Y sin embargo el oleaje… #2
Subió solo, en silencio, la vista fija en el suelo metálico mientras un miedo punzante le desordenaba el pulso… con la sensación extraña, casi física, de que algo muy suyo se había lo había dejado atrás esa mañana.
Pasó las primeras horas del día inmerso en una rutina incapaz de distraerlo.
Caminaba de una sala a otra con historiales clínicos en la mano, pero cada esquina le devolvía algo de Sofía: la máquina de café donde solían cruzarse, el pasillo de Radiología que ella recorría siempre apurada.
La buscó sin querer buscarla. No la vio.
Tampoco llegó un mensaje. Y en el fondo agradeció no encontrarla, porque no estaba seguro de cómo sostenerle la mirada.
En un descanso, apoyó la espalda contra la pared de la sala de residentes y se frotó la nuca con la mano. «¿Qué demonios estoy haciendo?». En tanto otra frase de la noche anterior le sacudió: «Tengo que luchar por ella… pero ¿cómo?». La bata blanca le daba más calor de lo habitual.
Sofía, por su parte, había decidido no darle espacio a lo que sentía, al menos no allí. Con su bata de mangas largas, zapatos altos color hueso, los labios rojos y una sonrisa impecable, se concentró en lo que más le gustaba hacer: informar imágenes y plantear diagnósticos.
Por dentro, sin embargo, la herida seguía abierta.
Y ella, mejor que nadie, sabía que la hemorragia interna era peligrosa, pero estaba «convencida» de poder contenerla a tiempo y sin estridencias.
Se obligaba a mantener la voz neutra, a no mirar el teléfono, a no imaginarlo.
Paula tenía razón: «Quien la quisiera debía aceptarla como era».
Repetirlo la fortalecía, reforzando la coraza que necesitaba para sostenerse en pie.
Estando en la UCI, se cruzó de nuevo con Luis, el interno dulce del día anterior. Él le lanzó una de esas miradas que elevan la autoestima de cualquiera, y Sofía no pudo evitar una sonrisa auténtica. «Estos niños insidiosos…» pensó divertida, mientras avanzaba por el pasillo.
Minutos después, a la salida de la sala, se encontró con Adam. Hubo un segundo en que sus miradas pudieron encontrarse, pero Sofía mantuvo la vista al frente, giró apenas la cabeza y cambió el foco.
Adam se quedó quieto, sintiendo cómo el frío de esa indiferencia le llenaba el cuerpo de un silencio insoportable. «Inmadura sí que es un poco», pensó, creyendo que esa crítica podría amortiguar lo que realmente le dolía.
Poco después del mediodía, un llamado de urgencia a la guardia de Neurología levantó a Sofía de la cama donde descansaba unos minutos, ya en pijama de guardia.
—Se solicita valoración inmediata en la sala de Angiología. Paciente con síntomas compatibles con un ACV— le avisó la enfermera Rosa.
Sofía dejó lo que estaba haciendo, tomó su bolsito mágico y se apresuró por las escaleras. El ritmo de sus pasos resonaba contra las paredes blancas, y un nudo inesperado se le formó en la garganta, porque, tal cual decretaba Murphy en sus leyes, «no hay nada tan malo que no pueda ponerse peor».
Entró a la sala de Angiología… y lo primero que hizo fue verla.
De pie junto a la camilla, conversando con la acompañante del paciente y revisando un monitor con gesto concentrado, estaba la doctora Julia.
Bata blanca impecablemente planchada, falda entallada que seguía la línea de su cuerpo sin resultar atrevida y sandalias discretas que completaban una imagen intachable.
Todo en ella transmitía sobriedad: la coleta baja sin un cabello fuera de lugar, los movimientos medidos, y una serenidad capaz de inspirar confianza inmediata a cualquier paciente.
Por un instante, Sofía sintió el aire enrarecido.
Se pasó los dedos por el cabello, domando un mechón rebelde antes de que Julia la mirara, y se obligó a comedir la sonrisa, como quien se prepara para una escena que no había ensayado y que hubiera preferido no vivir nunca.
Ese no era el mejor día para la casualidad. Tenía la sororidad en pausa.
Julia levantó la vista al notar su presencia. Sonrió de lado, con esa mezcla de ironía y calma que, era evidente, dominaba a la perfección. No se esperaba la coincidencia.
—Lo que me faltaba —murmuró entre dientes, pero Sofía lo oyó nítido y enarcó una ceja.
Aun así, eligió ignorarla, mantuvo la mirada neutra y se acercó a la camilla.
—¿Cómo la ayudo, doctora Julia? —preguntó sin ceremonias.
Julia hojeó el expediente, se ajustó la bata y, por último, la miró directo a los ojos:
—Doctora Sofía, ¡qué placer tenerla por aquí! —dijo en total discordancia con su expresión facial.
Comenzó a describirle el caso con precisión: antecedentes, síntomas, evolución de las últimas horas. Su tono era impecable, ya sin asomo de su incomodidad personal.
Sofía asintió, tomó notas rápidas y le agradeció por cortesía antes de girarse a examinar al paciente, en tanto Julia retomaba una conversación que había quedado pendiente con la esposa del enfermo, una mujer de ojos cansados que la miraba con ansiedad.
