Y sin embargo el oleaje… #3
Se le escapó una sonrisa burlona para sí misma: «como si no hubiera entrado ya», pensó mientras marcaba el número. Apenas sonó el primer timbrazo.
—¿Sí? Dime —respondió Adam al instante, con una urgencia imposible de disimular.
A Sofía se le notaba el movimiento de la garganta al tragar, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso solo de escucharlo.
—¿Estás muy ocupado? —preguntó, con la voz neutra, sin siquiera presentarse.
Hubo una pausa breve al otro lado y luego su respuesta, directa, con un matiz que ella reconoció al instante:
—Un poco…, pero si es para ti, puedo reestructurar mis prioridades.
Sofía cerró los ojos un segundo, forzándose a centrarse.
—No es para mí —respondió, retomando el tono clínico—. Es para un paciente mío. Un posible meningioma del surco olfatorio. ¿Puedes bajar a radiología y ver la imagen? Es familiar de un médico del hospital.
Adam no contestó de inmediato. Se escuchó un roce de papeles, un suspiro contenido.
—Dame media hora —respondió al fin—. Estoy concluyendo un caso. Por favor, escribe ya en la historia clínica por mí, ¿de acuerdo? No quiero que Robert lo vea primero que yo y anda por allá abajo. Trata de mantenerlo lo más discreto posible hasta que pueda bajar.
—De acuerdo. Acá te esperamos —dijo Sofía calmada.
Colgó y se quedó con el teléfono en la mano unos segundos antes de moverse.
Caminó hasta la computadora, redactó una valoración breve y falsificó su firma, copiando con precisión el número de registro profesional, como ya había hecho otras veces cuando la dinámica de la guardia lo exigía, para que él se encargara de operar los casos neuroquirúrgicos que ella diagnosticaba.
Lo conocía demasiado bien, sabía que ese caso le iba a fascinar.
Carlos se acercó con los brazos cruzados y una ansiedad que no lograba disimular.
—¿Entonces viene alguien? —preguntó buscando certezas.
—Sí —respondió Sofía mirándolo con calma—. Ya lo llamé. Es el mejor que tenemos aquí. Está cerrando un caso y viene en cuanto pueda.
Se quedaron conversando unos minutos. Carlos le preguntó por la posible cirugía, por el pronóstico, y Sofía respondió con cautela, manteniéndose en lo seguro mientras miraba de reojo la puerta cada tanto.
Veinte minutos después, Adam apareció con su scrubs azul que le quedaba impecable.
Se presentó con Carlos sin preámbulos, pero sus ojos, inevitablemente, se desviaron a Sofía.
Se colocó a su lado frente a la pantalla, escuchando con atención mientras ella le resumía la clínica y la presentación del paciente.
Sofía, con los brazos cruzados, mantenía la mirada fija en la imagen, aunque sintió el roce casi imperceptible de su codo con el suyo.
—¿Tienes los cortes completos? —preguntó él con la voz más grave de lo habitual.
—Aquí están —respondió Sofía, inclinándose adelante y señalando con el puntero.
Le pasó el mouse con cuidado y, al hacerlo, sus dedos se rozaron. Un roce mínimo, inadvertido para Carlos, pero suficiente para encenderle la piel desde dentro. Ella no retiró la mano de inmediato; él tampoco.
Adam desplazó las imágenes con destreza y dejó escapar un suspiro breve.
—Es justo lo que dijiste… —susurró, más para ella que para el radiólogo—. Buen diagnóstico, Sofía. Pensaste rápido. ¿Viste el fondo de ojo?
—Lo hizo la oftalmóloga, aquí el único neurocirujano que hace fondos de ojos eres tú… Nadie más tiene oftalmoscopio —inquirió Sofía enfatizando con los ojos—. Pero sí, al parecer el papiledema es bastante evidente.
Sus palabras fueron cortas, pero cargadas de un reconocimiento que Sofía no esperaba en medio de todo aquello. Ella tragó saliva, bajó la mirada un instante y volvió a la pantalla como si nada hubiera pasado.
Adam se giró hacia Carlos, cambiando al modo profesional:
—Mira, Carlos…, esto que ves aquí. —Señaló la masa hiperdensa en el surco olfatorio— es un tumor, probablemente un meningioma. Por la localización y el efecto de masa, está presionando estructuras importantes y provocando los síntomas que ya has notado.
Carlos apretó los labios, preocupado.
—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó en voz baja.
—Lo vamos a operar —respondió Adam con calma—.
Necesitamos ingresarlo hoy mismo. Mañana presentaré el caso en la entrega de guardia.
Antes de programar la cirugía debemos obtener su consentimiento, coordinaremos una resonancia, exámenes preoperatorios y hablaremos con los de anestesia para evaluar riesgos…
Si deseas puedes ocuparte tú mismo de elegir el anestesiólogo, aunque no puedas participar.
—¿Qué tan difícil lo ves? —insistió Carlos.
—Bueno, como ya sabes toda cirugía cerebral tiene sus riesgos —admitió Adam—, pero este tipo de tumor, por lo que vemos, suele ser benigno. Lo importante es el tiempo. Entre más rápido lo resolvamos, mejores serán las posibilidades de que no se siga expandiendo y no quede ninguna secuela.
