Interferencias 5
Sofía me buscó esa noche, pero no venía como las otras veces.
Esta vez ya venía con los hombros cargados de un amor que la hacía brillar y doler al mismo tiempo.
Habló de todo… de la ternura, del deseo, y también de cómo sentía que se le quebraban los huesos por dentro solo de pensar que lo que vivía con él pudiera acabarse.
Me sorprendió verla tan entera y, al mismo tiempo, tan vulnerable.
A pesar de ese dolor manso, había en sus ojos una certeza: no iba a ceder.
Había construido una lealtad feroz hacia la mujer en la que se había convertido, y por mucho que amara —¡y cuánto lo amaba!
—, eso jamás sería suficiente para renunciar a sí misma.
Yo discrepaba un poco en cuanto a su posición tan drástica… pero no era justo entrar en ese debate cuando ella se percibía tan digna.
Ella me lo decía como quien sabía un secreto antiguo y trataba de convencerse de ello: «La vida no siempre se acomoda a nuestros deseos, y si las cosas no fluyen, una debe apartarse antes de perderse».
Esa noche Sofía tenía claro algo que pocas nos atrevemos a sostener: El hombre que se quedara a su lado no iba a recortarla.
El elegido —si es que existía tal cosa— tendría que aprender a amar también sus alas.
Pero mientras lo decía, sus pestañas temblaban.
Pensar que no fuera Adam… eso —me confesó— le dolía hasta en los lugares que no tienen nombre.
La abracé. Noté que respiraba más lento y sentí, que tal vez, ya yo no era tan necesario .
Quizás Paula había tomado mi lugar con elegancia y sabiduría.
Y yo, ¡qué ironía!, hasta agradecí en silencio que alguien más supiera sostenerla cuando a mí se me agotaban los intentos de contener sus explosiones.
Pero algo estaba cambiando… Sofía crecía, y por primera vez estaba conociendo un amor distinto, ese amor que no siempre es cómodo, al que no todos se atreven: el amor propio. Ese que arde y salva al mismo tiempo.
Mientras ella me hablaba, yo podía seguir viendo la tormenta detrás de sus ojos.
Sofía estaba enamorada y lo sabía, pero…
estaba muy segura de que él también lo estaba.
Lo percibía en cada segundo juntos, en cada roce, incluso, en cada silencio…
pero de lo que sí no estaba segura era de si ese amor iba a bastar para que la historia entre ellos funcionara.
Y tenía miedo, mucho miedo, de tener que recoger su corazón en pedacitos.
Se atormentaba con pensamientos que le llegaban en oleadas: Adam arrastraba conceptos de vida tan distintos a los suyos, tan anclados en tradiciones antiguas, tan hechos de hilos heredados.
Ella creía que él estaba asustado porque lo que sentía con ella no se parecía a nada de lo que siempre había creído correcto.
Él pensaba —decía ella— que el amor era encontrar a la mujer adecuada, la que cumpliera con todos los requisitos, y elegirla para casarse.
Como si eso fuera posible… ¿o acaso sí lo era?
Esa noche la veía contrariada, sí… pero no me preocupaba que se hundiera en el oleaje. Era como si por fin hubiese aprendido a flotar en sus propias aguas.