Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Triage Código Negro
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Triage Código Negro

XXXIX

Sofía descansaba en el cuarto médico, con la cabeza recostada sobre su bolso y los ojos entrecerrados. Había sido un cumpleaños atípico, de esos que no piden permiso ni esperan celebración. Apenas un respiro entre rondas clínicas, cafés a medias y reportes sin cerrar.

Justo cuando el cuerpo empezaba a rendirse al cansancio, sonó el teléfono interno. Era de Urgencias.

—Doctora, Necesitamos que venga. Nos acaban de activar por un accidente masivo. El cuerpo de guardia está colapsado.

«Joder Luis… ¿con que espíritus débiles eh?

», pensó Sofía mientras se incorporaba de golpe, agarrando su bolso de trabajo y colgándose el estetoscopio al cuello para bajar las escaleras a toda prisa.

La noche, que hasta entonces se había deslizado tranquila, acababa de quebrarse…

. Porque dentro de un hospital, en medio de la guardia, hay un código inviolable sobre las cosas que nunca se dicen, y, «la guardia está tranquila», es una de ellas.

Apenas cruzó la puerta, el caos la envolvió: camillas alineadas en los pasillos, paramédicos entrando a toda velocidad, enfermeras corriendo con bandejas ensangrentadas, el eco de un llanto incontenible.

Entonces, entre el torbellino de voces, sintió la voz de William que sonaba un poco abrumado.

—¡Sofía! —exclamó William, alzando las cejas mientras exploraba los reflejos de un paciente en la camilla—. Pero si es tu cumpleaños… ¿qué haces aquí?

—Gajes del oficio —murmuró ella, encogiéndose de hombros con una sonrisa que apenas sostuvo—. ¿Cómo te ayudo?

William apretó los labios, sin saber qué contestar. Giró el rostro, buscando algo —o a alguien— en medio del pasillo.

Sofía siguió, casi sin querer, el trayecto de sus ojos. Y entonces lo vio.

Allí estaba Adam, en medio del caos, con el scrub azul pegado al torso y el cabello despeinado... Quieto. Sosteniendo otra camilla, con los ojos clavados en ella.

El golpe llegó sin aviso. Un escalofrío  le cruzó el abdomen a Sofía. Su corazón se disparó. Sus manos sudaban. La sangre ardía mientras la presión en sus arterias subía sin tregua. Un vacío brutal se apoderó de su estómago. La garganta se cerró y la vista se le nubló sin piedad.

No podía moverse. Ni siquiera pestañear.

Por un segundo todo desapareció: no hubo pacientes, ni alarmas, ni gritos. Solo un zumbido sordo, un eco entre las costillas y un dolor agudo detrás del esternón.

Él estaba allí, a tan solo dos metros. Real. Sin anestesia. Y, como siempre, devastador.

Otra vez respiraban el mismo aire, ocupaban el mismo espacio, y él volvía a mirarla con esa mezcla feroz de ternura e impotencia, como si su propio cuerpo fuera una cárcel.

Tenía los labios apretados, las pupilas fijas, y un tic apenas perceptible en la comisura izquierda.

Sin embargo, no bajaba la mirada; la sostenía con desafío.

Sabía que su sola presencia era un puñal, pero seguía ahí, clavado.

Sofía sintió cómo las piernas le flaqueaban y tuvo que aferrarse al borde metálico de una camilla. El vinilo frío bajo los dedos la ancló: seguía de guardia, seguía siendo doctora. Pero su cuerpo pedía otra cosa. Huir. Correr. Desaparecer.

Adam, náufrago ante una orilla que no sabía cómo alcanzar, desvió al fin la mirada, carraspeó y le habló de forma indirecta.

—Doctora, estoy haciendo  triage  de los casos de Neuro.

Necesito que revises las tomografías y reorganices los traslados posibles al área clínica —dijo mientras iluminaba las pupilas de un paciente—.

Y, si puedes, adelanta con los fondos de ojo para priorizar las imágenes.

Hay una sola oftalmóloga y está colapsada. Tú tienes un buen oftalmoscopio.

Su tono era preciso, aséptico, afilado como un informe. Pero el temblor en su mandíbula lo delataba.

Sofía seguía sin reaccionar. Él lo notó: no era normal verla vulnerable y, por alguna razón, sintió más culpa que alivio. Entregó una hoja de indicaciones a una enfermera y, sin pensarlo demasiado, dio unos pasos hacia ella. Se inclinó apenas sobre su cuello.

—Feliz cumpleaños —murmuró, oliéndola de nuevo, cerrando los ojos y apretando el puño con fuerza para no tocarla.

Sofía encogió el hombro, tensó el cuello en un intento inútil de protegerse, pero el escalofrío la traicionaba sin piedad, clavándose como un aguijón invisible bajo su epidermis.

La respiración de Adam en su nuca era un acto despiadado, un susurro que le removía el aire y le aceleraba el pulso, desarmando cada frontera que había levantado en estos dos meses de ausencia.

