Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Trampas emocionales
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Trampas emocionales

XXXVIII

Durante las semanas siguientes, Sofía y Luis vivieron algo parecido a un idilio sin pretensiones.

Compartían tiempo, cenas, meriendas espontáneas y alguna que otra escapada breve entre turnos.

Había ternura, deseo, complicidad… pero también una libertad que ninguno parecía dispuesto a ceder.

No se hacían preguntas. No hablaban del pasado ni de lo que vendría.

No se molestaban si no coincidían. No exigían explicaciones ni exclusividad.

Era una paz que Sofía agradecía. Un tipo de compañía que no la asfixiaba, que no pedía más de lo que ella podía dar. Y eso, después del huracán emocional que había sido Adam, se sentía como un descanso merecido.

Luis la hacía reír. Se notaba que la admiraba, que disfrutaba su cerebro tanto como su cuerpo. Y aunque la química era innegable, Sofía sabía —desde algún lugar silencioso de su conciencia— que aquello no era amor. Pero era suficiente. En ese momento de su vida, era más que suficiente.

Las llamadas de Adam, sin embargo, al principio no cesaban.

Cada madrugada, como un ritual espectral, su número aparecía en la pantalla…

incluso si estaba durmiendo con Luis. Ella no contestaba.

No lo bloqueó de nuevo, pero tampoco respondió ni siquiera a los mensajes que él le había dejado en un par de ocasiones.

Había elegido el silencio, no como castigo, sino como un acto de protección.

Hasta que una madrugada no llamó… y luego no lo hizo más. Sin aviso, sin ruido, sin despedida.

Y aunque había sido eso lo que ella creía querer, el corazón le dio un pequeño vuelco.

Porque el silencio absoluto también dolía.

No porque lo necesitara de vuelta, sino porque entendía lo que significaba: Adam se había rendido.

Había soltado. O, al menos, había entendido que ya no tenía lugar en su vida.

Y eso, incluso en su decisión más firme, le pinchaba en el alma.

Ya eran finales de noviembre. El año comenzaba a doblar la curva hacia su cierre, y con él, también Sofía, sentía que algo en su interior se había acomodado. Nada estridente. Solo había encontrado un ritmo más lento, más suyo.

Una de esas mañanas atareadas, cruzando los pasillos del hospital se topó con William, que venía en dirección contraria.

—¿Tienes cinco minutos? —preguntó él con su tono habitual, medio distraído, medio cálido.

—Si hay café, tal vez te dé diez —respondió ella, sonriendo.

Terminaron en la cafetería de siempre. William pidió un expreso fuerte, Sofía un cortadito. Hablaron de pacientes, de turnos, de tomografías y resonancias… hasta que él mencionó aquel caso complicado, uno que Adam había derivado y que Sofía logró estabilizar con un esquema que ella misma ajustó.

—Por cierto… ese paciente tuyo, bueno, de él —dijo William, con un dejo de complicidad—, está mucho mejor. Funcionó perfecto el cambio de medicamento.

Sofía bajó un poco la mirada, movió la cucharilla con parsimonia y murmuró:

—No fue nada… es que ustedes los neurocirujanos y las epilepsias, no se llevan nada bien.

William la miró un segundo, con una ternura que no necesitaba adornos.

—¿Y tú? ¿Cómo estás, Sofía?

Ella suspiró despacio. Luego levantó la mirada, con una sonrisa que ya no escondía cicatrices, sino madurez.

—Pues no me quejo. Me siento bien. En sincronía conmigo misma. Es hasta un alivio que tu amigo no esté —dijo, con media carcajada—. Nunca pensé que diría eso.

William sonrió, desvío la mirada, removió el café y le respondió con voz suave:

—Me alegro. De verdad. Me gusta verte así… tranquila, enfocada. No mereces menos que eso, Sofía.

Ella lo miró con gratitud. No por lo que dijo, sino por cómo lo dijo. Por la permanencia y la complicidad a pesar de ser amigo de Adam, pero, sobre todo, por el respeto.

—¿Has hablado con Adam? —preguntó William sin curvas, mientras giraba con cuidado su taza entre las manos.

Sofía lo miró, sorprendida por la pregunta. Tardó un par de segundos en responder.

—No. Ciertamente no. Hace mucho que no hablo con él… ¿por qué?

William clavó la mirada en el café, como si hubiera dicho más de lo que debía. Sacudió la cabeza con una sonrisa breve, algo forzada.

—No, por nada… solo curiosidad.

Sofía lo observó con atención, buscando entre líneas alguna pista. Pero él se paralizó en sus propios pensamientos, como quien carga con algo que no puede decir.

—La vida es una cabrona —murmuró entonces, sin mirarla.

—Así es… —respondió ella, bebiendo un sorbo de café, sin apartar los ojos de él, confusa.

Pasaron unos segundos en silencio, hasta que William volvió a hablar, ahora con una sombra más espesa en la voz:

—A veces no entiendo por qué algunas personas son como son. Algunos creen que pueden pasar por encima de los demás… y que no va a pasar nada.

Sofía frunció el ceño, seguía confundida.

—¿Esto a qué viene? ¿Me estás hablando de Adam?

Él suspiró hondo y se encogió de hombros.

