Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) La pregunta que faltaba
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La pregunta que faltaba

XLVI

A las siete de la noche, Sofía había recuperado su centro.

El mareo quedó atrás, el color volvió a su rostro y hasta el hambre le reclamaba su lugar.

Hablaba con naturalidad, ligera, segura, y se permitió un par de sonrisas con los colegas de la sala, como quien confirma que ha regresado del todo.

Su intuición le susurraba que era hora de marcharse.

Adam revisaba unos papeles cuando ella interrumpió con calma:

—Adam, ya me siento bien. Voy a casa.

Él levantó la vista, arqueó una ceja y la observó en silencio. Sabía que estaba recuperada, pero la duda lo ataba: ¿y si el mareo volvía? El temor disfrazado de cautela lo retuvo un instante más, hasta que terminó asintiendo, con la resistencia escrita todavía en la mirada.

—Déjame acompañarte.

—No hace falta —respondió Sofía, amable pero contundente—. Voy a tomar un taxi.

Adam se dejó caer en la silla frente a ella, con la bata arrugada y un aire inquieto que parecía suplicar atención. El cubículo estaba en penumbra, y en esa media luz aprovechó para soltar lo que lo devoraba, aun sin estar seguro de si era el momento.

—¿Tienes algo con ese muchacho?

Sofía lo miró, sorprendida, pero serena.

—¿Y para qué quieres saber eso? ¿En qué cambiaría tu día?

—En mucho —respondió al instante, con una franqueza más patética que honesta—. Podría incluso hacerme sentir mejor.

—¿Ah sí? ¿Y cómo es eso?

Adam bajó un poco la voz, pero no para ser discreto. Parecía un niño atrapado en su propio miedo.

—Si estás con él… sería como confirmar que tenía razón. Que contigo la calma no era posible.

—Eres increíble —replicó Sofía, esbozando una sonrisa herida, lúcida—. Pues ahí lo tienes: otra duda que puedes sumar a tu colección. Así ratificas que conmigo la calma no es opción y que elegirla a ella fue lo mejor que pudiste hacer. Confirmas que…

Ya con la cartera en la mano, se giró y se inclinó hacia él, clavándole la mirada con una mezcla de decepción y asombro.

El cansancio del día entero se le notaba en el rostro, y sin embargo su expresión de «qué absurdo, qué inmaduro, qué torpe» podía atravesarlo como un bisturí.

Volvió a sentarse en la cama y, tras un silencio ceremonioso, concluyó con un reproche que sonaba a sentencia:

—… Qué mal lo has hecho todo, Adam. Pero qué mal. ¡Cómo nos rompiste!

Adam cerró la garganta, pero no respondió. No hacía falta.

Sofía ya había cruzado ese umbral donde las palabras dejan de buscar consuelo, así que continuó:

—Todavía tengo lapsus en los que me sorprendo pensando en todo lo que podíamos haber sido.

Todo lo que podíamos haber construido juntos…

pero tú nunca te diste permiso. Eres brillante arreglando cerebros ajenos…

pero con el tuyo, Adam, ¡qué desastre! —la voz se le quebró, los ojos brillando—.

Solo tenías que atreverte a amarme, y yo sí sé que me amabas.

Él la miró, también conmovido desde un sitio que ya no era rabia, ni deseo, ni duda. Era otra cosa. Estaba desarmado.

—O… como todavía te amo —balbuceó, casi en un susurro, como si no le diera miedo enfrentarse a sí mismo.

Ella apenas arqueó una ceja. Había previsto esa respuesta, era demasiado obvio. Con un gesto desdeñoso, cortó la escena.

—Gracias por cuidarme.

Se puso de pie, se acomodó la bata y caminó hacia la puerta.

—Mañana a las nueve de la mañana es tu resonancia —le gritó él, aferrándose a lo único que sabía sostener, su trabajo.

Sofía no se volteó, no lo necesitaba. El eco de su indiferencia era más demoledor que cualquier respuesta.

A las diez de la noche, Sofía ya había dado parte de todo lo sucedido en casa. Le había contado a sus amigas, y se sentía mejor. Se encontraba un poco aturdida aún , como quien regresa del fondo del mar y aún no regula la presión, pero bien.

Estaba tumbada en su cama, con el móvil en la mano, revisando todos los mensajes acumulados durante la tarde. Había dos llamadas perdidas de Luis, un mensaje, y el chat de César  mostraba doce mensajes sin leer. Por fin lo abrió. El último decía:

César: Tesoro… ¿Estás bien?

Porque algo tiene que haber pasado

para que no me respondas.

Y yo sé que mi efecto no es a corto plazo…

así que no me vengas con que ya te aburriste de mí.

Sofía:     Estoy en la cama y un poco mareada.

Tuve un vértigo bastante intenso.

Me desequilibré y casi me caigo.

Pero nada serio.

César:     ¿Mareada? ¿y no fue por mí?

¿Me preocupo o me toca esforzarme más?

Sofía:     ¡Qué atrevido eres!

César:     Ya sabes

♫21- Por decir lo que pienso, sin pensar lo que digo.

Más de un beso me dieron, y más de un bofetón …♫

Sofía:     deja de hacerte el listo, y plagiar a

Sabina para impresionarme

que todas sus canciones

me las sé de memoria, aunque ese pedazo

te viene como anillo al dedo.

César: Y tú deja de montar escenitas, Sofía,

que uno se preocupa de verdad.

Cuídate porque no pienso perdonarte si te mueres

antes de verte con ese vestido.

