Interferencias 7
Sofía andaba muy concentrada siendo Sofía: desplazando el dolor, empeñada en demostrarle que seguiría siendo ella pasara lo que pasara.
Pero olvidaba un detalle esencial: a veces, cuando una mujer desea algo de verdad, debe permitirse cierta vulnerabilidad…
sobre todo frente a hombres como Adam. Para mí, ceder era, en este caso, una estrategia necesaria .
Ella no tenía idea de que lo que acababa de hacer, colocaba a Adam justo en el lugar donde menos quería verlo: al lado de Julia, o de cualquier otra que pudiera prometerle tierra firme para seguir fertilizando sus propios sueños.
Una vez más intenté advertirle. Porque, aunque me llenaba de orgullo verla sostenerse así, me inquietaba mucho más lo que podía ocurrir si esa coraza de supervivencia emocional caía… lo que pasaría si él realmente se iba, si no la elegía.
Adam podía abrir y cerrar cerebros, pero no era bueno abriendo su propio corazón.
Y bastaría un primer intento fallido para sellarlo sin dejar resquicios.
No soportaba lo imprevisible. Y Sofía, en cambio, parecía estar empeñada en señalar sus errores mientras pasaba por alto las señales —torpes, sí, pero sinceras— de que la amaba de verdad.
Elegir amar a Adam implicaba entenderlo y aceptarlo con toda su complejidad…
y hasta ese punto, yo creo que Sofía solo lo amaba.
Aceptarlo de verdad, con sus límites y sus sombras, era un paso que no daría hasta sentir que él lo hacía primero.
En el fondo, lo de ellos era una guerra silenciosa entre sus egos.
Yo no quería que ella cediera, pero sí que entendiera que, con Adam, su mejor jugada sería fingir que sí lo hacía… al menos hasta que él se sintiera cómodo y seguro. Pero Sofía nunca fue buena actriz, y eso tampoco le pareció bien.
Por aquellos días, no pude evitar sentir que ella tampoco luchó lo suficiente. Intenté decírselo, pero me ignoró. O tal vez me escuchó, pero le recorrió ese escalofrío de terror que paraliza y contiene, y eligió no tenerlo en cuenta.
Yo también vi a Adam recordarla en canciones, extrañarla en los días de estudio, desear tenerla cerca en cada caso interesante.
Lo vi imaginar futuros con ella dentro, enloquecer y pelear consigo mismo para no perderla.
Pero sus inseguridades le exigían verla frágil.
Porque, aunque a veces la encontraba al borde, en el lado más débil de la cuerda, en ella siempre había una fuerza implacable, una certeza de que volvería a levantarse, «pasara lo que pasara».
Y él, en el fondo, nunca se sintió realmente necesario para ella.
En la historia de Adam y Sofía, ella no era la víctima, y jamás le permitiría a él verla así. Tampoco en la suya propia se reconocería como tal: siempre estaba dispuesta a asumir las consecuencias de sus decisiones, no desde la culpa, sino desde la responsabilidad.
Ella no quería aceptarlo, pero, para salvar lo que tenían, Sofía necesitaba que él la viera desarmada, sin corazas, entera para él, al menos una vez.
Solo que ella era necia. Sospecho que todavía lo es.