Ecos que laten #2
Sofía no pensó en nada más, hasta que una imagen fugaz la atravesó: «Adam también era torpe al bailar…». El recuerdo le jugó una mala pasada por un instante, pero enseguida lo soltó, aferrándose al presente, a esa melodía y a ese abrazo nuevo que le sabía a paz.
Luis la sostuvo con delicadeza, marcando el compás. Sofía se dejó arrullar por la voz de Diana Fuentes, sintiendo cómo el mundo se reducía a ese vaivén tranquilo.
Mientras bailaban, él bajó un poco la mirada, con una incredulidad evidente, y le confesó en voz baja, casi riendo de sí mismo:
—Me has sorprendido Sofía… Nunca pensé que me darías ni la hora. Siempre te vi… fuera de mi alcance.
Sofía esbozó una sonrisa provocativa:
—No soy yo, Luis. Eres tú. Si estamos aquí bailando, es porque viniste a por ello. Yo no he movido un dedo. —Hizo una pausa, divertida—. Y ojo, yo no bailo con cualquiera, ¿eh?
Luis sintió un pinchazo de orgullo, y acercándola un poco más contra él, le respondió:
—Bueno…, creo que aún te queda mucho por ver.
Sofía volvió a reír, esta vez lo miró con intención:
—No tengo dudas.
—Recuerda que mañana, la noche es mía. —agregó él.
Ella sentía un alivio distinto, uno que quizás creía no merecer, pero que a la vez la hizo caer en cuenta de que, el dolor, no era obligatorio. Sin embargo, no entró en debates internos, solo dejó que la sonrisa que se dibujaba en su rostro fuera libre, mientras apoyaba la frente contra su hombro.
La canción terminó. Luis aflojó el abrazo despacio, aspiró el aroma de su cabello y, antes de soltarla, se inclinó para rozarle la comisura de los labios con un beso ligero, casi accidental. Aun así, la piel de ella reaccionó de inmediato, estremecida.
—Disfruta tu noche, doctora —susurró con una sonrisa—. Pásalo bien con tus amigas. Solo quería verte… y que me vieras tú también.
Se apartó con calma, alejándose entre las mesas. Sofía lo siguió con la mirada, atrapada en esa sensación contradictoria de alivio y de deseo, asumiendo que, en el fondo, le habría gustado que se quedara.
Volvió a la mesa con sus amigas, que la recibieron entre risas y codazos.
—Bueno, bueno… —canturreó Camila—, ¿y ese vals improvisado?
—Yo lo apoyo totalmente —dijo Rachel, levantando su copa—. Voto por Luis como candidato oficial para sacarte del caos.
—Por favor, Sofía, solo no juegues con él. —añadió Amber, con cierto recelo.
—Ay, Amber por favor, deja el drama. No seas aguafiestas. Aquí todo el mundo es adulto y es responsable de sus actos —inquirió Paula.
Sofía no le hizo caso y se dejó caer en la silla, riendo mientras tomaba un sorbo del mojito. El teléfono vibró en la mesa. Lo tomó, leyó un mensaje en la pantalla y soltó una carcajada espontánea:
César: Buenas noches doctora…
¿Aburrida o dormida ya?
Si yo estuviera allá
hoy martes y a esta hora…
estarías conmigo en el Templo,
tomándote un mojito
y viéndole otros colores a la vida.
—¡Eh! ¿pero tan rápido y ya te hace reír así? —comentó Rachel, arqueando las cejas.
Sofía negó con la cabeza, todavía sonriendo.
—Oh, no… no es él.
Alzó el teléfono, juntó a todas con un gesto y se inclinó hacia el centro de la mesa.
—Vengan, selfie grupal. —Levantó el vaso del mojito y lo puso en primer plano, capturando la risa de todas bajo la luz cálida del Templo. En segundos, la foto salió disparada rumbo al chat de César .
—¿Que no es él? —dijo Sarah, intrigada—. ¿Entonces quién es? ¿Hay otro?
—¡Confiesa! —agregó Camila con risas.
Sofía sonrió, mordiéndose el labio antes de responder:
—No, qué va… es César . ¿Se acuerdan?
Paula enarcó las cejas y soltó entre risas:
—Ah… el del famoso efecto César .
—Oh sí, pero ese César está muy lejos… —añadió Camila, dejando la copa sobre la mesa —Eso es puro flirteo digital, no es peligroso.
Sofía se relajó entre la música, las risas de sus amigas y el recuerdo aún fresco de Luis, pero llegó otra notificación que no se hizo esperar.
César: ¡Wow!!Yo, en tu lugar,
ya estaría preocupada.
Sofía: ¿Por?
César: Porque ya me metí en tu cabeza
y hasta me adelanto a tus movimientos…
Sofía sonrió otra vez, bajando la mirada, y aunque no respondió, para César fue muy fácil deducirlo.
César: Ya deja de reírte, que tus amigas
me van a empezar a odiar antes de darme el chance.
Atiendes más al teléfono que a ellas…
y las amigas nunca pueden estar en contra.
Sofía: jjj
César: Estás preciosa doctora.
Y si yo estuviera ahí…
Otra risa inevitable se le escapó, pero guardó el celular.
—Ten cuidado, Caperucita… que veo que ya no le tienes miedo al lobo —dijo Paula, riendo a carcajadas.
—A los lobos, querrás decir —agregó Rachel, levantando su vaso.
—Se vale aclarar —intervino Amber— que Luis tiene más de ciervo que de lobo… por si acaso.
Sofía le devolvió un gesto desdeñoso con la mano y Paula la mandó a callar con una mueca exagerada.
El resto de la noche se fue entre risas, hasta que, casi al cerrar, vieron llegar a Rafa, el novio de Rachel, que venía a buscarla para que no regresara sola a casa.
Rachel se levantó radiante, feliz… con ese rastro de incertidumbre que deja lo que uno aún no percibe duradero, pero con un brillo en la mirada distinto, renovado.
Sofía llegó a su casa dispuesta a descansar: al día siguiente le tocaba levantarse temprano para trabajar. Se dio una ducha rápida, se puso el pijama y, al recostar la cabeza en la almohada, casi sin pensarlo buscó el chat de Adam.
Ahí estaba el último mensaje, intacto: «Sofía, por favor, reacciona. Yo te amo»
Miró hacia el buró. El libro. El oftalmoscopio. Y se le llenó la cabeza de recuerdos. Abrazó la almohada contra su pecho… y, sin pensarlo mucho, lo desbloqueó.
A las 4 de la madrugada, el timbre de su celular sonó alto en la habitación silenciosa. Era Adam. Ella no lo sabía, pero… a pesar de todo, él no había dejado de marcarle ni un solo día desde que se fue, incluso después de saber que ella lo había bloqueado.
Al ver su nombre en la pantalla, el corazón de Sofía se aceleró de manera caótica. No lo pudo evitar: deslizó para contestar. No dijo nada.
—Sofía… —susurró la voz de Adam al otro lado de la línea.
Y así como si nada, la noche, el baile, la esperanza, y hasta el mundo... volvían a desmoronarse en un instante.