Habitando el caos
XXIV
La guardia se complicó para ambos con varios casos nuevos a la vez.
Compartían el mismo espacio en Urgencias, y más de un paciente los reclamaba al mismo tiempo.
Se cruzaban miradas fugaces entre historia e historia, y hasta rieron cuando uno de los pacientes, aun con su lenguaje disártrico, les preguntó si eran novios.
Sofía dijo «No» justo cuando Adam respondió «Sí», y la risa terminó por convertirse en un silencio espeso que ninguno quiso romper.
Maritza, que era la clínico de guardia, apareció en medio del caos con un gesto salvador.
—Sofía, ven un segundo, nos han traído café —dijo, señalando la mesa donde Mariano había dejado un termo.
Sofía fue de inmediato, tomó una taza y comenzó a remover el azúcar. La cucharilla tintineaba demasiado, delatando el temblor de sus dedos. Maritza, atenta, arqueó una ceja y, con esa complicidad que solo se comparte entre personas que se conocen bien, levantó la voz:
—Adam, venga, que aquí hay café para todos.
Adam se acercó. Los ojos de ambos se encontraron y todo el ruido de la guardia parecía apagarse en ese momento.
—¿Así que no? —le preguntó él, casi en un susurro, mientras se servía café.
Sofía sonrió apenas y movió la cabeza.
—¿Así que sí? —replicó, recostándose con naturalidad a la mesa donde Maritza escribía historias clínicas.
Maritza soltó un bufido y no pudo evitar meterse:
—¿Y ustedes cuándo van a dejar de actuar como si nadie se enterara? ¡Relájense y sean felices de una vez!
Sofía lanzó una carcajada breve, seca.
—No creo que eso sea tan fácil como lo pintas.
Adam no respondió. El café cayó en su vaso de plástico como un goteo de suero: preciso, medido. Se notaba que había dormido poco, pero el silencio que lo envolvía no era por cansancio. Era otra cosa.
—Mmm, noto cierta tensión aquí —insistió Maritza, dándole un codazo leve a Sofía—. Y no es por los pacientes, estoy segura.
Adam, que detestaba las intromisiones en su vida privada, clavó la mirada en Maritza.
—Pregúntale a tu amiga. Ella es bélica, y no se da cuenta de que no todo el mundo sabe vivir en el caos con una sonrisa.
Y ahí estaba Adam transparente, exponiendo su miedo a las tormentas, su cuerda floja emocional. El comentario cayó con más fuerza de la que parecía. Sofía alzó la vista, haciendo un mohín:
—Algunos somos afortunados…
Maritza los observaba divertida, testigo de una batalla entre campos magnéticos que se buscaban y se negaban al mismo tiempo. Pero, sin dudas, orgullosa de su amiga.
—Bueno… ¿y al final quién se queda con el paciente de la cama 3? —los interrumpió ella.
—La neuróloga, no hay nada difícil ahí —ironizó Adam.
Sofía sonrió con calma, pero con filo en la voz:
—Por supuesto que yo… ¿cuándo has visto a un neurocirujano tratar bien una epilepsia?
Adam rió de costado y prefirió no contestar más. Maritza, entretenida, siguió observándolos hasta que, buscando distender el ambiente, preguntó:
—¿Quién es hoy tu especialista de guardia, Sofía?
—Es Alberto, pero me dijo que llegaba sobre las nueve —respondió ella sin pensarlo demasiado.
La cucharilla de Maritza dejó de moverse mientras sutilmente giraba la vista a Adam, tragando saliva.
Adam detuvo el vaso a medio camino y clavó la mirada en Sofía.
—Como si ya no tuviéramos bastante —murmuró con voz baja, los labios apretados, masticando la decepción.
Sofía sintió un vuelco. Recordó, de pronto, que Adam no sabía la verdad sobre Alberto.
Contársela en ese instante sería un suicidio, pero callarla…
también era una sentencia. El pitido intermitente de un monitor en la sala vecina le devolvió el aire; parpadeó rápido, obligándose a aterrizar.
La culpa la atravesó, pero antes de hablar de eso, había otros asuntos que necesitaban ponerse sobre la mesa con Adam.
Él ya se alejaba de Urgencias por el pasillo, despacio e indeciso. Sofía, sin pensarlo demasiado, se apresuró para alcanzarlo.
—¿Vas con prisa o tienes unos minutos? —preguntó, intentando sonar casual.
—No, iba a descansar un rato —respondió, bajando un poco el ritmo.
—¿Por qué no subes conmigo y descansamos juntos?
