Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Esos roces que no arden #2
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Esos roces que no arden #2

—Un fósil con experiencia que lee bien los electroencefalogramas —le soltó Maritza con una risa burlona—. Te dejo ahí a Luis, Sofi, para que haga la nota. Si no tienes interno hoy, úsalo. Yo ya casi termino.

Le guiñó el ojo a Sofía, lanzó a Alberto un gesto de «compórtate» y se esfumó, dejando a su su amiga con los nervios crispados.

Alberto, ya en su taquilla, se volteó entre provocador y nostálgico:

—¿Y el neurocirujano? Hace rato que no se aparece por aquí.

Sofía lo encaró sin rodeos. Se plantó frente a él, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.

—¿Y eso por qué te importa?

—La que me importa eres tú.

El silencio quedó pesado, como un aire espeso entre los dos. Luego ella respondió, tajante:

—Alberto… crece. Ya son 42 años en esas costillas. Sé coherente con tu vida. Por favor.

Él frunció los labios, medio riendo, medio herido.

—Tan bonita… y tan odiosa —murmuró, dándole la espalda y saliendo.

Sofía respiró hondo, fue al espejo, se ajustó la bata con manos firmes, se arregló el peinado y se recompuso como quien se viste para la batalla.

Cuando salió al pasillo, Luis estaba terminando de escribir.

—¿Ya terminaste? —preguntó ella, más seria de lo que quería.

—Ya casi… ¿por qué?

—Porque se te adelantó la cita. Estás atascado conmigo toda la tarde. Vamos a ver si de verdad sabes algo de Neurología.

Luis levantó la cabeza, sorprendido y encantado a la vez. La siguió sin pensarlo.

Justo al salir, Alberto, aún en la puerta, le haló del brazo con delicadeza. Se inclinó hacia ella con un tono más posesivo que protector:

—No repitas patrones Sofía… es un interno.

Sofía giró la cara, con una sonrisa filosa y una ceja enarcada. Se soltó de un tirón y le respondió con toda la intención de refrescarle el pasado:

—Por lo menos no está en tercer año.

Y siguió caminando oronda, con Luis al lado y el pulso un poco más rápido de lo que estaba dispuesta a admitir.

Luis no dijo nada, pero la tensión que acababa de percibir entre Alberto y Sofía le dejó una nota muda flotando en el ambiente, no obstante, eligió ignorarla.

prefirió seguir disfrutando de la tarde con ella.

Recorrieron juntos urgencias, revisaron tomografías, discutieron casos neurológicos con ese tipo de intensidad que a Sofía le fascinaba.

Luis la escuchaba embobado, pero con profunda atención. Sus preguntas eran precisas, su entusiasmo evidente. Sofía, a pesar del cansancio, se sentía cómoda. Atractiva. Era nuevo y delicioso tener a alguien que fuera, al mismo tiempo, excelente compañía, alumno, y… quizás algo más.

El sol comenzaba a bajar ya de tonos cuando el celular vibró en su bolsillo. Ella miró la pantalla y frunció el ceño. Era Adam. No contestó. Lo dejó sonar. Volvió a vibrar treinta segundos después. Esta vez Sofía bufó con un gesto de fastidio contenido.

—¿Nuestro neurocirujano estrella? —preguntó Luis, sin sarcasmo.

—Pues sí —respondió ella, sin mirar el teléfono.

—¿No vas a contestar?

Sofía se encogió de hombros. —No sé si debería…

Luis la observó un instante, sin presionarla. Luego, solo le dijo:

—Tal vez es algo importante.

Ella suspiró, reflexiva. Finalmente aceptó la llamada con un gesto rápido, se llevó el celular al oído y, alejándose de Luis con sutileza, habló con voz serena, casi indiferente:

—¿Qué quieres, Adam? ¿De verdad es necesario  que me llames?

—Tengo un paciente que me gustaría que valoraras —dijo él, seco.

—No hay problemas. Pásale toda la información a William y dile que me busque. Ahora mismo estoy con una interconsulta. Tengo que colgar. Y por favor evita llamarme…

Adam se quedó con el teléfono en la mano, con la terrible duda perforándole la corteza prefrontal: ¿Sofía seguía enfadada… o simplemente ya le daba igual?

