Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) El viaje
71%

El viaje

XXXIV

Del otro lado de los dolores de Sofía, iba Adam, recostado a la ventanilla del autobús rumbo a cumplir con su estructurado e inflexible plan de vida.

Justo cuando pasaba por frente al hospital en el que no estaría durante los próximos dos meses, en el que dejaba atrás a Sofía, lo sacudió un sentimiento que lo desbordaba en todas las dimensiones.

En ese instante, se le clavó la imagen de ella riendo, corriendo hacia él, abrazándolo como si el mundo se detuviera, y también la de él, siendo feliz, sintiéndose importante para ella.

La garganta se le contrajo con violencia, y una lágrima se le escapó sin permiso.

La limpió rápido con el dedo índice flexionado, pero la presión en el pecho no cedió.

A su lado, Julia iba tranquila, con su pelo rubio suelto y arreglado, el maquillaje un punto más cuidado de lo habitual, y usando aquel perfume que él mismo le había regalado en su último cumpleaños.

Ella lo observaba en silencio, con esa calma suya que no exigía nada, hasta que al fin habló, suave, como quien no quiere romper un cristal:

—¿Tanto te afecta dejarla atrás?

Adam se sorprendió, giró sin pretenderlo la cabeza hacia ella. Las palabras se le atascaron un segundo antes de salir. Estaba muy molesto con Julia y no estaba seguro de querer iniciar una conversación con ella:

—No creo que deba hablar de esto contigo, Julia.

Julia sonrió apenas, sin perder la ternura:

—¿Por qué no? Creo que puedo aguantarlo. Te conozco bastante bien… y por más que me afecte, no me gusta verte así.

Él clavó la mirada en el suelo del bus, entrelazando las manos. Luego la observó a ella:

—¿Así cómo? ¿Cómo me ves?

—Triste. Distraído. Distante… casi me cuesta reconocerte —respondió ella, mirándolo de reojo.

Adam frunció un poco el ceño. No le gustaba oírlo; eso no encajaba con la imagen que tenía de sí mismo. Pero Julia sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

—Hace casi tres años que nos conocimos —prosiguió ella, con una sonrisa evocadora—. ¿Te acuerdas de aquel día? Le decías al profe Camilo, en plena emergencia: «¿Y usted puede explicarme por qué un residente de primer año no puede tener la razón?»

Adam dejó escapar una risa corta, como sorprendido de sí mismo:

—Sí… lo recuerdo.

—Yo estaba tomando notas y tuve que alzar la vista. Fue mucho atrevimiento el tuyo —agregó Julia, con brillo en los ojos.

—Y cuando se fue y me dejó hablando solo, tú te me acercaste y me dijiste: «Paciencia… solo demuéstraselo.»

Ambos rieron; la tensión se aflojó un instante.

—Y vaya que sí se lo demostraste después —le recordó ella, meneando la cabeza. —Te he visto esforzarte tanto para lograr lo que quieres.

El silencio volvió a caer, más blando esta vez. Adam inspiró hondo, bajó la voz:

—No solo me has visto, también me has ayudado a lograrlo. No creas que lo olvido— agregó él en tono reflexivo— Lo siento, Julia… de verdad. A veces creo que no he sido justo contigo.

Julia se quedó mirándolo, con esa serenidad suya que no hería ni exigía:

—Has sido sincero, Adam. Y eso también lo valoro mucho. Estas cosas pasan… y casi siempre pasan por algo. Lo importante es que estés feliz… ¿Estás feliz?

Adam no respondió. Tenía los ojos puestos en la carretera que se estiraba delante de ellos, pero su mente había vuelto a Sofía, a ese abrazo cuya ausencia dolía como el intento de atrapar a un fantasma, y sintió el pecho cerrarse de nuevo con la última pregunta.

Julia, en cambio, lo tenía muy claro… y lo dejó quedarse en silencio, porque sabía que en esa quietud él también encontraba algo de paz. Así que giró la cabeza hacia la ventanilla, viendo pasar las luces de la autopista.

Después de unos minutos, Julia sacó las galletas preferidas de Adam de su bolso…

—¿Te apetece una?

Adam sonrió y agarró una del paquete.

—Tenía tiempo sin probarlas. Tú, como siempre, pensando en todo.

Adam sabía que Julia prefería otro tipo de galletas… que esas apenas le gustaban. Agradeció el gesto y, al mismo tiempo, se le escapó otra sonrisa irónica al pensar que, si fuese Sofía, habría llevado unas galletas neutras, pero ni muerta se comería las que no le gustaban.

—Adam…perdona que te pregunte esto, pero me inquieta la duda… Hace unos días en Urgencias, te pusiste como un loco cuando ese hombre empujó a Sofía. No sé si fue una declaración de amor o un arrebato desproporcionado, y me quedé pensando… ¿y si hubiera sido yo?

—¿Cómo? —preguntó asombrado.

—Sí —insistió ella—, si hubiera sido yo a quien hubieran empujado. ¿Habrías reaccionado así?

Adam inspiró profundo, un poco confundido con el tema. Recordó el susto que sintió al creer que a Sofía le había pasado algo, y también las palabras de Wilson sobre el orgullo herido y la vanidad.

