Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Niebla mental
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Niebla mental

XLV

El invierno empezaba a rendirse, como un huésped aburrido al que ya nadie quería retener. En el trópico, los inviernos nunca son demasiado crueles, pero incluso la brisa más tibia puede parecer un alivio cuando uno viene saliendo de adentro.

Era domingo, a mediados de marzo. Rachel y Sofía caminaban por uno de los parques más hermosos de la ciudad, de esos que todavía guardaban árboles centenarios y aves curiosas.

Habían salido a almorzar, pero se quedaron con ganas de seguir hablando.

Se trataba de eso: de un alma que empieza a soltar, aunque aún no sepa hacia dónde va.

—Te lo juro —decía Rachel—, si logramos coincidir todas, deberíamos irnos de viaje. Sería un retiro de mujeres insalvables y sabias.

Sofía sonrío. Iba a responder, cuando algo la detuvo. O alguien.

A lo lejos, por el mismo sendero, se acercaba una bicicleta a paso constante.

Era Adam. Sofía lo reconoció al instante, como se reconocen los lugares que un día fueron propios.

Pero no venía solo. En el marco delantero —donde ella tantas veces había ido riendo, con los brazos abiertos y el pelo suelto— estaba Julia.

Cómoda, feliz, aferrada al manubrio como si ese fuera su lugar natural. Y lo era.

El aire frío volvió en ráfagas. No hería del todo, pero quemaba.Julia fingió no verla, mientras Adam le sostuvo la mirada con indiscreción. Y entonces, sin preverlo, perdieron el equilibrio: la bicicleta se ladeó y ambos cayeron justo donde unos niños jugaban a los trompos.

Rachel soltó una carcajada.

—De verdad que el karma es puntual.

Pero Sofía apretó la boca en un hilo y dejó que los ojos hablaran por ella.

—Levanta la cara y camina— le dijo Rachel sin filtros.

Y siguieron juntas, seguras de que no iban a flaquear. No ahí. No por eso. Porque la vida seguía, incluso cuando parecía suspenderse.

A los pocos minutos Rachel, que siempre supo leer silencios, se inclinó hacia ella.

—¿Estás bien?

Sofía tardó un segundo en responder. No por ocultar nada, sino porque estaba buscando la verdad más honesta en medio de esa marea interna.

—Sí. Creo que sí. —asintió con suavidad—. Es que en el hospital no los había vuelto a ver juntos. Creo que es la primera vez desde aquella noche gloriosa. Pero me alegra que estén felices.

—Yo no sé si felices… pero magullados sí, y bastante. —Rachel arqueó una ceja—. En serio, ¿de verdad piensas que son felices?

Sofía forzó una risa y se quedó girando en la pregunta de su amiga.

—Pues… es lo que parece.

Rachel la observó con ternura y escepticismo a partes iguales. Ladeó la cabeza antes de responder:

—Acuérdate de lo que decía ese amigo tuyo escritor: «Somos más nuestra insinuación que nuestra realidad».

Sofía soltó un suspiro largo, sin drama.

—Igual… eso no cambia nada en mi vida ahora mismo.

Siguieron andando en silencio hasta la plaza adoquinada de la iglesia ancestral de San Juan de Dios.

Allí el aire era distinto: más fresco, más noble, pero el olor a pasado era tentador.

Se sentaron en una de las mesas de afuera del café de la esquina.

Sofía intentaba sacudirse en silencio la imagen de Adam y Julia.

Pero el presente, como siempre, tenía otros planes.

Una notificación en su celular la devolvió de golpe.

César:     ¿Qué tal tu domingo? ¿No me has

extrañado ni un poquito hoy?

Esta vez, Sofía sonrió de verdad, amplia, sin reservas.

Rachel, a su lado, notó el gesto. Se inclinó apenas, curioseó la pantalla y luego la miró de reojo, con picardía.

—Me encanta —dijo en tono cómplice.

—¿Qué?

—Tu cara… cuando él aparece.

Sofía bajó la vista, como si la hubieran descubierto en medio de una confesión no dicha. Entonces alzó el teléfono y le dijo a Rachel:

—Ven, acércate.

Se tomaron una selfie , con el sol de la tarde filtrándose por el campanario de la iglesia y se la envió.

César:     Ya sabía yo que estabas en mejores manos.

Hola, Rache… ¡cuídala!

Rachel soltó una risa breve y tomó el celular sin pedir permiso.

Rachel: ¿Y por qué no vienes a cuidarla tú?

Soy Rachel.

César:     Porque ella no quiere que la cuiden…

César: Pásame tu número antes de que te quite

el móvil que necesito una aliada.

Rachel, sin pensarlo demasiado, lo anotó en el chat y pulsó «enviar». Sofía recuperó el móvil, negando con una sonrisa, y escribió:

Sofía:     Basta de estocadas a traición.

Te escribo luego.

Ahora voy a tomarme un café.

No pasaron dos segundos. El teléfono de Rachel vibró con una nueva notificación.

César:     Dile que está preciosa hoy.

Que ese azul le queda espectacular.

Rachel alzó la vista, sonriendo sin contenerse:

—Oye, este hombre es un peligro… y no solo por los ojos verdes.

La tarde caía cuando el gesto de Sofía comenzó a cerrarse. Entrecerraba los ojos a intervalos, como si la luz y los ruidos de la plaza se le clavaran en la frente.