—Estoy hablando de todos. De mí. De ti. De Adam también… supongo. A veces me frustra ver el comportamiento del ser humano. Algunos se pasan de egoístas y otros de generosos… Es que la línea entre protegerse uno mismo y joder al otro es tan delgada.

Sofía volvió a observarlo con las cejas alzadas. Había algo más. Lo sabía. Pero William no se lo iba a decir.

—¿Estás bien?

—Yo sí… —respondió él, bajando un poco la voz—. Y quiero que tú también lo sigas estando. De verdad, Sofía… me alegra mucho que te sientas así.

Le puso la mano sobre la suya con un cariño genuino.

—No se te olvide quién eres.

Ella sintió un escalofrío inesperado muy parecido al miedo, el corazón se le agitó sin permiso, pero no quería saber. Asintió apenas. Y fue entonces cuando William se puso de pie, como si no pudiera quedarse un segundo más sentado a su lado, con todo lo que callaba.

—Nos vemos en la discusión de imágenes luego.

Y se fue, dejando tras de sí un aire impreciso, casi irrespirable, con la sensación de que en ese café se había dicho mucho más de lo que se escuchó.

Esa tarde, Luis acompañó a Sofía a correr en la pista.

Ya entre él y Eddy se había armado una dinámica divertida.

A Eddy le caía bien. Lo veía aparecer con su sonrisa fácil y su forma relajada de moverse, y no podía evitar pensar que, por fin, Sofía estaba viviendo algo sin sobresaltos.

Le gustaba verla así: suelta, centrada, con el cuerpo y la mente caminando al mismo ritmo.

Hasta ese momento nadie había confirmado nada entre ellos, pero las miradas ya no se disimulaban.

Los más cercanos sospechaban —y con razón—, aunque a ninguno de los dos le urgía ponerle nombre.

Quizás Luis sí pensaba hacerlo más adelante, pero lo disimulaba bien.

Se adaptaba al ritmo de Sofía con una paciencia elegante que, en el fondo, también era una forma de amor.

Lo que Sofía no sabía, mientras se despedía de Eddy, era que Luis tenía otros planes para esa noche. Al día siguiente ella cumpliría veintiséis años y, aunque una guardia inamovible amenazaba con robarle cualquier festejo, él había decidido adelantarse al reloj.

Después de correr, pasaron por casa de Sofía a recoger unas cosas, pues habían quedado en pasar la noche juntos.

Ella, confiada, lo acompañó sin sospechar nada.

Pero al entrar al apartamento de Luis, se encontró con una escena inesperada: velas encendidas, pétalos de rosas rojas, música suave en el aire.

En un rincón, el mini jacuzzi ya burbujeaba.

Sobre la mesa, dos botellas de vino y una cena italiana dispuesta con delicadeza.

Todo preparado con una estética íntima y una intención que no necesitaba palabras.

—¿Y esto…? —dijo Sofía, con la ceja en alto y una sonrisa que se le escapaba por las comisuras.

—Considera que estoy ejerciendo mis funciones como interno del mes. Es tu cumpleaños, me tocaba ponerme cursi. Deja de reírte—respondió él, quitándose el Pullover con una naturalidad que delataba lo bien que conocía el efecto que estaba causando.

Sofía no dijo nada más, acarició sus pectorales con las yemas de sus dedos y lo besó, largo, agradecida. Decidió relajarse, desconectar y permitirse recibir sin pensar tanto.

La noche fue lo que tenía que ser: ligera, sensual, divertida. Como una pausa perfectamente calculada, y cuando la madrugada los alcanzó, entre sábanas tibias y risas dormidas, Sofía se recostó sobre su pecho, y casi medio dormida le susurró:

—Gracias por ser tan especial conmigo…

Luis le besó la frente, sin alardes.

—¿Será que ya te quiero? —le preguntó con una ironía que abrazaba— Solo quería regalarte un rato feliz. Parece que lo he logrado.

Sofía soltó una risa feliz y entonces sí, se durmieron. No por olvido ni por huida. Sino porque, dentro de unas horas esperaba una guardia más intensa de lo que ambos imaginaban.

Ella no había podido cambiar la guardia, por más intentos que hizo.

A pesar de ser su cumpleaños número 26, el calendario hospitalario no perdonaba fechas ni sentimentalismos.

Así que, en un acto de frialdad calculada —y algo de picardía—, decidió hacerse un regalo a su medida: pasar el día acompañada por el interno más eficiente del hospital.

Y, por qué no decirlo, también el más apuesto, o sea: Luis.

No hubo peticiones dulces ni favores disfrazados.

Fue una propuesta directa, sencilla, casi quirúrgica: cubrir la guardia juntos.

Él aceptó con esa soltura que tenía para todo lo que la involucrara.

Le gustaba estar cerca de ella. Y aunque no se hablara mucho del tema, ambos sabían que compartir la guardia era una forma disimulada —y deliciosa— de compartir algo más.

El día avanzaba sin sorpresas. Luis se encargaba de todos los detalles: el café caliente, las notas en los historiales clínicos, las bromas oportunas.

Sofía se sentía ligera, como si incluso un cumpleaños de guardia pudiera tener su propio encanto.

Hasta que, alrededor de las dos de la tarde, el teléfono vibró en el bolsillo de su bata. Era un mensaje: