Daiquirís en el Lumière #2
Hubo un murmullo sutil de comprensión.
—Lo más increíble es que cuando se sienten amenazados, encuentran la forma de revertir el juego a su favor y hacernos sentir de algún modo culpables —dijo por fin Sarah, que llevaba un rato silenciosa pensando en bucle para sus adentros—.
¿Es que acaso no tenemos prioridades y sueños al igual que ellos?
El amor más que todo debería traernos equilibrio emocional…
porque ese amor asfixiante… no nos lleva para ningún sitio bueno
Amber alzó una ceja, con esa mezcla de picardía y escepticismo que le era tan propia:
—¿Creen que sea tan complicado entre lesbianas? —preguntó, lanzando una piedra al agua para ver las ondas.
Todas la miraron, confundidas, haciendo eco de la duda. La irrupción era un poco fuera de lugar, pero Amber no vaciló.
—Lo digo porque siempre he tenido la sospecha de que es más fácil… Miren cómo nos entendemos entre nosotras. Lo fluido, lo natural. ¿No será que hay menos interferencias?
—No sé… yo más bien creo que cuando dos mujeres se aman de verdad, la intensidad puede duplicarse. Todo va sin filtro, sin tregua… puede ser más profundo, sí, pero también más desgarrador —respondió Rachel .
Entonces Sarah, que no solía tomar a Amber muy en serio, las retornó al asunto:
—Lo que sucede con muchos hombres es que, aunque la mujer libre, independiente y segura les atraiga, siempre terminan prefiriendo a la mujer dulce, agradecida y necesitada…
Casi todos adoran ser la prioridad y cuando no lo son se sienten inferiores y simplemente no saben cómo lidiar con ello.
No saben cómo amar a una mujer que no los necesita…
y eso tiene mucho que ver con que, el amor, con mujeres como nosotras se vuelva caos.
Porque, ¡ojo! — recalcó haciendo un gesto con el índice— Esto no sucede con todas las mujeres.
Sofía hizo un gesto de aprobación con la cabeza. No dijo nada, pero no hacía falta.
En ese momento, Darío apareció desde el fondo con una bandeja y una media sonrisa en los labios. Colocó unas tapitas sobre la mesa con la destreza de quien ha escuchado más de lo que aparenta.
—Esto va por la casa —anunció.
Paula lo miró con una mezcla de gratitud y curiosidad, enarcando una ceja.
—¿Y eso?
—Necesitan comida si van a seguir filosofando a punta de daiquirís como si fueran las únicas que han sufrido —dijo, ladeando la sonrisa—. Además, me conviene que se queden. Son la mejor estrategia de publicidad para mi bar esta noche.
Todas rieron. Esa risa de vientre, cómplice, que no necesita explicación.
—Hey… ¿cómo te llamas? —preguntó Amber, con esa mezcla de ironía y curiosidad que la caracterizaba.
—Darío.
—Vale, Darío. Una pregunta. ¿Tú crees que el amor entre dos mujeres es más fácil?
—Y dale con el temita —dijo Paula sarcástica— ¿Tienes algo que contarnos Amber?
—Tranquila arpía. Sigo eligiendo los búcaros para la decoración interior. Pero si hay cambios te dejo saber— le respondió con una mueca.
Darío sonrío, intimidado pero sincero. Él podía lidiar con los estrógenos de una, quizás dos al mismo tiempo… pero seis, armadas con argumentos y cócteles, le ponían la parada alta.
—Creo que entre dos mujeres hay más lenguaje emocional. Más claridad. Tal vez incluso más coraje para decir lo que se siente. Pero el amor, en sí… nunca es fácil. Es un torbellino. Un salto sin red.
Sofía aplaudió suave, con las palmas abiertas, mirándolo con una sonrisa contenida.
—Gracias, Darío.
Fue un gracias real, sentido. Ella había sido un «torbellino» mal correspondido desde el minuto cero con Adam, y que un desconocido, en una noche cualquiera, le respondiera en sincronía y sin querer desarmarla, ya era mucho.
Paula, atenta, notó el leve vértigo en su gesto y la sostuvo con suavidad.
—¿Y tú eres un hombre casado, Darío? —le preguntó Paula, con más ganas de pincharlo que de saber la respuesta. Ya conocía demasiado bien ese perfil masculino que juega entre el misterio y la omisión.
Darío sonrío de costado, como si ya supiera a qué jugaban. No respondió de inmediato. En cambio, tomó una silla vacía de otra mesa, la giró con calma y se sentó al revés, apoyando los brazos en el respaldo con esa soltura de quien ha aprendido a estar cómodo incluso en terreno hostil.
—¿Puedo? —preguntó mirando a Rachel, como si ella fuera la jueza de la mesa.
—Claro —respondió ella, con una sonrisa entre divertida y expectante. Sabía que lo que venía no iba a ser neutro.
Darío respiró hondo, como quien sabe que está por decir algo que probablemente le reste puntos, pero no le importa.
—Esa pregunta es muy injusta viniendo de una mesa con seis mujeres hermosas y solas —dijo, con la mirada fija en Paula, aunque sus palabras eran para todas—. Yo no soy el mejor ejemplo de nada, eso está claro. Pero, siendo sincero… muchas veces son ustedes las que prenden la chispa del desastre.
—¿Ah sí? ¿Por preguntarte si estás casado? —replicó Paula, con una ceja arqueada y una sonrisa afilada como bisturí.
—No. Es que muchas no saben disfrutar una presencia sin sospechas —repitió Darío, con una calma incómoda—. Les gusta el misterio, pero luego se quejan de las sombras. Si soy sincero, me vuelvo el villano, pero si callo y me monto un personaje, me creen encantador. ¿Quién engaña a quién?