El cuerpo le ardía con la fragilidad de un incendio secreto, y de pronto, toda su coraza interna se desvanecía ante en esa presencia inesperada.

Finalmente asintió y echó a andar, sin control consciente de sus pasos.

William dejó lo que hacía por un instante y se acercó con cuidado.

—Lo siento, Sofi —dijo, mirando de reojo a Adam—. No tuve tiempo de avisarte, no sabía que estarías aquí hoy.

—Estoy bien. Haré lo que mejor sé hacer… Solo no quiero volver a cruzarme con él esta noche —respondió ella con la voz entrecortada, sin levantar la vista.

—Eso no vas a poder evitarlo —contestó William, señalando con la mirada el caos de Urgencias—. Lo siento de verdad.

Cuando terminó de reorganizar el flujo de pacientes con el intensivista, Sofía pidió las carpetas de los casos pendientes de neuroimagen.

El desorden seguía en modo bucle, pero ella había logrado silenciar su tormenta interna con la precisión de quien ha aprendido a operar en piloto automático Minutos después estaba en Radiología.

La luz azulada de las pantallas y el silbido del scanner ofrecían un alivio relativo.

Revisaba una tomografía junto al radiólogo de guardia, señalando una hemorragia cerebelosa, cuando una voz a sus espaldas la sobresaltó:

—¿Puedo revisar la tomografía 1305 antes de entrar al quirófano?

Era Adam. Otra vez, inevitable, sin pedir permiso.

El radiólogo asintió y se levantó de su silla giratoria.

—Doctora, si no le molesta… lo dejo aquí con el doctor. Voy a revisar otra TAC con el ortopédico en la estación de al lado.

Sofía no dijo nada. Su cuerpo ya no tenía reflejos.

Adam se sentó a su lado. Demasiado cerca. Tan cerca que el calor de su brazo le rasgaba el aire. El silencio entre ellos tenía filo. Ella miraba la pantalla, inquebrantable; él, en cambio, la miraba a ella.

—Sofía…

—Por favor, no hables, Adam. No digas nada —respondió ella, sin mirarlo.

Adam le tomó la mano. Instintivo. Como si todavía tuviera consentimiento.

—Por Dios —susurró, con voz apenas audible—. No te imaginas las ganas que tengo de abrazarte.

Sofía tragó saliva. Los ojos le ardían.

—No hagas esto —dijo muy despacio—. Por favor, Adam… no me hagas esto.

Él cerró los ojos. Las pestañas le temblaban.

—Solo déjame abrazarte, por favor. Solo eso…

Su aliento le rozaba el cuello y ella se desarmaba ante ese olor, el mismo de siempre. Imponente. Adictivo. El que tenía grabado en la mismísima médula.

Pero retiró la mano de golpe. Se levantó bruscamente y le sostuvo la mirada por primera vez.

—Es mi cumpleaños coño —le dijo con los ojos llenos de lágrimas, con un dolor que no necesitaba gritarse. —No tienes derecho.

Y salió.

Cruzó Radiología como un cuerpo expulsado. La puerta de cristal se abrió y ella irrumpió en el patio central del hospital, huyendo de un incendio invisible. Caminó a ciegas, en la oscuridad, con el pecho apretado, sintiendo que le habían arrancado el aire con un puñal.

Las lágrimas cayeron justo cuando el viento golpeó su  cara. Alzó la vista al cielo, también oscuro. Se pasó la mano por la cabeza y flexionó las rodillas apoyando las manos sobre los muslos, casi en cuclillas, intentando contener la rabia con el cuerpo.

Entonces se dejó llorar un poco. Porque no había inconsciencia suficiente para todas sus heridas. Porque seguía enamorada de ese hombre, incluso en la decepción.

Después de un instante se incorporó. Se limpió el rostro con la palma temblorosa y permaneció unos segundos respirando hondo, intentando inhalar algo de entereza.

Entonces, al darse cuenta de que estaba completamente sola en medio de la noche, un escalofrío más largo la recorrió. No era por Adam, sino por esa sensación muda de estar desprotegida en su propio mundo, sin paredes.

En su interior algo retrocedía. O quizás —y eso dolía más— nada había avanzado realmente en esos dos meses de distancia. Pero aun así volvió a Emergencias a darlo todo por sus pacientes.

A las tres de la madrugada, el caos cedió. Las sirenas callaron. Las camillas se dispersaron. Los pasillos recuperaron su eco. El hospital —y ella— respiraron hondo, como después de una tormenta.

Sofía terminó de revisar las últimas tomografías, firmó los informes con pulso exhausto, coordinó los traslados y dejó instrucciones a los residentes de Urgencias. Sentía el cuerpo extraño, como si lo habitara desde afuera.

Subió al cuarto médico con la falsa certeza de haber sobrevivido. Abrió la puerta, apagó la luz, dejó el bolso sobre la silla y se dejó caer en la cama, cubriéndose los ojos con el antebrazo.

«Por fin», pensó, creyendo que lo había sorteado todo, que no habría más sorpresas.

