Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Volver a ser Sofía
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Volver a ser Sofía

XXVIII

Sofía se incorporó del suelo con un dolor punzante en el pecho. Tomó la carpeta que había dejado caer y se plantó frente al espejo del baño. Al otro lado de la puerta se escuchaban las voces apagadas de profesores y compañeros; lejos de intimidarla, la anclaron.

«No me espera un examen. Me espera la oportunidad de pasar al siguiente nivel, de seguir aprendiendo… y eso no me lo va a quitar nadie. Ni Adam. Ni nadie», pensó.

Se peinó despacio, secó las lágrimas con una toalla de papel y repasó el maquillaje corrido.

Como un pequeño milagro cotidiano, sacó su creyón rojo del bolsillo de la bata, donde siempre estaba «por si acaso».

Lo destapó, lo deslizó sobre sus labios con firmeza y al mirarse de nuevo, reconoció en el espejo a esa Sofía que sabía reinventarse.

Empujó la puerta y salió. Por un instante, todos se giraron hacia ella. Christian y la doctora Nerina captaron enseguida el destello de la tormenta en su rostro; los demás siguieron en lo suyo, acomodándose para iniciar el examen.

Sofía tragó en seco al recordar que eran muchos, y que el brindis de celebración —los pasteles, las bebidas, todo lo preparado— también dependía de Adam.

El teléfono en el bolsillo le pesaba como una piedra.

El pecho volvió a apretarse, la garganta se cerró.

Miró alrededor: Christian ordenaba papeles, Nerina hojeaba indicaciones, el profesor Rolando lanzaba una broma sobre el poco ambiente para celebrar…

y ella permanecía ahí, inmóvil, con un dolor innombrable que palpitaba hacia dentro.

«¿En serio tengo que llamarlo ahora? ¿Y si no contesta? ¿Y si dice algo que me vuelva a romper?» Cerró los ojos un segundo, respiró hondo. «Concéntrate, Sofía. Puedes con esto».

Alargó la mano hacia el celular, ya dispuesta a marcar, cuando la puerta se abrió y la interrumpió el sonido de pasos y voces. Eran William y Maritza, que llegaban con cajas y bolsas en las manos.

Sofía suspiró del alivio:

—Gracias —le dijo a William con un abrazo inesperado y los ojos todavía húmedos.

—Para mí es un placer, Sofi —respondió él, apartándola con cuidado, mirándola de frente y sosteniéndole las manos—. Ahora olvídalo todo. Concéntrate en lo buena que eres en esto. ¡Vamos a romperla!

Sofía asintió, respiró hondo y, cuando todo estuvo en orden, se volvió hacia sus profesores.

—Estoy lista —dijo.

Cuando Sofía se sentó ante la mesa de los examinadores, el corazón aún le latía con fiereza.

Pero sentir el rojo en sus labios le devolvía un coraje íntimo, un recordatorio silencioso de quién era.

A su alrededor, el murmullo de los otros residentes se fue apagando hasta convertirse en un silencio expectante.

El profesor Rolando le hizo un gesto con la cabeza.

Sofía respiró hondo y se lanzó a presentar el caso que le habían asignado.

Explicó cada tema con la precisión de quien ha pasado semanas desmenuzando libros, casos y notas.

Las palabras le brotaban seguras, pero no frías; en cada una había un fuego sereno, una pasión que hacía vibrar hasta los conceptos más áridos.

Cuando el profesor Fernando —el profesor de profesores— le pidió que justificara un planteamiento, ella sonrió apenas y desplegó un argumento tras otro, sólidos, concisos, como clavos firmes en una tabla.

Fernando asintió con una sonrisa orgullosa.

Desde el fondo de la sala, William la observaba con los brazos cruzados y el celular en la mano, enviando mensajes breves a Adam, que, sin duda, él leía en tiempo real.

