Y sin embargo el oleaje…
XXIII
Sofía no se movió de la silla cuando Adam se dio la vuelta y salió sin mirar atrás. Arrugaba sin querer su servilleta mirando el espacio vacío que había dejado, no solo en la mesa sino en su cabeza. Todo se volvió borroso; el mundo seguía y ella quedaba suspendida.
Su corazón latía rápido, caótico. Las palabras de Adam rebotaban en su cabeza: «Vergüenza…
, madura…» Le ardió la cara de repente. Trató de tragar saliva, pero la garganta no respondió.
Se frotó los ojos con las puntas de los dedos, más para aclararse que para evitar lágrimas.
No lloró. No podía. Sentía un nudo áspero de rabia y decepción mezclados.
Miró su mano temblorosa sobre la mesa. Tomó la bata, la acomodó sobre el brazo con movimientos torpes y se levantó. Las piernas le pesaban, agotadas, como después de un maratón. Había notado que Adam había pagado la cuenta antes de salir, así que caminó hacia la puerta sin mirar a nadie.
Al otro lado de la calle, Adam caminaba rápido con las manos en los bolsillos y los hombros tensos en dirección al hospital.
De pronto se detuvo y descargó un golpe seco contra un poste.
Cerró los ojos un instante y siguió. La voz de Sofía lo perseguía: «Me llamo Sofía, no Julia». Y sí, lo tenía demasiado claro.
Julia era calma, era un río sereno donde nada se desbordaba. Con ella no había vértigo, no existían los sobresaltos; sus planes encajaban como piezas exactas. Era una mujer brillante, impecable, de esas que avanzan con la velocidad justa para acoplarse a la de cualquiera.
Sofía, en cambio…, Sofía era torbellino, una corriente eléctrica que desarmaba cada certeza y llenaba el aire de preguntas, llevaba su propio ritmo y eso de acoplarse al de otros no se le daba muy bien, quizás porque consideraba que mantener su propia velocidad también era importante.
También era brillante, también era admirable, pero imposible de prever.
Adam no tenía respuestas… pero no soportaba que se le desordenara el destino.
Solo sabía que lo que le retorcía las vísceras, y además le hacía tambalear la mente y el corazón…
No era la calma sino el tornado. Y ese dilema lo perseguía como una verdad incómoda: ¿es amor lo que te sostiene o lo que te sacude?
Horas después, la rutina había vuelto a tragarse a Sofía.
Caminaba por el pasillo del hospital con un café en la mano, cortesía de Luis: un interno de sexto año que Maritza le había enviado para presentarle un caso de Urgencias.
El chico parecía sacado de una campaña de publicidad de pijamas quirúrgicos: casi un metro noventa, sonrisa radiante, voz grave y esa manera de mirar que podía transformar en relato apasionante hasta el historial más insípido.
Entonces entró un mensaje:
Maritza: Para que veas qu é buena amiga soy…
Después me agradeces
Sofía arqueó una ceja, divertida. Pero, cuando Luis empezó a explicarle los detalles del paciente, moviendo las manos con naturalidad y salpicando su exposición con comentarios ingeniosos, no pudo evitar soltar una risa pícara, de esas que hacen olvidar los malos tragos por un segundo, aunque los fantasmas no se hagan esperar demasiado.
Y fue justo al doblar una esquina, camino a Urgencias, cuando se cruzaron con Adam. Venía apurado, discutiendo con William, pero se detuvo un instante al verla reír junto al interno, tan cerca que hasta los codos parecían rozarse.
El brillo furioso en sus ojos fue un chispazo. Apretó los papeles entre las manos hasta arrugarlos, y los pliegues de su frente se marcaron. Sin disimulo, le lanzó a Sofía una mirada afilada, cargada de celos, como un rayo silencioso que la atravesó antes de seguir de largo.
Sofía lo notó, claro que sí. Y, lejos de cortarse, volvió a reír ante otro comentario de Luis que ni gracia daba, sin acelerar el paso, sin justificar nada.
Esa era ella: demasiado libre, demasiado radiante como para dejar que las inseguridades de Adam decidieran por ella…
y bastante consciente de que, provocar torbellinos, era uno de sus encantos.
Justo cuando Sofía recogía su bolso para salir del hospital, escuchó una voz conocida en la entrada de la sala.
Era Carlos, uno de sus grandes amigos en la universidad, ahora residente de primer año en Anestesia.
Siempre con ese aire despreocupado, pero con un fondo de responsabilidad que a Sofía le inspiraba mucha confianza.
—Menos mal que te veo antes de irte —dijo, llegando hasta ella con un poco de prisa—. Necesito hablar contigo.
Sofía se acomodó la correa del bolso en el hombro y lo miró con curiosidad.
—¿Y esa cara? ¿Te pasa algo?
—No, no a mí —Carlos negó rápido, sacudiendo la cabeza—. Pero tengo un tío que está presentando unos síntomas neurológicos que me preocupan bastante.
Ella se inclinó hacia adelante, atenta.
—¿Cuándo crees que lo pueda traer para que lo valores?
—¿Mañana en la tarde te viene bien? Es que estoy de guardia y es más fácil hasta para hacer neuroimagen de urgencia si hiciese falta.
