Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) La pregunta que faltaba #2
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La pregunta que faltaba #2

—Adam, por favor… quédate quieto. Pareces tú el paciente.

—Es que no puedo —dijo él, sin detenerse—. Tú estás demasiado relajada y eso me estresa más.

Ella soltó una risa breve.

—Porque sé que va a salir bien. De verdad, lo sé.

—Yo también quiero creerlo… pero igual me preocupo. No me hagas caso.

Sofía lo miró de reojo, sin insistir. Revisó el teléfono. Tenía un mensaje de César, escrito media hora antes.

César:     Buenos días, mi desequilibrada favorita.

¿Ya estás mejor?

Ella prefirió no responder. Tenía dos días libres que la doctora Nerina le había impuesto como descanso. Así que no tenía prisa, ni excusas. Solo tiempo y una resonancia por delante.

Adam vestía de civil: jeans, polo casual, tenis cómodos. Sofía lo estudió en silencio. «Hoy se ve más guapo de lo normal», pensó, casi con fastidio por admitirlo. Lo miró con curiosidad:

—¿Y tú? ¿No trabajas hoy?

Él negó con la cabeza, con una mueca de orgullo.

—Tengo el resto de la semana libre para avanzar en la tesis.

Hizo una pausa y le sostuvo la mirada, porque el gesto de escepticismo de Sofía fue demasiado obvio

—Sí Sofía. Si vine hoy a este hospital… fue única y exclusivamente por ti.

Sofía torció los labios, sin regalarle emoción.

—¡Ya!… has venido a ver otra resonancia normal. Como una de las tantas que has visto en tu vida.

Adam giró el rostro hacia ella, entrecerrando los ojos con una mezcla de agotamiento y contención.

—Mejor no te contesto —murmuró—. No tuve una buena noche.

Sofía alzó los hombros con un gesto breve, resignado, y le dio un «ok» silencioso con la mirada.

En ese momento, el doctor Javier apareció para indicarle que podía pasar a la resonancia.

Adam se quedó del otro lado del cristal, con las manos firmes tensas sobre la consola, observando en un mutismo febril.

Seguía cada secuencia de imágenes con la concentración de un niño que cree que apretando los ojos puede cambiar el desenlace.

Pero al final ocurrió lo que Sofía ya había anticipado. Cuando terminó, salió un poco aturdida por el estruendo del escáner. Lo buscó al otro lado del vidrio y lo encontró inmóvil, con esa sonrisa cansada que parecía mitad alivio, mitad agotamiento. Ella caminó hacia él.

—Es negativa, ¿verdad? —preguntó, directa.

—Sí. Negativa —asintió—. Parece que, al final, va a ser verdad que los neurocirujanos no somos tan buenos con los vértigos… habrá que dejarle algo de gloria al otorrino.

Sofía enarcó una ceja, con ironía suave:

—Ya era hora de que lo admitieras.

Ella se sentó  en una de las sillas de la sala de espera. Él se dejó caer a su lado con el cuerpo vencido, como si hubiera sostenido la respiración durante horas. Se miraron y, por un instante inesperado, se regalaron una sonrisa de tregua.

—Gracias, Adam. De verdad. He notado tu preocupación, y la valoro mucho. —Hizo una breve pausa—. Sé que no he sido precisamente dulce… pero agradezco que hayas estado aquí.

Él no respondió de inmediato. Se pasó una mano por la frente tratando de borrar la tensión, y luego miró hacia el pasillo en busca de aire.

—Necesito estar solo, salir de aquí un momento. —Guardó silencio un segundo más—. No recuerdo la última vez que sentí tanto miedo.

Sofía lo siguió con la mirada mientras se alejaba hacia la puerta que daba al patio central.

La luz proyectaba su silueta contra el vidrio y, por un instante, lo despojó de todo.

Ya no era el neurocirujano imperturbable: era solo un hombre vulnerable, expuesto, demasiado humano.

Y de pronto, como un latigazo desordenado, los recuerdos la golpearon.

Gestos. Palabras. Noches robadas. Silencios que ardían más que cualquier palabra.

Todo irrumpía sin permiso, caótico, imposible de apartar.

Nadie se cuestionaba si él aún la quería. Era evidente. Su manera de mirarla, de estar allí, de perder el sueño por una resonancia que él mismo sabía que saldría bien… lo confesaba sin palabras.

Y, sin embargo, Sofía recordó justo lo que había querido enterrar: Julia se había ido. Adam estaba, otra vez, en el punto perfecto para volver a ser el mismo idiota de siempre. Y ella… en el punto frágil para volver a caer.