Pero justo cuando todo parecía fluir con armonía, el doctor Machado —célebre por sus preguntas capciosas— se inclinó hacia adelante:

—Doctora Sofía, ¿podría explicarme…?

La pregunta cayó como un corte en el aire.

No venía al caso, pero exigía reflejos inmediatos.

Sofía sintió que el aire se atascaba en su garganta.

Titubeó. No porque no supiera, sino porque no esperaba tener que hilar ese concepto en ese instante.

Buscó en su memoria, ordenó las ideas a trompicones, y finalmente respondió.

Lo logró. Pero Machado ya tenía dibujada su media sonrisa condescendiente.

—Le faltó precisión —anotó sin mirarla—. Menos un punto.

Sofía asintió sin bajar la mirada. No iba a discutir. No iba a regalarle ni una sola grieta. Pero dentro de sí, sintió cómo nacía una chispa: una excusa perfecta, un resquicio para desplomarse más tarde, no por tristeza… sino como exorcismo emocional.

Terminó el resto del examen con la misma entereza con la que lo había comenzado. El profesor Rolando concluyó:

—Muy bien, doctora Sofía. Excelente examen. Puede retirarse.

La sala se llenó de un murmullo cálido. Christian le dio una palmada en el hombro, Nerina le sonrió con complicidad, y William se acercó enseguida. La abrazó rápido, sin interrumpir el protocolo.

—Estuviste increíble —susurró—. Tienes un autocontrol admirable.

Sofía le devolvió la sonrisa, agradecida. Sus ojos, sin embargo, se deslizaron por reflejo hacia la pantalla del celular en su mano. El nombre de Adam brillaba entre las notificaciones… pero no preguntó.

El salón de clases estaba transformado. Las mesas estaban cubiertas de manteles blancos improvisados y de un aroma dulce a pasteles recién destapados comprados en la dulcería preferida de Adam.

Isabel y su madre habían logrado llegar a tiempo; su madre, con la cámara del teléfono siempre en alto, iba captando cada sonrisa, cada abrazo, cada pequeño instante.

—¡Mira acá, Sofi! —gritaba entre risas, mientras ella posaba con algunos compañeros, un poco rígida, intentando disimular lo que llevaba adentro.

Isabel, más callada, observaba desde un rincón.

Conocía demasiado bien a su hermana; ese brillo extraño en sus ojos no era solo cansancio.

Percibía algo más, un temblor sutil bajo la coraza del autocontrol.

Y aunque le sorprendió no ver a Adam, no preguntó.

No quería ser la chispa que hiciera estallar lo que fuera que Sofía intentaba contener.

El brindis comenzó. Christian se acercó a servir las copas de refresco y levantó una frente a ella.

—Lo hiciste increíble —le dijo en voz baja, inclinado hacia ella para no llamar la atención—. Y lo de Machado…, bueno, ya sabes cómo es él, no deberías…

—Christian, no es para tanto —lo interrumpió Sofía con un filo inesperado en la voz—. No me des terapia, que no la necesito.

Christian se sorprendió con la agudeza lacerante de Sofía.

El silencio entre ellos duró apenas un segundo, pero fue como un chasquido en medio del ruido alegre de la sala.

Sofía parpadeó, sintiendo de inmediato la culpa de haber sido injusta.

Christian siempre había estado para ella. No merecía salpicarse de su ira.

—Sabes qué… perdona. No me lo tengas en cuenta —agregó, bajando la mirada, con un hilo de voz más suave— no he tenido una buena mañana.

Christian se quedó pensativo girando un vaso plástico entre sus dedos… aunque la perdonó al instante. No sabía qué pasaba, pero intuía que Sofía cargaba algo más pesado de lo que mostraba y él también sabía lo que era tener que sostenerse cuando todo quema por dentro.

Ella dejó su vaso sobre la mesa y se escabulló entre el grupo de residentes y familiares, buscando aire.

Cruzó el pasillo y se metió en el pequeño local de enfermería.

