Otra vez abril
XLVII
Sofía estaba sentada en la cama, con el sobre todavía entre las manos. Lo examinaba con la ansiedad de quien teme que un simple papel pueda estallar. No era el contenido lo que la asustaba, sino lo que podía remover dentro de ella. Al final lo abrió. Sin rituales, sin rodeos.
Dentro encontró una carta de inscripción para el entrenamiento en neurofisiología avanzada en Buenos Aires, a comenzar en septiembre.
No era un simple gesto al azar: Adam había movido contactos, gestionado la invitación y asegurado la posibilidad de conseguir una visa en julio, cuando él regresara a La Habana.
Junto a la carta, había una nota breve, escrita con su letra inconfundible:
Esto no tiene que ver conmigo Sofía. Tiene que ver con tus propios sueños.
Acéptalo porque lo mereces, no porque yo te lo esté ofreciendo.
Si no quieres hacerlo por nosotros, hazlo por ti.
Es una gran oportunidad profesional.
Y sí, también me hace mucha ilusión… que pasemos juntos ese entrenamiento.
PD: Es en septiembre. Te da tiempo a hacer el examen de pase de año.
Adam.
Sofía se quedó inmóvil. Llevaba meses blindándose.
Había aprendido a rechazar cada intento de Adam por acercarse, a recordarse una y otra vez que era un hombre casado, con otra vida.
Y, sin embargo, aquello no sonaba a súplica ni a nostalgia.
Era otra cosa. Una apuesta. Una invitación peligrosa que, como efecto secundario, despertaba la ilusión de que todavía existiese un «nosotros».
Pero al mismo tiempo la carta ardía en sus manos como una amenaza disfrazada de oportunidad.
Ya era abril. Casi un año desde que la historia con Adam había comenzado.
Y de repente, el miedo se le instaló en el alma: si no era cuidadosa, podía volver a quedar atrapada.
Todo lo que había reconstruido con esfuerzo —su calma, su distancia, su entereza— podía desmoronarse con un chasquido de dedos, con la misma facilidad con la que un cristal se quiebra bajo un golpe seco.
Apartó el sobre con brusquedad y lo dejó en la esquina más lejana de la cama. No quería verlo. Ni sentirlo cerca. Buscó el teléfono, marcó, y en menos de un minuto tenía una videollamada en conferencia con Paula y Rachel.
—Chicas… —dijo Sofía sin introducción—. Necesito que escuchen esto.
Les contó todo. Desde la carta hasta la nota de Adam.
Hubo un silencio espeso al otro lado de la línea. Rachel se llevó una mano al rostro, incrédula, pero fue Paula quien habló primero. Se acomodó frente a la cámara, los brazos cruzados y el gesto implacable.
—Mira, te voy a ser sincera. Mi primer instinto es que lo mandes al demonio. Directo. Sin escala.
Sofía soltó una risa amarga.
—Pero… —continuó Paula, sin suavizar la voz— tampoco voy a fingir que no veo la oportunidad.
Y no hablo solo de él, hablo de ti. De lo que esa carta significa en un país donde la mayoría de la gente brillante que conocemos no consigue, ni por asomo, un chance así.
Una parte de mí piensa que podrías ir… y desquitarte todas.
—¿Desquitarme? —preguntó Sofía, alzando las cejas.
—Sí, suena inmaduro, lo sé. Pero mira: lo haces por ti, aprovechas la oportunidad, y de paso… le enseñas que ya no lo necesitas para volar. Matas dos pájaros de un tiro.
Rachel bufó al otro lado, negando con un gesto enfadado.
—Yo no puedo con ustedes… —dijo, crispada—. Ya saben que soy la romántica del grupo, pero esta vez no me sale.
—¿No te sale qué? —preguntó Paula, arqueando una ceja.
—Creerle. —Rachel alzó la voz, cortante—. Esto no es una oportunidad, Sofía. Es manipulación emocional camuflada en visa y posgrado. —Se inclinó hacia la cámara, con los ojos brillando de impotencia—. Yo digo que no vayas. Que no caigas otra vez.
Sofía bajó la mirada, se sentía atrapada entre dos voces fuertes y categóricas: la de la oportunidad y la del peligro.
—Pero… si me calmo y miro el asunto desde otro ángulo —añadió Rachel, con un suspiro que le quebró la dureza—, me pongo en tu lugar y sé que aquí levantar el vuelo es casi imposible. Muy difícil… Y él lo sabe. Eso es lo peor.
—Y está clarísimo que lo usa a su favor —remató Paula, entrecerrando los ojos como quien dicta sentencia—. Pero en el amor y en la guerra se vale todo. ¿O no?
Rachel asintió, más suave pero igual de firme.
—No sé… lo único que sí sé es que él no te merece, Sofía. No te merece, y no puedo evitar recordar la conversación que tuvimos el otro día en el Lumière.
Paula se llevó la mano a la frente y negó con la cabeza, como si el dilema la agotara incluso a ella.
—No lo sé, Sofía… francamente —continuó Paula—.
No es que no pueda alinearme con Rachel en su forma de ver esto.
Tengo todo para decirte que no lo necesitas, que puedes lograr cosas igual de grandes o mejores por ti sola.
Que entrenamientos como este habrá otros.
Que sí hay más caminos, y los construirás tú, con tu cabeza y con tu esfuerzo, sin deberle nada a nadie.
Sofía no decía nada. Solo escuchaba.
—Pero hay una parte de mí… —Paula bajó la voz, casi con un nudo en la garganta—. La parte pragmática, la que se impone, aunque me duela, que piensa: esto también puede ser una vía de escape. Incluso si es un acto de manipulación de él. Incluso si está lleno de segundas intenciones.
Guardó silencio, pero enseguida lo rompió con dureza.
—Porque, amiga mía, vivimos en un país donde no hay futuro.
Nuestra generación está jodida, presa aquí dentro.
Aquí los sueños tienen techo, los planes se desgastan antes de nacer.
Te matas estudiando, trabajando, inventando…
y al final siempre chocas contra el mismo muro.
Y lo peor es que lo sabes desde antes de empezar.
Y sí, Adam también lo sabe también. Por eso duele tanto decidirse.
Nunca vamos a saber con certeza que hay detrás de su intención pero… ¿y qué?
Miró a Rachel a través de la pantalla.
—Lo sigo viendo como una oportunidad real. Para que despegues. Para que salgas de aquí.
—¿De Cuba? —preguntó Sofía, aunque la respuesta era obvia.
—Sí —afirmó Paula—. De aquí tarde o temprano todos nos vamos a ir aunque nos dejemos los trozos, y él sabe muy bien que esta carta que te ha dado tiene peso.
Porque en un país donde nada se mueve, una sola puerta abierta se siente como salvación…
y si además está el corazón metido en el asunto, imagínate tú.
Las palabras de Paula le quedaron retumbando en la cabeza de Sofía, porque lo cierto era que la idea de irse con Adam —en los tiempos en que todavía creía que podían tener un futuro juntos— jamás le había generado ilusión. Al contrario, la asfixiaba pensar en todo lo que tendría que dejar atrás.
Se preguntaba si no estaba siendo ingenua al mirar a Cuba con ojos distintos a los de Paula, menos pragmáticos, más anclados a lo que aún le daba un hilo de esperanza. Como si, pese al desastre, todavía encontrara en ese presente un motivo para no soltar del todo.
Rachel guardó silencio unos segundos, como si luchara contra algo que no quería decir. Luego, habló con voz más baja, casi a regañadientes:
—Mira, aunque yo no quiero a Adam cerca de ti ni en pintura…
tampoco puedo negar que existe un mejor escenario posible: Que aceptes, que te vaya bien, y que al final consigas las tres cosas: ser libre, crecer profesionalmente y, quién sabe, incluso recomponer lo que tienes con él.
—Hizo una pausa amarga—. El problema es que ese escenario es como jugar a la lotería.
Y tú ya sabes cuánto duele apostar cuando se trata de él.
El silencio que siguió a la llamada no fue incómodo. Fue necesario . Sofía sentía que lo que Adam había dejado no era solo una carta… de repente parecía un enigma con forma de futuro.
Se dejó caer de espaldas sobre la cama, exhausta.
La conversación con sus amigas, lejos de darle claridad, la había hundido en un torbellino aún más incierto.
Paula con su pragmatismo implacable; Rachel con su dolor disfrazado de advertencia.
Y lo cierto era que las dos tenían razón, cada una desde su orilla.
Aun así, irse del país nunca había estado en su lista de prioridades. Ya antes había dejado pasar oportunidades: cuando salió por trabajo dos años atrás, no se quedó, no emigró, no cruzó fronteras. Ni siquiera cuando César, sin apenas conocerla, se ofreció a buscarla donde hiciera falta.
Sonrió sin querer ante ese recuerdo absurdo. «César siempre ha estado un poco loco», pensó. Y en ese instante, sin premeditarlo, sus neuronas hicieron un giro brusco. Del peso agobiante de Adam a la ligereza peligrosa de César.
