Con las heridas abiertas
XXX
Eran las ocho de la noche y Sofía ya estaba en su cama.
La luz tenue de la lámpara dibujaba sombras sobre las paredes.
Isabel estaba acostada a su lado, en silencio, sosteniéndole la mano de vez en cuando como si supiera que las palabras no resolverían nada.
Sofía no le dio muchos detalles, pero no fue muy difícil para ella darse cuenta de que su hermana estaba rota.
Sofía miraba el techo, pero sus ojos se desviaban una y otra vez hacia el teléfono que descansaba en la mesita de noche.
¿Y ahora… qué hiciste?, el grupo de WhatsApp con sus amigas, estaba inundado de mensajes.
Rachel: ¿Cómo te fue en el examen?
Camila: Cuenta.
Sarah: Estamos esperando .
La pantalla era un mar de interrogantes y emojis ansiosos.
Sofía no había respondido ninguno. Ni una sola palabra.
Todavía no podía contarles. Todavía no estaba lista para enfrentarse a ese encuentro, a ese desahogo que sabía que vendría cargado de preguntas, de consejos, de juicios inevitables que en ese momento dolerían más de lo que ayudarían.
Tenía que entender muchas cosas primero.
Tenía que dejar que al menos las heridas dejaran de estar tan abiertas, tan vivas.
Finalmente, respiró hondo, y con los dedos temblorosos escribió:
Sofía: Chicas, todo excelente, solo estoy muy cansada.
Ha sido un día largo.
.
Casi de inmediato llegaron las reacciones. Sus amigas la conocían demasiado bien… Algo no estaba bien. Ese silencio después de un examen tan importante era todo menos normal. Pero Sofía no estaba lista. No todavía. Paula cerró el debate en el grupo con un mensaje sencillo:
Paula: Déjenla que descanse, lleva muchos
días estudiando sin parar.
Isabel le dio un abrazo y un beso en la frente antes de levantarse de la cama.
—Descansa, ¿sí? —le susurró y salió de la habitación, dejándola sola con el zumbido constante del aire acondicionado y el peso inquieto de sus pensamientos.
Sofía se acomodó de lado, buscando en vano la postura del sueño, cuando las notificaciones de Messenger comenzaron a vibrar sin descanso. Con un gesto automático deslizó el dedo sobre la pantalla. No esperaba nada nuevo.
César: Hey, tesoro. ¿Cómo estás?
Me imagino que sacaste 100 en ese examen, ¿verdad?
Sofía parpadeó, incrédula. Ese mensaje era lo último que hubiera esperado. Venía de César, un ciberamigo de otra época. Después de meses de silencio, reaparecía así, como quien abre una ventana hacia la luz en medio de una noche larga.
Se habían conocido en las redes casi dos años atrás, cuando ella trabajaba fuera del país.
En aquel tiempo, conversar con él se convirtió en un escape: hablaban de lo posible y de lo imposible, de lo que ella confesaba y de lo que prefería callar.
Había entre ellos una complicidad ligera, sincera; de esas que no prometía nada y, sin embargo, terminaba por regalarlo todo.
Por un instante dudó en contestar. La tentación de dejarlo pasar era fuerte.
Pero la alegría despreocupada de César desprendía una chispa imposible de ignorar.
Él era de esas personas a las que la vida parece darles siempre un guiño, capaces de volverlo todo más liviano.
Y quizá, aunque ella no quisiera admitirlo, eso era justo lo que necesitaba en ese momento.
Sofía sintió un cosquilleo y tecleó despacio, con una sonrisa insinuada en los labios, antes de darle enviar.
Sofía: ¿Eh…, y tú cómo sabes que
hoy he tenido un examen?
César: Bueno, supongo que fue tu madre
la que publicó la foto…
Por cierto, ir vestida así a un examen
debería ser ilegal.
La carcajada de Sofía fue inesperada. «El efecto César está de vuelta», pensó.
Así lo había nombrado años atrás, por esa facilidad suya de arrancarle una sonrisa sin esfuerzo.
Conversar con él siempre había sido como desconectarse de la realidad.
Cuando hablaban, el mundo se volvía simple.
Y ahora, en medio del recuerdo de Adam y Julia en aquella sala del hospital, César parecía un regalo del universo, un fragmento de energía ligera que le permitía respirar.
Lo agradeció en silencio, antes de contestar:
Sofia: Saqué 99/100.
Un profesor me quitó un punto.
César: Pues ese debe ser gay.
La risa volvió, limpia, como un desahogo que necesitaba más de lo que ella misma advertía.
Sofía: Oye…, estabas perdido.
Hacía tiempo que no sabía de ti.
César: Tuve que salirme de las redes.
Ya sabes, el acoso…
Sofía: ¿Y por qué iban a acosarte a ti?
César: ¿Quieres que te lo recuerde?
Sofía: Por favor.
No tardó en llegar una foto en primer plano de sus ojos verdes, brillando con descaro.
Sofía volvió a sonreír. Había olvidado lo guapo que era.
Recordó que vivía en Nueva York, que trabajaba como ingeniero y que, aunque tenía más pinta de chico de playa que de profesional de oficina, sabía bien que su sonrisa peligrosa y aquellos ojos podían detenerle los pasos a cualquiera.
Sofía: ¿Algún día vas a crecer?
César: ¿Para qué? Los adultos son muy aburridos.
¿Cómo te va, tesoro? ¿Qué tal la vida?
Sofía: No puedo quejarme…
Haciendo ya la especialidad.
César: ¿La especialidad por la que no quisiste
venir cuando tuviste el chance?
Sofía: Ajá…, pero no me arrepiento.
César: Todavía… Te tengo que dejar que me compliqué.
Porfa, mándame tu número de teléfono,
así hablamos por WhatsApp más seguido;
aquí a Messenger casi no entro.
Sofía se lo envió y le deseó buenas noches. Durante unos minutos sintió un alivio leve, un efecto placebo que le estiraba la sonrisa. Pero la sombra no tardó en volver, mordiendo el instante de calma, cuando otro mensaje iluminó la pantalla:
Adam: No hagas esto, Sofía. No quiero perderte…
me siento demasiado mal. No puedo dormir.
Sofía no respondió. Cerró los ojos, apagó el teléfono y dejó que el silencio llenara la habitación.