El viaje #2
Para Adam, el mensaje quedó claro y fue brutal.
Él estaba allá, lejos, y cada minuto sentía más que haberse ido había sido traicionarla.
También estaba luchando contra sí mismo, esquivando a Julia que llegaba siempre antes que él a la casa por las tardes, y lo recibía con la cena y alguna conversación fácil.
Absolutamente dispuesta a escucharlo hablar de lo que él quisiera compartir.
Él quería ignorar ese regreso a una rutina que le daba paz, y a la vez luchar por salvar lo que tenía con Sofía, porque pensar en perderla lo desarmaba cada noche.
El hecho de poder escribirle, de saber que, aunque ella no respondiera, lo leía y lo podía sentir de alguna forma presente, la ilusión de escuchar o leer, aunque fuera un «estoy bien», era lo único que lo mantenía fuerte…
Pero cuando ella lo bloqueó se le desbarató la esperanza.
Sintió que el hilo se había cortado. Que él le estaba haciendo daño y ella sufría.
Y quizás, en ese silencio absoluto, ambos se enfrentaron a la verdad más cruda.
Estaban viviendo dos batallas distintas, a quinientos kilómetros de distancia, sin poder tocarse ni hablarse…
y sin la más mínima certeza de si, al final de esos dos meses, aún seguirían esperándose.
Adam estaba molesto, se le notaba en cada gesto y no hacía el menor esfuerzo por ocultarlo.
Le había dolido bastante que Sofía le negara todo acceso.
Eso no podía pasarle a alguien como él que siempre controlaba los tiempos y los planes.
Se sentía de pronto apartado, relegado, incapaz de mover una sola pieza en el tablero.
Esa noche mientras cenaba, masticaba en silencio, con los nudillos apoyados contra la boca y la mirada perdida en un punto fijo.
Julia intentó decir algo ligero, pero él apenas asintió.
Cada bocado sabía a nada. Por dentro, la frustración le ardía; por fuera, solo se veía un Adam frío, pragmático, negado a admitir cuánto le dolía todo.
Dejó la cena a medias y empujó el plato hacia el centro de la mesa. Se levantó, tomó aire y se pasó una mano por el cabello, como quien busca apagar un incendio interno con un gesto. Entonces se giró hacia Julia y casi inquisitivo le dijo:
—Vamos.
—¿A dónde? —preguntó Julia, sorprendida.
—Al bar de la esquina, a tomarnos algo. Necesito salir de aquí.
Era un bar pequeño con luces bajas y música subida de tono.
Al principio hablaron poco, pero el ron hizo lo suyo: las palabras se volvieron más ligeras, las risas más frecuentes.
Adam se dejó llevar por un pragmatismo extraño, casi desafiante, y hasta bailó con ella, algo torpe, pero con ese aire seguro que siempre lo rodeaba.
Volvieron al apartamento pasada la medianoche. Adam estaba un poco subido de tragos y la energía entre ellos vibraba diferente. Julia se sentó en la cama, se quitó los zapatos, y lo miró con esa media sonrisa que no buscaba permiso:
—Eso de dormir en el sofá es una lealtad innecesaria , Adam. No tiene sentido… esta cama es demasiado grande para una sola persona.
Adam no dijo nada. Le sostuvo la mirada unos segundos, dejó que el cuerpo reaccionara por él, y se dejó caer sobre el colchón.
Julia comenzó a acariciarle el cabello, primero lento, hasta provocarlo un poco, lo justo para que el instinto le anulara la conciencia.
No es difícil eso en el cerebro masculino.
Ella sabía que esa noche no se trataba de amor ni de deseo, sino de algo mucho más frío.
Él se dejó llevar. No hubo pasión, no hubo urgencia.
Fue un acto casi mecánico, como si Adam necesitara confirmar algo dentro de sí mismo, o quizá perderse por un rato.
Julia, en cambio, sintió un triunfo helado: no por el placer físico —que ni la rozó— sino por lo que representaba tenerlo de nuevo al lado suyo en la cama.
