Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Pase lo que pase #3
51%

Pase lo que pase #3

Hizo una pausa breve, tragando saliva, alistándose para esculpir la herida.

—Es que estoy… un poco perturbado. —Se inclinó apenas hacia adelante, bajando más la voz—. Dany me enseñó una foto de ustedes el viernes, en el Templo.

La voz se le quebró apenas al final, dejando al descubierto lo que había estado conteniendo:

—Me jodió mucho no haber estado allí contigo.

Las palabras quedaron flotando entre ellos, pesadas, mientras el bullicio del restaurante parecía apagarse de golpe.

—Oh, sí —respondió Sofía tras un breve silencio—. Dany y Christian estuvieron allá el viernes.

Bajó la mirada, se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y añadió con una sonrisa débil:

—No te lo comenté porque no me pareció importante, no lo archivé en mi hipocampo.

Por dentro, sintió el peso de su mentira blanca. Sabía que no se lo había dicho porque ya intuía que sería un problema, aunque para ella no significara nada.

Adam la observó en silencio unos segundos callado. Sus ojos se oscurecieron, fue casi imperceptible, alistándose para soltar las próximas palabras:

—Ese es tu problema Sofía, que no te parece importante comentar nada. A veces creo que no tienes idea de cómo es estar en pareja.

Sofía parpadeó, sorprendida, y se inclinó hacia adelante:

—¿Perdón?

Adam apartó la mirada hacia la ventana, frotándose la nuca en un intento de contener algo. Luego volvió a mirarla, con los ojos endurecidos:

—Lo primero que tenías que haber hecho era contarme. Dany trabaja conmigo y es bastante hablador. Lo veo todos los días. Las personas a mi alrededor saben lo que tenemos… —hizo una pausa, tragó saliva—. Sentí vergüenza.

—¿Vergüenza? —la voz de Sofía se quebró ligeramente—. Ah…, vergüenza es una palabra muy fuerte.

Lo miró directo a los ojos, dolida.

—¿Sientes vergüenza de mí? ¿Es eso?

Adam alzó una mano, como queriendo detener la interpretación.

—No, Sofía…, no me malinterpretes ni voltees la tortilla. —Suspiró, bajando la mirada hacia la mesa, buscando el hilo de lo que quería decir—. No siento vergüenza de ti. Tú serías el orgullo de cualquier hombre, y lo sabes.

Le costó encontrar las palabras:

—Siento vergüenza de no saber. De enterarme por otras personas lo que deberías decirme tú— Se pasó las manos por la cara, agotado. No quería pelear, pero no podía evitarlo—. Por favor, no seas infantil… ¡Madura!

Sofía bajó la cabeza. Sintió un colapso en la garganta y, contra su orgullo, también una pizca de culpa. Se frotó las manos sobre las piernas, buscando algo que la calmara antes de reaccionar, y logró amarrarse la lengua, para no responder como tenía ganas a ese «madura» que le había lanzado.

—Ok…, perdón por no contártelo —dijo al fin, serena—. Pero es que no sé ni por qué pido perdón, realmente no me pareció para nada importante.

Lo miró de nuevo, buscando respuesta e insistió:

—¿Por qué es tan importante para ti?

Adam asintió con un movimiento breve, casi automático, mientras recogía sus cosas.

—Vamos, Sofía. Vámonos ya. Mejor dejemos esta conversación aquí… que no vamos para ningún sitio bueno. Sencillamente no quieres entender.

Ella se levantó frustrada, pero antes de dar el primer paso, se detuvo y volvió a sentarse. Lo miró de nuevo, seria, con esa calma que precede a una verdad incómoda.

—Espera un segundo, Adam, antes de irnos. Déjame preguntarte algo…

Él frunció el ceño, girando hacia ella.

—¿Qué tipo de mujer estás esperando que yo sea?

Adam la miró, sorprendido, sin haber previsto esa pregunta.

—¿Cómo? —preguntó, inclinándose sobre la mesa frente a ella.

Sofía sostuvo su mirada, sintiendo que algo dentro de ella se alineaba, por fin diciendo lo que debió dejarle claro desde el día cero.

—Eso… ¿qué es lo que esperas de mí? —repitió Sofía, sin que le temblara la voz—. ¿Qué tipo de mujer estás esperando que sea?

Lo miró de frente, sin parpadear, con cada palabra cayendo como un golpe preciso.

—¿La que encaja perfecto en el catálogo de novia ideal?

¿La que tu madre aprueba? ¿La que cocina, cría, organiza y se queda en casa mientras tú sales a conquistar el mundo?

¿La que renuncia a sus noches con amigas, a su caos, a sus pasiones, para no incomodarte?

¿La que reestructura su vida para hacerte la tuya más fácil?

¿La que deja de ser ella para calmar tus inseguridades?

Hizo una pausa. Un silencio espeso, punzante mientras en sus ojos brillaba una chispa de impotencia. Luego añadió, más bajo, pero con más filo:

—Porque si es eso lo que estás buscando, Adam… entonces estás en el lugar equivocado.

Esa mujer no soy yo, Adam. ¡Esa no soy yo! Y te lo advierto desde ahora… Me llamo Sofía, no Julia.

El silencio cayó pesado entre ellos. El murmullo del restaurante se convirtió en un telón lejano.

Adam la miró unos segundos más, como si de pronto la estuviera viendo por primera vez…

reviviendo el magnetismo que no lo dejaba alejarse, pero entrecerró los ojos y la soberbia, como casi siempre, volvió a ganarle.

—Eso me queda muy claro —dijo, con un hilo de voz tenso, antes de darse la vuelta y marcharse sin mirar atrás.