A veces es bueno salir a correr
XXXV
El mes de octubre avanzaba con una lentitud extraña para Sofía.
Sus amigas inventaban excusas para distraerse juntas, Eddy había improvisado una rutina vespertina para ir a correr con ella a la pista de la ciudad, e incluso César , siempre tan oportuno, escribía casi a diario sobre cualquier cosa que, por una razón u otra, lograba hacerla reír.
El hospital, aunque lleno de pacientes y de estudio, parecía poseído por una calma aburrida. Por suerte, los nuevos residentes de primer año absorbían buena parte del trabajo, lo que hacía todo más llevadero.
Era lunes por la tarde cuando se topó con William en el pasillo de Radiología. No lo veía desde hacía más de dos semanas.
—Eh… pensé que también te habías ido a La Habana. Llevo tiempo sin verte —le dijo Sofía, con una media sonrisa.
—Es que me fui de vacaciones. Ya me hacía falta —respondió él, relajado.
«Las vacaciones…» pensó ella, recordando que las suyas estaban previstas para diciembre. Por supuesto, con Adam.
—Qué bien. Pero me alegra que estés de vuelta. Tengo pocos cómplices en tu servicio —añadió, con afecto.
William le devolvió la sonrisa, con esa complicidad discreta que lo caracterizaba:
—¿Y cómo estás? —preguntó con sutileza.
—Ahí voy… soltando y acostumbrándome. Cero contacto. El solo hecho de recordar su existencia me duele, así que …
—Pues lamento hacer esto justo ahora, pero tengo que... —dijo William, interrumpiéndose a sí mismo mientras abría su mochila.
Sofía lo miró, desconcertada. Él sacó un libro de neuroanatomía: el de Adam, su favorito. El que usaba para todo.
—Me pidió que te lo entregara.
Sofía lo tomó con delicadeza, como si se tratara de algo frágil. El corazón se le encogió de golpe. Era un objeto cotidiano… pero en sus manos ardía como una evidencia.
—Él ama este libro —murmuró, con los dientes apretados mientras lo inspeccionaba con nostalgia.
—Entonces tiene lógica que te lo haya dejado, supongo —respondió William, bajando la mirada con respeto.
Ella asintió, con un temblor imperceptible en las pestañas.
Al abrirlo a la mitad, un subrayado en tinta azul le revolvió las entrañas: «El sistema límbico regula las emociones primitivas…
» Lo cerró con cuidado, lo guardó en su bolso aprensiva, le dio las gracias a William y continuó su camino hacia la sala de imágenes.
A cada paso sentía que cargaba algo más que papel y tinta.
Cargaba un pedazo de él… un pedazo de eso, que él, «amaba más».
Al salir de Radiología pasó por la estación del café; necesitaba uno para seguir. Mientras esperaba sentada en el sofá, sacó el libro otra vez. Al abrir la primera página, encontró una dedicatoria escrita por él:
Para Sofía:
Creo que ya me lo sé de memoria; ahora te toca aprendértelo a ti.
Recuerda que el conocimiento nos da poder, y eso nadie nos lo puede quitar
Determinación, disciplina y muchas ganas son la clave para llegar al final de cualquier sueño.
Espero que lo conserves siempre. Tiene mucho de lo que somos cuando estamos juntos.
Te amo.
Adam.
A Sofía se le escapó una lágrima, que borró de inmediato con el dorso de la mano, como si nadie debiera verla.
Bajo los espejuelos, sus ojos ardían de orgullo y desgarro.
«Disciplina, determinación, ganas…» Eso lo había hecho admirable desde el primer día, eso era lo que la enamoró.
Y, sin embargo, eran también las mismas razones que ahora lo alejaban.
Por un instante, el dolor la atravesó con una pregunta cruel: ¿había sido injusta?
¿Había querido que él renunciara a lo que lo definía solo para quedarse a su lado?
Por suerte —o por desgracia— una notificación en el teléfono la interrumpió. Sofía sonrió; por supuesto, era César .
César: ¿Cómo va tu día, doctora?
¿Todavía en duelo por lo de seducida y abandonada?
Sofía: No empieces… lo que estoy es agotada,
tomando café para aguantar lo que queda.
Sofía: (selfie con el café)
Deja el sarcasmo.
César: ¿A ver, pero por qué mandas esas fotos?
Tú sabes lo que me pasa cuando te veo
con esos espejuelos… Y por cierto…
no lo dije con sarcasmo.
Sofía: No fue a propósito… la foto, digo.
En cambio, tu ironía, creo que sí.
César: No fue ironía, tesoro. Tuve un día un poco loco.
La muchacha de la que te hablé…
pues bueno, duró 15 días.
César: Créeme que ya no hay drama que me asuste.
Un fiasco total: cuando le dije que no tenía planes
de irme a compartir renta con nadie,
me pidió que le devolviera un libro que me había regalado.
Sofía: 🤦🏻♀️ César … lo tuyo es demasiado,
pero bueno… ¿y de qué era el libro?
César: Pues yo qué sé. Se lo devolví con
el mismo envoltorio que me lo dio,
para que le sirva en la próxima conquista.
Nunca lo abrí. ¡Pero
bueno!
César: Te lo cuento para que veas que hay cosas peores
que un neurocirujano con la brújula rota .
Sofía:
César: Mira, Sofi… la vida no tiene por qué
complicarse tanto.
No siempre hay que elegir entre
lo que uno quiere y lo que le conviene.