Y con suerte… también quitártelo.

Sofía:     Yo muero con tu optimismo.

Más que suerte vas a necesitar.

De repente y sin pedir permiso, entró una videollamada de César .

Era la primera vez que se verían a través de la cámara, al menos en vivo. Sofía vaciló un segundo antes de contestar.

—Oye... —dijo, disimulando la sorpresa—. Tienes que avisar. Lo que tú querías era verme así, hecha un desastre.

César sonrió en cuanto la vio. No era solo alivio, era el gesto de un hombre que confirma que el efecto que causa sigue intacto.

—Es que me asusté —confesó, con un tono juguetón en la voz—. Pensé que te había pasado algo y no querías contármelo.

—Bueno, sí me pasó… pero ya te dije, nada grave.

—Fíjate, Sofía. Mírame bien.

Acercó el rostro a la cámara, exagerando el gesto hasta que sus ojos llenaron la pantalla.

—Sí, César. Ya sé que tus ojos son verdes —dijo ella, entre risas.

Él sostuvo el silencio, alargando la espera como si afinara un arco.

—Pues escucha bien lo que estos ojos verdes te están diciendo… —bajó la voz, insolente, dueño de la escena—. No hay manera de que te me escapes. Nos vamos a ver. Y cuando eso pase… no va a haber mareo que te salve de mí.

Ella tenía los nervios crispados y aunque percibía como se avivan los sentidos, se obligó a permanecer irreverente, dentro lo posible.

—¿Te gustó verme? —preguntó él, con esa mirada pícara que parecía tener siempre lista.

Sofía titubeó, atrapada entre el juego y el vértigo, dándole permiso a esa sonrisa que se parecía a la esperanza.

—Lo que a ti te haga más feliz.

—Entonces deberíamos hacerlo más seguido —replicó él, inclinándose hacia la pantalla—. Sobre todo, si me recibes con esa ropa tan… peligrosa para la imaginación.

Sofía bajó la mirada, no se había percatado de  su camisón de tirantes, ligero, casi transparente bajo la luz azulada. Jamás lo habría elegido para una primera videollamada.

Se rió, nerviosa y divertida a la vez, y tiró de la sábana para cubrirse.

—No, no, no… ¡no te tapes! —exclamó César, teatral, como si le arrebataran un privilegio sagrado.

Ella soltó una carcajada genuina, pero enseguida recuperó la compostura.

—¿Y tú qué te crees? Eso es un lujo que todavía tienes que ganarte… no un regalo accidental.

—Pues entonces ya tengo otro motivo para verte pronto —contestó él, guiñándole un ojo—. Y te advierto que soy bastante competitivo.

Sofía negó con la cabeza, aun risueña, pero buscó cortar la llamada antes de que él siguiera enredándose en su mente.

—Mañana hablamos, ¿sí? Yo voy a descansar… hoy ha sido un día largo.

—Que pases bonita noche, doctora… Y cuidado… que dicen que uno sueña con lo último que ve antes de dormir.

Sofía curvó los labios, sin darle todo el gusto.

—En ese caso… preocúpate tú, que has visto más de lo que debías. —respondió, y colgó antes de que él alcanzara a replicar.

En otro punto de la ciudad, Adam descansaba boca arriba en la cama, los brazos cruzados sobre la frente, los ojos fijos en el techo.

Parecía quieto, pero por dentro era un hervidero.

Nadie lo sabía —y él se encargaba de mantenerlo así—, pero tenía un plan.

Uno nuevo. Trazado con la misma precisión que lo había hecho exitoso en la vida.

Solo que esta vez no había bisturís ni diagnósticos: el objetivo era Sofía.

La inminente partida de Julia no lo dejaba vacío; al contrario, despejaba el tablero.

Su paz —esa que había prometido cuidar— quedaría bajo la custodia de su madre, cuando Julia se instalara —en tres días— en Buenos Aires, donde estaría muy entretenida en las gestiones de su homologación…

y, por supuesto, en tener listo el hogar perfecto para esperarlo.

Sin embargo, Adam no lograba apartar de su cabeza la posibilidad de que Sofía estuviera con alguien más. No era solo celos. Era la aversión a llegar tarde. Él nunca llegaba tarde. A nada.

Y, aun así, esa noche lo que más lo angustiaba no era el ego ni el miedo a perder. Era la resonancia magnética que le harían a Sofía al día siguiente. La sola idea de que algo pudiera estar mal con ella, lo paralizaba.

Para variar, todo para él volvía a reducirse a lo que le mostrara una neuroimagen.

Así había construido su vida: decidiendo, arriesgando, corrigiendo a partir de esas fotos en blanco y negro que tanto lo fascinaban.

Siempre dependía de ellas, y en eso encontraba control.

Ahora no era distinto… su próximo día, sus planes, hasta su paz, quedarían sujetos a lo que apareciera en esa pantalla.

Pero esta vez no se trataba del cerebro de un desconocido.

Era el de Sofía, el mismo que —según él había decretado— jugaba con su mente, con una precisión implacable, como nadie más podía hacerlo.

Al día siguiente, a las nueve en punto, se encontraron en el departamento de Radiología.

Sofía llegó tranquila, con el paso sereno de quien no carga tormenta. Adam, en cambio, parecía un reloj descompensado: iba y venía por el pasillo, se frotaba las manos, miraba el reloj, volvía a empezar.

Sofía lo seguía con la vista con una mezcla de ternura y fastidio.