Pero en ese mismo instante la puerta volvió a abrirse, sin aviso. Ni un golpe. Ni un permiso. Adam volvía a irrumpir siendo Adam, brillante y torpe a la vez.

Sofía se sentó en la cama de golpe, con el corazón atascado entre las costillas, evitando cualquier movimiento que pudiera quebrarla. Él estaba allí. Cerrando la puerta tras de sí, con seguro. Ojeroso y tenso. Empapado de algo que no era sudor, sino desesperación.

Adam dio dos pasos, encendió una de las lámparas pequeñas y, preservando una distancia prudencial se giró hacia ella:

—Lo siento. Tenía que verte

Ella se levantó con todo el cuerpo temblando. El deseo le trepaba por la columna, furioso, cruel. Pero también la rabia, la dignidad y el dolor. Era una batalla interna imposible de sostener. Una voz dentro de ella gritaba: «sal, escápate, protégete». Otra le susurraba: «no te muevas».

Él se acercó hasta quedar frente a su boca. La observaba con los ojos aguados, haciendo ese gesto previo de quien sabe que va a herir, pero igual avanza.

—No hagas esto… —le repitió ella, con la voz rota, pero sin poder retroceder.

Adam no obedeció. No podía. La miró con una intensidad que parecía arrancarle la vida, el aire mismo desaparecía sin su contacto.

Le rodeó el cuello, la atrajo hacia sí y la retuvo un instante contra su pecho.

Después la apartó un poco, la sujetó por la nuca y le mordió el labio inferior con sutileza para luego besarla con la desesperación acumulada de los últimos dos meses, con la culpa de haberla dejado, con la rabia por todo lo que ahora la alejaba, con la necesidad urgente de poseerla.

Fue un beso torpe y feroz, entre dos bocas que peleaban y se perdonaban al mismo tiempo, aferrándose y despidiéndose en la misma escena.

Sofía lo empujó con lágrimas en los ojos. Luego lo atrajo. Luego volvió a empujarlo.

—No me hagas esto otra vez —susurró contra su boca, con los ojos anegados, los dedos temblando sobre su cuello, dándose cuenta de que ya era demasiado tarde.

El tiempo se había quebrado. No quedaba lógica, ni ética, ni escapatoria. Solo un abismo inevitable y dos cuerpos ardiendo por dentro.

Ella por fin se dejó llevar y lo besó, odiándolo como si fuera la única manera de no romperse. Había furia, hambre y dolor por todos los silencios que la habían desgarrado.

Adam la sostuvo con desesperación, creyendo que ese instante podía redimir lo perdido, temiendo que soltarla fuera una traición aún más imperdonable que las anteriores. Con la certeza de que, pasara lo que pasara después, tenerla así, valdría todas las consecuencias.

Se despojaban frenéticos de la ropa mientras sus bocas se buscaban con violencia. La piel no reconocía límites, necesitaban tocarse por todas partes. Era una guerra de deseo y rencor, una implosión contenida durante demasiado tiempo.

No fue tierno. Fue brutal. Fue necesidad al rojo vivo: despecho, amor y vacío mezclados en un mismo acto. Gemidos ahogados. Uñas dejando marcas. Jadeos que sonaban a llanto. No hubo palabras. Solo heridas expuestas que se rozaban y ardían. Y lo peor: fue perfecto. Tan perfecto que dolía.

Y luego… el silencio.

Ese silencio insoportable que llega cuando ya se ha dicho todo con el cuerpo y solo queda la realidad, cruda, inapelable.

Adam apoyó la frente en la clavícula de Sofía. Su respiración temblaba, cada exhalación parecía estar cargada de ansias por quedarse y de la imposibilidad para irse. Permaneció así, aferrado a ese momento, casi un minuto entero.

—Sofía… tengo que decirte algo.

Ella no lo miró. Cerró los ojos con un gesto de impotencia. Ya sabía lo que venía, y no tenía fuerzas para oír el latido de su propia herida en voz ajena.

—No. No digas nada.

—Sofía…

—¡Te dije que no digas nada, carajo! —gritó, empujándolo e incorporándose de golpe mientras recogía la ropa del piso para vestirse.

De pronto lo miró. Fijo. Con los ojos incendiados, desbordados.

—Estás con ella… ¿verdad? ¿Es eso?

Adam se levantó también, colocándose el pantalón a toda prisa, con torpeza. Dio un golpe contra la pared, como si eso pudiera borrar lo que acababa de pasar.

—Y acabas de acostarte conmigo. ¡Muy bien Adam, muy bien!... tú sí que sabes superarte.

Sofía seguía vistiéndose con las manos descoordinadas. Ya no había pudor, ni control. Solo una pizca de dignidad desgarrada, demasiada rabia y el olvido, casi involuntario, de que ella también tenía alguien en su vida.

—Vete de aquí —dijo sin mirarlo, señalándole la puerta.

—Sofía… Pase lo que pase.

—Pase lo que pase, una mierda…—le gritó ella con la voz quebrada y los ojos enrojecidos, apretando las mandíbulas— ¡Que te vayas, coño!