Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Interferencias 8
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Interferencias 8

Sofía me llamó. Estaba derrumbada, recostada en la cama, con la almohada cubriéndole los ojos. Ya no lloraba. Tenía la mirada vacía. Los pensamientos se le habían disuelto en la fatiga.

Me sintió llegar y apenas alzó la cabeza.

No dijo nada, pero en su gesto había una súplica muda: otro abrazo, uno que la contuviera del derrumbe que ya no podía evitar.

Uno que yo no podía darle. Ella sabía que yo no venía a consolar con mentiras dulces.

Venía a decirle la verdad que duele, pero que también despierta.

Y esa madrugada, eso parecía casi imposible.

Es difícil amar con la esperanza de que no te fallen. Pero más difícil aún es no poder dejar de amar después de que ya te fallaron.

Ahí estaba ella: justo en ese cruce. Aceptándolo. Me senté frente a su cama. En silencio. Esperando. Hasta que su voz rompió el aire:

—Estoy agotada —dijo. Su tono era hueco—. Es jodido entender que no he sido más que un puto paréntesis en su vida.

Yo no lo veía tan así. Siempre creí que Adam la amaba. Solo que sus amores venían con fronteras muy bien delimitadas.

—Me siento como una válvula de emergencia emocional. Él nunca me vio en realidad. —Forzó una sonrisa amarga—. Ni siquiera puedo decir que eligió a la otra. Está con ella porque es la forma más eficiente de seguir eligiéndose a sí mismo, sin quedarse solo.

—¿Y tú crees que está mal elegirse uno mismo?

—Creo que está mal si para eso hay que romper a alguien más.

—Eso solo sucede cuando la otra persona se deja romper. Y tú lo permitiste, Sofía. La culpa no es solo suya. Pero conozco el lugar desde donde lo dices.

Ella bajó la mirada. Luego la alzó, con indicios de claridad y vergüenza.

—¿Cómo se me ocurrió pensar que alguien que le teme tanto a su propio abismo iba a saltar al mío?

—La ilusión —dije—. Eso que nos vuelve humanos. Pero no te confundas, no fue cobardía. Él sabe perfectamente lo que quiere: no va a romper su mundo por nadie. O te unes a su órbita, o ardes en la caída. Lo que te falló no fue el instinto… fue la esperanza.

—Me duele aquí —susurró, tocándose el pecho.

—Amar es un acto de coraje y hay que asumir el riesgo. Lo que sí no puedes esperar que alguien que le teme a tus alas vuele contigo.

—¿Tú crees que él me ama?

—Sí. Creo que te ama más de lo que quisiera amarte. Pero…

—Pero cree que darle espacio a ese amor lo traiciona a sí mismo —completó ella, ya sin lágrimas—. No soy suficiente para él. Nunca lo fui. Y lo sabía.

—No es que no le seas suficiente, Sofía, es que, para él, eres demasiado. Creo que tú, para él, eres una puerta hacia otra vida. Una más libre, más desordenada, más real. Pero… ¿te has preguntado si él realmente quiere vivir otra vida?

—Ya sé que no —dijo, con la voz firme por primera vez.

Se hizo un silencio largo. Un silencio como de vértigo antes del salto.

Luego Sofía se incorporó. Se secó la cara con la sábana, respiró hondo y me sostuvo la mirada como no lo había hecho en meses.

—Está bien —dijo—. Ya puedes callarte. Ya entendí.

—¿Qué entendiste?

—Que no puedo seguir esperando el milagro. Que soy viento, no calma. Que nunca voy a ser su refugio, sino una especie de espejo en el que teme mirarse, porque hay reflejos que duelen demasiado. Que él solo sabe amar sin moverse, sin apostar a ciegas… como si eso fuera posible.

—¿Y ahora?

—Ahora… no lo sé. La esperanza no se evapora de un día para otro.

—Y la duda… retiene cualquier intento de arrancarlo todo de raíz. Supongo que necesitarás más tiempo. —Le dije justo antes de salir de allí. No hacía falta agregar nada más.

Ella no estaba lista para dejarlo ir, pero sí estaba clara de que, quedarse, bajo esas circunstancias, sería una traición imperdonable a sí misma. Y al final, eso era lo que más le dolía: traicionarse.

Pero la Sofía que quedó sentada en esa cama… ya no era la misma que me había llamado derrumbada.