—Esa nunca hubieras sido tú, Julia. Tú nunca te hubieras metido… hubieras esperado a que llegara seguridad. A ti no te gustan los torbellinos.

—Tienes razón —enfatizó ella—. Yo prefiero la calma en todas sus versiones.

Adam levantó la vista, apretó los labios y volvió a perderse en la música que sonaba en el autobús hasta quedarse dormido durante el resto del camino.

♫16 - Mientras yo sigo aquí y se me van los días, en el mismo lugar donde escribí tu nombre. Y ya no hago más que organizar mi vida, para que un día vuelvas y todo esté en       orden .♫

El autobús se detuvo al fin casi 9 horas después, justo al amanecer, en la terminal de La Habana.

Ambos bajaron despacio, cargando sus equipajes.

El calor de la capital los recibió de golpe, espeso y pegajoso, caminaron hacia la salida sin hablar.

Tomaron un taxi sin negociar, estaban demasiado cansados para regateos.

El tráfico los envolvió con su bullicio mientras el coche avanzaba entre calles anchas y edificios con fachadas descoloridas.

Adam miraba por la ventanilla, pero no veía nada. Julia iba a su lado, callada, con las manos quietas sobre las rodillas, dejando que el aire caliente le rozara el cabello revuelto. Había algo raro en esa quietud: una tensión suspendida, incómoda, que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.

Cuando llegaron al edificio, subieron despacio, arrastrando las maletas por las escaleras gastadas.

Julia abrió la puerta del apartamento y encendió la luz.

El espacio era pequeño, con muebles funcionales y un discreto olor a desuso.

Adam dejó la maleta a un costado de la puerta, puso la mochila sobre una silla, avanzó hasta el cuarto…

y se quedó de pie, detenido, como si alguien lo hubiera golpeado por dentro. «Una sola habitación, una sola cama».

Julia llegó detrás de él, observó la escena y luego lo miró de costado. Sus labios se curvaron en una sonrisa corta, irónica, pero no dijo nada.

Adam se pasó una mano por el cabello, contuvo la respiración y dijo, sin mirarla:

—No te preocupes. Yo duermo en el sofá.

Julia apoyó su maleta contra la pared, se quitó la chaqueta y, antes de sentarse en el borde de la cama, lo miró con calma.

—Como quieras —dijo, y una chispa casi imperceptible encendió sus ojos—. Pero creo que compartir la cama también es algo que podemos manejar. No hay necesidad de dormir incómodos.

Adam no respondió. Se limitó a mirar la cama una vez más, como si en ese colchón estuviera escrito el nombre de Sofía, y luego apartó la vista hacia la ventana, buscando oxígeno en medio de un cuarto que de repente se sentía demasiado pequeño…

A quinientos kilómetros de distancia… también eran las seis de la mañana. Sofía se despertó con las notificaciones del teléfono. Remoloneó un poco hasta que se incorporó, con una pesadez que no sentía desde hacía años.

Se pasó par de minutos sentada en una esquina de su cama, con las manos apoyadas en los muslos, sin moverse. La luz temprana se filtraba por la ventana, dibujándole líneas doradas en los brazos. Se levantó al fin y fue al baño.

El espejo le devolvió una imagen que la descolocó: los ojos hinchados, enrojecidos, la piel apagada, un gesto que no reconocía.

Se apoyó en el lavabo y cerró los ojos un momento, pero entonces llegó ese destello punzante: la última llamada de Adam.

Las palabras se le atravesaron como un eco: «Sofía, por favor… »

Volvió al cuarto y tomó el celular de la mesita de noche. La pantalla iluminada le mostró tres mensajes sin leer.

Adam:     Buenos días.

Adam:     Por favor contéstame.

Adam:     Sofía, no desaparezcas.

Sintió un tirón en el pecho, pero no contestó. Dejó el teléfono boca abajo sobre la cama y se quedó mirando la tela arrugada de las sábanas, con la mente dando vueltas.

«¿Qué hago?» pensó. «¿Hasta dónde voy a dejar que esto siga hiriéndome?

». Una idea nueva, más áspera, comenzó a abrirse paso.

Quizá había llegado el momento de tomar actitudes más drásticas, de trazar un límite real para evitar que cada confrontación, cada interacción con él, la hiciera pedazos otra vez.

Los días siguientes se hicieron insoportables.

Entrar al hospital y saber que no lo vería, que no se cruzaría con él en ningún pasillo, que no tendría ese instante mínimo que le iluminaba la jornada, que no pelearía con él por una resonancia, que no podía avisarle cuando diagnosticara el próximo aneurisma…

fue un vacío al que le costó muchísimo acostumbrarse.

Él seguía escribiendo. A veces de madrugada, a veces en medio del día, como si al mandar mensajes pudiera sostener un hilo invisible con ella.

Adam:     ¿Cómo estás?

Adam:     Te extraño demasiado

Adam:     No me ignores, por favor.

Pero cada notificación era un latido paralizante, hasta que, a finales de semana, con los ojos cansados y el corazón exhausto, Sofía decidió bloquearlo. No más llamadas. No más mensajes. Necesitaba silencio. Solo así podría aceptar que él ya no estaba. Solo así podía volver a respirar.