Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Tú tampoco luchaste tanto… ¿o sí?
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Tú tampoco luchaste tanto… ¿o sí?

XLIII

Sofía sentía que acababa de pasar por uno de los momentos más tensos desde que lo había conocido. Pero esta vez no había sido con Adam, sino con Julia… y, contra todo pronóstico, le resultó más difícil.

Le había incomodado demasiado estar en ese lugar, frente a otra mujer, en una escena que rozaba el triángulo absurdo al que siempre le había huido.

No creía que ninguna historia —por intensa que fuera— justificara que dos mujeres se enfrentaran por un hombre.

Para ella, eso era retroceder, traicionarse.

Consideraba que el respeto entre mujeres era algo esencial, un pacto no dicho que le resultaba casi sagrado.

Tal vez por eso le costó tanto responderle, incluso cuando el cinismo de Julia empujaba cada palabra hacia el filo.

Sintió cada frase como un forcejeo interno.

Y, aun así, pudo notar que Julia no había llegado ahí con bajeza.

No. Ella había ido directo a buscarla, sin rodeos ni intermediarios, asumiendo —con algo parecido a la dignidad— que aquella historia merecía cerrarse con la verdad en la cara.

Sofía pudo ver eso, incluso mientras temblaba por dentro.

Por eso aguantó, sin desdibujarse. Sabía que su vulnerabilidad estaba completamente expuesta, pero algo en ella se mantuvo en pie.

Sin embargo, ella todavía estaba procesando lo imposible. Adam se había casado con Julia en menos de dos meses… ¿Acaso era ese su famoso… «pase lo que pase»?

No lograba entenderlo. Le dolía, sí… pero, no tanto como esperaba. Tal vez porque algo dentro de ella comenzaba a soltarse. Tal vez porque el Adam idealizado empezaba, por fin, a desvanecerse, dejando al descubierto al hombre real. Y eso… además de un poco de paz, le daba argumentos.

Se pasaba los dedos por las sienes, en silencio, cuando escuchó la puerta abrirse. Adam entró.

Él esperaba otra escena. Otra Sofía. Pero ella solo alzó la vista… y le sonrío, con los ojos vidriosos, no de lágrimas, sino de decepción seca.

—¡Felicidades! ¡Enhorabuena! —se apresuró ella, con una dignidad que parecía más vieja que ella misma.

Adam se sentó justo en la misma silla donde, minutos antes, había estado Julia. Su apariencia mostraba vergüenza, parecía que su cuerpo elegía rendirse en el lugar exacto donde su error había sido más evidente.

—Lo siento, Sofía. Lo siento de verdad —dijo, con esa voz quebrada que ya no encontraba lugar en ella.

Ella lo miró sin conmoverse. Se notaba agotada de esperar explicaciones que siempre llegaban tarde.

—No te creo, de verdad. No creo que sientas nada. Pero ahora estoy curiosa y quiero saber… —dijo con los brazos cruzados con una calma desconcertante—. ¿Por qué te casaste con ella?

Adam hizo un intento por tocarle la mano, pero Sofía la retiró con suavidad. No fue un gesto brusco, fue más bien definitivo. Era la piel la que se expresaba.

—Ese siempre había sido nuestro plan, antes de que termináramos.

Yo se lo había prometido —murmuró él, bajando la mirada—.

Cuando estuve en la capital, mi madre me puso en contacto con alguien que podía agilizar el proceso legal para que Julia pudiera salir del país en cuanto termine la especialidad.

Pero teníamos que casarnos… Yo estaba muy molesto, tú me bloqueaste, me cerraste todas las puertas, y ella, pues…

estaba ahí. Esto no tiene nada que ver con el amor Sofía, tú lo sabes.

—Ya —lo interrumpió Sofía, con un amago de sonrisa amarga—. No hace falta que me lo expliques. Ella lo acaba de hacer mejor que tú. Supongo que te la encontraste al salir, ¿no?

Adam asintió, desviando los ojos, incapaz de sostenerle la mirada.

—Otra pregunta, Adam… —dijo ella, sin perder el tino—. ¿Tu madre se enteró, en algún momento, de que yo existía?

Él respiró hondo, con vergüenza. No respondió.

Sofía soltó una risa corta, seca, pero insistió:

—Reformulo, ¿tu madre sabe que Julia y tú terminaron alguna vez?

—No… nunca se lo dije. Perdona, es que mi madre ya le tenía mucho cariño a Julia, y no quería disgustarla… hasta no estar seguro.

—¿Seguro? —repitió ella, en voz baja, con una paciencia que casi se disipaba—. ¿Seguro de qué?

—De que lo nuestro iba en serio —dijo él, bajísimo.

Entonces Sofía lo miró. Ya no con rabia. Ni siquiera con tristeza. Lo miró como quien, por fin, termina de entender algo que le había dolido aceptar durante demasiado tiempo.

—Nunca te enteraste, ¿verdad?

—¿De qué?

