A veces es bueno salir a correr #2
—Vamos a estar aquí Sofía… Un muchacho sin maldad, lleno de ingenuidad y buenas intenciones. No creo que te convenga… o por lo menos, no a él.
Ambos rieron y siguieron corriendo.
Luis tenía casi veinticuatro años, apenas dos menos que Sofía, aunque no se notaba.
Rozaba el metro noventa y mostraba en el cuerpo una elegancia natural que se percibía incluso en la sencillez de su ropa.
Llevaba su cabello oscuro peinado con desenfado, los ojos profundos parecían hablar por él, y había en su sonrisa algo genuinamente luminoso.
Su porte imponía, sí, pero lo que realmente atraía era la serenidad con la que se movía, esa calidez tranquila que lo hacía distinto.
Tenía un aire respetuoso, casi ingenuo, que lo volvía irresistiblemente encantador. Para Sofía, era como un oasis en medio del desierto emocional que estaba atravesando. Y aunque lo sabía, no quería engañarse ni engañar a nadie.
Se repitió en silencio su frase favorita: «Un día a la vez». Y comenzó a aminorar el paso, al ritmo de Melendi en sus auriculares:
♫17- Dos extraños bailando bajo la luna. Se convierten en amantes al compás… de esa extraña melodía que algunos llaman destino. Y otros prefieren llamar casualidad…♫
Esa noche, cerca de las once, Sofía ya estaba en la cama viendo una serie para dormirse cuando escuchó que su madre tocaba la puerta con cierta urgencia.
—¿Qué pasa, mami?
—Pues no lo sé, dímelo tú —respondió su madre, acercándole el teléfono.
Sofía miró la pantalla y leyó el mensaje:
+535436111: Me encantó conversar contigo hoy, Dra.
¿Y si te atreves a ir mañana a tomar algo conmigo?
Soy Luis.
Sofía soltó una carcajada enorme. Luis había escrito al teléfono de su madre pensando que era el de ella; ese era el número que aparecía a su nombre en todos los directorios digitales. Ella y su mamá habían intercambiado las líneas telefónicas cuando compraron sus celulares, sin darse cuenta.
—A mí no me hace tanta gracia —refunfuñó su madre, aunque con una sonrisa escondida.
Sofía, todavía riéndose, tomó el móvil y escribió:
Sofía: Soy su madre… pero no te preocupes,
te cubriré por esta vez.
Su número es 5360032018.
A los pocos minutos, Sofía recibió un mensaje en su teléfono.
+535436111: He pasado la pena más grande de mi vida…
Le he escrito a tu madre pensando que eras tú…
Ya hoy no me queda nada romántico para decirte…
Solo espero que esto cuente antes de que me digas que no
cuando te invite a salir…
Sofía sonrió. No contestó. Cerró los ojos… y, sin darse cuenta, esa fue la primera noche en semanas que no se durmió pensando en Adam.
El martes en la mañana, Sofía realizaba una interconsulta en la sala de Medicina Interna.
De pie junto a la cama, revisaba el historial clínico mientras dictaba en voz baja algunas indicaciones a la enfermera.
El pasillo estaba inusualmente tranquilo; apenas se escuchaban pasos apresurados y el murmullo de un pase de visita cercano.
—Ha tenido ya dos vómitos repentinos—dijo la enfermera.
—Puede ser una Encefalopatía Hipertensiva —respondió Sofía, abriendo su bolso para sacar el oftalmoscopio.
Mientras lo encendía y se inclinaba hacia el paciente, la imagen la golpeó sin aviso: «No necesitas un oftalmólogo para hacer un fondo de ojo». La voz de Adam, su sonrisa de aquella primera vez.
El recuerdo la atravesó como un relámpago, tan real e inoportuno que casi la hizo detenerse. Se obligó a continuar, pero dentro de sí una pregunta la confrontó: ¿qué estará haciendo él ahora?
Sacudió la cabeza, obligándose a volver al presente, concentrándose en la pupila iluminada delante de ella. Terminó el examen y bajó el aparato, guardándolo en el bolsillo y sintiendo ese leve pinchazo en el corazón que conocía demasiado bien.
Al alzar la vista, se encontró con otra mirada fija. Luis estaba allí, de brazos cruzados, apoyado en el marco de la puerta, con la bata abierta, el estetoscopio colgando con descuido y esa sonrisa capaz de alegrarle el día a cualquiera.
—Doctora… —dijo despacio, como quien no tiene prisa— ayer no me contestó el mensaje.
Sofía arqueó una ceja, intentando no reírse.
—¿Cuál? ¿El que le enviaste a mi madre… o el que finalmente llegó a mi celular mientras dormía?
Luis rió por lo bajo mientras avanzaba unos pasos, con esa seguridad relajada que lo hacía peligroso.
—No esperaba tener que ganarme primero a tu madre para poder invitarte a cenar.
—¿A cenar? —preguntó ella, cerrando la historial con calma medida.
—O a lo que tú quieras. Pero hoy, después de que terminemos en el hospital, no aceptaré un no por respuesta… —se inclinó un poco hacia ella, bajando la voz—. Ya hice bastante el ridículo como para fracasar en este intento.
Sofía fingió revisar otra hoja para disimular el calor que le subió al rostro.
—Eres insistente, ¿eh?
—Lo necesario como para aparecer en la pista de atletismo y terminar escribiéndole a tu madre para llamar tu atención —replicó, sosteniendo su mirada—. ¿Qué más quieres como prueba de fe?
Ella soltó una risa de esas que se escapan sin permiso.
—Luis… te advierto que mis días son complicados. —dijo Sofia apretando el oftalmoscopio dentro del bolsillo.
Él se encogió de hombros, con una sonrisa ladeada.
—Entonces hagamos que la noche sea sencilla. Te paso a buscar a las ocho… y así descubres si vale la pena o no correr riesgos conmigo.
Sofía lo miró por un segundo que se sintió largo. Soltó un suspiro y le respondió:
—Tendrá que ser mañana. Hoy tengo planes con mis amigas en el Templo. —Le lanzó una sonrisa relajada mientras se alejaba caminando—. Pero no me escribas al número equivocado la próxima vez.
Luis la siguió con la mirada mientras se perdía por el pasillo. Y Sofía, sin proponérselo, descubrió que algo nuevo empezaba a distraerla… como si de pronto el día tuviera un matiz distinto, menos gris.