Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) En la cuerda floja
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En la cuerda floja

XXXI

Pasaron casi tres días de una incertidumbre asfixiante.

A pesar de la insistencia de Adam por buscarla, de sus mensajes, de aparecerse en lugares donde podría coincidir con ella, Sofía se mantuvo inquebrantable: cumplió al pie de la letra aquello de tomarse un tiempo.

No respondía. No se explicaba. Se encerró en el estudio, en los pacientes, en el trabajo…

, y en el lento y torpe arte de soltar. Había quedado con las chicas para juntarse el próximo viernes y desahogarse con calma.

Pero antes llegó el jueves, día de guardia, y, aunque lo intentó, no logró cambiarla. Esa noche tendría que verlo, era inevitable.

Adam llevaba esos mismos días atormentado, frustrado porque ella no le daba el chance de arreglar las cosas, al menos a su manera. Su ansiedad se mezclaba con el agotamiento, con el miedo de perderla… Así que esa mañana entró al hospital más temprano que nunca y la esperó en la entrada de su sala.

Ella apareció caminando rápido. Lo vio antes de que él se moviera, y por un segundo sintió que se encogía.

Ahí estaba él, de pie, mirándola como si el mundo dependiera de eso.

Trató de sostener la compostura, aunque un cosquilleo inquieto le recorrió los dedos y el corazón le marcaba un ritmo ajeno. «Dios… cuánto lo he extrañado».

Adam no dijo nada al principio. Caminó a su lado, igualando su paso, respirando tan cerca que Sofía sintió el calor de su presencia antes de que hiciera nada. Cuando llegaron al cuarto médico, él empujó la puerta sigiloso y, sin darle espacio, la guió hacia adentro con la mano en la espalda.

El contacto fue mínimo, apenas unos dedos firmes sobre la tela de su bata…

pero, para Sofía, fue como una descarga eléctrica.

Un latigazo de tensión le recorrió la espalda y un frío ardiente se expandió bajo la piel.

Fue como si aquella mano atravesara la tela para tocar un territorio al que nadie más tenía acceso.

«Maldita sea», pensó, atrapada en esa mezcla insoportable de rabia y deseo.

Quería apartarse, quería gritarle…, pero su cuerpo seguía reaccionando a la cercanía de Adam con una lealtad visceral, incapaz de reconocer la herida que los separaba.

Había en ella una fibra indomable que todavía la mantenía unida a él.

—Adam… no hagas esto.

—Tenemos que hablar —dijo él, con la voz grave, cansada, casi suplicante.

Sofía dejó la mochila sobre la cama sin mirarlo, sacó el termo de café y bebió un sorbo para reunir fuerzas. No le ofreció, aunque sabía cuánto le gustaba. La respiración se le desordenaba, no por ira, sino por ese calor reprimido que la invadía a pesar suyo.

—No podemos seguir así, Sofía… —insistió él, acercándose—. Tienes que entender que la vida no es siempre color rosa, que estas cosas pasan, que nuestra felicidad depende de saber superarlas juntos.

Ella giró despacio. La sonrisa que se dibujó en sus labios era puro sarcasmo, un filo que cortaba.

—Me encantaría saber qué harías tú, cómo lo superarías, si fuera al revés… Si yo viajara dos meses a la capital y compartiera apartamento con Alberto, por ejemplo, para ponértela fácil.

Adam quedó en silencio. La pregunta lo desarmó. No lo había pensado así; nunca había sido su fuerte ponerse en el lugar de los demás.

—Lo sé… —admitió al fin, con la voz más baja—. Sé que es complicado creer que pueda tenerlo bajo control… pero tienes que confiar en mí.

Hizo una pausa, la miró con los ojos cansados pero encendidos, y entonces soltó, casi con un deje agrio que no logró disimular:

—¿Crees que para mí es fácil irme y dejarte aquí, sola…

con tus amigas perfectas e «inofensivas», que salen contigo cualquier día en la semana, que saben más de ti de lo que tú me cuentas…

? —se inclinó hacia ella, con una sombra de reproche en la voz—.

No creas que no lo noto, Sofía. Las miradas, las risitas…

Y tú ahí, tan libre, como si no tuvieras que rendirle cuentas a nadie.

El ambiente se sobrecargó. Sofía abrió los ojos, sorprendida por el filo y la ironía de esas palabras. Adam acababa de mostrar una grieta oscura que ella había preferido ignorar.

—¿En serio estás insinuando…? —comenzó, pero él la interrumpió, la voz más tensa:

—Me vuelvo loco imaginando. Porque tú entras y sales, y yo no sé. Y no me digas que no pasa nada, porque…, porque así empezó todo contigo también, ¿no? Entre salidas, entre guardias…

El golpe fue directo. Sofía sintió que algo se le encendía dentro, un fuego entre rabia y decepción.

—Adam, cállate ya… —lo cortó, temblando con la voz afilada—. Mejor no sigas. Lo estás empeorando.

—¿Es que no tengo razón? —insistió él, dando un paso más, con más arrogancia que coherencia.

Sofía lo miró fijo con los ojos ardiendo.

—Tienes que aprender cuándo callar. No todo puede voltearse a tu conveniencia. Vete de aquí. No quiero seguir hablando contigo.

Adam se levantó de la cama de un salto, molesto, con el gesto crispado y la decepción dibujada en sus hombros caídos. Llevaba cuatro días sin dormir bien, con la ansiedad mordiéndole las entrañas. El exceso de cortisol empezaba a pasarle factura.