Ella tragó saliva, despacio, y se quitó la coraza. No quedaba nada que proteger.

—De que lo nuestro, para mí, sí iba en serio.

De que me enamoré de ti sin condiciones y habría pospuesto mi título, mi país, mis planes…

los meses que hicieran falta, con tal de que funcionara.

Que me temblaban las manos cada vez que escuchaba tus pasos en el pasillo.

Que te miraba con admiración cuando estabas con un paciente, y pensaba lo afortunada que era por poder aprender de ti.

Que me sabía de memoria tus gestos, tus silencios, tus modos…

y a veces me adelantaba solo para verte reír.

Adam tenía los ojos encharcados, y sus piernas golpeaban el suelo con ansiedad. Sofía no se detuvo.

—Nunca te enteraste de que te amé, Adam. Siempre estuviste más pendiente de lo que te daba miedo de mí, que de lo que yo sentía por ti. Y estuve hasta el último minuto… hasta el último… esperando esa llamada en la que me dijeras que no te ibas a ir.

Hizo una pausa. No para dejarlo hablar. Sino para encontrar las palabras que todavía podían atravesarlo.

—Nunca supiste que lo que yo sentía por ti era lo más real que ibas a tener en esta vida. Y no solo lo dejaste atrás… ni siquiera tuviste un ápice de respeto por eso. Porque lo más importante para ti, Adam, siempre fuiste tú.

Adam tragó saliva. No intentó contenerse: dejó que las lágrimas corrieran. Por primera vez en mucho tiempo, respiraba distinto, desde un lugar más hondo, más humano.

—Sofía… —susurró, apenas audible—. ¿Y tú?

Ella lo miró, desconcertada.

—Tú tampoco luchaste tanto… ¿o sí?

Fue un susurro dolido, pero con filo. No era una acusación, era una herida abierta buscando sentido.

—Porque a veces sentía que me querías, sí… pero también que estabas lista para soltarme en cualquier momento. Que tu libertad siempre iba primero. Que, si alguna vez me elegías, tenía que ser desde un lugar perfecto… uno donde yo nunca fallara. Y yo no sabía estar ahí. No así.

Las manos le temblaban sobre las rodillas. Ya no era el neurocirujano imperturbable: era solo un hombre —el hombre que se había quedado atrás— tratando de descifrar en qué instante lo perdió todo.

Sofía bajó la cabeza. La verdad era que ella también se había quedado con la duda. «¿Y si hubiera hecho algo más? ¿Dicho algo antes?» Pero sabía que esa pregunta ya no iba a salvarlo. Ni a salvarlos.

—Igual esta conversación no tiene sentido —murmuró, llevándose las manos a la cabeza, como quien intenta desactivar una bomba emocional—. Eres un hombre casado… ¡Por Dios Adam! Eres un hombre casado.

Él dio un paso más, como quien se aferra a un último borde.

—Vente conmigo ahora en las vacaciones. Vámonos a la capital.

Tengo contactos importantes, puedo mover cosas para ti, para nosotros.

En septiembre  hay un entrenamiento en Buenos Aires, de N eurofisiología…

puedo inscribirte, conseguirte una invitación.

Iríamos juntos. Podríamos resolver lo nuestro desde ahí… podríamos…

—Adam… —lo interrumpió ella con una risa breve, incrédula—. Ya no hay nada «nuestro». No hay nada que resolver.

Lo miró con la risa árida de la compasión herida.

—Lo que me da risa es que te atrevas a tanto.

—¿Perdón?

—Sí —asintió, cruzándose de brazos—. Es que hay que ser muy cínico…

No solo llegas tarde con todas tus soluciones magistrales, sino que también das por sentado que puedes decidir por los dos.

¿De verdad pretendes que yo pare ahora mi especialidad, que frene mi vida, para lanzarme a ciegas contigo a un entrenamiento de lo que sea…

mientras tu esposa te espera pacientemente en casa? ¿Eso es lo que me propones?

Se inclinó un poco para estar más cerca y lo dijo sin alzar la voz, pero con cada palabra afilada como bisturí.

—Que se pospongan mis planes, mis metas… claro. Eso sí se puede. Las mías no son tan importantes como las tuyas, ¿verdad?

Suspiró y lo miró por última vez, con una calma que punzaba más que cualquier grito.

—¿Sabes qué? Tengo que hacer rondas. Ya entre tú y yo todo está dicho. No me busques más… a menos que sea por trabajo.

Tomó su estetoscopio con suavidad, como quien recoge lo único que vale la pena llevarse.

—Vive tu vida, Adam. Con la esposa que elegiste. Con los sueños que persigues. Con la tranquilidad que necesitas.

Y, tras una mirada que dolía y sentenciaba al mismo tiempo, añadió:

—Y déjame a mí seguir con la mía. Esto te lo pido en serio. Si alguna vez te importé, aunque fuera un poco… déjame ya tranquila. No me hagas más daño.