Marcando territorio
XXV
La guardia volvía a complicarse. Entre ingresos urgentes y papeles pendientes, las horas pasaron sin piedad.
Cuando Adam llegó al cuarto de descanso ya eran casi las tres de la mañana.
La luz grácil del pasillo se filtraba por la rendija de la puerta.
Sofía dormía profundamente, hecha un ovillo sobre la cama, con el pijama arrugado y el cabello suelto sobre una almohada.
Adam se quitó la bata, cuidando no hacer ruido. Se dejó caer a su lado y, al percibir su olor, sintió cómo se le aflojaba algo en el pecho. No quiso pensar demasiado. La abrazó de costado, cerró los ojos y se rindió también al sueño.
La alarma sonó a las cinco y treinta. Se despertaron casi al mismo tiempo, sobresaltados por el pitido del teléfono. Adam se incorporó primero, la acarició, la besó en el hombro y le susurró un simple:
—Tengo que irme, ya es hora.
Ella asintió, aún somnolienta, y lo vio salir rumbo a su sala antes de levantarse a toda prisa para preparar la entrega de guardia.
El hospital amaneció bullicioso. Sofía ya estaba parada fuera del salón de reuniones para la entrega de guardia, repasando en su cabeza los casos, cuando por fin apareció Alberto: radiante, descansado, como quien había dormido en paz toda la noche gracias a su guardia localizable.
Él se recostó enseguida contra la pared del pasillo, justo a su lado.
—Amaneciste preciosa —dijo con esa sonrisa provocativa que ella conocía bien—. Te hace bien estar de guardia.
Sofía giró el rostro hacia a él, obligándose a no sonreír ante el halago; en cambio, frunció el ceño.
—Por favor, Alberto… ya para con estas cosas.
Él la miró con seriedad, evaluando sus palabras, y luego se apartó un paso. Ella creyó que ahí terminaría, pero Alberto se inclinó apenas, acercando los labios a su oído.
—No puedo parar, me sigues gustando mucho —le murmuró, intentando removerle los recuerdos.
Sofía reaccionó de inmediato: lo empujó del hombro con firmeza, molesta. Alberto alzó las palmas en un gesto de rendición, sin borrar la sonrisa insolente de su rostro.
De pronto percibió una energía a sus espaldas y se volteó de manera instintiva.
Adam venía caminando desde el fondo del pasillo.
Sus ojos cobrizos se clavaron primero en ella, luego en Alberto.
Hubo un instante en que Sofía creyó que explotaría, pero vio cómo él hundía las manos en los bolsillos, conteniéndose, y lo reconoció: ya lo conocía lo suficiente como para saber lo que le costaba.
—Buenos días —dijo Adam con voz tranquila, pero con ojos ardientes.
Ella tragó saliva. El pulso se le aceleró, pero no dudó: avanzó hasta él, se puso de puntillas y apoyó una mano en su pecho antes de besarlo en la boca.
Fue un beso breve, pero revelador, como una sentencia.
Un manifiesto, casi un desafío público, tanto para Adam como para Alberto.
Sofía no se quedaba en el papel de mujer pasiva que espera la reacción de los demás: marcaba la cancha ella misma.
Sintió cómo su respiración se mezclaba con la de él, y el brazo de él flexionado sobre su cuello le dio un ancla en medio del torbellino. Adam, sorprendido, se inclinó para recibirla, y una chispa de orgullo le encendió la mirada.
Alberto esquivó la vista con una risa irónica, de satisfacción y celos al mismo tiempo.
—Buenos días también para usted, doctor Alberto —le dijo Adam, extendiéndole la mano y confrontándolo con la mirada.
Luego se apartó con Sofía, apoyando una mano en la pared y colocándose frente a ella para hablarle de cerca.
—Tranquila. No estoy molesto. Vi lo que hiciste… pero yo no nací ayer, Sofía. Entre ustedes dos hay una tensión que incomoda. Cuando estés lista, si crees que es necesario , me lo cuentas todo. No quiero que haya secretos entre nosotros. Vamos a hacerlo bien —concluyó, dándole un beso en la frente.
