Niebla mental #2
Sin dudarlo, Adam salió al pasillo y llamó al internista de guardia.
Indicó colocarle una vía periférica y pasarle hidratación con electrolitos de inmediato.
Mientras el personal se ocupaba, él volvió junto a ella, arrastró una silla y se sentó a su lado.
Permaneció allí, en silencio, observándola.
Le gustaba creer que podía compensar el vértigo con su sola presencia.
Como si, solo por estar, pudiera sostenerla más fuerte que el mundo.
Los minutos siguientes fueron confusos, pero Sofía, aún en la camilla, comenzó a recomponerse poco a poco. Cerró los ojos unos minutos, y al abrirlos de nuevo, trató de sentarse con esfuerzo. Miró a Adam, que seguía junto a ella, y le apartaba un mechón de la frente con una ternura casi infantil.
—Ya me siento mejor… gracias —dijo con una voz que aún parecía colgar de un hilo.
—No te levantes aún —le advirtió él, sin perder la firmeza.
—No es para tanto. Solo fue un vértigo .
—¿Y te parece poco? —replicó él—. Al final, como siempre, ganaste. La resonancia que me tocaba mañana ahora es para ti.
Sofía frunció el ceño, entre divertida y molesta.
—Estás exagerando. ¿De verdad hacía falta tanto aspaviento por un vértigo periférico? ¿Una resonancia? ¿En serio? Pero si todo lo que necesito es un otorrino.
—Ah, claro. Porque ya se autodiagnosticó la neuróloga —ironizó Adam, cruzando los brazos—. Sin tomografía, sin resonancia …
—No necesito imágenes para saber que fue un vértigo periférico —insistió ella.
—Qué suerte que esta vez no puedas ser tu propia doctora —dijo él, con voz más baja—. Porque eso no lo decides tú. Y esta será de las pocas veces en mi vida en que no me atreva a especular un diagnóstico sin ver las imágenes. No puedo arriesgarme a equivocarme… no contigo.
Sofía supo que esa confesión era importante. Podría haber respondido con una broma, pero optó por una ironía sutil, sin herirlo.
—¿Sabes que cuando se trata de vértigos no es ideal que los diagnostique un neurocirujano, verdad? …Pero me alivia saber que, al menos esta vez, no quieras equivocarte conmigo.
Él la miró de reojo, pero no era momento para devolverle el dardo. Ella, más estable, bajó la guardia. Sabía que esa preocupación de Adam era real. Tal vez complicada, enredada en pasados que no terminaban de irse… pero genuina. Y viva, aunque nadie lo dijera.
Adam se inclinó un poco hacia ella, con esa mezcla de autoridad médica y algo más personal, inevitable.
—Tienes que quedarte tranquila, Sofía. Vas a estar en observación al menos seis horas y solo llevas una. No te muevas de aquí. Voy a buscarte algo para que meriendes dentro de un rato —le dijo, sin dejarle más opciones.
Sofía asintió, aún recostada.
—No te preocupes. Estoy bien. Y soy bastante responsable como para saber que no debo moverme de aquí.
Adam le dedicó una última mirada antes de salir de la sala. El silencio volvió a rodearla como una sábana tibia.
Quince minutos después, la puerta de Observación se abrió otra vez. Era nada menos que Luis, que andaba buscando a un paciente, al parecer conocido. Su voz, familiar y cálida, se filtró entre el ruido disperso del lugar.
—¿González? ¿Camilo González?
Sofía se incorporó ligeramente al oírlo. Él levantó la vista y, al verla, interrumpió la búsqueda de inmediato.
—¡Sofía! ¿Qué haces aquí? ¿Qué te pasó?
Ella sonrió con gesto tranquilo, aunque el cuerpo aún le pedía pausa.
—Nada grave. Solo un vértigo. Estoy segura de que es periférico. Perdí un poco el equilibrio, pero ya me siento mejor.
