Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Sin anestesia
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Sin anestesia

XXIX

Cerca de las seis de la tarde Sofía  sintió el sonido de la cerradura, pero ella no se movió de la cama.

Escuchó la puerta al cerrarse y los pasos lentos de Adam avanzando por el pasillo.

Se sentó despacio en la cama, cruzando las manos sobre las rodillas abrazadas contra el pecho, sin apartar la mirada de la puerta.

Adam apareció en el umbral de la habitación todavía con la bata abierta sobre la ropa civil. Tenía ojeras y el gesto cansado, pero al verla allí se detuvo en seco, sorprendido, entre feliz y asustado.

—Sofía… —dijo al fin, con una voz que mezclaba sorpresa y alivio.

Ella levantó la vista despacio.

—¿Y ese susto? ¿acaso debí pedir permiso para entrar? —contestó, sin más, dejando que las palabras cayeran pesadas entre ellos.

Adam dejó la carpeta que llevaba en la silla y dio un par de pasos hacia ella, dudando.

—Me preocupé… te he llamado todo el día, no sabía dónde estabas. —le dijo el acercándose un poco más sentándose en la orilla de la cama.

Sofía lo observó con los ojos todavía rojos y las manos crispadas sobre las rodillas. Cuando habló, la voz apenas tembló:

—¿Tenías que hacer esto justo hoy? ¿En serio? —no pudo evitar remembrarlo.

—Yo no planeé  eso Sofía, te lo juro. Ella llegó y fue inevitable la conversación. —se apresuró él a  responder.

A Sofía ya no le quedaba nada de paciencia

—¿Inevitable dices? Mira… no tengo mucho tiempo, Adam, y no quiero que lo dilates. Solo estoy aquí porque me merezco la verdad. Cuéntamelo todo de una vez.

Adam cerró los ojos un instante, tragó en seco. Avanzó un poco más y buscó sus manos, pero ella las retiró al instante. Ese solo roce le ardía.

—No es lo que piensas —murmuró.

Sofía apretó los labios, conteniendo la marea que subía desde el pecho hasta la garganta.

—Entonces…, explícame —le dijo sin titubeos, sin sospechar que lo que él tenía que decir era mucho peor de lo que imaginaba.

Adam inspiró hondo, bajó la mirada.

—Vale…, te lo voy a contar todo, pero necesito que no juzgues a la ligera.

—Habla —dijo ella, seca, clavándole la vista.

—Hace casi un año… Julia y yo hicimos coincidir las rotaciones del último año de nuestras especialidades en la capital. Cada uno tenía que ir dos meses… y… —esquivó su mirada, la voz reducida a un hilo— estábamos juntos.

El estómago de Sofía se contrajo con violencia. La sorpresa la atravesó sin anestesia, y el miedo se le instaló en el cuerpo como una descarga eléctrica imprevista. Quiso decir algo, pero permaneció quieta, en alerta. Solo las piernas dobladas sobre la cama se movían sin control.

Adam continuó, pero la confesión ya le pasaba demasiado en la conciencia.

—Reservamos un apartamento cerca de los dos hospitales y pagamos la mitad del dinero cada uno. Cuando ella y yo terminamos nuestra relación en abril, dejé en sus manos la tarea de cancelar esa reserva… ya que no podíamos cambiar las rotaciones.

Sofía lo seguía mirando, inmóvil, pero por dentro la impotencia le apretaba el pecho como una prensa.

—Hace unas semanas —prosiguió Adam, sin atreverse a alzar los ojos— ella me envió un mensaje diciendo que la reserva no se podía cancelar. Supongo que nunca lo intentó… pero yo lo había olvidado completamente. Ni siquiera había recordado que la rotación es un mes.

—¿Hace unas semanas dijiste…, Adam?

Él no conseguía hacer contacto visual y Sofía comenzaba a impacientarse. Sus labios temblaban cuando al fin habló, con la voz rota, cargada de incredulidad y rabia:

—¿O sea que en treinta días te vas con Julia a la capital… a convivir durante dos meses… en un apartamento donde probablemente haya un solo cuarto, una sola cama… —hizo una pausa, tragando saliva con fuerza— …y no se te ocurrió, ni por un segundo, contármelo?

Los ojos de Sofía brillaban encharcados; la voz se distorsionaba apagándose como una vela. Todo le dolía, pero la furia la devoraba por dentro. Cada palabra de Adam era una piedra contra el vidrio fino de lo que habían construido.

—Pero… ¡¿cómo pude ser tan estúpida?! —escupió Sofía, con una ira feroz.

Adam levantó al fin la mirada. El efecto de aquellas palabras parecía haber tenido un impacto físico. Abrió la boca, pero las frases se le atascaron en la garganta. Su silencio se volvió un muro helado, tan pesado como la confesión recién lanzada.

Sofía intentó recuperar el aire y, con un atisbo de esperanza aferrado a un rincón del pecho, le preguntó:

—¿Y qué piensas hacer? No pretenderás que yo aplauda esto… que lo acepte como si fuera un sticker pegado en la pared.

—Sofía, no tengo muchas opciones —respondió él, con la voz baja, casi temerosa—. Sabes perfectamente que no puedo perder esa rotación.

—¡Pero claro que sí puedes posponerla! —explotó ella, poniéndose de pie—. Solo tienes que hablar con la persona indicada. ¡Lo sabes!

Adam desvió la vista hacia el vacío. No quería responder a eso.

—Puedes dejarla para enero. Yo puedo tratar de adelantar mi rotación de segundo para ese mes.

