Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Ecos que laten
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Ecos que laten

XXXVI

El Templo hervía con esa energía bohemia que solo aquella ciudad podía darle.

Las paredes de ladrillo, iluminadas por faroles antiguos, creaban la intimidad perfecta.

Uno de los músicos afinaba su guitarra en la esquina, y el humo de los habanos mezclado con el aroma a ron viejo impregnaba el aire.

Las risas y las conversaciones se superponían al ritmo suave de una trova que flotaba como un hilo invisible entre las mesas.

En una de ellas, bajo un arco de ladrillo, estaban ya las cinco: Sarah con un cóctel de frutas en la mano, Amber jugando con un mechón de su cabello, Paula observando distraída a un trovador, y Rachel y Camila compartiendo un plato de tapas mientras brindaban entre risas.

Sofía entró con paso rápido. Se quitó la chaqueta y la colgó del respaldo antes de sentarse, todavía con la piel tibia por el aire veraniego de la noche.

—¡Al fin llegaste! —exclamó Camila, chocando su vaso contra el de Rachel—. Pensé que ibas a echarte atrás.

—Nunca me echo atrás con ustedes —respondió Sofía, acomodándose en la silla y dejando que la música la envolviera—. Solo tuve un día largo en el hospital y luego fui un rato a correr con Eddy… eso me hace bien.

Hablaron primero de tonterías, de un nuevo bar que estaba por abrir y de un viaje que querían preparar juntas, hasta que Sarah, con esa mirada indiscreta que siempre iba al grano, dejó caer la pregunta como quien lanza un guijarro al agua:

—¿Y cómo va todo… lo de Adam?

El bullicio del bar se volvió un eco lejano para Sofía. Hundió la vista en su vaso de mojito, moviendo distraída la hierbabuena con la pajilla mientras buscaba las palabras.

—Pues no lo sé…, me debato entre extrañarlo demasiado y odiarlo con la misma intensidad. Supongo que tarde o temprano esto se me pasará.

Las demás callaron. La luz amarillenta del farol acariciaba su rostro mientras seguía hablando:

—Las señales siempre fueron claras… Yo, la verdad a veces tenía la sensación de que le recordaba sus conflictos internos sin resolver.

Como si yo fuera un espejo de todo lo que no se atreve a ser, y una amenaza para su diseño de vida.

Es difícil de explicar…, pero lo que sí sé es que yo no quiero ser eso para nadie.

Una carcajada de otro grupo estalló al fondo, seguida de un acorde de guitarra. Sofía respiró hondo.

—Así que sí… ha sido difícil, pero ya está.

Paula apoyó los codos en la mesa, inclinándose hacia ella con esa mirada que no admitía evasivas:

—Estoy orgullosa de ti, Sofi —dijo casi en un susurro—.

Pero no te desgastes pensando. Para muchos hombres el amor es un negocio que no debe exigirles demasiado de sí mismos…

y en esos casos, es mejor invertir en nuestros propios negocios.

Pero ya basta de Adam; esta noche es nuestra y es para relajarnos.

Las palabras la atravesaron como un alivio necesario , pero de inmediato, Sofía puso ojitos de chismecito fresco y en tono de cuchicheo cómplice les comentó:

—Ah…, pero tengo que contarles algo, chicas…

Dejó el mojito a un lado y se inclinó hacia el centro de la mesa:

—Hay un muchacho nuevo dándome vueltas. Me ha invitado a salir… y creo que me gusta.

El grupo reaccionó como un resorte: Camila aplaudió despacio, Amber abrió los ojos sorprendida, Sarah se cubrió la boca para contener la risa y Rachel silbó juguetona para luego preguntar:

—¿Cómo que un muchacho? ¡Queremos detalles ya!

Sofía rió, fue una risa clara que le devolvió algo que creía olvidado.

—Se llama Luis… es interno…  tiene casi veinticuatro.

—¿¡Veinticuatro!? —repitió Rachel con teatralidad—. ¡Pero si estás asaltando cunas como yo!

Todas estallaron en risas contenidas, inclinándose sobre la mesa.

—Es que tienen que verlo… y me entenderán —dijo Sofía, haciendo un guiño.

Amber entrecerró los ojos, como si algo encajara de pronto:

—Sofía…, me temo que ya estoy empezando a entender, aunque preferiría no hacerlo. Pero es que hay un Luis de casi metro noventa, mirándote embobado ahora mismo desde la pared del fondo.

Las cabezas se giraron a la vez. Y ahí estaba, el mismo Luis, apoyado en la pared de ladrillos, con una camisa blanca arremangada que lo hacía lucir más sexy aún, un refresco en la mano y esa sonrisa fácil que iluminaba la penumbra del bar.

—¿No me jodas que ese es tu Luis, Sofía? —exclamó Amber, divertida.

Sofía se quedó mirándolo, con una sonrisa nerviosa, todavía incrédula.

—El mismísimo —respondió, con un dejo de orgullo travieso. —¿Lo conoces?

—¿Que si lo conozco? Estudiamos juntos toda la vida… fue mi novio en la primaria, pero él nunca se enteró.

La carcajada fue unánime.

—Esto es demasiado para mi corazón —bromeó Amber, poniéndose de pie mientras se alisaba el vestido—. Pero Sofía, te lo digo en serio: es un gran muchacho. Ve a ver lo que haces.

Con paso ligero, Amber cruzó entre las mesas hasta llegar a Luis y lo abrazó con cariño.