El dedo se movió antes de que pudiera cuestionarse nada, y en un automatismo inexplicable, abrió su chat y le hizo una videollamada.
La pantalla tardó unos segundos en conectarse, hasta que apareció el rostro de César: despeinado, con una camiseta negra y esa sonrisa torcida que parecía de repuesto.
—¿Cómo estás? —preguntó Sofía.
Él arqueó una ceja con aire burlón.
—¿Y eso que rompiste el hielo, doctora?
—No estoy en un buen momento ahora mismo. No sé… creo que instintivamente te llamé.
—Te entiendo —respondió, recostándose en su cama con gesto relajado—. Si yo fuera tú, hubiera hecho lo mismo.
Sofía sonrió. Era una de esas frases que ella misma solía usar, y sabía muy bien lo que escondía: era un guiño de amor propio.
—¿Y qué es lo que te pasa? —insistió él, inclinándose hacia la cámara.
—Nada concreto. Digamos que tengo una oportunidad. Una invitación. Una posibilidad profesional fuera de Cuba. Me lo estoy pensando… pero implica abrir una puerta que creo que ya he cerrado.
César guardó silencio unos segundos. El delay no era técnico, era mental: estaba escogiendo las palabras.
—Para variar —soltó al fin—. Este tipo de cosas siempre te las piensas. Dime… ¿nunca te has replanteado irte de Cuba en serio?
—Sí, como todo el mundo. Pero no me apura. Tengo otros planes ahora. Otros sueños. Y la gente que quiero, pues… todos están aquí.
Él ladeó la cabeza, y entonces lanzó la réplica cargada de ironía:
—Pues tendremos que lograr que quieras a alguien más en otro sitio. ¿Qué te parece New York?
Sofía se tapó la cara con la mano, riendo incrédula.
—Nunca pierdes la oportunidad, ¿verdad?
—Pues no. Esa no es mi naturaleza. —Su voz bajó un tono, desarmando la ligereza—.
Pero atiéndeme bien, Sofía. Esa decisión no debe estar influenciada por nadie.
El día que lo decidas tiene que ser por ti.
Porque si mañana despiertas en otro país con esa duda en el pecho…
te va a pesar. Y lo sé porque lo he visto.
Ella lo miró fija en la pantalla, sorprendida por el viraje. No estaba acostumbrada a ese tono en César, tan serio, tan firme.
—¿Y tú? ¿Nunca dudaste?
—Ni un segundo —respondió sin titubeos—.
Yo siempre tuve claro que quería irme. Para mí aquel país es una cárcel rodeada de agua.
Y yo no nací para estar preso. Así que no, no fue difícil decidirlo.
Lo difícil vino después: aprender a vivir con la distancia, con la nostalgia, con esa sensación todos los días de que te falta un pedazo.
—Se inclinó más hacia la cámara, buscando sus ojos—.
Pero quedarme allí… eso jamás estuvo sobre la mesa.
Guardó un silencio breve, antes de suavizarse:
—Eso sí, entiendo que no sea igual para todos. Que haya quien necesite más tiempo, más razones… o menos despedidas. Y no juzgo eso. Cada uno suelta su ancla donde puede y cuando puede.
El descaro regresó de inmediato en su mirada provocadora, como para no dejar la charla demasiado solemne.
—Ahora… si encima de crecer en lo profesional te dieras el lujo de coincidir conmigo, bueno… eso ya sería inapelablemente perfecto. Ahí sí no quedaría más que irte y decirle adiós a quien sea. Pero me temo que ahora mismo no es el caso.
Sofía soltó una carcajada que le limpió la tensión de encima.
—Eres incorregible.
—Exacto. Y no pienso corregirme. —Le guiñó un ojo—. Pero volviendo a ti: no te agobies. Te escucho y siento que ya empezaste a responderte sola. Sé leal a ti, eso nada más. El resto… fluye. Y créeme, cuando llegue el momento, vas a saber qué hacer.
Sofía suspiró, aliviada, y la sonrisa se le expandió por todo el rostro, más sincera que antes.
—Gracias, César, de verdad… Ahora creo que necesito dormir un poco y resetearme.
—Pues entonces sueña bonito… ya sabes en quién tienes que pensar. —volvió a curvar los labios, travieso—. Buenas noches, doctora.
Ella le devolvió una mirada bonita, y respondió, justo antes de colgar:
—No tienes idea de cómo cambia un mal día con tus buenas noches.