Sofía sintió que podía respirar otra vez; esta vez él la miraba sin exigirle perfección.
La entrega de guardia concluyó al rato y quedaron en llamarse, cuando resolvieran sus pendientes de la mañana, para irse juntos a casa de Adam, pedir comida y descansar un poco.
Eran las 9:15 a.m. El pasillo de Radiología estaba casi vacío.
Las luces frías caían a plomo sobre el suelo encerado.
Adam caminaba con paso firme, aunque la noche de guardia todavía le pesaba en los párpados.
La bata abierta sobre el uniforme quirúrgico azul oscuro, el ceño fruncido y los ojos afilados en dirección a la sala de informes, pero se detuvo en seco.
Allí, de espaldas, estaba Alberto, inclinado sobre una pantalla, revisando una tomografía. Su silueta alta, relajada, irradiaba la seguridad de quien se sabe dueño de su espacio. Algo en el pecho de Adam se encendió. Ni siquiera se dio tiempo de analizarlo, lo dominó un impulso primitivo.
—Doctor Alberto —su voz sonó grave, controlada, casi seca, resonando en el aire vacío del pasillo.
El otro giró con calma, con esa sonrisa que no se disculpa por nada, como si esperara cualquier cosa menos una confrontación.
—¿Sí?
Adam acortó la distancia hasta quedar a menos de un metro. Sus ojos repasaron cada detalle de su «posible» rival. El oxígeno se volvió áspero. Allí estaba la testosterona en duelo, contenida como un choque eléctrico en espera de estallar.
—Voy a ser muy claro —dijo, con una calma que vibraba de tensión—. Sé que Sofía no es fácil de soltar… pero por respeto a ella misma, ya déjala en paz.
Alberto arqueó una ceja, midiendo cada palabra como quien juega con fuego, sorprendido por el atrevimiento.
—¿Amenaza o consejo? —preguntó, cruzándose de brazos con una lentitud estudiada.
—No voy a entrar en juegos de niños —Adam no pestañeó—. Estoy seguro de que tú entiendes perfecto lo que significa marcar límites. Así que te lo digo de hombre a hombre: déjala en paz.
Alberto, par de centímetros más alto y con algunos años más de experiencia en el hospital —y en la vida—, dejó que la sonrisa se esbozara apenas. Su voz bajó, pero se afiló como un bisturí:
—Tú llegaste hace tres días, «amigo». Nosotros tenemos una historia. Y aunque terminó… —se tocó el pecho con dos dedos, sin apartar la mirada, con esa crueldad elegante— nos dejó cicatrices. Además, créeme… Sofía no es una mujer que se deje manejar. Es difícil estar a la altura.
Adam sintió la sangre latirle en las sienes, como un tambor.
Aquellas palabras habían sido una daga disfrazada de sentimiento, que atravesaba directo su orgullo.
Un calor sofocante le trepó por el cuello.
«¿Cuánto de eso era cierto? ¿Cuánto de ella seguía siendo un territorio desconocido para él?
» Trató de tragar la punzada de celos, pero su expresión lo delató.
Inspiró hondo. Parpadeó lento, recobrando la máscara de control.
—Eso es pasado —dijo al fin, cada palabra calibrada—. Y ese pasado no tiene cabida en lo que hoy somos ella y yo. Estamos en el mismo hospital, vamos a coincidir a menudo. Por ética, y si en verdad te importa como parece, evita ponerla en situaciones incómodas.
Esta vez Alberto no sonrió. Hundió la mirada en la pantalla, como si la imagen que tenía enfrente de repente fuera fascinante. Y, sin mirarlo, lanzó otra estocada:
—¿Estás seguro de que estás listo para ella?
La soberbia latente se comía las palabras. Adam apretó los labios, y respondió contundente:
—Yo siempre estoy seguro.
Alberto asintió, con la resignación de quien entrega a la reina en un juego de ajedrez.
—Bien. Entonces confía en ella y no lo eches a perder. No hay otra Sofía en ningún sitio.
