Esos roces que no arden #3
Ella le sonrió con ternura.
—Creo que no me habría perdonado perderme esto. Es un lugar precioso, Luis. No lo conocía.
—Fue difícil escoger un sitio a tu altura y que además no te hiciera sentir incómoda —dijo él, bebiendo un sorbo de vino.
—No hay manera de que me sienta incómoda contigo —se apresuró ella a responder.
Luis sostuvo su mirada con un brillo distinto.
—Eres una mujer muy especial, Sofía… y me gustas mucho. Desde hace tiempo.
Ella hundió la vista en el vino, sonrojada, sin certezas, pero atravesada por deseos viscerales.
—Tú también me gustas, Luis. Y no solo por lo que veo… pero no quiero engañarte. No sé qué es lo que buscas conmigo, y yo estoy en un momento difícil en el que ni siquiera sé lo que quiero. No puedo prometerte nada.
Antes de que terminara la frase, él se inclinó con sutileza y le colocó dos dedos sobre los labios.
—Shhh… —murmuró— No quiero que me prometas nada. No estoy buscando promesas, ni garantías. Lo único que quiero es hacerte sentir bien… y conocerte un poco. Nada más.
Sofía lo miró callada, agradecida. Luego, tras un suspiro que cerraba la última defensa, le respondió:
—Pues si es así… estamos en la misma página entonces.
Luis asintió y, sin soltar su mano, alzó su copa. Sofía lo imitó. Las copas se encontraron en un suave «clin» sellando algo íntimo, callado, suficiente. Después de eso, conversaron con más ligereza. Menos reservas. La noche dejó de ser promesa para convertirse en posibilidad.
Después del postre y de reír genuinamente de cualquier cosa, salieron a la recepción, caminaron un rato alrededor del lago y, finalmente, se acercaron a un taxi para regresar. Luis le abrió la puerta, la ayudó a entrar y luego se acomodó a su lado.
—Te llevo a tu casa— le dijo él
—¿A mi casa? — respondió ella con la sonrisa ladeada, provocativa y temeraria. Él la observó unos segundos, enmudecido por el doble filo de esa pregunta.
—¿Estás segura? —preguntó, sin ironía.
Ella no tardó en responder. No necesitó rodeos ni palabras rebuscadas. Solo una afirmación limpia, clara, que soltó como un disparo preciso mientras se acomodaba en el asiento:
—Yo siempre estoy segura.
Aquella frase lo caló al instante. Pero a Sofía también, porque no era suya: era la inquebrantable respuesta que Adam solía dar cada vez que alguien lo ponía en tela de juicio. «Qué mal momento he escogido para usarla», pensó, sintiendo cómo la memoria la punzaba.
Luis, sin embargo, no perdió la oportunidad. Se inclinó hacia ella y la interrumpió con un beso inevitable que no pudo contener, inevitable y perfecto.
Y el resto… fue destino.
La mañana siguiente, Sofía despertó en una habitación distinta a la suya, con una luz nueva filtrándose entre cortinas ajenas y una calidez adherida a la piel.
Se giró, aún un poco perdida, y lo vio: Luis dormía con la respiración serena y su perfecta espalda al descubierto, en su mundo no existía ninguna urgencia.
Buscó su teléfono. La pantalla encendida fue un bofetón: 06:46 .
—¡Mierda! —murmuró, incorporándose de golpe.
Luis entreabrió los ojos, con esa expresión perezosa de quien no teme al tiempo.
—Calma… todavía tienes tiempo para llegar al hospital —susurró, con una sonrisa ladeada.
—¡Ya estoy tarde! —dijo ella, mientras buscaba su ropa con movimientos apresurados— y aún tengo que pasar por mi casa.
Él se levantó sin prisa y fue a la cocina. Unos minutos después volvió con un café en vaso térmico.
—Para el camino. No te vayas sin esto.
—Gracias… de verdad —respondió ella, tomando el café como si fuera un salvavidas y rozándole los labios en un beso rápido.
Salió casi corriendo, llamó un taxi desde la esquina y se dejó caer en el asiento trasero como si acabara de terminar una maratón.
El auto arrancó. El sonido del motor y el aroma del café recién hecho fueron el escenario ideal para que apareciera el recuerdo.
No era tanto la noche que pasaron, ni el clímax compartido.
Era cómo él la había tocado, con hambre, pero sin prisa.
Con una atención extraña, desinteresada.
Sintió que cada movimiento estuvo pensado para ella, para leer su cuerpo con respeto, pero también con deseo sincero.
Luis no intentó dominar la escena, no improvisó trucos.
Solo se hizo presente. Cálido, lento, entero.
Todo lo que hizo fue por ella. Y eso, en un mundo de egoísmos veloces, se sentía como un milagro íntimo.
Sofía se sorprendió pensando: «hacía mucho que no me sentía así». No eufórica, ni enamorada… sino vista. Cuidada.
El taxi se detuvo en su casa. Se duchó, se cambió y salió rumbo al hospital, procurando no parecer una fugitiva emocional.
Tomó aire, lo suficiente para recomponerse.
Luis todavía deambulaba en su cabeza como esa nota musical que no pertenece a ninguna canción, pero que suena justo cuando más la necesitas. Y eso, en ese instante, valía mucho.
♫19- Si te hago canción no te pido por eso que mueras por mí. Es tan s o lo un destello de tiempo, una chispa, un disparo perdido, en el recorrido de mí hacia ti. ♫