Daiquirís en el Lumière
XLIV
Después de aquel encuentro con Adam, Sofía se sumergió en sí misma durante semanas.
No del todo, pero sí lo suficiente como para aislarse del ruido exterior.
Prefirió encerrarse a lamer sus heridas sin hacer ruido.
Solo veía a sus amigas en casa o cuando iba a visitarlas.
El resto del tiempo era ella consigo misma: entre libros, trabajo, estudio, largos silencios, tazas de café que se enfriaban sin culpa y pensamientos que, poco a poco, dejaban de doler.
No era tristeza lo que la sostenía, sino una forma extraña de aceptación. Había algo exquisito y liberador en dejar de esperar.
Con el tiempo, incluso se había adaptado a cruzarse con Adam.
A interactuar con él cuando no había de otra.
Desde la calma, sin dramas, sin dardos hirientes, sin contrapunteos.
Y, sobre todo, sin alargar el momento más de lo necesario .
Lo miraba como se mira a alguien que alguna vez fue un universo…
y ahora solo era utopía. El dolor era un efecto secundario que se había atenuado con la costumbre.
Con el único que hablaba —o, mejor dicho, chateaba— más de un rato, era con César .
Algo en ella no podía ni quería evitarlo.
Él la retaba a encontrar guarida en las pequeñas cosas: esas que uno suele ignorar cuando el mundo duele demasiado.
Y como solo la acompañaba con una presencia espectral e intangible, no representaba ningún riesgo para su estabilidad emocional.
Al contrario, la distancia que los separaba era un bálsamo que se agradecía.
Entre ellos ya existía un espacio íntimo, casi secreto, donde se sentían libres para hablar de cualquier cosa.
Sofía conocía casi todas las diabluras de César —él no se guardaba nada— y hasta le daba consejos, a veces con ternura, a veces con ironía.
Ella, en cambio, no hablaba mucho de su vida.
No porque él no preguntara, sino porque ella no encontraba qué decir.
César lo entendía. Y respetaba el silencio como si también fuera una forma de conversación.
Todo entre ellos era… como una sorpresa cómoda.
Como cuando se puede descansar en alguien sin pedir permiso ni pagar un precio por ello.
Así pasaron casi tres meses, que coincidieron con los días más fríos del año. Hasta que, una tarde de finales de febrero, un mensaje de Paula en «¿Y ahora qué hiciste?» la sacó del trance.
Paula: Nos vemos hoy a las 6
en el Bar Lumière, que ya abrió…
No quiero excusas. 🥂💃
El Bar Lumière era una vieja casa colonial restaurada y ambientada con un gusto exquisito, convertida por completo en un espacio que fusionaba lo moderno y lo vintage sin perder su alma original.
El patio central, pequeño pero encantador, estaba lleno de plantas colgantes, faroles de luz cálida y mesas de madera que invitaban a perderse por horas.
Adentro, el ambiente se volvía íntimo y envolvente: paredes de ladrillo visto, óleos abstractos sobre lienzo que parecían pensamientos en fuga, estanterías con libros que daban ganas de hojear sin prisa, tocadiscos de vinilo, música suave flotando en el aire, y una barra que ofrecía cócteles tan bien hechos que hasta el alma parecía servirse en copa ancha.
Decían que en ese lugar el tiempo no se detenía… se esfumaba.
Aquella noche, todas estaban ya en una de las mesas del patio central. Radiantes, intensas, inmensas como siempre. Ninguna contaba con que Sofía apareciera. Pero tampoco la reclamaban. Habían elegido, en silencioso acuerdo, darle el espacio que necesitaba.
Y entonces, luego de media hora de charlas y copas, una voz conocida las sorprendió:
—¿Alguien me puede explicar por qué en esta mesa solo hay cinco sillas?
Era Sofía. Sonreía sin euforia, ligera. Como quien empieza a volver a sí misma desde lugares difíciles… sin que le pese tanto.
El bar entero se giró cuando escucharon los gritos de emoción en aquella mesa. Paula, Rachel, Sarah Camila y Amber se levantaron casi al mismo tiempo, como si no les alcanzaran los brazos para abrazarla.
Darío, uno de los dueños del bar —cuarentón en resistencia, mirada galante, barba bien delimitada y camisa siempre arremangada— apareció con una silla en la mano y una sonrisa en la boca.
Como si el universo, en un gesto suave, conspirara para que Sofía fuera bien recibida esa noche…
no solo por sus amigas, sino por la vida misma.
—Y yo que creía que ya ellas cinco eran demasiado —dijo, colocándola en la mesa con teatralidad ligera.
Sofía se sentó con calma, recorrió con la mirada cada rostro querido y, antes de que el nudo en la garganta la traicionara, soltó:
—Ahmm… en serio extrañaba esto —y sonrío, con esa mezcla de alivio y ternura que sólo aparece cuando algo que dolía… ya no duele tanto.
Darío se acercó de nuevo, servicial y curioso.
—¿Qué le traigo señorita?
—Es mi primera vez aquí —respondió—. Voy a dejar que me sorprendas.
Él asintió con complicidad y desapareció rumbo a la barra. Pocos minutos después, volvió con un peach daiquirí en copa alta, como si el trago hubiera sido pensado especialmente para ella. A Sofía le vino de maravilla. Suave, frutal, con ese dejo fresco que despierta el cuerpo sin perturbarlo.