Luis no comentó nada. Solo sonrió con los ojos, como quien conquista un pequeño territorio. Sofía le devolvió la mirada con una mezcla de alivio y contradicción. El silencio que siguió no fue incómodo: fue cómplice, como un acuerdo tácito de que algo nuevo estaba naciendo.

La jornada en la tarde terminó sobre las cinco, con un sol tibio que se deslizaba por los ventanales como una caricia en cámara lenta. Luis se ofreció a llevarla a casa en su moto.

—¿Te llevo? —preguntó con esa sonrisa embriagadora que ya empezaba a volverse costumbre.

Sofía negó con delicadeza, aunque por dentro ardiera un impulso opuesto.

—No es necesario , Luis… Gracias. Hoy prefiero caminar un poco. Nos vemos luego.

No mentía. Necesitaba ese tramo a solas, no para huir, sino para contenerse a sí misma. Para alinear el cuerpo y los pensamientos —sobre todo el cuerpo— antes de la noche.

Luis arrancó la moto, y ella lo vio alejarse como se observa un deseo postergado, pero comenzó a caminar despacio. Cada paso era un ensayo. El aire le tocaba la piel con una electricidad que parecía anunciar algo inevitable.

En casa, se preparó sin apuro, con una precisión calculada.

Eligió un vestido terracota oscuro, entallado al cuerpo, sobrio y sin disculpas.

Las mangas, tres cuartos. El escote, medido: lo justo para insinuar la clavícula y una promesa sutil en el inicio del pecho.

Tacones medianos, elegantes. Cabello suelto, ondulado.

Y un perfume que, más que fragancia, era una invitación a acercarse.

A las ocho en punto, sonó el timbre. Sofía abrió la puerta y allí estaba Luis.

Pantalón de lino color crema, camisa azul marino, arremangada, reloj sobrio.

Pero lo que la desarmó no fue la ropa, sino la manera en que la miraba: con calma y con peligro.

Esa forma de verla como si ya la hubiera desnudado…

no con las manos, sino con la paciencia de quien sabe esperar el instante preciso.

—¿Lista? —preguntó, ofreciéndole el brazo con esa solemnidad de época que vuelve todo más íntimo.

Ella asintió con la cabeza y se apoyó en él. Esa era su manera de decir que sí, que estaba lista… o al menos quería estarlo.

Subieron al taxi. El trayecto fue breve, pero electrizante. No hablaron demasiado. Las palabras sobraban porque las miradas estaban siendo bastante reveladoras. Él le acarició la mano un segundo, apenas un roce, como si necesitara comprobar que estaba ahí.

A las afueras de la ciudad, se detuvieron en la entrada de una finca inmensa, envuelta por una vegetación tropical exuberante y meticulosamente cuidada, que trepaba hasta una colina pequeña, casi oculta entre las sombras que el crepúsculo alargaba.

Frente a un lago pequeño de aguas verdeazules, un restaurante parecía fundirse con el paisaje; sus luces amarillas se filtraban entre las hojas como faros para encuentros clandestinos.

Un anfitrión de traje oscuro los recibió en la entrada con una cortesía sobria y, tras comprobar la reserva, los condujo hasta su sitio por un sendero de madera iluminado por lámparas bajas.

Las mesas, dispersas con generosidad, invitaban a la confidencia y a lo prohibido.

Y aunque ellos no se habían besado todavía, el deseo ya saturaba el aire, palpable y silencioso, ocupando el espacio que los contenía.

La cena transcurrió entre sabores suaves, risas discretas y silencios que hablaban más que las palabras. El vino tinto, espeso y cálido, parecía tener su propia cadencia, como si también supiera que aquella noche no sería cualquier noche.

Luis observaba a Sofía con detenimiento. No desde la admiración superficial, sino con esa quietud peligrosa de quien desea descubrir lo que no se muestra.

—Sofía… —murmuró, como si le confiara un secreto—. Gracias por aceptar mi invitación. De verdad.