En la cuerda floja #2
César: ¿Llorando? Uff, qué desperdicio…
No deberías llorar, al menos no por esos motivos.
Conozco otros más interesantes…Si te intriga,
soy excelente dando explicaciones prácticas.
Sofía se dio un sorbo de café y luego se tapó la boca con la mano para ahogar una carcajada.
César: ¿Y qué haces esta noche? Dime que
no estás desperdiciando tu sex appeal…
mirando series en tu cuarto.
Sofía: Pues…, de guardia.
Así de sexy es mi vida.
Y le envío un selfie con el scrubs y los lentes puestos.
César: Ufff, esos espejuelos. Confiesa:
¿los necesitas o es un ataque premeditado
para que uno se desconcentre?
Sofía volvió a sonreír, sintiendo el rubor subirle a las mejillas.
Sofía: Tengo miopía, y no te imaginas cuánta…
No veo las cosas ni siquiera cuando
me las ponen en frente. ¿Y tú que haces?
César: Yo mirando el mar… pero de pronto
me dieron unas ganas locas de escribirte.
Además, sentí que tú también estabas deseando
que lo hiciera.
Sofía: ¿Ah sí? ¿Y por qué iba yo a querer eso?
César: Porque en este momento exacto
te estás riendo…
y me encanta que sea por mí.
Sofía bajó la mirada al suelo del balcón, sonriendo más de lo que quería admitir. Miró el cielo anaranjado, inspiró más calmada, sintiendo cómo, aunque fuera por unos minutos, la presión en el pecho se aflojaba.
Sofía: La verdad es que no creo que
tengas idea de lo bien
que te sale esto .
César: ¿Esto? ¿Hacer sonreír a neurólogas
guapísimas en medio del caos? Créame, doctora…,
esa es mi especialidad.
Y en este tipo de terapias trabajo for free …
Pero ahora en serio… ¿tú estás triste por algo?
Sofía leyó el mensaje, sintió el nudo en la garganta volver y no respondió. Guardó el teléfono en el bolsillo del pijama, bebió un último sorbo de café y se giró para volver al ruido de la sala.
«Volver al caos es lo que me toca…, pero con una sonrisa extra, por si acaso», pensó, respirando hondo antes de darse la vuelta.
Ya entrada la noche, Urgencias estaba al tope: monitores pitando, enfermeras corriendo de un lado a otro, el olor a alcohol mezclado con sudor y la presión constante de cada paso.
Sofía y Adam trabajaban en paralelo, tan concentrados que apenas habían cruzado miradas.
Era uno de esos días en que el exceso obliga a dividirse, a priorizar sin descanso.
Sofía salía de un cubículo, quitándose los guantes para anotar indicaciones, mientras Adam revisaba una tomografía en su tablet y atendía la llamada de un residente desde quirófano. El murmullo era el zumbido constante de un enjambre, hasta que un grito rompió la rutina:
—¡¿Qué le están haciendo?! ¡No me toquen a mi hermano!
Sofía, que estaba a solo unos pasos, levantó la vista y vio a un hombre de mirada vidriosa, olor fuerte a alcohol y manos temblorosas, abalanzarse hacia la camilla de un paciente intubado. Intentó interponerse con firmeza, pero calmada.
—Señor, por favor —dijo despacio—. Está en una zona restringida. Vamos a explicarle, pero necesito que se aparte…
El hombre no escuchó. Dio un paso más, tropezó con una camilla y, en un arranque torpe, empujó a Sofía con el antebrazo.
Ella perdió el equilibrio, chocó contra la esquina de una mesa de acero y sintió el filo cortarle el brazo.
El ardor fue inmediato, y la tela de su pijama azul, se manchó de sangre.
Adam levantó la cabeza al escuchar el ruido, pero en cuanto reconoció a Sofía en medio del desastre, se quedó helado un segundo, con el bolígrafo suspendido en el aire. El corazón se le fue a la garganta. «¿Sofía?» El mundo alrededor se le apagó antes de reaccionar.
En tres zancadas estaba ahí. Se lanzó sobre el acompañante sin pensarlo dos veces, presionándolo contra la pared apoyándole el antebrazo en el cuello, tenía la mirada encendida y la respiración entrecortada.
—¿Qué le pasa a usted? ¿Se volvió loco? ¿En qué coño está pensando? —le espetó, la voz baja, afilada, cargada de ira contenida.
William apareció justo a tiempo. Lo leyó en un instante: vio la tensión en el rostro de Adam y esa furia desbordada que podía traerle problemas si seguía. Sin decir mucho, le puso la mano en el brazo.
—Déjamelo a mí —le dijo tomando su lugar y controlando al agresor con la experiencia de quien sabe manejar un desastre para evitar otro.
Adam lo soltó de golpe, aún agitado, y sin mirar atrás se giró hacia Sofía.
Ella estaba de pie, pálida, con la mano apretada sobre el brazo para contener la sangre. El corte era pequeño, pero el susto brillaba en sus ojos. Adam la alcanzó en dos pasos.
—¿Dónde más te duele? ¿Te golpeaste la cabeza? —le preguntó atropellado, sujetándole el rostro y los hombros antes de mirar el corte.
