Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Por fin viernes
66%

Por fin viernes

XXXII

El viernes había llegado como una cuerda floja, vibrando al borde de romperse. El hospital mantenía su ritmo despiadado, sin conceder respiro, pero Adam sabía que ya no podía seguir esperando.

La semana había sido un desfile de intentos por demostrar que hacía lo imposible por quedarse, mientras Sofía se mantenía a distancia. No fría, no hostil. Solo en pausa, como quien refuerza las ventanas con cintas de precaución al presentir que el huracán es inminente.

Esa tarde la encontró en el pasillo del quinto piso, saliendo de la sala de Neurología con la carpeta de indicaciones en la mano y el cabello recogido a prisa, con mechones rebeldes que, sin quererlo, lograban una perfección desordenada.

Él se acercó con el pulso acelerado, y cada paso convertido en una apuesta.

—Sofía —dijo, rozando su nombre con la voz, tomándole la mano con cuidado, casi pidiéndole permiso—. Esta noche… ¿puedes venir a casa? No voy a insistirte, solo… me gustaría que pasáramos la noche juntos. Tú y yo.

Se lo preguntó arriesgando su dignidad, porque necesitaba algo más que un abrazo. Ella lo miró con ese gesto entre amable y reservado que había adoptado desde que todo se volvió frágil.

—Adam…, esta noche no puedo —respondió con suavidad. Sin evasivas, sin concesiones.

Él no disimuló la punzada. Selló los labios y bajó la mirada un instante antes de insistir:

—¿Tienes planes?

—Sí —dijo, sin más. Y no mintió, pero tampoco explicó.

«Por supuesto que los tienes», se repitió, frustrado. Asintió como si aquella única palabra lo hubiera atravesado. Sabía que no era mentira, sabía que esos planes no eran con otro hombre, pero quedaba claro —y eso dolía más— que no eran con él.

«Siempre es lo mismo contigo, Sofía», pensó, convencido de tener derecho a enojarse. Contrariado, porque todavía no aceptaba que el vértigo de amar a una mujer libre no estaba en ella, sino en el abismo que abría en los hombres que creen poder controlarlo todo.

Podía operar cerebros, tomar decisiones quirúrgicas bajo presión, pero no sabía cómo sostener esa incertidumbre: no saber si ella volvería, si lo elegiría mañana…

Porque él también exigía seguridad. Necesitaba sentir que ella lo necesitaba.

Quería creer que no estaba retrasando su rotación en vano, que, si decidía quedarse, no sería solo por deseo, sino por una certeza.

Esa certeza que Sofía, con «sus libertades y sus pausas», todavía no le había entregado.

Ella lo observó unos segundos y notó la tensión en sus hombros, ese silencio que decía más que cualquier reproche. Entonces le preguntó:

—Tu pasaje a la capital es el próximo viernes, ¿verdad?

Adam no contestó.

—¿En serio crees que vas a resolverlo todo en una semana? —insistió ella desde la calma.

—Lo estoy intentando, Sofía. Solo yo sé todo lo que lo estoy intentando —respondió él, un tanto molesto. Pues con «intentarlo» no solo se refería a las gestiones para no ir, sino también a la lucha brutal que libraba contra sus propias inseguridades respecto a ella.

—Pues muy bien… creo que mejor volvemos a hablar cuando lo tengas todo claro.

Y sin decir más, se fue. Tranquila. Pero dejando un eco.

Adam la siguió con la mirada hasta que dobló el pasillo. Y entonces lo supo: lo que más le aterraba de Sofía no era que fuera impredecible. Era que, aun con todos sus temores, seguía eligiéndola. Y eso lo hacía más vulnerable de lo que podía permitirse.

Echó a andar y se puso los auriculares para calmar a sus demonios, pero lo primero que sonó fue esa canción que escuchaba en bucle, la misma que le gustaba cantarle cuando estaban juntos:

♫15- Nunca supe si he llegado a mi destino. Mis sentidos solo saben de horizontes. Pero, tú disuelves cada torbellino. Tú eres savia que alimenta, yo soy torpe .♫

La dejó correr unos segundos, hasta que sintió que la herida se abría más.

Sofía no disolvía torbellinos, ella era el torbellino, sin embargo, él sí era torpe.

Entonces se arrancó los auriculares con genio…

y cambió de rumbo hacia la máquina de café más cercana, a prepararse uno bien cargado que lo mantuviera en pie.

La noche estaba fresca y la ciudad parecía tomarse un respiro.

El neón suave del Bar Yesterday  brillaba como un guiño cómplice y reparador.

Era un sitio pequeño e íntimo, de luces tenues y paredes cubiertas de fotografías en blanco y negro, algunas viradas al sepia, todas de los Beatles.

El hilo musical se deslizaba entre Hey Jude, Let it Be o  Yellow Submarine , junto a otros himnos que habían marcado las décadas de los sesenta, setenta y ochenta.

Las mesas de madera oscura en el patio invitaban a quedarse horas, y la brisa de un verano que ya se iba, se sentía fenomenal.

Sofía llegó primera, agradecida por el murmullo amable del lugar. No era noche de gritos ni de bailes; era noche de conversar. Al poco rato llegaron Paula y Rachel, y ese abrazo de bienvenida fue como una corriente cálida que le atravesó el pecho.

Pidieron los primeros tragos y se acomodaron en la mesa del rincón, donde la luz apenas las rozaba. El mundo simulaba encogerse hasta quedar reducido a ellas tres.