Adam le sostuvo la mirada un segundo más, sin pestañear, y antes de darse la vuelta
—Ese sangrado que ves allí, es por un aneurisma de la arteria comunicante posterior. Cuando la angiotomografia lo compruebe , estoy disponible para operar.
Y caminó hasta doblar la esquina del pasillo con esa cadencia altiva de quien ha ganado la última jugada, mientras Alberto se quedó bufando por la impotencia de no haber tenido tiempo de responderle, que ya él sabía eso.
Cuando Adam estuvo solo, lejos del campo de batalla que acababa de dejar atrás, se apoyó contra la pared y cerró los ojos.
Un estremecimiento lo recorrió por dentro, una mezcla incómoda de triunfo y miedo lo carcomía.
Las palabras de Alberto seguían vibrando en sus oídos: «Nos dejó mucho adentro», «Es difícil estar a la altura».
Y aunque se había impuesto, aunque había marcado territorio, el eco de esas frases resquebrajó sus certezas.
La incertidumbre lo atravesó de nuevo. «¿Conocía de verdad a Sofía? ¿Estaba listo para ella, para amar así, a pecho abierto, con las defensas bajas?» Obviamente, no tenía la respuesta. Pero al volver a abrir los ojos, se obligó a tragar en seco y enderezarse.
Era hora de volver a la sala. Y de recordarse a sí mismo —aunque fuera a puro pulso— que Sofía era su presente. Pero justo entonces, como si el destino disfrutara ponerlo a prueba, y manipular su karma, un mensaje de texto inesperado alumbró la pantalla de su celular:
Julia: No se puede cancelar la reserva,
y no tengo dinero ni tiempo para buscar
otro sitio ahora. Lo siento.
Era Julia. Le escribía para anunciarle que la renta del apartamento que habían reservado meses atrás —cuando todavía eran pareja— ya no podía cancelarse.
En aquel entonces habían planeado que sus rotaciones del último año de la especialidad coincidieran en la capital, convencidos de que compartir gastos también sería una forma de compartir vida.
Ahora las fechas se acercaban, y el compromiso con aquel lugar seguía en pie, inamovible.
Adam bajó la mirada al teléfono, un nudo denso le subía desde el estómago hasta la nuca, apretándole la tráquea con la fuerza de un puño invisible.
—Maldita sea… —murmuró, pasándose la mano por el cabello, con la furia inútil de quien quisiera arrancarse de un tirón la frustración de un tirón.
Apoyó la frente en la pared y respiró hondo, pero el mensaje seguía ahí, iluminando la pantalla como un recordatorio implacable. Él tampoco estaba a salvo; tenía mucho que contar aún. La sombra incómoda de su pasado reciente asomaba justo en medio de lo que apenas comenzaba a construirse con Sofía.
Por un segundo dejó de pensar en ella y pensó en sí mismo, en sus propios silencios, en lo que tampoco había dicho. No era solo Sofía la que cargaba un pasado haciendo interferencias: también él acumulaba asuntos sin cerrar, bombas de tiempo listas para estallar.
Ese apartamento… esa rotación… Julia. Lo había olvidado por completo entre el deseo arrollador por Sofía, la intensidad de lo que vivían, y el caos de la residencia.
Pero el calendario era implacable: faltaba un mes.
Diez días después de su examen de pase de año tendría que viajar a la capital, dos meses, a estudiar.
Después de la ruptura con Julia, las rotaciones habían quedado fijas y la renta del apartamento seguía en pie.
Adam, con tal de no pasar más tragos amargos, le había dejado a ella la tarea de cancelarla.
Y ahora, justo ahora, un simple mensaje lo alcanzaba de lleno: nada se había resuelto.
Golpeó la pared con la palma abierta, sin hacer ruido, buscando descargar algo de la rabia sin llamar la atención de nadie.
«Perfecto, Julia… perfecto», se dijo entre dientes, sintiendo cómo el hilo tenso que sostenía sus emociones se estiraba un poco más.
Se cubrió el rostro con ambas manos, como si pudiera borrar el mensaje junto con el cansancio, y dejó que la pregunta lo transgrediera como un bisturí: «¿Cuánto tiempo más podía caminar por esa cuerda floja antes de que todo se desplomara? »