—¿Qué pasa Sofi? ¿Estás bien? —preguntó Rachel al notarlo.

—No— respondió Sofía, pasándose los dedos por la sien—. Creo que me viene una migraña. Será mejor que me vaya a casa.

Rachel no preguntó más. Solo asintió con comprensión y la ayudó a incorporarse.

—Te acompaño.

Al llegar a casa Sofía se tomó un analgésico, dejó el bolso sobre la mesa y entró al baño con pasos lentos. El agua tibia le ayudó a soltar parte de la tensión del cuerpo, aunque el malestar seguía ahí, agazapado.

Al salir, se puso ropa cómoda y se dejó caer en la cama, dejando el celular de lado, como si el presente pudiera esperar.

Sabía que el lunes sería largo: tenía que evolucionar pacientes antes de las ocho y, a mediodía, debía ir a pelear por resonancias magnéticas para dos enfermos. Nada complicado en apariencia, pero el cuerpo pedía tregua, y ella se la concedió.

El lunes avanzaba sin sobresaltos. A las doce en punto, Sofía y William caminaban por el pasillo que conducía al Departamento de Radiología. Todo parecía rutina hasta que Adam apareció y se les unió al trayecto como si fuera lo más natural.

—¿Tienes muchas resonancias para discutir hoy? —preguntó a Sofía, sin rodeos.

Ella lo miró de reojo, con cordialidad distante.

—Solo dos. Pero si tienes algún caso urgente, puedo cederte una.

Adam sonrió, más con los ojos que con los labios.

—No tienes que cederme nada. Yo puedo lucharla por mí mismo.

—No lo dudo. Veamos qué sucede.

—¡Eh! ¿y qué te pasó en el brazo, Adam? —preguntó William al notar un vendaje discreto bajo la bata.

—Me caí ayer de la bicicleta por andar mirando hacia donde no debía —respondió, lanzando una mirada irónica a Sofía.

Ella sonrió, recordando la frase de Rachel sin poder evitarlo: «Yo no sé si felices, pero magullados…»

Minutos después, ya dentro del salón de imágenes, los tres tomaron asiento: Sofía adelante, Adam y William dos puestos más atrás. El aire estaba cargado con la tensión habitual de los debates médicos, pero también con algo más: ese silencio denso, imposible de ignorar, que lo ocupaba todo.

Cuando Sofía se levantó para presentar su primer caso, una repentina inestabilidad la sacudió. Primero, una presión en los oídos, como si descendiera en un avión. Luego, una oleada de vértigo que subía del cuello a las sienes, acompañada de un zumbido persistente.

Todo comenzó a girar: las luces, las carpetas, los rostros se arremolinaban en un torbellino incomprensible. No sabía si era el mundo el que daba vueltas o si era ella la que pendía de un hilo invisible.

El vértigo fue tan súbito y violento que tuvo que aferrarse al respaldo de la silla, pero no logró sostenerse.

La visión se volvió borrosa, los sonidos se amortiguaron como si estuviera bajo el agua.

Un sudor frío le recorrió la espalda, seguido de una náusea sorda que no alcanzó a salir.

Y el equilibrio, como todo lo demás, se le escapó de las manos.

Adam fue el primero en reaccionar. Se levantó de inmediato y la alcanzó justo cuando comenzaba a desplomarse hacia un lado. La sostuvo con ambos brazos, estable pero desesperado, como si temiera que algo vital se le escapara entre los dedos.

—¡Sofía! —exclamó, con una voz herida, más expuesta de lo que habría querido. —¿Estás bien?

William ya pedía una camilla. Las miradas de preocupación se cruzaban. Alguien apagó el proyector. La sesión médica se interrumpió.

Había ocurrido algo. Y esta vez no era un caso clínico. Era Sofía.

Adam la sostuvo hasta que llegó la camilla, y   le indicó a William que se hiciera cargo del trabajo.

—Quédate discutiendo las imágenes. Yo la llevo a observación. Avísale a la doctora Nerina que hoy no podrá trabajar más —pidió nervioso, sin levantar la voz, pero con una firmeza que nadie cuestionó.

William asintió. El camillero llegó enseguida y comenzó a empujar la camilla hacia la sala de observación clínica. Adam caminaba a un lado, sin apartarse ni un instante, con la mano de Sofía atrapada entre las suyas, como si soltarla no fuera una opción.

Ella, entre mareada y confusa, entreabrió los ojos y alcanzó a ver sus manos unidas. Una oleada de nostalgia la atravesó, y la imagen se le quedó guardada en la retina, como si quisiera preservarla para después. No supo si agradecerlo o temerlo, pero la conmovía, hasta lo más hondo, tenerlo ahí.

Una vez en la sala de Observación Clínica, Sofía intentó incorporarse en la camilla, todavía pálida y aturdida, pero el movimiento le provocó un vómito seco que no alcanzó a contener.

Adam, sin pensarlo, le sostuvo la frente con una mano mientras con la otra le sujetaba los hombros para estabilizarla.

Ella se aferró a su muñeca con los ojos cerrados con fuerza, como si ese contacto fuera el único punto firme en medio del mareo.

—Me siento muy débil… no desayuné hoy —susurró, apenas audible.