Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) ¿Y si fueras tú? #2
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¿Y si fueras tú? #2

—Gracias… por haber confiado en mí. Por poner a ese paciente en mis manos. La cirugía fue un reto, pero aprendí mucho con ella.

Sofía lo miró de soslayo y respondió con una voz cargada de sinceridad:

—No hubiera podido ponerlo en manos de nadie más. Nadie lo habría hecho mejor.

Adam bajó la vista un segundo y, sin pensarlo demasiado, preguntó:

—¿Tienes tiempo? ¿Te tomas un café conmigo?

Sofía se sorprendió, pero no mostró rechazo. Por dentro, algo en ella murmuró: «¿Por qué no?». Ya no tenía nada que perder.

—Tengo treinta minutos —respondió con naturalidad.

Caminaron hasta la pequeña estación de café. Por suerte, el sofá de enfrente estaba vacío. Se sentaron, cada uno con su vaso térmico humeante entre las manos, sin prisas y sin testigos.

Al principio, solo se miraron. Ella sostenía su mirad y él la de ella. Un silencio largo los rodeó, como si supieran que había cosas que ya no podían callar.

Sofía fue la primera en romperlo. Respiró hondo, era ahora o nunca.

—Adam… —dijo, y él alzó las cejas, atento—. ¿Crees que, cuando al fin, seas todo lo que sueñas… vas a ser feliz?

Adam parpadeó, la pregunta lo descolocó. Desvió  la mirada a su café y murmuró:

—No lo sé… supongo que sí.

Sofía ladeó la cabeza y lo miró de frente:

—Ojalá. Ojalá seas feliz con todo lo que sabes que te falta.

Adam se quedó callado unos segundos, masticando la pregunta. Pero ella no pudo contenerse:

—¿En serio eres tan ingenuo como para creer que serás feliz, si no tienes a alguien que de verdad te importe para compartirlo?

Él ya sabía que ella no iba a dejarlo así. «Siempre tiene una lanza de contrataque bajo el brazo» Eso lo desajustaba, pero a la vez lo enamoraba más, aunque le costara aceptarlo. Entonces alzó la mirada y por fin habló, con un temblor que lo delataba:

—¿Y si fueras tú…? ¿Si fueras tú la persona con la que quiero compartirlo todo?

Hizo una pausa, como si las palabras se le clavaran en la garganta.

—Si fueras tú la persona con la que quiero casarme, tener hijos…

Otra pausa.

—Si fuera… esa imagen tuya, desmaquillada, con un moño descuidado, los lentes y un libro, tirada en el sofá… lo último que quisiera ver cada noche antes de dormir.

Respiró hondo, y con una mezcla de miedo y esperanza, agregó:

—Si fueras tú la mujer que quiero para mi vida…

Su voz se entrecortó antes de terminar:

—Si fueras tú… ¿crees que yo sería feliz?

Sofía lo miró con el corazón desbocado y una sonrisa rezagada entre lágrimas que ya empezaban a empañarle los ojos.

Hubo un segundo de silencio, un instante en el que casi quiso creerle.

Escucharlo decir esas palabras la conmovía sin piedad.

Pero justo cuando estaba a punto de entregarse a esa ilusión, algo dentro de ella se replegó: un análisis frío, clínico, casi quirúrgico, se apoderó de su mente. Y contraatacó.

—Pues la verdad no lo sé. Porque si esa mujer fuera yo…

no te irías el próximo viernes con otra.

Si esa mujer fuera yo, no te importaría retrasar tu graduación unos malditos cuatro meses, cambiar el pasaje de tu madre o replanificar tu perfecto cronograma de vida.

Si fuera yo, Adam, no estaríamos teniendo esta conversación.

Ante esa respuesta inesperada, Adam se contuvo. No encontraba el remate ideal, así que bajó la vista e hizo lo que siempre hacía:

—¿Tú realmente estás segura de que quieres a alguien para compartirte, Sofía?

—Por favor no lo hagas otra vez —dijo ella, con un hilo de voz.

—¿Qué no haga qué? —preguntó él.

—Insultar a mi inteligencia y voltear la tortilla —explicó—.

Yo sí quiero compartir todo lo que soy con alguien más.

De hecho, te elegí a ti. Siempre te elijo a ti, y no solo como neurocirujano para mis pacientes.

Te elijo para lanzarme a compartir el futuro sin condiciones ni promesas, asumiendo el riesgo. Pero me haces retroceder.

Hizo una pausa, contuvo el impulso y comenzó a decir que no con la cabeza:

—Te he elegido porque cuando estoy contigo me disfruto mucho más.

Porque cierro los ojos y nos imagino en mil lugares del mundo, exitosos y felices.

Porque me aterra no volver a encontrar en nadie más esta química que surge cuando estamos juntos.

—Esbozó una sonrisa forzada, fingiendo aceptación—.