Adam sonrió sorprendido. No se lo esperaba, pero la tregua le venía de maravillas. Le pasó el brazo por el cuello y, sin que le importara el entorno, le besó en el cabello, allí mismo, estrechándola contra él. Y así, juntos, siguieron caminando rumbo al ascensor.
Cuando entraron al cuarto de descanso de la sala de Neurología, Adam se dejó caer sobre una de las camas y Sofía se sentó al borde, pero de inmediato él la jaló con decisión, como quien reclama lo que es suyo, hasta acomodarla sobre su pecho.
Entonces la besó. Y ella le respondió, sin pensarlo, dejándose perder otra vez en su olor, en esa mezcla de piel, perfume y cansancio que la desarmaba.
Las manos de él, cálidas y seguras, se deslizaron en su espalda por debajo de la ropa; y entrelazándose apretaron con fuerza sobre su cintura, marcando un territorio del que él se sentía dueño.
El latido de Sofía se aceleró, sintiendo cómo todo lo anterior —los celos, los silencios, las discusiones— se esfumaban sin esfuerzo.
Era apenas las siete de la noche. El reloj aún les concedía tiempo, y la puerta cerrada les ofrecía un refugio breve.
El contacto de sus pieles les prometía una tregua peligrosa.
Sofía cerró los ojos, dejándose llevar unos segundos más…
hasta que el eco de la discusión pendiente se abrió paso entre el deseo, cortante, imposible de silenciar.
—Creo que tenemos que aprender a comunicarnos. No podemos caer en estas actitudes infantiles cada vez que peleemos por algo —dijo, separándose de él y empujándolo con la mano, justo en el instante en que sus labios pretendían volver a encontrarse.
—Y también creo que debemos hablar en serio.
Él se apartó con ternura y se recostó a la pared detrás de la cama, asintiendo en silencio.
Sofía respiró hondo. Aún sentía la piel encendida por sus manos, pero necesitaba decirlo antes de que el calor le nublara la cabeza otra vez.
—Tengo que ser sincera contigo —levantó la mirada, clavándola en sus ojos cobrizos, cansados—.
No me gustó ni un poco la escena de ayer.
Esa manera en que me hablaste, como si mi sonrisa fuera un problema, como si te estuviera engañando o no estuviera tomando lo nuestro en serio…
como si fueses un dios griego al que hay que venerar.
Él cerró los ojos un segundo y chasqueó la lengua, dolido, aunque ya estaba esperando el regaño.
—Tienes razón —admitió, frotándose la frente—. No fue justo. Me dejé llevar… y no tenía por qué. Mi mañana se sobrecargó. Estoy asustado con lo que estoy sintiendo, me desconcentro y no me gusta, siento que pierdo el control.
—Pero, Adam… es que de eso también se trata enamorarse. No puedes luchar contra algo que es natural y, además, maravilloso.
Sofía bajó la vista, jugueteando con la manga del scrubs de Adam
—Yo también me alteré de más, lo amplifiqué. Pero tengo terror de que quieras cambiarme, y de que, para poder estar bien, uno de los dos deba renunciar a lo que le gusta ser. —Lo miró de reojo y sonrió ligero—. Y tú… tú no me la pones fácil tampoco.
Adam soltó una risa baja, casi inaudita.
—Es que no dejo de pensar que debe ser muy difícil ser el novio de Sofía. Aquí, en este hospital… no hay quien no se voltee a mirarte o susurre algo sobre lo bien que te ves, lo elegante que andas… lo inteligente que eres. Yo era uno de ellos, hasta el otro día.
—¿Y por qué eso te afecta tanto? ¿No confías en mí?
—No es eso… es que tú eres mía, y no quiero que nadie más se confunda.
—¡A ver…! Yo no soy tuya, yo soy mía… y es preciso que eso quede claro.
Adam sonrió ladeando la cabeza, como quien no da crédito.
—Pero sí sé muy bien lo que quiero, y actúo en coherencia. — agregó ella— La pregunta es: ¿No crees que yo sea capaz de marcar los límites cuando sea necesario ?
Adam se quedó pensativo… y le preguntó:
—¿Y estás segura de que eso que quieres soy yo? ¿En serio me amas, Sofía?
—Mucho —respondió ella sin analizarlo, tomándole el rostro entre las manos—. Dicen que el amor más fuerte no es el que sube desde la impresión, sino el que desciende desde la admiración, y yo… yo te admiro como no te imaginas.
A Adam se le encendió el rostro. Eso era muy importante para él…
sentirse admirado. La atrajo otra vez contra sí.
Sus labios entreabiertos se rozaron sin prisa.
La disculpa debía completarse en ese beso.
Se quedaron así un rato, abrazados, con la respiración acompasándose poco a poco.