Luis se acercó con rapidez y le pasó la mano por el brazo, preocupado.
—¿Un vértigo? ¿estás segura de que solo es eso? ¿De verdad estás bien?
—Sí —repitió ella, con una calma que parecía sostenida con alfileres—. Solo estoy en observación un rato.
Luis la miró un segundo más, como queriendo cerciorarse, y luego se sentó en la misma silla que minutos antes había ocupado Adam. La escena no tenía la misma intensidad, pero sí un dejo de ternura distinta. Más liviana. Más cómoda.
«Hoy es mi día de suerte», pensó Sofía, dejando que la sonrisa se le escapara sin permiso.
—Ha pasado tiempo desde la última vez que te vi… y créeme que no hubiera querido volverte a ver como paciente —dijo Luis, sonriendo con esa calidez suya que siempre oportuna—. ¿Cómo has estado?
Sofía iba a responderle cuando la puerta se abrió de nuevo. Adam entraba con una bandeja en las manos. Su rostro, sereno hasta entonces, se tensó al instante al ver a Luis sentado en «su» silla.
A él solo le bastó un segundo para atormentarse con la escena: Sofía, semi recostada, sonriendo. Luis, demasiado cerca.
Al notar la presencia de Adam, Luis sacó algunas conclusiones en automático y con esa calma que no necesitaba probar nada, se levantó de la silla sin apuro.
—Bueno… tengo algo de prisa. Luego te llamo para saber cómo sigues. Ya sabes, si necesitas cualquier cosa, solo dime.
Sofía asintió, agradecida. Y Adam, sin decir palabra, dejó la bandeja sobre la mesa auxiliar. Su gesto no era hostil, pero el ambiente había cambiado, como si algo invisible se hubiera tensado en el aire.
Adam tomó el historial de Sofía con el rostro serio, aunque algo más lento de lo habitual. Lo abrió, sin mirarla, refugiándose en la escritura para no decir lo que en realidad pesaba. Mientras hacía las anotaciones por inercia, sin apartar la vista del papel, lanzó la pregunta:
—¿Y él quién es? —su voz sonó casual, pero no lo era—. Si se puede saber.
Sofía no se inmutó. Había aprendido a fingir calma con elegancia:
—Es un amigo.
Adam asintió, sin refutarlo. Pero su pluma se detuvo un instante antes de seguir.
—¿Solo un amigo?
—Lo demás no creo que quieras saberlo —añadió ella—. Además, no lo necesitas. Es como si yo te preguntara ahora si Julia sabe que estás aquí conmigo.
Adam levantó la vista, y ahí sí la miró. Firme. Dolido. Pero sin evitar la conversación.
—Julia está de camino a la capital. En una semana se va para Argentina… definitivamente.
Y esa palabra, «definitivamente», no cayó como un punto final, sino como un eco que se resistía a desparecer.
Después del encuentro con Luis, Adam no volvió a hablarle directo a Sofía. Conversaba con los otros médicos, revisaba indicaciones, pero sin dirigirle una sola palabra. Sin embargo, tampoco se alejó: se quedó a su lado, como si lo único que supiera hacer fuera permanecer mudo… y cuidarla.
Tal vez se sintió intimidado, desafiado o incluso humillado por aquella escena inesperada. Pero no se fue. El miedo por Sofía pesaba más que su orgullo.
A mitad de la tarde, cuando ella se quedó dormida, Adam no hizo ruido. Ni siquiera se movió de su sitio: la observó en silencio, con los brazos cruzados y la espalda hundida en la silla a su derecha, como si su única tarea en el mundo fuera esa: quedarse cerca.
Entonces buscó un libro en su tablet y se puso a estudiar en lo que pasaban las horas.
Y en ese pequeño gesto —la terquedad de seguir ahí, pese a todo— también, quizás, había una forma de amar. O, al menos, de no saber dejar de hacerlo.