Sofía y las demás siguieron la escena con la mirada. Y por primera vez en semanas, ella se sintió liviana, como si en medio del Templo la vida le pintara un destello nuevo en la piel y le devolviera la chispa.

—Ciertamente, es un papacito —sentenció Rachel observándolo, llevándose el vaso a los labios con una sonrisa cómplice.

Sofía desvío los ojos, jugando con la servilleta entre los dedos, y luego se recostó en el espaldar de la silla, dejando escapar un suspiro.

—Si les soy sincera… no puedo evitar sentir culpa. Estar siquiera considerando algo con Luis me hace sentir como si, al final, le estuviera dando la razón a Adam en todas sus dudas sobre mí.

Sarah la sostuvo con una mirada serena, de esas que saben contener y al mismo tiempo empujar hacia la verdad.

—¿Sabes qué, Sofi? No veo nada de malo en que él tenga la razón… pero no de la manera que crees. Sus dudas sobre ti se basan en los miedos que él siente . Es él quien se aterra por la mujer que eres, es él quien no puede soportarlo. Pero por lo que veo al tal Luis eso no le incomoda mucho.

Hubo un murmullo de aprobación alrededor de la mesa, mientras la luz cálida de los faroles les pintaba los rostros. Paula, fiel a su estilo, lo remató sin titubear:

—Apuesto cualquier cosa que a esta hora está con Julia hablando del clima o viendo el noticiero… eso si es que está hablando con ella.

Sofía guardó silencio unos instantes, dejando que las palabras de sus amigas calaran en ella. Entre el bullicio del Templo y las risas dispersas, sintió de pronto, algo dentro encontraba un respiro.

Alzó la vista hacia la pared del fondo: Luis seguía conversando con Amber, pero entre frase y frase sus ojos volvían a buscarla, como si ella fuera su punto fijo en medio del bar.

Entonces se levantó. Avanzó entre las mesas con paso decidido, sin detenerse a pensarlo demasiado.

—Buenas noches —interrumpió, mirándolo directo, esbozando una sonrisa traviesa que le ablandaba los rasgos.

—Buenas noches, doctora —respondió Luis, inclinándose lo justo para dejar en su mejilla un roce que parecía más reto que saludo.

Amber los observó con picardía y, antes de marcharse, se señaló los ojos con ambos dedos, haciéndole a Sofía el gesto inequívoco de «te estaré vigilando». Luego se perdió entre las mesas rumbo a las chicas.

Luis la recorrió de arriba abajo con los ojos, sin disimular el asombro.

—El pijama del hospital te va de maravillas, pero… —dijo en tono provocador—… esos pantalones te quedan de muerte.

Sofía arqueó una ceja, divertida.

—Tú no te ves tan mal tampoco —contestó, y ambos sonrieron, midiendo la tensión.

—¿Tienes problemas cuando te dicen que no…eh? —dijo ella, cruzando los brazos con fingida severidad—. ¡Vaya que eres insistente!

—No siempre —replicó él, desviando la mirada—. Depende de la motivación.

—¿Y estás solo? —preguntó Sofía, preguntó Sofía, incapaz de contener la duda que le rondaba: «¿Qué hace un hombre así…, solo?

—Casi siempre ando solo… —admitió—. No soy de muchos amigos.

Luis llevó el refresco a los labios y dio un trago lento, como quien se prepara para dejar caer algo más.

—No me dio tiempo de pasar por la pista esta tarde, así que pensé en venir aquí… para recrear la vista contigo —dijo con una sonrisa tranquila—. Pero no te preocupes, regresa con tus amigas. Entiendo que hay mucha gente del hospital y quizá no quieras que nos vean juntos.

Sofía lo miró fija, los labios se le curvaron en una sonrisa atrevida.

—Ay, Luis. Estoy en un momento de mi vida en la que ya me importa muy poco lo que ve o dice la gente —respondió despacio—. He aprendido a disfrutarme tal cual soy, no por arrogancia, sino por supervivencia. Ya no me permito cargar peso de extra.

Luis quedó un segundo en silencio, sorprendido, como si no esperara esa respuesta.

—Eso… —murmuró, asintiendo—. Eso me gusta.

En ese momento una melodía lenta y profunda se abrió camino entre las conversaciones. Luis dejó el refresco sobre una mesa y extendió la mano.

—Pues si es así como me dices… entonces no te molestará bailar conmigo esta canción. Luego me voy y te dejo disfrutar tranquila.

Sofía sintió un calor que le encendía por dentro y contuvo la sonrisa.

—Será un placer —respondió.

Él sonrió, mientras se acercaba a ella…

—Perdona si te piso… aparte de que soy un poco torpe para el baile, estoy un poco nervioso.

—No te preocupes —dijo Sofía, inclinando la cabeza para dejarse envolver por la melodía—. Puedo lidiar con eso.

♫18- Es que tu amor es un acertijo… un tornado del alma, que me lleva sin rumbo fijo .♫

Luis la guió hacia un rincón más oscuro e íntimo. Rodeó su cintura con una mano y con la otra tomó la suya. La cabeza de Sofía quedó bajo su barbilla; ella se dejó caer sutilmente contra él, escuchando cómo sus latidos se volvían un ritmo compartido.

Él le acarició el antebrazo con el pulgar, y ese roce mínimo la estremeció con un temblor placentero, como si la ternura se convirtiera en música bajo su piel. El perfume cálido y seco de Luis la envolvió.