Adam hizo una pausa, dejando que Carlos asimilara. Sofía observaba en silencio. El roce fugaz de antes seguía latiendo en su piel, recordándole que había una atracción magnética e incontenible entre los dos.
—Te voy a pedir que llenes unos papeles para iniciar la admisión —continuó Adam, con tono sereno—y no te preocupes, yo me encargo de lo demás.
Dame cinco minutos y te alcanzo para ir juntos a conversar con tu tío y darle la noticia como algo positivo…
, porque, de hecho, lo es. Encontramos lo que tiene y lo vamos a solucionar.
Carlos asintió, respirando más lento, agradecido.
—Gracias… a los dos.
Cuando Carlos salió para hacer las gestiones, el radiólogo también se excusó y se fue a su sala de descanso. De pronto, quedaron solos frente a la pantalla. El silencio no era neutro; pesaba, se interponía entre ellos como un tercero invisible; solo se oía el zumbido constante de los monitores.
Adam volvió a señalar la imagen, midiendo dimensiones y distancias con la mirada fija, el ceño fruncido, los labios apenas entreabiertos.
—Este tumor está una zona delicada… vascularizada y muy cerca de nervios importantes —murmuró, como hablándose a sí mismo—. La operación… más que riesgosa, será compleja. Ya hay demasiada inflamación. Creo que tendré que dividirla en dos tiempos quirúrgicos y eso no le va a gustar a los profesores.
—Pues qué suerte que te tiene a ti —dijo Sofía, girándose de inmediato. Necesitaba escapar de esa escena. De él. De sí misma.
Avanzó apenas un par de pasos cuando lo sintió: la calidez firme de su mano tomándola por la muñeca, suave pero inquebrantable, como quien no piensa soltarla.
Él la giró con lentitud, sin brusquedad, hasta tenerla de frente, tan cerca que el aire entre ambos parecía compartido.
Sus miradas se encontraron como dos fuerzas implícitas que finalmente colisionan.
Y en ese instante, Sofía se odió un poco por descubrirse tan vulnerable al contacto físico con Adam, más de lo que jamás habría querido admitir.
—Te extraño —susurró Adam con una voz baja y rasgada. Decirlo le costaba más que cualquier cirugía.
Para Sofía, el tiempo se comprimió en ese momento. El eco de esas dos palabras, tan simples y tan suyas, le sacudió la razón.
—Este no es el lugar ni el momento —logró decir, con una voz que intentaba mantenerse enérgica, aunque un temblor involuntario la traicionaba.
—¡Sofía!… Pase lo que pase… ¿te acuerdas?
No necesitaba explicarle más. Ella lo entendió de inmediato. Esa frase se convertía en una contraseña emocional entre ellos. Un «te amo» encriptado con delicadeza en la memoria compartida.
El corazón se le trabó en la garganta. Lo miró, con una mezcla de ternura y melancolía. Respiró profundo, queriendo volver a ese centro que tanto le costaba sostener.
—Vamos. Tenemos que hablar con el paciente —susurró por fin. Y entonces, con una delicadeza casi ritual, extendió su mano hacia él, para que la tomara.
Se concedió ese paréntesis, disfrutándolo, eligiendo no darle demasiada importancia a la soberbia de Adam en las últimas veinticuatro horas.
Adam agarró la mano de Sofía con una devoción que contrastaba con todo su afán de control. Entrelazó sus dedos con los de ella como quien se aferra a un ancla. Y caminaron así, juntos, en silencio, por el pasillo. Sin necesidad de más palabras: el gesto lo decía todo.
Antes de llegar al cubículo del paciente, Adam se giró hacia ella:
—Gracias por escribir por mí en el historial. Es un caso fascinante.
—No te me agrandes que no fue por ti. Fue por el paciente—le respondió Sofía con una sonrisa cínica pero perspicaz.
Adam apretó los labios para enmascarar su risa:
—¿Te das cuenta de que eso también es un halago, verdad? —le preguntó con voz provocadora.
Sofía rodó los ojos y negó con la cabeza, sin molestarse en contestar. Pero Adam la detuvo antes de que llegaran a su destino.
—Espera —dijo, sacando algo del bolsillo—. Toma.
Era su oftalmoscopio. Se lo colocó con cuidado en el bolsillo de la bata, como un secreto compartido.
—Para que a partir de ahora hagas los fondos de ojo tú misma. Tú no necesitas un oftalmólogo para eso.
Sofía bajó la mirada y tocó el instrumento con asombro y ternura.
Se sintió niña otra vez, como cuando le daban dulces inesperados.
La memoria la llevó de golpe al primer día que se vieron: Él, seguro: ofreciéndoselo por primera vez.
Ella, nerviosa, intentando hacerlo bien.
Y aquella frase… «¿Pudo verlo, doctora?».
—Pero ¿cómo…? Es tuyo.
—Ya buscaré otro después. Este es especial —dijo él bajando la voz—. Y quiero que lo tengas tú. Para mí es un símbolo, un recuerdo del primer paciente que compartimos… de la primera vez que hablamos.
Sofía apretó el oftalmoscopio dentro de su bolsillo. No era solo un objeto: era una llave. A un pasado, a una conexión, al justo instante en el que su sola presencia le cambió el ritmo a sus días.