Es en el mismo hospital al que tienes que ir tú.

Podríamos… podríamos irnos juntos —decía nerviosa, dando pasos cortos, aferrada a cualquier opción que pudiera salvar «lo que tenían» del inminente desastre.

Él cerró los ojos un segundo, tragando duro. Pero en su mente no cabía alterar ese calendario milimétrico que era su vida.

—Intentaré buscar otro sitio para quedarme en cuanto reúna algo de dinero. Además… hay dos habitaciones. Por favor, Sofía… confía en mí.

Una sonrisa rezagada se antepuso a las lágrimas, incrédula, cansada, como quien sabe que ya ha perdido la batalla, pero no puede callarse:

—Ni siquiera has considerado la posibilidad de no ir ahora… ¡qué tonta soy! ni siquiera eso—murmuró, dejando caer los brazos a los costados

— Lo siento… no puedo. Pero Sofía, por favor, piensa en lo que somos juntos, en lo que hemos logrado… podemos superar esto…

Ella lo fulminó con los ojos encendidos como brasas.

—¿Y qué es lo que hemos logrado, Adam? —dijo con la voz temblando entre lágrimas y rabia—. Porque, según yo veo, aquí no ha pasado nada cierto; entre tú y yo no hay nada que pese de verdad. Tus planes van por un lado… y —alzó las manos para marcar las comillas en el aire— «lo nuestro» por otro.

—No digas eso, Sofía… —pidió él, con la voz implorante.

—¡Ja! —exhaló ella, con una mueca amarga—. Aquí, quien no piensa en nada más que en ti mismo, eres tú.

Su respiración se aceleró, el corazón le martillaba duro en sus entrañas.

—No vayas, Adam… te juro que, si te vas con ella, no vas a saber más de mí. Ya he caído bastante bajo suplicándote que hagas lo correcto por nosotros, pero sé que no puedo imponértelo. Y el hecho de que ni siquiera te nazca… ya trae consigo un mensaje muy claro.

—Sofía, no seas injusta… es una situación difícil. Tú sabes bien lo mucho que me importas, tú sabes bien que yo te amo —dijo Adam, y entonces sí, las lágrimas se le resbalaban por las mejillas.

Ella lo miró un segundo, con los labios palpitantes, y luego retiró la vista.

—Ya yo no sé lo que sé… —respondió, mientras comenzaba a recoger sus cosas con urgencia—. Lo que sea que sientas por mí… evidentemente no es suficiente.

Cerró la puerta del baño con suavidad, dejando a Adam solo en la habitación.

Apoyó la espalda contra la madera de la puerta y cerró los ojos.

«¿En qué momento me convencí de que esto podía funcionar?

» Las señales siempre habían estado ahí.

Pensaba, sintiendo cómo el calor que le subía al rostro se mezclaba con un frío punzante en el pecho.

Entonces recordó sin querer las palabras de Alberto cuando se separaron: «Que sea difícil, o que no sea posible… no significa que no sea cierto».

«Joder» —pensó— «…otra vez esto».

Sofía inspiró hondo, se obligó a moverse, a cambiarse la ropa. Salió al cuarto sin mirarlo… y se fue de la casa, dando un tirón en la puerta. Definitivo.

No quiso tomar taxi. No quiso esperar un bus.

Quiso caminar. Y caminó. El trayecto hasta su casa era largo, pero no lo sintió en kilómetros, sino en pensamientos.

Sus pasos sonaban rítmicos contra las aceras irregulares, mientras su mente repasaba, uno a uno, todos los indicios que Adam le había dado desde el principio. «¿Cuántos había ignorado?»

Pensaba en esa manera de él de no ceder, en su egoísmo, en esa brújula inflexible que siempre apuntaba hacia su plan, hacia lo que él quería, sin importar quién quedara fuera.

Y se sorprendió a sí misma preguntándose si eso debía juzgarse…

o admirarse. Porque había algo en esa determinación que la había seducido desde el primer día.

«Tan seguro. Tan concentrado. Tan suyo».

Ella, en cambio, siempre mezclando todo: la vida y el amor, la pasión y los horarios, los planes y los impulsos.

Mientras cruzaba la Plaza San Juan de Dios, entre adoquines y melancolía, pensaba que quizás este golpe la obligaba a reajustar sus propias prioridades.

Quizás era una llamada de atención que necesitaba escuchar.

Pero todavía no podía. Antes tenía que doler.

Tenía que dejar que el dolor pasara a través de ella como un incendio lento.

«Estoy enamorada». Lo pensó sin escapatoria.

Eso era una realidad bastante jodida para el momento.

Estaba muy enamorada y se había hecho demasiadas ilusiones con él.

Los planes, los fines de semana, los abrazos, las guardias juntos.

Ella lo había visto en su futuro… y ahora, no sabía cómo soltarlo.

Estaba convencida de que debía dejarlo ir. «Pero ¿cómo se hace eso?»

Sus pasos se volvieron más lentos a medida que las imágenes llegaban. Se los imaginó juntos a Adam y Julia, compartiendo ese apartamento en la capital, dos meses enteros, desayunando, regresando tarde, riendo de cualquier tontería. Y de pronto, el mundo se le hizo pedazos.

Y así siguió caminando, con los ojos ardiendo y el corazón hecho trizas.

Ni el viento que se agitaba entre los edificios ni el murmullo lejano de los coches lograron distraerla.

Seguía andando, pero por dentro ya se había detenido, observando cómo se desmoronaba todo lo que había imaginado junto a él.