El ruido del hospital parecía un murmullo lejano, y por primera vez en horas, Sofía sintió que la tormenta interna se calmaba.
—Yo confío en Dios, le tengo mucha fe. No puede ser que te haya cruzado en mi camino para traerme problemas. — dijo él con la mirada perdida
—¿Dios? —preguntó Sofía— ¿En serio crees tanto en Dios?
Eso le parecía un tanto irónico dado lo pragmático y lo lógico que era.
—Pues claro, con los ojos cerrados… ¿y tú? ¿En qué crees tú? —le devolvió la pregunta.
—Pues mucho en mí. Digamos que soy una librepensadora de esas, a veces científica, a veces espiritual. No me gusta atarme a las definiciones. Siento que eso me limita.
Adam la escuchaba con atención, cuestionando sin querer lo que fuera que significara para Sofía tener fe.
—¿Y Dios? ¿No crees en Dios?
Sofía calculó su respuesta, notaba que era un asunto delicado… pero no estaba dispuesta a decir lo que él necesitaba escuchar.
—A ver…, creo que todos necesitamos creer en algo.
Pero más que en Dios, creo en el poder de la fe, sobre el cerebro mismo.
No soy una persona muy religiosa la verdad…
Cuando converso con Dios, que se me aparece en múltiples formas y avatares, no lo visualizo perfecto, más bien lo percibo humano…
pues obviamente se equivoca demasiado. Es un tema complejo. —respondió ella filosofando.
—Si mi madre te escucha…
—Ya sé. No me dejará entrar a su casa — y se rió como si hiciese chiste, pero lo decía en serio.
Sofía ya lo había notado en conversaciones sueltas, en los indicios que se le escapaban a Adam cuando hablaba de su familia: su madre parecía ser una mujer correcta, aferrada a principios de otra época.
Sabía que, ante sus ojos, ella nunca sería la candidata adecuada para su hijo perfecto…
pero en ese instante, eso no le importaba en lo más mínimo.
Fingir para encajar en otros moldes, no era lo suyo.
—¿Sabes qué? —murmuró él, sin abrir los ojos—. Tenemos el pase de año a la vuelta de la esquina. Los dos necesitamos tranquilidad.
—Lo sé… —respondió ella, apoyando la mejilla en su pecho—. Y nuestros horarios son de locos. Pero podríamos organizarnos, estudiar juntos cuando coincidan temas.
Adam la miró, no eran muchos los temas que les coincidían, pero no lo necesitaban para sincronizarse, los dos adoraban aprender, y sonrió.
—Aunque sean repasos de madrugada, ¿eh? —preguntó con sarcasmo, porque ella, cuando se dormía, era una piedra.
—Aunque sean repasos de madrugada —confirmó, divertida—. Tú me ayudas con las topografías, yo te enseño un poco de electroencefalograma y del manejo de las epilepsias —le dijo muerta de la risa.
Él la revolcó sobre la cama y la puso debajo, sintiendo cómo el colchón crujía bajo su peso.
—Trato hecho —dijo antes de volver a besarla y recostarse a su lado.
Se quedaron callados. Ya no había prisa. El silencio era cómodo, casi dulce. De pronto, el móvil de Sofía sonó. Era Alberto.
—¿Sí? —contestó ella, apartándose despacio, como en piloto automático.
—¿Cómo va la guardia, pequeña? —preguntó Alberto.
Eso de «pequeña» ya a ella no le hacía ninguna gracia, pero no podía reclamárselo en ese instante.
—Todo está bajo control. Nada complicado.
—Genial, porque estoy un poco ocupado en casa… ¿Necesitas que vaya o puedes manejarlo sola?
—De momento puedo manejarlo sola… si se complica te avisaré enseguida.
—Pues muy bien… yo confío en ti. Además, yo te enseñé a hacerlo, ¿recuerdas?
—No te des tanto mérito… Quédate tranquilo —respondió antes de colgar.
Observó a Adam, pensando si quizás debía ya contarle de ese asunto. Pero no era momento de abrir esa puerta. Así que se volvió hacia él, acarició su rostro con el dorso de la mano y le susurró con un rastro de provocación:
—Podemos empezar a estudiar ya… tenemos este cuarto solo para nosotros esta noche.
Adam respiró aliviado, poniéndose de pie. No tener que lidiar con Alberto esa noche aligeraba mucho su estrés. Soltó una carcajada suave y la abrazó más fuerte, como si con ese gesto pudiera espantar cualquier fantasma.
—Me parece muy bien… pero creo que el estudio comienza mañana —le susurró, mientras sus manos volvían a apretarle la cintura por debajo de la blusa, con un deseo feroz.