Carlos sonrió, como quien recibe una solución que necesitaba.
—Vale, amiga, perfecto. Mañana en la tarde te lo traigo. Muchas gracias, de verdad.
—No hay de qué —respondió Sofía, devolviéndole la sonrisa.
Él le dio un golpecito amistoso en el hombro antes de salir.
Sofía quedó unos segundos viéndolo alejarse, y entonces cayó en cuenta: «Mañana en la tarde» …
Recordó de pronto que esa guardia coincidía con Adam.
Ya estaban programadas todas las guardias del próximo mes juntos.
Sintió el bolso pesarle un poco más; quizás lo que pesaba era la certeza de que el próximo día no iba a ser nada fácil.
Esa noche no hubo mensajes. No hubo llamadas. El silencio se extendió entre ellos como un muro invisible que ninguno quiso romper.
Adam, por su parte, llevaba un buen rato tumbado en el sofá, todavía con la ropa del hospital y la espalda hundida en el respaldo.
Se pasaba la mano por el rostro, repasando cada palabra del restaurante, cada gesto de Sofía, esa última sonrisa en el pasillo que no fue para él y que lo había encolerizado más de la cuenta.
De fondo sonaba el playlist que Sofía había dejado programado en Spotify, justo esa canción de los Backstreet Boys que a ella le gustaba cantar bajo la ducha:
♫13- Don't pretend you're sorry. I know you're not. You know you've got the power to make me weak inside. ♫
No podía evitar sentir que ella, si quería, podría prescindir de él y seguir adelante sin titubear, como si nada. Esa idea le escocía en un lugar de su conciencia que lo paralizaba.
El hemisferio izquierdo tomó la delantera, frío, racional y vanidoso:
«¿Qué estás haciendo? ¿Por qué permites que ella te saque así de tu eje? No puedes darte el lujo de distraerte de tus planes… no ahora. ¡Reacciona, Adam!»
Pero entonces irrumpió el derecho, con un peso distinto; no cursi, sino firme, hondo:
«Es que no quieres dejar de verla. Con ella todo se reordena y, al mismo tiempo, se sacude.
Te obliga a salir de la burbuja en la que has vivido, a cuestionar tus planes inamovibles y tus metas intocables.
Por eso le temes tanto, pero a la vez te descubres disfrutando otros colores, otras formas de ser feliz.
Sofía desmonta tu rigidez y te hace arriesgarte a algo que no puedes controlar del todo.
Ella te da ganas de atreverte a vivir diferente. ¿Cómo puede ser eso malo?»
Trató de meditar un rato más, pero la paz mental era imposible.
Fijó la mirada en aquel cuadro que a Sofía le había parecido un orgasmo y que, a él, en ese instante, solo le evocaba caos.
Entonces pensó que tal vez el verdadero riesgo no era perderse en ella…
, sino seguir como estaba y terminar perdiéndolo todo sin atreverse jamás a intentarlo.
Esa pregunta casi nunca tiene finales felices para la mujer que la provoca; menos aún si es un hombre como Adam quien se la hace. Este tipo de hombre, tan seguro de sí mismo, se contrae cuando es una mujer quien tiene la última palabra, o cuando simplemente les cuestiona sus verdades absolutas.
«Tú eres Adam, un neurocirujano brillante» —se dijo en voz baja, casi en un susurro, como si necesitara escucharlo para poder diseccionar sus propias limitaciones.
Dentro de sí, sabía que debía reestructurar sus patrones, dejar de reaccionar con tanto orgullo.
Si de verdad la quería en su vida, tendría que luchar por ella de otra forma.
Atreverse a amarla así, sin temerle a su «demasiada» luz.
Aislada en su habitación, Sofía se secaba el cabello con movimientos distraídos. Se sentó en la cama con las piernas cruzadas, el teléfono apagado a un lado. Paula había pasado más temprano; ella le contó todo…
Su amiga era muy aguda, no disfrazaba las cosas y después de la fallida primera impresión cuando conoció a Adam el pasado viernes, el idilio del fin de semana no le resultaba suficiente para la indulgencia.
Así que sus palabras quedaron dando vueltas por horas: «La mujer que eres, no es negociable.
Tu manera de ser no es negociable. Quien te ame tiene que amarte tal cual eres… y si no, pues ¡chao!».
Sofía se recostó en la almohada, la mirada fija en el ventilador del techo. Sentía un peso áspero que le apretaba por dentro, doloroso pero nítido, sin dejar espacio a la duda: «Yo no puedo permitirme desaparecer ni dejar de ser yo para que otro se sienta cómodo o seguro».
El reloj marcaba casi la medianoche cuando ambos apagaban las luces de sus habitaciones, cada uno perdido en sus propios pensamientos. El día siguiente se perfilaba como cualquiera, pero el vacío entre ellos ya era otro.
Al amanecer, Adam llegó al hospital a la misma hora de siempre. Se quedó unos minutos en el sótano, sentado frente al ascensor, pretendiendo que alargar ese instante pudiera devolverle algo de normalidad. Finalmente se levantó y entró. Ella no estaba. Por primera vez en semanas, ella no estaba.