Trampas emocionales #2
César: Doctora, necesito un favor suyo urgente.
Hay un amigo mío en Urgencias
Ahí en tu hospital con un dolor de cabeza muy fuerte.
Le he dicho que te busque.
¿Crees que puedes bajar a verlo?
Sofía frunció el ceño. Releyó el mensaje, percibiendo algo extraño entre líneas. Justo en ese momento, una enfermera de Observación la llamó: había un paciente que pedía verla.
Suspiró, todavía con la duda en la frente, y se dirigió sin prisa hacia Urgencias. Antes de bajar, le pidió a Luis que terminara las notas evolutivas de los pacientes neurológicos en la UCI. Nada parecía realmente urgente… pero accedió, sin cuestionar demasiado.
Al llegar, preguntó quién la buscaba. Un chico de complexión delgada, jeans rotos y un polo blanco levantó la mano desde la última camilla con una sonrisa tímida.
—¿Eres el amigo de César ? —preguntó Sofía, acercándose.
—Sí, soy yo. Mucho gusto: Alain—respondió, extendiéndole la mano.
—Encantada, Alain… Bueno, ¿qué fue lo que te pasó? —preguntó Sofía confundida pues el chico no parecía enfermo en lo absoluto.
Alain le devolvió la mirada, divertido.
—A mí no me ha pasado nada. Estoy de maravillas. Por cierto… ¡Feliz cumpleaños!
Y fue a una esquina del cubículo a buscarle una caja escandalosamente envuelta, con moño rojo y papel dorado metalizado. Sofía arqueó una ceja.
—¿Perdón?
—Solo soy el mensajero. Me dijeron que viniera a entregarte esto… sin preguntas.
Sofía no pudo evitar sonreír y le agradeció al joven. Uno de los médicos de observación, que alcanzó a ver la escena, soltó un «felicidades, Doc» mientras ella agradecía con una inclinación de cabeza y regresaba rumbo al cuarto médico.
Subió rápido. Cerró la puerta. Se sentó.
Cerró los ojos de la emoción y abrió la caja.
Dentro, un estuche elegante de bombones, un libro de poesías de Elvira Sastre…
«Aquella orilla nuestra» y un vestido negro precioso de tirantes anchos, escote elegante y espalda al descubierto, largo hasta la mitad del muslo, como si hubiese sido pensado para su cuerpo.
El tipo de vestido que no pide permiso. Que no acompaña, sino que irrumpe.
En medio de los pliegues, un papelito amarillo, doblado con torpeza, como si el mensaje hubiera sido escrito con prisa.
Feliz cumpleaños, doctora.
¿De verdad pensaste que se me iba a pasar?
No te pongas este vestido.
Guárdalo.
Quiero que lo estrenes conmigo… algún día.
César .
Sofía se quedó allí un momento más, con la caja sobre el regazo y la respiración aún desacompasada.
No era el regalo. No era el vestido. Era la sensación de ser leída a la distancia con una exactitud peligrosa.
Como si él supiera justo dónde tocar sin estar.
Y eso… eso la intrigaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Y en ese instante a pesar de ser una experta en evasiones hizo lo que cualquier mujer en estado de shock emocional hace: le tomó una foto al regalo y la envió al chat de sus amigas…
En el grupo de las arpías, la reacción fue inmediata y estrepitosa:
Camila: De verdad que ese sabe lo que hace .
Sarah: Es tremendo, el César .
Rachel: Ese hombre se va a aparecer cualquier día,
ya verás.
Paula: Ay, pero qué detallazo.
Rachel: Ay chica, ese me cae bien ya…
Amber: Otra víctima. Pobre Luisito
Luego también envió la foto a César , con un mensaje breve:
Sofía: ¿Es que quieres matarme del corazón?
César: ¡No! Solo quiero estar presente…
Sofía quedó un poco paralizada. No había contado con la presencia de César más allá de la pantalla de su celular.
Estaba a más de mil millas de su vida real…
y, sin embargo, conseguía tocarla. Esa capacidad de irrumpir desde la distancia le resultaba profundamente inquietante.
Ella prefería que esos ojos verdes se mantuvieran bien lejos…
aunque, si decidía ser sincera, ya demasiada intriga le causaban.
Sofía hizo switch . La imagen de Luis, concentrado en las notas evolutivas, solo en UCI, le golpeó de repente con una mezcla de ternura y culpa.
Lo había dejado encargado de los pacientes más críticos, olvidando que él también tenía un examen importante al día siguiente.
Sacudió el cuerpo, respiró hondo y subió a buscarlo.
Lo encontró aún frente al monitor, revisando una evolución.
—Luis… ya vete a tu casa a estudiar, que es tarde. Yo me encargo de aquí en adelante —dijo con suavidad.
Luis giró la silla, se acercó y le sostuvo la mirada con una chispa en los ojos.
—¿En serio quieres que me vaya? —preguntó, con los labios muy cerca de los suyos.
Sofía sonrió, esta vez sellando los suyos, casi resignada:
—Querer, lo que se dice querer… pues no. Pero no podría con el cargo de conciencia si mañana sale algo mal con ese examen. Es el fin de tu rotación en Medicina Interna. Tienes que salir bien.
Luis rodó los ojos, medio en broma, medio en verdad.
—No me lo recuerdes.
—¿Por qué?
—Porque eso significa que esta es mi última semana en este hospital. El lunes ya estaré en el pediátrico.
Sofía levantó una ceja, con una sonrisa irónica.
—Míralo por la parte buena, a lo mejor conquistas a una pediatra por allá.
Luis se encogió de hombros, provocador:
—A menos que cambies tú de especialidad…
Ambos rieron, sabían que reír era la mejor manera de esquivar lo que de verdad sentían. Ella lo abrazó con fuerza medida. Le dio las gracias por la noche, por el día y por la compañía silenciosa que a veces era más valiosa que cualquier promesa en voz alta.
Él le besó la frente, con esa ternura que desarma.
—Mañana, cuando salga del examen, te llamo. Te debo una celebración como Dios manda. Ojalá y la guardia siga así de tranquila.
—Oyeeee que eso no se dice… Acabas de desatar la maldición.
—La superstición es la religión de los espíritus débiles… El tuyo está por encima de estas cosas—. Le respondió risueño, alejándose… Y en ese instante, Sofía deseó que el mundo no estuviera tan lleno de decisiones difíciles.
Sofía quedó allí, como ausente, y un frío inesperado se encendió en su espalda, un estremecimiento que hablaba sin palabras, como un calambre que se desplazaba justo bajo la piel.
Era su cumpleaños, y odiaba ese vacío sordo que se instalaba sin permiso.
No quería admitirlo, ni siquiera frente a sus amigas, pero haber pasado el día entero sin un solo mensaje de Adam para felicitarla había erosionado su orgullo y estaba dejando en ella un hueco —un hueco helado y punzante— donde la esperanza, ya muy frágil, se esfumaba sin piedad.