El olor a alcohol y el murmullo lejano de las voces le dieron un respiro.

Deslizó una silla y se dejó caer, cerrando los ojos un instante, intentando contener la marea que llevaba dentro.

No pasaron ni dos minutos cuando la puerta se abrió con un suave chirrido. William apareció con dos botellas de refresco bajo el brazo. Su expresión era serena pero llena de cuidado.

—Perdona que te siga, Sofi —dijo en voz baja mientras avanzaba despacio—. Me di cuenta de que los vasos se están acabando y…

Sofía lo miró con los ojos llenos de lágrimas. No pudo sostenerle la mirada; se cubrió el rostro con ambas manos. William dejó las botellas en la mesa y, sin prisa, se acercó. Le tomó una mano y luego la envolvió en un abrazo torpe, pero sincero, dejando que apoyara la frente en su hombro.

—No te preocupes, esto no se lo voy a contar—susurró. Y se quedó allí, dejándola llorar lo necesario .

Cuando notó que su respiración comenzaba a calmarse, William bajó la voz:

—¿Sabes que se ha estado ocupando de mis casos de la mañana para que yo pueda estar pendiente de todos los detalles de tu examen?

Sofía se apartó apenas, secándose las lágrimas con la manga de la bata.

—Me da igual —contestó encolerizada—. ¿O resulta que ahora también va a ser el salvador de esta historia? Yo lo vi con Julia esta mañana… discutiendo como una pareja que no tiene el pasado resuelto.

William bajó la cabeza.

—Lo sé —admitió con un hilo de voz—. También los vi cuando llegué, y no quise entrar. Pero, Sofía… Adam te ama, le importas mucho. Es lo único seguro que tengo para decirte.

—Pero no es suficiente —murmuró ella, casi para sí misma—. Al final va a ser que sí tenías razón, y que nosotros dos, simplemente, no podemos estar juntos.

William se encogió de hombros, un poco arrepentido de haber sido tan sincero, con un gesto lento, empático. Sabía que ella tenía razón, que, tratándose de Adam, el amor no siempre alcanzaba y menos cuando se interponía en sus planes no negociables.

—Estoy harta de sus miedos y sus misterios…

—continuó Sofía, apretando las manos contra las rodillas—.

Siempre hay algo que no cierra en sus historias y comportamientos…

y me he hecho la ciega, se lo he dejado pasar creyendo que no era importante.

No hay nada que me joda más que me mientan en la cara. Pero es mi culpa… me he dejado llevar.

William no dijo nada. Solo se inclinó un poco, apretó su mano entre las suyas y la sostuvo en silencio. Ella lo miró de reojo, agradecida de que no interrumpiera ni intentara salvarla, solo por quedarse allí mientras su mundo temblaba.

El teléfono vibró sobre la mesa, interrumpiendo el silencio del pequeño local de enfermería. Sofía lo tomó sin prisa, como quien teme lo que va a encontrar. La notificación iluminó la pantalla:

Adam:     Felicidades, sé que lo has hecho genial.

Me habría encantado estar allí… te amo.

Sofía lo leyó sin pestañear. Una contracción súbita en el abdomen la obligó a cerrar los ojos. Por un instante, escuchó en su memoria la voz de Adam susurrándole semanas atrás: «Pase lo que pase, no lo olvides».

Un gesto de burla se dibujó en sus labios. Contuvo un suspiro y, con un movimiento seco, guardó el celular en el bolsillo sin contestar. «En algún momento tendré que hablar con él —pensó— pero primero… primero necesito enfriar mi mente».

Se incorporó, recogió sus apuntes y comenzó a meter sus cosas en el bolso. Entonces sus dedos tropezaron con algo frío y metálico. Lo sacó despacio y lo sostuvo unos segundos en el aire: era la llave de su casa… de la casa de Adam.