—Doctora… —preguntó la esposa en voz baja—. ¿pero de verdad cree que, si se recupera, va a volver a casa?
Sofía levantó otra ceja como si la escena le pareciera tremendamente ridícula, pero nadie la vio.
Julia bajó el bolígrafo, como si sopesara cada palabra. Apoyó una mano ligera en el brazo de la mujer, y mirando de soslayo hacia Sofía, respondió con una seguridad tajante:
—Yo pienso que sí. Al final, ellos siempre buscan tierra firme donde anclar. El oleaje es divertido al principio, pero luego se vuelve muy agotador. Tenga paciencia.
Sofía captó la frase al vuelo. No levantó la vista. Siguió escribiendo en silencio, pero con rabia e impotencia, sintiendo cómo esas palabras quedaban flotando en el aire, como una marea que arrastra sin remedio… y preguntándose, desde el fondo, si acaso tenía razón.
Unas horas más tarde en la sala de espera del cuerpo de guardia Sofía revisaba unos papeles cuando escuchó su nombre.
—¡Sofía! —la voz de Carlos sonó urgente al final del pasillo.
Giró y lo vio venir acompañado de un hombre mayor, delgado, con el ceño fruncido y una mano apoyada en la sien. Carlos traía esa expresión entre preocupación y alivio de quien, al fin, encuentra ayuda.
—Menos mal que te encontré rápido —dijo al acercarse—. Este es mi tío, Edel.
—Encantada —respondió Sofía, ofreciéndole la mano—. Vamos a la sala para estar más cómodos.
Una vez allí, Sofía comenzó a indagar mientras observaba con atención. Carlos se pasó la mano por la nuca, visiblemente nervioso.
—Mira, está presentando una cefalea frontal progresiva…
meses ya. Pero en los últimos meses —miró a su tío y luego a ella— ha estado más lento para hablar, como si le costara encontrar las palabras.
Y ciertas cosas raras… Se desinhibe, dice comentarios fuera de lugar.
Y a veces dice que no huele bien. Nunca fue así, pero ahora, cada día es un poquito más evidente.
Sofía asintió, mientras sus pensamientos clínicos empezaban a formarse.
Cefalea progresiva, cambios de conducta, enlentecimiento…
Su mente recorrió con detalle todas las posibilidades y se detuvo en una que le preocupó más que el resto: «Esto suena a algo expansivo, probablemente tumoral.
No parece nada agudo». Se agachó frente al paciente con ternura, buscando sus ojos.
—¿Desde cuándo le duele la cabeza, señor Edel?
—Mmm…, no sé…, hace tiempo. Pero ahora es más fuerte aquí —señaló la frente con un gesto torpe.
—¿Ha notado algún cambio en la visión o en el olfato? ¿Mareos o dificultada para mover alguna parte del cuerpo?
—Los olores, que a veces no los siento. Pero lo más molesto es esta presión en la cabeza, y a veces me trabo un poco al hablar —contestó despacio.
Sofía lo guió a través de un examen neurológico exhaustivo: que siguiera su dedo con la mirada, que apretara sus manos, que repitiera palabras sencillas, que movilizara las extremidades.... Cada respuesta confirmaba la sospecha que se iba solidificando en su mente.
Cuando la oftalmóloga hizo el fondo de ojo, su preocupación se consolidó: los bordes del nervio óptico estaban borrosos: tenía papiledema, un signo claro de hipertensión intracraneal. «Esto no es algo pequeño», pensó otra vez. Respiró hondo, manteniendo el gesto profesional.
—Carlos, voy a hacer la orden para llevarlo a Imagenología. Necesito una tomografía ya.
Menos de media hora después, Sofía estaba frente a la pantalla junto al radiólogo de guardia.
Las imágenes se desplegaron en cortes axiales, grises y nítidos.
Ahí estaba: una lesión de aspecto tumoral en el surco olfatorio con compresión discreta del lóbulo frontal izquierdo.
El radiólogo la miró y asintió con gravedad.
—Esto explica todo. Y no puedes dejarlo ir así.
—Sí, ya sé —respondió Sofía tragando saliva—. Hay que llamar a Neurocirugía y coordinar su admisión.
Se quedó unos segundos frente a la pantalla, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre los hombros. Sabía lo que significaba. Sabía a quién tenía que llamar. Carlos se acercó, con el rostro tenso.
—¿Y entonces? ¿Qué tiene mi tío, Sofi?
Ella se giró, buscando las palabras más claras y serenas. Le mostró la imagen.
—Carlos…, tiene una lesión, parece un meningioma, en el surco olfatorio, está creciendo hacia el lóbulo frontal izquierdo. y generando presión en el cerebro. Necesita valoración de un neurocirujano cuanto antes.
Carlos tragó saliva y asintió.
—Lo que haga falta… pero, por favor, recomiéndame a alguien bueno.
Sofía tomó aire; retrasar lo inevitable no serviría de nada. Aunque había dos residentes más de Neurocirugía de guardia, quería para su amigo al mejor. Miró la hora en su reloj y llevó la mano al teléfono.
—No te preocupes. Vas a tener al mejor. De casualidad está de guardia hoy —dijo con certeza, aunque por dentro sentía cómo se agrietaba la muralla que había levantado horas atrás—. Él es la única persona a quien dejaría entrar en mi cerebro.