Rachel fue la primera en romper el silencio. Se recostó contra el respaldo, tomó un sorbo largo y, con un suspiro que parecía venir de lejos, soltó:

—¿Pero y esas caras que tienen ustedes…? Nunca tenemos esas caras cuando estamos juntas.

Sofía sonrió, cansada pero sincera. Paula soltó una risa breve y negó con la cabeza:

—Lo mío es puro agotamiento. He tenido un día larguísimo.

—Lo mío es decepción… —dijo Sofía, bajando la voz, con un hilo de tristeza—. Pero hoy no venimos a hablar de mí.

Rachel dejó la copa sobre la mesa y las miró a ambas con los ojos llenos de chispa y ternura.

—Hoy venimos a hablar de las tres —corrigió, marcando cada gesto con suavidad—. O a no hablar de ninguna. Estar juntas es… —buscó la palabra, sonrió y la dejó caer— …es terapia. Se nos tiene que curar todo cuando estamos juntas. Si no, no estamos funcionando bien.

Lo dijo con tal convicción que las tres se quedaron en silencio unos segundos, dejando que la frase hiciera eco. Paula estiró el brazo y entrelazó sus dedos con los de Sofía, mientras Rachel apoyaba su mano sobre las de ambas, como un pacto silencioso.

En ese instante, Sofía sintió como algo se acomodaba dentro de ella. Podía estar decepcionada, rota, en guerra con el amor… pero las tenía a ellas. Y eso, en un mundo tan incierto, era un lujo que no se compraba ni con la redención de todos los Adam del universo.

Miró a Paula, miró a Rachel y sintió que, por primera vez en días, el nudo del pecho se aflojaba un poco:

—Ay, chicas … ustedes sí son mi verdadero «pase lo que pase». ¡Brindemos por eso!

Las dos la miraron a la vez, primero extrañadas, luego enternecidas.

Sofía bajó la mirada un segundo y dejó que la frase se quedara flotando entre ellas, porque sabía que sus amigas entendían lo que significaba.

Pero esta noche, en ese rincón de luces cálidas, Sofía comprendía que quienes nunca habían fallado y siempre la sostenían sin condiciones, eran ellas.

Rachel apretó su mano y Paula sonrió con esa mezcla de complicidad y cariño que solo tienen las amigas que han visto tus mejores y peores versiones. Hablaban de Rachel y Rafa mientras comenzaba a sonar Sting con su clásico «Every breath you take» .

—Estamos bien —confesó Rachel, bajando la voz—.

De verdad, estamos acoplando muy bien… aunque la diferencia de edad siga ahí, latiendo como una alarma insistente.

Y no me animo a formalizar nada porque siento que estamos en etapas distintas.

Pero… —hizo una pausa, con una sonrisa trémula— …

mi reloj biológico no deja de mandarme SOS. Y eso es lo que más me asusta.

—Rachel, cariño— Le dijo Sofía— Intenta desconectar el almanaque y déjate llevar. Todavía tienes tiempo y, además, él no se va a encontrar ninguna de su edad con toda esa luz que tienes tú. Y si no lo sabía, seguro ya está empezando a descubrirlo.

—No es por él, muchachitas, es por mí —explicó Rachel otra vez—. No puedo evitar pensar que, al entregarme tanto a las emociones y a las ganas de vivir cada oportunidad con intensidad, termino saboteándome el futuro y reduzco el chance de hacer las cosas bien.

—¿Y por qué crees que ahora no estás haciendo las cosas bien? ¿Porque tiene 8 años menos? —preguntó Paula arqueando una ceja.

Rachel se quedó reflexiva, sabía que esa no podía ser la única razón… pero aún no lo conocía bien y no tenía idea de lo que él quería de la vida. Sin embargo, le gustaba bastante.

Sofía se quedó en silencio, escuchándola, sintiendo ese eco en su propio cuerpo, en sus propias dudas. Porque era cierto: cuando te acercas a los 35, aunque tengas la vida armada, ese reloj interno empieza a susurrar cosas que no siempre encajan con tus planes.

La charla se fue relajando. Entre risas, confesiones y chistes internos, pidieron la tercera ronda de tragos. El ambiente estaba ligero, casi reparador, hasta que el teléfono de Sofía vibró sobre la mesa.

Ella miró la pantalla, levantó las cejas y se la mostró a las otras dos.

Adam: ¿Dónde estás, Sofía?

—¿Y qué se supone que debo contestarle a eso? —preguntó Sofía, nerviosa. —No sé con qué derecho me pregunta

Rachel alzó la mano con decisión, tomó el teléfono y escribió sin pensarlo demasiado:

Sofía:     Con mis amigas.

La respuesta de Adam llegó casi al instante, como un latido ansioso:

Adam:     No te pregunté con quién,

eso ya era obvio, te pregunté dónde.

Rachel abrió los ojos, Paula dejó el vaso en la mesa y se inclinó hacia Sofía.

—¿Realmente le contesto… o lo dejo en visto? —preguntó Sofía, con un nudo de contradicciones en la garganta.

Paula respiró hondo antes de contestar, con esa serenidad práctica que la caracterizaba:

—Por más que me moleste su soberbia, dada la situación en la que están, y lo que tú sientes por él Sofía, no es bueno que le hagas la guerra ni que alimentes sus miedos y sus inseguridades. Be Smart .  Solo dile dónde estás… y espera a ver qué hace.