César: A veces, esas dos cosas coinciden…
y cuando eso pasa,
ahí debe estar el lugar correcto.
Sofía: …
César: Y tú… tú te pareces bastante
a la esperanza de que ese lugar existe.
Sofía:
César: Me encanta dejarte sin palabras.
¿No hay otro selfie con esos espejuelos,
por favor?
Sofía: Ya te gustaría.
Después de ese chat guardó el teléfono… y el libro.
Se lanzó escaleras arriba a resolver sus últimos casos pendientes del día.
Mientras subía, se sorprendió sonriendo sola.
César siempre lograba eso: romper la neblina en la que se hundía, recordarle que la vida también tenía lugares ligeros, sin tantas preguntas ni sacrificios.
Pero al apoyar la mano en la baranda, volvió a sentir el peso del libro en el bolso y, con él, ese latido sordo que no terminaba de apagarse. «¿Será cierto eso que dijo César ? ¿Habrá un lugar donde lo que quiero y lo que me conviene se encuentren, sin tener que dejar nada atrás?».
Suspiró, se ajustó los espejuelos y siguió. Por ahora, el hospital y sus pacientes eran el único lugar donde podía sostenerse sin temblar… pero en algún rincón de su mente, esa esperanza seguía viva, esperando su momento para convertirse en realidad.
Sofía llegó a su casa a las cinco de la tarde. Se quitó los zapatos del hospital y, sin pensarlo demasiado, se puso la ropa para correr: camiseta ligera, leggins oscuros, el cabello recogido por debajo de la gorra. Necesitaba sudar la tensión del día.
A las cinco y media ya estaba en la pista, calentando junto a Eddy.
Comenzaron a trotar. Hablaban de tonterías, de un partido de fútbol, de un nuevo café en el centro. Eddy, como siempre, evitaba tocar las fibras sensibles. Las primeras vueltas fueron suaves; el cielo empezaba a teñirse de naranja y el calor cedía un poco.
A los quince minutos, Sofía sintió una presencia a su lado. Unas pisadas acompasadas se unieron a las suyas. Giró apenas el rostro y se encontró con una sonrisa que no esperaba ver allí.
—Qué bueno que también viene a correr, doctora… —dijo Luis, aquel interno monumental que ahora parecía hacer publicidad de ropa deportiva en lugar de pijamas quirúrgicos.
Sofía lo escaneó con la mirada y le devolvió la sonrisa, aflojando un poco el paso. Él hizo lo mismo, adaptándose a su ritmo. Eddy levantó una ceja, los miró de soslayo y se adelantó un par de metros, dándoles espacio.
—No te había visto por aquí —dijo Sofía, con una curiosidad sincera.
—Tiene lógica, es la primera vez que vengo —respondió él, con esa serenidad segura que parecía ensayada.
—¿Ah sí? ¿Y qué decepción te hizo a ti querer venir a mover el cuerpo? —preguntó, juguetona, intentando disimular el rubor que sentía bajo la piel.
—¿Decepción? Ninguna… —dijo Luis, ladeando la cabeza con una sonrisa juguetona—. El viernes pasado pasé por aquí en la tarde de casualidad y te vi desde afuera… grabé la hora en mi reloj. Vine hoy con la idea de verte otra vez. Y mira, acerté.
Sofía sintió que el corazón le latía distinto, pero lo atribuyó al ejercicio. Se sonrojó, aunque el calor y el esfuerzo lo ocultaron bien.
—¿En serio quieres que te crea eso?
—Bueno… yo no soy neurocirujano —dijo él, bajando un poco la voz, con un brillo travieso en la mirada—. Ni me lo he planteado. Supongo que eso ayuda.
Sofía arqueó una ceja, sorprendida. Quedaba claro que su historia con el «doctor Maravilla» ya se murmuraba por los pasillos.
En un hospital los secretos nunca duran demasiado.
Pero no se molestó. Al contrario, sonrió.
Y mientras Luis corría a su lado con la ligereza de quien no carga con nada más que su propio cuerpo, ella sintió un contraste punzante: venía de un amor que pesaba como plomo, y la posibilidad de distraerse sin derrumbes emocionales.
Sus pasos siguieron marcando la pista, pero dentro de ella, algo se movía distinto.
—Me gusta que te rías así. Yo la verdad no soy de mucho correr…, pero algo tenía que hacer para conseguir tu número de teléfono.
Sofía volvió a reír, sacudiendo la cabeza, y se detuvo apoyando las manos sobre sus muslos, exhalando con el pecho agitado.
—¿Y qué te hace pensar que te voy a dar mi número de teléfono?
—Bueno… había que intentarlo —dijo Luis trotando en reversa, sin perder la provocación—. Supongo que tendré que esforzarme más.
—Supones bien—respondió Sofía, lanzándole un guiño.
—Entonces insistiré, doctora, porque también «supongo» … que valdrá la pena —añadió él, acelerando el paso y alejándose, dejándola atrás.
Sofía alcanzó a Eddy, que la miraba con picardía y sarcasmo:
—Él tiene mi edad —dijo Eddy—. Es un niñito para ti.
—Tú tienes un año menos que él. Supongo que eso lo hace menos niño —replicó Sofía, con un mohín irónico—. ¿De dónde lo conoces?
—Es súper amigo de Liana, mi ex. Ella lo adora. Tiene la mejor opinión de él. Siempre ha dicho que es noble, transparente… y buen chico. Y no sé si ahora mismo eso sea lo ideal para ti.
—¿Perdón? —Sofía arqueó las cejas, divertida.