Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Esos roces que no arden
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Esos roces que no arden

XXXVII

—Sofía… —dijo por segunda vez, paralizado por la sorpresa.

Ella guardó silencio. No sabía por qué había contestado; ya se arrepentía.

Cerró los ojos con fuerza, pero el gesto no deshizo lo ocurrido.

Sentada en el borde de la cama, permaneció inmóvil con el teléfono pegado a la oreja.

El aire le faltaba; cualquier palabra prometía volver a romper algo dentro.

Un latido sordo le martillaba en la sien.

Del otro lado, él insistió, con un dejo de angustia:

—¿Por qué me desbloqueaste?

Sofía sacudió el rostro un segundo y, con un suspiro que le calmó un poco los nervios, respondió mientras se recostaba contra la cabecera de la cama:

—Todo está bien Adam… No tengo idea de por qué te llamé. Tal vez es ahora cuando me siento lista para volver a hablarte. No lo sé…

—¿Algún motivo en especial? —preguntó él, con la voz suspendida entre la esperanza y el miedo—. ¿Pasó algo?

—El tiempo… supongo. Ha pasado poco, pero ha pasado.

Hubo una pausa. Del otro lado, Adam respiró hondo antes de confesar:

—Te extraño, Sofía…

Ella selló los labios, sin conceder respuesta. Cambió el tono, a otro casi quirúrgico:

—¿Por qué me llamas?

Él tardó en contestar. Cuando lo hizo parecía que soltaba una carga insoportable:

—No ha habido un solo día en el que no te haya llamado. No puedo sacarte de mi cabeza… Vine creyendo que hacía lo correcto, pero cada día estoy menos seguro de eso.

Ella dejó escapar una risa forzada, sin humor.

—Ya es tarde para eso, Adam.

El silencio volvió. Ella bajó la mirada, pero la curiosidad la consumía. y aun sabiendo que la pregunta podía desnudarla más de lo que quería, la lanzó:

—Dime una cosa… ¿por fin cuántas habitaciones tiene el apartamento?

La línea se quedó en un vacío áspero. Adam no dijo nada… solo se escuchaba su respiración.

Sofía trató de resintonizar su mente. «Tengo 86 mil millones de neuronas en el cerebro y, sin embargo, ninguna parece hacer sinapsis cuando se trata de este hombre. ¿Por qué me sorprendo?» Esto no debía afectarla, ella ya lo había presagiado en uno de sus acertados fenómenos de anticipación.

—Ya lo sabía… No pasa nada… Solo espero que estés feliz. ¿Estás feliz?

El silencio se estiró hasta doler. Y entonces, con la voz rota, Adam murmuró:

—Tengo que colgar.

Quizá porque hablaba en susurros desde la cocina, mientras Julia dormía. Quizá porque Sofía le había lanzado la misma pregunta que Julia le hiciera en aquel autobús un mes atrás. Y de nuevo, no tenía respuesta.

La llamada se cortó.

Sofía sabía que ya no volvería a conciliar el sueño, así que se metió bajo la ducha: tres horas de descanso no bastaban para nada.

El agua caliente le despejó el cuerpo, pero no la mente.

A las cinco se preparó un café fuerte y se quedó mirando por la ventana cómo la ciudad empezaba a desperezarse.

En vez de esperar en casa, decidió vestirse y salir.

Cuando llegó al hospital apenas clareaba. Subió al balcón del quinto piso y se dejó envolver por la brisa y la quietud.

Eran casi las 6:30 a.m. cuando sacó el teléfono y llamó a Paula, que le contestó al tercer timbre medio dormida.

—¿Tú sabes qué hora es, loca? —dijo entre bostezos.

—Lo sé, perdona, pero necesito hablar… He metido la pata. Fuera de lugar, fuera de momento.

—¿Qué hiciste ahora?

—Desbloqueé a Adam. Y como por arte de magia, dos horas después me llamó… a las cuatro de la mañana.

Paula se enderezó en la cama, bostezando y abriendo los ojos con esfuerzo.

—¡Vaya que es oportuno el hombre! Parece que la precisión de Adam no es solo abriendo cerebros… ¿Y qué te dijo?

—Nada que no haya dicho antes. Que me extraña. Que no deja de pensar en mí. Bla, bla, bla. La misma mierda, Paula.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Caí bajísimo Pau. Imagínate que le pregunté... —Sofía se llevó la mano a la frente—. Le pregunté cuántas habitaciones tenía su apartamento.

Paula soltó una carcajada, medio incrédula.

—¡Nooo! —dijo entre risas—. Sofía, por favor. ¡Qué escena tan patética!... y tan normal a la vez.

Sofía suspiró largo, con esa mezcla de risa amarga y vergüenza.

—Ya sé. Pero fue más fuerte que yo. No me contestó. Hizo silencio. Y después que le pregunté si era feliz…  colgó.

Paula bajó el tono, sin perder firmeza.

—Ah, ¿porque también le preguntaste si era feliz? —dijo Paula entre risas—. Sofía, de verdad… te luciste. —Soltó otra carcajada—. Pero mira, si no te contestó fue por vergüenza. Le diste justo donde más le dolía. Y si me preguntas, eso deberías asumirlo como una victoria.

Hubo un silencio. De esos donde la verdad se queda respirando en medio.

—La verdad es que me siento fatal. No debí haberlo desbloqueado, menos aún contestarle.

—Sofía, cariño… tienes que parar de intentar ser perfecta. Nosotras te queremos justo porque no lo eres. Deja de castigarte por sentir. Todas caemos. Todas preguntamos lo que juramos no preguntar. No es traicionar tu orgullo: es ser humana. Y al final, eso es lo único que nos hace de verdad.

