¿Y si fueras tú?
XXXIII
A Sofía el fin de semana se le hizo eterno.
No cruzó la puerta de su casa ni una sola vez.
Vagaba de la cocina al sofá, del sofá al cuarto, con el teléfono aferrado, esperando que en cualquier momento vibrara con un mensaje suyo.
Pero no vibraba. Y ese silencio —invisible pero ruidoso— le arañaba los días.
Se imaginó mil versiones: «No me voy, Sofía», «Me quedo contigo», «Cancelé mi boleto». Pero ninguna llegó. El domingo cayó sobre ella como un telón pesado y, cuando se acostó, ya sabía que el lunes iba a doler.
Se levantó temprano, se arregló con esa perfección meticulosa que era casi un escudo: labios rojos impecables, bata blanca y tacones discretos. Entró al hospital con el sigilo de quien llega a una guerra, disimulando las heridas. Nadie debía sospechar que estaba rota.
El pasillo central estaba tranquilo, demasiado temprano aún para el bullicio habitual. Ya en su sala, fue directo al salón de conferencias, dispuesta a actualizar sus historiales clínicos, respirando hondo y tratando de mantener la compostura, pero entonces lo vio.
Adam estaba ahí dentro, solo. De pie, apoyado en la mesa del frente, con las manos entrelazadas y la mirada fija en la puerta.
No tenía bata blanca ni uniforme quirúrgico: llevaba un polo gris de mangas a medio brazo, un pantalón claro, tenis y el cabello cayéndole al descuido sobre los ojos.
Parecía haberla esperado desde antes del amanecer.
Sofía se detuvo en seco al verlo. «Qué bien se ve con esa ropa, hasta parece que relajado». El corazón le dio un salto que le subió hasta la garganta. Caminó hacia él, despacio.
Adam no se movió; solo la sostenía con la mirada. «Cada día está más hermosa. Si no fuera tan jodidamente testaruda».
—Buenos días —dijo él, serio, con una voz grave que parecía esconderse del presente.
—Buenos días… —respondió ella, colocando los historiales sobre una silla.
Hubo un silencio que se alargó hasta volverse insoportable, antes de que él hablara de nuevo:
—Te estaba esperando. Quería decirte que… llamé para cambiar la rotación.
Por un segundo, algo se encendió en Sofía. Fue apenas un destello, un brillo en los ojos que la traicionó antes de poder contenerlo. Pero se apagó de inmediato cuando él continuó:
—Me dijeron que, si lo hago, mi fecha de graduación se retrasaría cuatro meses. Y… ya tengo todo planeado. Mi madre viene para la fecha prevista, y también para la presentación de la tesis. No puedo cambiar la rotación, Sofía… tengo que irme.
A Sofía algo le subía por el pecho —pesado, áspero, sin nombre—, como si la emoción buscara una salida.
Suspiró intentando sofocar aquel dolor sordo, pero no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas.
Adam se quebró por dentro al verla, sabiendo que sufría por su culpa…
y en ese instante, ambos parecieron reconocer el peso de unas decisiones que ya no tenían retorno.
—Ok… —murmuró Sofía, apenas moviendo los labios, con una sonrisa seca que no era sonrisa—. Pues…, suerte, entonces.
Él asintió despacio, con los labios apretados, conteniendo algo más y los ojos vidriosos, cargados de palabras que no se atrevía a soltar.
—¿Entonces esto es todo? —preguntó él. Las últimas sílabas se le ahogaban y sus ojos se enrojecían.
—Supongo que esto es todo —dijo Sofía, inamovible, apoyándose en el respaldo de una silla, sosteniéndole la mirada y a sí misma.
Él abandonó el salón casi arrastrando el cuerpo. No dejó de mirarla, pero no dijo nada más.
Sofía resistió unos segundos con el aire atrapado en el estómago, hasta que se desplomó.
No quería llorar, pero sentía que él se había llevado algo esencial, algo sin lo cual le costaba respirar.
Y aun así, una certeza punzante se le instalaba en la cabeza: Adam podía haberse quedado, pero quedarse significaba renunciar a algo. Y él, por supuesto, no iba a hacerlo.
Se quedó ahí unos minutos, hasta que las piernas dejaron de temblarle.
Por suerte nadie llegó. Cuando por fin se destrabó ese nudo en el pecho que le impedía respirar, caminó hacia el baño del cuarto médico.
Cerró la puerta y apoyó la frente en el espejo un minuto.
Sacó de su bolso un pequeño estuche y, con manos aún temblorosas, volvió a pintarse los labios.
Se miró otra vez, buscando en el reflejo a la mujer que sabía ser, y cuando la encontró —aunque fuera solo de manera precaria— abrió la puerta y salió.
Volvió al pasillo envuelta en esa capa invisible, la de la residente de segundo año de Neurología que no tenía tiempo para perder. Procedió a cumplir con su deber, el cual, según se repetía a sí misma, debía ser lo más importante para ella.
El resto del día transcurrió como un murmullo lejano.
No dijo nada a nadie. Apenas habló. Escuchó presentaciones, revisó historiales, escribió indicaciones, sonrió cuando fue ne cesar io.
