, tirando las tarjetas al suelo. Se abalanzó sobre él con la necesidad de quien recupera aire tras semanas bajo el agua. Los besos se volvieron mordidas. La entrega, hambre.
La ropa cayó entre ellos como un estorbo inútil, arrancada con torpeza y prisa.
Se buscaron con un frenesí que ya no admitía frenos.
Cada caricia era hambre y revancha; cada beso, una herida que ardía y se cerraba al mismo tiempo.
Él la recorrió como si su piel fuera un mapa que conocía de memoria, pero necesitara redescubrir: era ofrenda y castigo a la vez.
El vértigo los arrastró hasta el final. El orgasmo los tomó juntos, brutal, como un incendio que arrasa y después deja solo la ceniza. Entonces Adam bajó la frente hasta la de ella. Se quedaron abrazados, los ojos cerrados, respirando al unísono, todavía temblando.
—Sofía… —susurró él, sofocado, apenas audible—. Déjame hacerlo bien esta vez. Vente conmigo a la capital. Por favor.