Hizo una pausa, y luego disparó con más fuerza:

—A ver cómo te lo digo para que tu cerebro de neuróloga lo procese mejor…

Ahora lo que se usa es ir de duras y frías, como si eso fuera posible.

Pero en el fondo somos todas unas hipócritas.

Lloramos como magdalena cuando nadie nos ve.

Nos sentimos como la mierda cuando nos rechazan.

Nos apuntamos al gimnasio, corremos la pista, nos decimos que vamos a renacer.

Rellenamos el hueco con cualquier risa bonita, aun sabiendo que no basta.

Y después, el resto finge que nos cree. «La pobre, está hecha polvo», comentan por detrás.

—Explicaba haciendo una mueca de lástima forzada que Sofía podía imaginar sin dudas, mientras la escuchaba— No hay cómo escapar amiga.

Lo mejor es aceptar que nos jode, y que nos jode bastante.

Confiar en que, con el tiempo, lo vamos a superar.

Pero fingir que no duele, que somos de acero, es agotador.

Al menos entre nosotras, créeme, eso no hace falta.

Sofía cerró los ojos, dejando que el aire fresco de la mañana le enfriara las mejillas.

—Wow… viniendo de ti, esto fue una cachetada sin manos. Pero sí… La verdad es que aún duele, Pau.

—Lo sé. Y va a seguir doliendo un rato. Pero mientras tanto, agarra el espejo, saca el creyón rojo, retócate los labios… y entra ahí a comerte el mundo.

Sofía sonrió, con los ojos cerrados y el corazón estrujado.

—Te quiero, arpía.

—Y yo a ti, mi drama queen  favorita. Ahora déjame dormir por favor… y olvida esa llamada estúpida. No lo bloquees más. Pero no porque no merezca tu atención, sino porque ya no merece tu energía.

Paula colgó y Sofía se quedó unos minutos más en el balcón, mirando cómo el cielo se aclaraba de a poco y tratando de hacerlo ella, también.

La mañana transcurría sin sobresaltos en la sala de Sofía.

Los residentes de primero repasaban indicaciones terapéuticas para un seminario, los especialistas cruzaban con café en mano, y ella revisaba evoluciones cuando notó en la historia de un paciente, con ACV reciente que la glicemia se había disparado a más de 280 a pesar del esquema basal de insulina.

No lo dudó. Tomó el teléfono y llamó a Maritza.

—Maritza, ¿puedes darte una vuelta por aquí? Tengo un paciente con ACV que está haciendo una descompensación glucémica. Parece seria y prefiero que lo ajustes tú.

Diez minutos después, Maritza apareció en la sala con su clásica parsimonia y esa sonrisa conflictiva pero hermosa que la caracterizaba.

Y, cómo no, traía a Luis detrás, como quien coloca una ficha en el lugar exacto del tablero.

Sofía levantó una ceja, sorprendida y a la vez divertida por la jugada.

—¿Dónde está el diabético rebelde? —preguntó Maritza sin preámbulos. Sofía le indicó la cama 5.

Los tres se acercaron. Maritza hojeó los reportes, revisó los últimos controles y murmuró:

—Esto no me gusta. Vamos a hacer un perfil glucémico intensivo y ajustar el esquema. Luis, anota ahí: control capilar cada dos horas por las próximas ocho horas, ajustar según protocolo de insulina rápida. Y suspéndele los hipoglicemiantes orales por ahora…

Luis escribía obediente, pero sin despegar la mirada de Sofía. Cuando Maritza se alejó unos pasos, él aprovechó el vacío:

—Se te notan las ojeras… parece que la fiesta acabó tarde. —Y bajando la voz junto a su oído, añadió—: Sigo esperando que me envíes la dirección. A las ocho paso por ti.

Sofía sintió la sonrisa queriendo escapársele, pero solo se limitó a ajustar el estetoscopio en su cuello, fingiendo concentración, y se giró despacio hacia él:

—¿Y a dónde vas a llevarme?

Luis ladeó la cabeza y dijo, sin titubear:

—Déjese sorprender, doctora.

Maritza observaba de reojo desde una esquina, y no dijo nada en ese instante. Pero en cuanto salieron del cubículo, giró en seco y tomó a Sofía del brazo con firmeza.

—Tú, conmigo. Ahora.

La arrastró sin disimulo por el pasillo hasta el cuarto médico. Abrió la puerta con decisión la cerró con un golpe de cadera y se apoyó en la pared. Ya tenía los brazos cruzados, una ceja alzada, y esa mirada de rayos X que usaba cuando no iba a dejar pasar ni una.

—Ok. Ya. Suéltalo. Todo. Desde el principio.

—Todavía no hay nada que contar… vamos a salir hoy —dijo Sofía, haciendo esfuerzos por sonar casual, pero su sonrisa la traicionaba.

—¿¡QUE VAN A SALIR!? —Maritza bajó la voz al instante, aunque ya era tarde. Dio un paso al frente como si eso aumentara la gravedad del asunto—. ¿Tú sabes lo que has hecho? ¡Ese niño es el crush oficial de medio hospital! Pero si es un niño Sofía, parece un osito de peluche.

—Madre mía… dicho así me siento una anciana.

En ese momento, la puerta se abrió sin aviso. Entró Alberto, que alcanzó a oír la última frase. Se detuvo, clavando la mirada en Sofía.

—¿Ancianas ustedes? —dijo con tono farsante mientras saludaba a Maritza—. ¿Y entonces yo qué soy?