Las ganas de llorar se habían ido, pero lo que quedaba era peor: un dolor árido, sin desahogo, de esos que se sienten como un hueco detrás del esternón.
Al llegar a casa esa noche, se quitó los tacones, se dejó caer en la cama un momento y luego se obligó a meterse en la ducha.
El agua tibia no calmó nada, pero al menos le limpió el día.
Sin pensarlo demasiado, tomó un antialérgico de esos que dan sueño, y que se guardaba para las noches difíciles.
Quince minutos después ya estaba rendida.
El martes amaneció con la indiferencia brutal de un mundo que gira sin pedir permiso y sin remordimientos, después de haberla revolcado a cachetadas.
Regresó al hospital aparentando entereza, pero algo en ella había cambiado.
Sentía que cargaba una mochila vacía a la espalda: no pesaba, pero estaba ahí.
Y a veces, el vacío pesa más que las piedras.
A la media mañana, mientras revisaba las evoluciones de sus pacientes, sintió el teléfono vibrar en el bolsillo de la bata. Lo sacó sin apuro, pensando que sería alguna enfermera u otro residente… pero al ver el nombre en la pantalla, el estómago se le contrajo de golpe. Era Adam.
Por un segundo no pudo moverse. Sostuvo el móvil ardiendo en la mano, como si el calor le naciera desde dentro.
De pronto, la mochila vacía que cargaba se llenó de plomo.
La taquicardia se asomó, pero su rostro permaneció imperturbable, resguardado tras la máscara que se había colocado desde el día anterior.
Pensó en dejarlo sonar, en no contestar. Pero ya lo conocía demasiado bien como para ignorarlo. Si él estaba llamando no era para hablar de lo que no podían cambiar, sino porque algo necesitaba.
Inspiró y se humedeció los labios en un gesto que suplicaba cordura, antes de deslizar el dedo para atender.
—¿Sofía? —la voz al otro lado sonó grave, rápida, sin rodeos. Pero ella percibió ese hilo de cansancio y tensión que solo alguien que supiera leerlo bien podría notar.
—Dime —respondió, cuidando cada sílaba.
—¿Puedes bajar un momento a mi sala? Hay alguien que quiere verte. Me ha preguntado por ti… y por una taza de café, alto y claro.
Por un segundo, Sofía cerró los ojos y se permitió sentir el golpe de realidad: «esto no es personal, es trabajo».
Era el señor Edel, el tío de su amigo Carlos.
Por fin despertaba de la cirugía del día anterior…
y aparentemente sin secuelas. A Sofía se le aflojó algo en el pecho, se alegró por él y, en silencio, también por Adam.
Sabía que él se había dejado la piel —y hasta un par de discusiones con sus profesores— para realizar aquella cirugía que muchos consideraban demasiado arriesgada.
Tenía que bajar. Y, sin embargo, la sola idea de estar junto a él otra vez, después de lo del lunes, la estremecía entera.
—Bajo en cinco minutos —dijo, seca, profesional, y cortó la llamada antes de que la voz se le apagara.
Guardó el teléfono en el bolsillo y descendió despacio por las escaleras hacia la sala de Neurocirugía. Cada paso le recordaba que, aunque su mundo personal se desmoronara, en ese hospital ellos dos seguían siendo un equipo. Y eso, para bien o para mal, aún no había terminado.
Fue directo, sin titubear, al cubículo donde estaba el señor Edel.
Lo encontró semi-incorporado en la cama, con la palidez propia de la recuperación, pero con los ojos despiertos, vivos.
Al verla, el rostro se le iluminó con una sonrisa cansada.
Extendió una mano y Sofía la tomó sin dudar.
Sentir aquel apretón débil, pero cargado de gratitud, le devolvía un atisbo de esperanza y la anclaba a lo que debía ocupar toda su atención: su trabajo.
—Gracias, doctora… —susurró él con ternura.
Carlos, de pie a un lado de la cama, también sonrió y se inclinó un poco hacia Sofía con los brazos cruzados:
—Gracias, de verdad… —le dijo, con esa mezcla de alivio y respeto que no necesitaba más palabras.
Sofía asintió, dejando que la emoción se acomodara donde no doliera tanto.
A su lado, Adam apareció en su campo de visión.
Cuando sus miradas se cruzaron, hubo algo eléctrico pero silencioso.
Estaban complacidos por el resultado de la cirugía y a la vez asustados por lo que significaban el uno para el otro y no lograban sincronizar.
Ella volvió la vista al paciente y, en un gesto casi instintivo, buscó darle énfasis a lo que quería dejarle claro:
—Bueno, es que… tuviste al mejor neurocirujano que podías tener.
El señor Edel sonrió levemente y, sin soltar su mano, respondió:
—Pero fue usted quien lo eligió.
Una opresión aguda se le instaló a Sofía en las costillas. Sonrió también, aunque aquella sonrisa le costó más de lo que dejaba ver. Sintió la mirada de Adam sobre ella, constante, inamovible. El señor Edel tenía razón: ella siempre lo elegía.
Salieron del cubículo juntos y caminaron por el pasillo. Hubo un silencio breve, cargado de subtextos, hasta que Adam habló sin hacer contacto visual: