Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Por fin viernes #2
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Por fin viernes #2

Sofía asintió despacio. Rachel escribió y envió:

Sofía:     Estoy en el Bar Yesterday.

Apenas pasaron unos segundos cuando la respuesta de Adam iluminó la pantalla:

Adam:     Yo estoy en el Templo,

vine creyendo que te encontraría aquí.

Espérame ahí.

Paula dejó escapar un pequeño suspiro mientras bajaba la mirada al vaso, como calibrando el peso de esas palabras y Sofía se quedó en silencio unos instantes. Sintió el latido acelerarse en su cuello y esa mezcla de emoción y temor que solo Adam conseguía provocar.

Rachel alzó la vista sorprendida y levantó su copa, con ese gesto cómplice que las tres entendían, para darle a Sofía un poco de calma:

—Pues, por nosotras… Pase lo que pase.

Chocaron las copas dejando que la música de fondo llenara el silencio. Afuera, la ciudad seguía su curso.

Quince minutos después, entre el murmullo suave de la gente y la música, apareció Adam. El cabello revuelto delataba la prisa de quien había cruzado la ciudad sin pensarlo demasiado. Su mirada recorrió el bar hasta detenerse en Sofía, iluminada por la luz tenue del rincón.

Atravesó el lugar con pasos decididos, el pulso a mil y el corazón caótico. Al llegar a la mesa, dedicó un gesto educado a Paula y Rachel, sin apartar los ojos de Sofía.

—Necesito hablar contigo —dijo, con la voz grave, cargada de urgencia.

Sofía parpadeó, sorprendida.

—Adam, estoy con mis amigas…

Él las miró y se disculpó apenas por la intromisión:

—¿Me la prestan un momento?

Las chicas asintieron sin darle importancia y Sofía se levantó despacio para evitar escenas dramáticas. Él la tomó de la mano y la llevó a una esquina tranquila y privada del bar.

—No puedo más, Sofía —interrumpió, inclinándose un poco hacia ella—. Necesito que me digas, que te comuniques. Necesito seguridad. No… no puedo seguir así. Tú nunca me has hablado claro, nunca me dices lo que de verdad sientes, y yo… yo ando sin brújulas decidiendo mi vida en torno a ti…

Su respiración se aceleraba, sus ojos ardían con la sensación de que todo el bar se reducía a ella.

—Tengo miedo de entregarte todo y que luego tú… —la voz se le quebró, incapaz de terminar la frase.

Sofía frunció el ceño, soltó una risita irónica, se irguió y le sostuvo la mirada con una mezcla de rabia y tristeza, ya demasiado agotada:

—¿Cómo vas a estar con alguien a quien le tienes miedo? —preguntó, altiva—. No sé qué demonios crees que soy, Adam… pero evidentemente no confías en mí. A veces pienso que eso de repetirte a ti mismo que te sientes así conmigo es justo lo que necesitas para largarte sin mirar atrás.

Adam apretó los labios, buscó aire y, con el antebrazo aún apoyado en la pared, la miró con una intensidad que casi dolía. Sentía que no acertaba en nada de lo que decía.

—Yo no quiero dejarte atrás… y no sé si confío. Pero de algo no tengo la menor duda: Dios, Sofía… te amo.

Ella negó, agotada, como si amagara una rendición que nunca llegaba.

—Eso tampoco es suficiente. ¿No te das cuenta? —susurró frustrada—. Si lo fuera, no estaríamos teniendo esta conversación. Tu rotación ya estaría cambiada de fecha y el tema de los pasajes del viernes no sería lo que no me deja dormir ahora mismo.

Cerró los ojos y tragó saliva. Él la observaba con los ojos nerviosos, las lágrimas contenidas, cargadas de miedo e impotencia. Ella siguió. Estaba demasiado cerca de él, acorralada entre su cuerpo y aquella pared de ladrillos al descubierto.

—No te das cuenta de que buscas excusas una y otra vez para no ceder en nada.

Y ya ni siquiera se trata de mí ni de Julia.

Se trata de ti, de que tienes más que claro que no hay nada más importante que serte leal a ti mismo.

Y me parece bien, ¿sabes? A estas alturas me parece muy bien…

pero entonces, por favor, no juzgues ni te metas en mis propias lealtades hacia mí misma.

—Suena como que ya te rendiste —dijo él, con un hilo de voz.

—Suena como que estoy muy agotada de todo esto ya —respondió ella.

Él se acercó más, sin dejarle espacio para escapar. Sus manos le rodearon la espalda, la cintura, y la sintió temblar bajo sus dedos. Pegó su frente a la de ella, respirándole cerca, tan cerca que el olor de su piel lo extasió.

Sus labios entreabiertos se rozaron, primero con cautela, pero esa calma duró poco. Ellos no podían estar así y tener control al mismo tiempo. El deseo tomaba las riendas por cuenta propia. Se besaron con hambre. El bajó a su cuello, aspirando ese perfume que le dolía reconocer.

Sofía sintió la presión de sus manos en la espalda, su pecho apretándola, sus labios trepidando contra su piel. Él estaba al borde de las lágrimas; se notaba en el ritmo quebrado de su respiración, en la fuerza con que cerraba los párpados… pero no lloró. La impotencia disfrazaba sus dolores.

—Ven conmigo a mi casa, por favor… —susurró, con la voz hecha pedazos.

Sofía, al borde de hiperventilar, buscó su centro. Levantó la cara despacio, lo miró con los ojos aguados, llenos de rabia y deseo contenido.

—¡No! Esta noche no es tuya, Adam. Esta noche es de mis amigas… y eso no me lo vas a quitar.

Él cerró los ojos un segundo, y apoyó la frente en su hombro, derrotado, necesitando sentirla una vez más antes de soltarla. Luego, despacio, se apartó… y la dejó ir.

Sofía lo miró. Lo miró como si pudiera hacerlo entrar en razón, como si quisiera gritarle en silencio que lo amaba con todas sus fuerzas, pero se reacomodó el cabello y regresó a la mesa, con el eco de esas palabras latiéndole en el pecho… y su olor grabado en la piel.

Él pasó de largo, veloz, sin mirar atrás. Lleno de ira.

Paula y Rachel la recibieron en silencio, como guardianas de un refugio. Y Sofía, pese a que temblaba por dentro, supo que estaba donde debía estar.