—Ven conmigo —ordenó, sin dejar espacio a réplica, guiándola hacia un cubículo libre.
Sofía respiraba agitada todavía en shock , pero podía sentir el calor de sus manos sujetándola como si temiera que se desplomara. Se dejó llevar sin discutir, se sentó en una camilla y lo observó mientras él buscaba gasas y antiséptico con la urgencia de quien no admite distracciones.
El ruido de la guardia seguía alrededor, indiferente.
Sofía lo observaba en silencio, olvidando el ardor de la herida: la forma en que él contenía el aire, el parpadeo nervioso, la rapidez de sus movimientos…
curándola con una delicadeza extrema, como si temiera provocarle un dolor más.
Todo en él revelaba un desorden ajeno a su carácter.
Y en ese desajuste involuntario, Sofía sintió que sí le importaba, tanto, que el miedo parecía habérsele incrustado a la piel.
Adam le colocó una venda y, sin poder contenerse, le acarició la cara. Sus ojos, aún desbordados de miedo, se clavaron en los de ella.
—En serio, ¿estás bien? —preguntó.
Y antes de que pudiera responder, la abrazó, hundiendo el rostro en su cabello por un instante.
—Coño, Sofía… me mataste del susto —murmuró con un hilo de voz, pasándose las manos por la cabeza mientras intentaba calmarse.
—Tranquilo…, que no fue para tanto. De verdad estoy bien. Gracias… por rescatarme —respondió ella, esbozando una sonrisa antes de bajarse de la camilla y caminar despacio hacia el guardia que la esperaba para hacerle unas preguntas.
Desde el fondo de la sala, Julia había visto todo.
Descubrió a un Adam distinto, volcado en otra persona como si nada más existiera.
Lo vio cuidar a Sofía con una mezcla de pánico y ternura que nunca había conocido en él.
Sintió una punzada amarga, inesperada. «¿Habría reaccionado así si hubiese sido yo? »
Bajó la mirada, decepcionada, y se alejó con la mente atestada de preguntas que prefería no contestar. Porque al ver a Adam inclinarse sobre Sofía de aquella manera, comprendió que había algo en él —y en ellos— que no estaba dispuesta a aceptar.
William lo había notado. Se acercó a Adam y, señalando hacia Julia, advirtió en voz baja:
—Ten cuidado, hermano. No hay nada más peligroso que el orgullo herido… Cuando una mujer se deja arrastrar por la vanidad, la compasión desaparece. Incluso si se trata de Julia.
Adam hundió la vista en su tablet y no le contestó nada…, pero algo dentro se le contrajo. Quizás la culpa o el miedo de que todo pudiera ponerse peor.
La guardia había bajado un poco el ritmo.
Ya pasada la medianoche, el equipo médico parecía un ejército exhausto, cada uno refugiado en cualquier rincón disponible para robarle minutos al sueño.
Sofía estaba en el cuarto, acostada en una cama.
No dormía; solo dejaba que la penumbra y el zumbido lejano de un monitor le hicieran compañía.
La puerta se abrió despacio. Adam asomó la cabeza, con la bata arrugada y las ojeras marcadas, parecía cargar encima el peso de siglos. Avanzó un paso, luego otro, cerrando la puerta tras de sí.
—¿Te duele? —preguntó en voz baja, acercándose, intentando que no sonara como una disculpa, aunque lo era.
Sofía lo miró desde la cama, con esa media sonrisa cansada que no lograba engañar a nadie.
—Mis dolores… son de otro tipo —susurró sin apartarle la vista.
Adam se quedó quieto un segundo, tragó saliva y luego se inclinó lo suficiente para juntar su frente con la de ella con una delicadeza que a ella la desarmó.
—Dame unos días… —murmuró apartándose con la voz temblorosa—. Solo unos días para tratar de arreglar lo del viaje. Voy a hacer lo imposible por no ir con ella, pero necesito que confíes en mí…, por favor, no te alejes más.
Sofía retiró la vista, sin decir nada, sintiendo ese latido fuerte que dolía y consolaba a la vez.
—Mis días son más bonitos contigo… —siguió él incapaz de detenerse—. Llevo muchas noches extrañándote. Tengo una presión constante aquí dentro… y no pienso bien. De verdad, Sofía. Tú eres todo lo que quiero, por mucho miedo que me dé.
Inspiró profundo, se frotó la nuca y se quedó ahí, sentado a su lado, mirándola. Ella no respondió de inmediato; lo dejó en silencio, sintiendo cómo la herida del brazo palpitaba al ritmo de otra herida más honda. Por primera vez en días, sus ojos se ablandaron un poco.
Ese encuentro no les dejó ni promesas eternas ni soluciones mágicas. Solo la imagen de dos personas agotadas y heridas en diferentes puntos, que todavía hallaban la forma de encontrarse entre los escombros.
Adam tomó el móvil de Sofía y buscó esa canción en la que siempre se veía reflejado cuando pensaba en ella. Le dio play, le colocó los auriculares con delicadeza sobre los oídos y, sin decir nada más, se fue…
♫14- Yo por tu amor, volvería a vivir, cambiaría mi destino, llegaría hasta el fin. Piedras en el camino que me lleva hasta ti…♫