Pero creo que merezco compartir lo que soy con alguien que también me elija, no con alguien a quien tenga que suplicarle que lo haga.

—Sofía… ¿Es que no te lo demuestro lo suficiente?

—No, Adam. Siempre parece que te esfuerzas demasiado.

Y cuando uno ama de verdad, no debería ser una lucha tan grande entregarse por completo.

Está bien si no soy yo. Estoy haciendo las paces con eso.

Pero tú… deja ya tanto hermetismo. Eres mucho más que un brillante neurocirujano.

Aprende a compartir eso con alguien antes de que termines aburriéndote de tu propia luz.

Aunque, pensándolo bien, quizá nunca te aburras. Tal vez eso sea justo lo que necesitas.

—Todos los días, Sofía… Todos los días llego a ese maldito elevador a la hora en que lo pactamos.

Tú no has vuelto a asomarte ni una sola vez…

pero yo siempre voy. Compartir lo otro que soy, además de neurocirujano, es lo que he hecho contigo desde el primer día.

Eres la única mujer con quien lo he compartido.

—Tú fuiste el primero que rompió ese ritual del elevador una mañana…

¿o ya se te olvidó? Nada más y nada menos que para irte a conversar con Julia al balcón.

Eso tampoco me lo contaste nunca, y yo no pregunté porque lo creí innecesario .

Así que… No, Adam. No te engañes. Ni siquiera conmigo has podido compartir todo lo otro que eres.

Él desvío los ojos. Ahí estaba Sofía, tan Sofía otra vez… devolviéndole la jugada, escapando de una declaración demasiado grande… siendo sincera pero jodidamente dura.

—En cuarenta y ocho horas te vas, Adam… ¡Perdón! no es que te vas…. Es que te vas con ella.

—Sofía, por favor… no me lo hagas más difícil.

Ella se levantó, recogió su vaso de café y, antes de irse, lo miró una última vez. Ya no había dureza en su expresión, solo una transparencia visceral, casi tierna.

—Voy a estar esperando esa llamada tuya hasta el último minuto. Te lo juro.

Y sin esperar respuesta, se alejó rumbo a las escaleras, sintiendo que cada peldaño que subía era una fisura más en el corazón.

Pasaron las temidas cuarenta y ocho horas. Adam no volvió a aparecer. No hubo mensaje. No hubo llamada.

Ese viernes, a las 9:46 de la noche, el silencio de la habitación de Sofía se le hizo tan pesado que dolía.

Estaba recostada sobre la almohada, vestida aún, sin fuerzas para cambiarse, con los ojos abiertos en la penumbra.

Había llegado a ese punto en que la esperanza ya no duele porque se marchita, se apaga.

Estaba lista para rendirse, para aceptar que no habría nada más.

Entonces sonó el teléfono, ese tono familiar que irrumpió como un latigazo en medio de la oscuridad.

Lo tomó con manos temblorosas, sintiendo que el corazón le golpeaba el pecho con furia, y contestó:

—¿Hola…? —apenas un susurro, frágil.

Del otro lado, primero, solo escuchó un murmullo de fondo… y luego, claro como un dardo, el eco metálico de los altavoces de la terminal de autobuses. En ese instante se le heló la sangre.

Lo imaginó de pie, con sus maletas al lado… y también a ella, a Julia, tan cerca que podía oler su perfume, tan cerca que casi podía verlo tomándole la mano, listos para subirse al autobús que los llevaría juntos, uno al lado del otro, lejos de todo lo que había soñado construir con él

La imagen la atravesó como un cuchillo. Sintió cómo la distancia se hacía insoportable, cómo el pecho se le cerraba, y entonces ya no pudo contenerse:

—No te vayas, Adam… por favor… —la voz se le quebró como cristal mientras las lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas, ardientes, sin pudor.

Del otro lado de la línea hubo silencio. Un silencio tan lleno de cosas que dolió aún más. Luego escuchó su respiración profunda y temblorosa. Adam cerraba los ojos, apretaba el teléfono, aferrándose a la idea de ella desde la distancia. Una opresión torácica precedió a las palabras:

—Te amo, Sofía… —su voz sonó rota, ahogada—. No lo olvides. Pase lo que pase… Lo siento.

Y la llamada se cortó.

Sofía se quedó mirando la pantalla, escuchando ese pitido sordo que no decía nada y lo decía todo.

Entonces, con un gesto desesperado, lanzó el teléfono sobre la cama, como si pinchara.

Se cubrió el rostro con ambas manos y un llanto de dolor e ira la sacudió entera.

Uno profundo, incontenible, casi animal.

Como si algo se le hubiera desprendido del cuerpo para siempre, y la hubieran arrancado de golpe de un lugar donde aún quería quedarse.

En ese instante lo supo con una claridad brutal: Sofía y Adam… se habían acabado oficialmente.