—¿Y por qué brindamos? —preguntó sonriente.
—Pues porque por fin estamos todas juntas de nuevo —dijo Rachel, alzando su copa—. No veo mejor motivo.
—¿Y cómo estás? —preguntó Camila, con esa dulzura que no necesita preámbulos.
Sofía se tomó un segundo. Hundió los ojos en su coctel, luego miró el círculo de mujeres que tenía alrededor, y respondió:
—Se siente como si hubiera pasado el tiempo… como si regresara de unas vacaciones largas. Supongo que eso es bueno.
Después de un par de rondas más —entre anécdotas ridículas, confesiones de guardia y carcajadas sin filtro—, Rachel, que hasta entonces solo había estado escuchando, dejó su copa sobre la mesa con suavidad.
Había algo en su gesto que anunciaba una pregunta de esas que incomodan… pero que también despiertan.
—Oye Sofi, te voy a preguntar esto porque de verdad me intriga, si te hace sentir mal, no me respondas… —dijo, con tono curioso—, pero… ¿cómo te sientes después de la decisión de dejar atrás a Adam?
Sofía no se apuró en responder. Se acomodó en la silla, tomó un sorbo del daiquirí y, solo entonces, habló:
—Pues… Una parte de mí aliviada… otra no deja de preguntarse si pude haber hecho algo más... si pude haberle dado más de mí. Me revienta la duda de si para amar, siempre tendremos que ceder en algo.
Rachel asintió, pensativa. Luego alzó la mirada, no solo hacia Sofía, sino hacia todas.
—Es verdad que el amor a veces puede resultar torcido —dijo, casi en voz baja, pero con la fuerza de una verdad vieja— … pero no tiene por qué ser siempre así, ¿verdad?
Hubo un silencio. De esos que no duelen, pero sí hacen eco. Sarah bajó la vista hacia su copa. Amber entrecerró los ojos, como quien revisa sus propias grietas. Camila giraba su servilleta entre los dedos. Paula suspiró hondo y dijo:
—Quizás lo torcemos nosotras por miedo a enfrentar la verdad.
Algunos hombres pueden ser muy manipuladores…
y nosotras, necias, creemos que podremos con todo.
Al final terminamos cambiando dentro para acomodarnos a ellos —suspiró, como en un autoanálisis—.
Tal vez aún nos falte experiencia para amar desde lo que somos, y también para retirarnos a tiempo.
—¡Ja! —exclamó Sofía, con una mezcla de risa y cansancio—. ¡Pregúntame a mí! Que cuando decidí amar desde lo que soy… se casaron con otra.
Todas callaron… no sabían si Sofía estaba lista para seguir hablando del asunto, pero ella lo notó y les dio vía libre.
—No se preocupen que puedo manejarlo. Hablarlo me hace bien.
—Yo creo que también a veces una ama en los sitios equivocados —dijo Rachel—. Quizás no porque nos equivocamos de persona, sino porque no queremos poner el alma primero.
Sofía alzó una ceja, con una media sonrisa que no llegaba a los ojos.
—¿Y tú crees que no puse mi alma primero? —dijo, casi en tono de reto—. Pues menos mal… porque si eso no fue ponerla, imagínate si lo hubiera hecho. Me equivoqué de persona y bien. Y eso no tiene maquillaje que lo salve.
—Yo no creo que sea solo por como son los hombres —añadió Camila reflexiva—.
Nosotras también tenemos la mala costumbre de esperar lo perfecto, lo épico, lo que no incomoda, lo que no duele.
Y claro… eso no existe. Enamorarse y no traicionarnos es lo ideal, pero…
¿será que eso se puede?, sin borrarnos, aunque sea un poco en el intento.
Amber bufó, con una sonrisa torcida, mientras jugaba con el borde de su copa.
—Si paramos de idealizarlos tanto a ellos puede que sí —ironizó—.
A veces soñamos demasiado… y nos hacemos del otro una idea que no es.
Amar no es entregarse con los ojos vendados como dicen en las películas.
También es un poco elegir con los ojos abiertos, y aprenderse el mapa de salida.
Ya si nos vamos a estrellar, que al menos sea con conciencia.
—Pues no estoy del todo de acuerdo contigo Amber, para variar —tomó el hilo Paula, con una firmeza cálida—.
Tampoco me parece saludable tener que amar con una armadura.
Eso debe ser agotador. Tiene que haber alguien que no nos haga elegir entre el amor y nosotras mismas…
que no nos haga apagarnos. Y mientras aparece habrá que equivocarse.
Desde una de las paredes cercanas, Darío las observaba en silencio. No intervenía. Solo las miraba, como si cada palabra resonara en sus esquirlas interiores.
—Eso de no apagarse… creo que es lo más difícil, sobre todo cuando lidias con un hombre como…
ya saben quién. —murmuró Sofía, sin mirar a nadie—.
Yo tuve momentos en los que prefería no contarle algunas cosas, porque percibía que cuando brillaba por algo, quizás un poco más de lo normal, él se encogía.
Y yo… hasta me sorprendía sintiéndome culpable. Como si mi luz fuera una amenaza.