Ella, sin embargo, se adelantó a cualquier respuesta .

—Y para que sepas… sí que son grandiosas mis amigas. No tienes ni puta idea —dijo, y salió del cuarto médico antes que él, sin mirarlo, sin darle el gusto de que pudiera leerle la cara.

Su corazón latía a mil por hora, las manos aún temblaban mientras se alejaba por el pasillo.

Una parte de ella tenía deseos de volver, de abrazarlo y besarlo hasta desaparecerlo…

La otra, solo quería no verlo nunca más.

Su cuerpo lo deseaba con una intensidad que la avergonzaba, pero su dignidad la sostenía, aunque doliera.

«Dios… ¿cómo se suelta a alguien que aún está tan dentro?»

Apretó los puños y siguió andando, mientras el bullicio de la guardia seguía rugiendo a su alrededor. Intentó mantener la espalda erguida, aunque, por dentro, se sintiera hecha pedazos.

El resto de la mañana, Adam se esforzó por perderse en el trabajo.

A pesar de haber estado bastante movido, su mente seguía atrapada en la imagen de Sofía saliendo del cuarto médico sin mirarlo, tan fuerte y tan rota a la vez, tan Sofía, haciendo lo que le daba la gana siempre.

Más de una vez se descubrió mordiéndose el labio de impotencia o apretando el bolígrafo hasta casi partirlo, como si en ese gesto inútil pudiera contener lo que se le escapaba.

Pasado el mediodía lo llamaron a Emergencias para valorar a un paciente politraumatizado. William lo acompañaba, repasando con él la lista de interconsultas pendientes. Adam estaba concentrado en revisar una tomografía cuando una voz conocida lo obligó a girarse.

—Adam… —dijo Julia, que también estaba de guardia, acercándose con pasos medidos y sujetando un historial entre los brazos—. Perdona que te interrumpa, pero necesito preguntarte algo sobre los pasajes a la capital. Me dijeron que había que confirmarlos esta semana…

William levantó la vista de sus notas, arqueando las cejas al percibir la tensión inmediata en el aire. Adam miró a Julia con el gesto duro, la mandíbula apretada.

—¿En serio vienes ahora… aquí… a preguntarme eso? —su tono era bajo, pero tan cargado que hizo que Julia se detuviera.

—Solo quería saber si…

—¿Si qué? —la cortó, su mirada era fija, incisiva—. ¿Si todo sigue en pie? Pues claro que sigue. Ya te has salido con la tuya, ¿no?... Te salió perfecto.

Julia dio un pequeño respingo, desconcertada por el ataque frontal…, aunque, en el fondo ella sabía que Adam siempre iba a necesitar a alguien a quien culpar, y en este caso… eso era un daño colateral que le tocaba asumir.

—No entiendo… ¿de qué me estás hablando, Adam?

—¡Adam, la tomografía! —intervino William, poniéndose delante de él con firmeza y susurrándole entre dientes—. Estás en medio del cuerpo de guardia. No es el lugar para esto.

Julia lo miró una última vez, con los ojos húmedos, y se giró rápido, alejándose con pasos apurados entre el ir y venir de médicos y enfermeras. Adam se quedó recostado a una de las mesas cruzado de brazos mientras la seguía con la mirada, y el pecho tan apretado que apenas podía respirar.

William se quedó a su lado, observando cómo Julia desaparecía al doblar el pasillo.

—Tienes que calmarte, hermano. Esto no te ayuda en nada.

Adam se llevó las manos a la cintura y caminó en círculos, tragando saliva como quien intenta ahogar un incendio. Habló sin mirarlo, casi para sí mismo:

—Es que mi vida ha dado un cambio drástico… He pasado de la calma a la tormenta en nada… y yo sé que ella no tiene la culpa. Julia siempre hizo todo bien.

William lo escuchó en silencio un momento, luego le apoyó una mano en el hombro:

—Julia es una excelente mujer, Adam…, pero no es la mujer de la que estás enamorado.

Adam apretó los labios, golpeó la mesa con el puño cerrado y se marchó por el pasillo, arrastrando consigo el peso de lo que todavía no sabía cómo resolver.

Sofía se mantuvo ocupada, concentrada en lo suyo, pero a ratos la conversación de la mañana volvía como un eco molesto, repitiéndose sin tregua. Aún sentía la piel encendida en la espalda, en el punto exacto donde Adam la había rozado.

«Basta», se dijo, intentando enfocarse en la hoja frente a ella.

Al caer la tarde, salió al balcón del quinto piso en busca de aire.

El hospital bullía a sus espaldas, pero ahí fuera la brisa era más limpia, tibia, cargada del olor de la ciudad y del rumor lejano del tráfico.

Se apoyó en la baranda de hierro, con un vaso de café en la mano, y por inercia sacó el teléfono.

Entre las notificaciones amontonadas, había un número de WhatsApp desconocido:

+1 212 312 4255:     ¿Qué tal, doctora…,

ya has superado ese 99 o sigues de luto?

Era César. Sofía no pudo evitar soltar una sonrisa corta pero genuina, de esas que casi se olvidan de aparecer. Soltó el café y tecleó rápido:

Sofía:     Sobreviviendo. No creas…, todavía lloro a

escondidas por ese punto. Ha sido duro 😭.