Se quedó mirándola, sintiendo en la yema de los dedos el cosquilleo de una decisión imprevista, ausente en sus planes. Y, sin pensarlo demasiado, eligió creer que quizá, esta vez, el impulso le sería más útil que el cálculo.

Se despidió de sus colegas con una excusa apresurada —migraña, cansancio, cualquier cosa—.

A su madre le dijo que llegaría un poco tarde a casa.

Punto y seguido, Isabel la interceptó antes de salir; le tomó la mano con cariño y la apretó sin pronunciar palabra. Era su forma silenciosa de respaldarla.

Atravesó el hospital sin despedirse de nadie, esquivando miradas, perdiéndose entre los pasillos hasta alcanzar la calle. Necesitaba aire, pasos que la alejaran, distancia.

Sabía que Adam no llegaría hasta más tarde: tenía un caso en el quirófano. Aun así, ella no le avisó. No respondió a ninguno de los mensajes que seguían llegando, uno tras otro, como un eco insistente.

Cuando por fin cruzó la puerta de la casa, un silencio áspero la envolvió. Se dejó caer en el sofá sin encender las luces, con la llave aún apretada en la mano. Afuera, el mundo seguía su curso; adentro, el suyo quedaba suspendido en una mezcla de rabia y espera.

Decidió darse un baño para aligerar la tensión.

El agua caliente corrió por su piel como un abrazo que no sabía si merecía o necesitaba.

Se enjabonó sin prisa, intentando lavar algo más que el cansancio: las dudas, la rabia, el dolor.

Cuando salió, se puso ropa cómoda, un pullover blanco de él que tenía impregnada su aroma y ropa interior suya que había dejado en el armario.

Regresó a la habitación y se tumbó en la cama. El techo blanco la observaba, implacable. Inspiró hondo y sintió que la respiración se le quebraba al exhalar. Hoy podría ser el final de su historia con Adam. Lo sentía en sus huesos.

Pensarlo la atravesó sin lágrimas, como una certeza que ardía despacio.

Recordó la primera vez que Adam la llamó por su nombre en la escalera, las noches abrazados, el fin de semana en la playa, la primera vez que hicieron el amor, las largas horas de estudio, los planes…

los silencios que parecían cómplices… pero también las grietas: las evasivas, las verdades a medias, las preguntas sin respuesta.

Se giró de lado y abrazó la almohada, escuchando el eco del reloj de pared. No escribió, no revisó el móvil.

Adam estaba a punto de entrar al quirófano.

Durante las horas anteriores la había buscado por todos lados sin hallar rastro, y el miedo lo tenía coaccionado.

Se lavaba las manos en el área de asepsia, hipnotizado por el sonido del agua golpeando el acero.

A su lado, William repetía el mismo ritual, con movimientos rápidos y precisos.

Durante unos segundos, solo se escucharon los chorros y el roce del cepillo quirúrgico.

—No sabes cómo sentí no poder estar en su examen —dijo Adam, rompiendo la tensión con voz baja, cargada de un peso extraño.

William no dejó de frotarse los brazos.

—Realmente estuvo fenomenal. Se defendió muy bien. —Hizo una pausa y lo miró de reojo—. Le hicieron una injusticia quitándole ese punto.

Adam bajó la mirada, concentrado en sus propias manos.

—Ese punto no la saca de su eje. Ella sabe lo que vale.

William asintió con lentitud, dejando que el agua arrastrara la espuma.

—Sí, ella sabe lo que vale, lo tiene muy claro, por suerte para ella. —Lo miró de frente, con una firmeza inesperada—. Pero… ¿lo sabes tú?

El agua siguió corriendo. Adam permaneció inmóvil, con las manos bajo el chorro, sin dar señal de haber escuchado. Pero William lo conocía demasiado bien: notó la mandíbula rígida, los hombros apenas alzados, la pregunta golpeando justo en el centro de aquello que él evitaba mirar.

Él no respondió. Dejó que el silencio hablara, mientras el agua llenaba el espacio entre los dos.