Cuando todo terminó, Adam se giró de lado, dándole la espalda, fingiendo un sueño profundo. Julia lo observó en silencio, con una satisfacción muda dibujada en los labios.
Adam, por dentro, estaba en otro lugar. Sintió el vacío enorme de ese instante, la falta absoluta de deseo, de pasión, incluso de eso que viene después, eso que suele ser más orgásmico que el clímax más estruendoso, ese momento en el que los que se aman se quedan abrazados y conversan o respiran acompasados, en el que las caricias son de otro tipo, y llenan todos los espacios…
Fue inevitable que el rostro de Sofía apareciera nítido, incendiándole el pecho.
Revivió muchas escenas en su cabeza y cerró los ojos con fuerza.
«¿Qué carajos estoy haciendo?», pensó, sintiendo que, pese a todo, allí con Julia, no había pasado absolutamente nada.
Pero la mañana del sábado llegó perezosa, arrastrando una luz hogareña que se filtraba por las cortinas del apartamento.
Julia se movía con sigilo, preparando el mejor de los desayunos como si aquella noche no hubiera dejado dudas, convencida de que la reconciliación era un hecho inevitable.
Llevó la bandeja a la cama, sonriendo complacida al verlo aún medio dormido, y dejó que el aroma del café llenara el cuarto.
Ella jugaba su papel con maestría. No había mencionado ni una sola vez a Sofía; de hecho, con Adam había hablado muy poco de eso.
La verdad era que ella nunca la reconoció, nunca la avaló.
Conocía demasiado bien a Adam y, en silencio, daba por sentado que aquello con Sofía no duraría.
Él no tenía el temperamento para lidiar con una mujer así, tan impredecible, tan intensa, tan libre.
Julia ni siquiera preguntaba si se escribían, si se hablaban, si había contacto.
No lo necesitaba. Prefería moldear las circunstancias a su antojo, con paciencia y precisión.
Tenía la certeza, de que podía hacerlo, y preparaba el terreno para que, poco a poco, él volviera a acostumbrarse a su presencia, a esa calma hecha a la medida.
Mientras desayunaban, Adam se quedó distraído un instante.
Creyó sentir que la vida regresaba a la normalidad, que la taquicardia cedía y el miedo se desvanecía.
Observó a Julia, que sin dudas era preciosa…
tan entregada y apacible, tan concentrada en ser para él todo lo que necesitaba.
Y por un segundo pensó, quizá, que ya era hora de dejar ir a Sofía y volver a concentrarse en sí mismo.
Y en eso…, en eso Julia nunca interferiría.
Se inclinó hacia ella y le dio un beso en la cabeza, fugaz, fue más un roce de afecto que de pasión, mientras se preparaba para salir sin decir a dónde.
Julia lo miró con cierta suspicacia, ladeando apenas la cabeza:
—¿Qué se siente no tener que elegir entre lo que amas y lo que amas más?
Adam se detuvo, giró sobre sus pasos, confundido:
—¿Perdón? ¿Qué has dicho, Julia?
Ella desvío la vista hacia la taza de café, sonrió segura y respondió con serenidad:
—A mí me encanta cuando te veo hacer eso que amas más... Me hace feliz. De verdad.
Adam apretó los labios y, por dentro, sintió un escalofrío.
Qué extraña, qué distante le había parecido esa frase.
Debía deducir que Sofía era lo que amaba…
y que la Neurocirugía era lo que amaba más.
Pensar que Julia podía aceptar eso sin ofrecer ninguna guerra, sin drama alguno, le resultaba profundamente… perturbador
Antes de salir, Adam buscó su cartera en el bolsillo y, sin querer, sacó una liga de pelo olvidada de Sofía.
La miró unos segundos en silencio. La imagen de ella agotada, de guardia, recogiéndose el cabello lo golpeó al instante.
Y también su voz, la de aquella última llamada que no podía dejar de escuchar en sus entrañas: «No te vayas, Adam».
Cerró los ojos un segundo, tragó saliva, guardó la liga en el bolsillo y abrió la puerta. Sin mirar atrás, salió a perderse por la ciudad, buscando aire junto al mar, solo.