Se ajustó la chaqueta, enderezó la espalda y se recompuso. Como quien recuerda —a tiempo— que algunas escenas no merecen repetirse. Y se fue.

Eran casi las cinco de la tarde. Sofía estaba en casa, recostada, flotando en ese limbo apacible entre una película de fondo y un libro que hojeaba sin demasiada atención. Cualquier cosa servía para mantener los pensamientos ocupados.

Entonces sonó el timbre. Y, al mismo tiempo, vibró el celular. Era Adam:

Adam: Por favor, ábreme la puerta.

Sofía se incorporó de golpe. El corazón se le aceleró antes de que pudiera frenarlo.

«¿Qué coño hace aquí?», murmuró, dejando el libro a un lado.

Se levantó sin prisa, pretendiendo que el tiempo que le tomaba llegar hasta la puerta podía darle algo de ventaja. Cuando abrió, lo encontró ahí: de pie, con la misma ropa de la mañana y los ojos clavados en ella. Nada más existía.

—Pero ¿tú qué haces aquí? —le preguntó, sin disimular la incomodidad.

Adam alzó una ceja, con un deje de ironía.

—Soy médico, ¿no? He sido tu doctor las últimas cuarenta y ocho horas. Vengo a saber cómo sigues.

—Sabes que estoy bien. No he salido de casa. No me digas que viniste solo para eso.

Adam desvió  la mirada un segundo, pero enseguida la sostuvo.

—No. No vine solo para eso. —Hizo una pausa que parecía ensayar desde hacía tiempo—. Tenemos que hablar.

—¿Hablar de qué?

—Hay algo que necesito decirte. Y no pienso irme sin hacerlo.

Sofía suspiró, agotada.

—Pasa y siéntate —le indicó, señalando el sofá con un gesto seco. Él obedeció.

Ella se acomodó a su lado, con los brazos cruzados y la expresión relajada de quien ya no teme escuchar:

—Soy toda oídos.

Adam tragó saliva. La observó fijamente, buscando en sus ojos la autorización que no se atrevía a pedir en voz alta. Por un instante, la rigidez de su rostro cedió. Sofía llevaba un camisón ligero, el cabello recogido al descuido y los espejuelos aún puestos.

Y en esa simple estampa doméstica, sencilla y sin artificios, Adam volvió a sentirlo en sus entrañas: esa era la imagen que querría ver al final de todos los días de su vida. El problema era el mismo de siempre: no tenía idea de cómo llegar allí… sin volver a arruinarlo todo.

—Ok, voy a ir directo al grano. En mayo discuto la tesis. En junio me gradúo. —Calló un instante, como si ese silencio fuera parte del guion—. Y en julio… antes de volver a Argentina, estaré quince días en la capital.

La miró fijo, con esa intensidad que parecía suplicar.

—Quiero que vengas conmigo.

Sofía lo observó incrédula, apoyando la barbilla en la mano. Frunció el ceño.

—Ay, Adam… eso lo hablamos hace meses. Y te dije que no. ¿Para qué quieres que vaya contigo?

Él no respondió. Abrió la mochila y sacó un sobre, que le extendió con gesto sobrio.

—Lee esto. Pero hazlo sola, con calma. Después me dices.

Sofía lo recibió sin abrirlo. Lo sostuvo entre las manos, pensativa, como si pesara demasiado para lo que parecía ser.

—¿Eso era todo lo que tenías para decirme?

—Sí… eso es todo. —Se puso de pie, incómodo—. Mejor me voy.

Avanzó hacia la puerta, ella lo siguió, pero al llegar al umbral se detuvo. Dudó unos segundos, giró sobre sus pasos y se volvió hacia ella.

Sofía no se movió. Solo le clavó la mirada, atrapada en la inquietud de no saber qué más podía sacar Adam de debajo de la manga.

Adam se acercó aún  más, hasta quedar a un suspiro de distancia. Se inclinó apenas hacia su cuello y la olió. Ese aroma era su ancla, lo único capaz de apaciguar el miedo que todavía lo perseguía.

Sofía cerró los ojos sin darse cuenta. Los hombros se le encogieron, ladeó instintivamente la cabeza y respiró con él, mientras el corazón le golpeaba las costillas como si quisiera correr hacia él.

Adam llevó una mano a su rostro y la rozó con una delicadeza absurda, como si temiera dejar marca. Sus labios se encontraron en un roce suspendido. Él se quedó quieto, sin invadir. Ella aguantó el aire, hasta que no pudo más.

—No… —susurró, moviendo la cabeza sobre la boca de él—. De nuevo no.

Adam no solo escuchó las palabras: las sintió, con todo el peso del dolor que arrastraban. Entonces se apartó, sin discusión, y se fue.