Pase lo que pase #2
Adam no respondió. Siguió caminando con el rostro implacable y los hombros acorazados, como si cargara algo que no quería soltar.
William lo observó de reojo. Lo conocía lo suficiente para saber que ese silencio era peor que cualquier palabra.
«Esto lo está devorando. Y Sofía ni se lo imagina», pensó.
Sacó el teléfono casi por instinto y escribió:
William: Felicidades por el premio, Sofi!!!
Sofía: ¡Gracias!
¿Adam está contigo en la consulta?
William tragó saliva. Miró a Adam, que ya estaba revisando papeles con el ceño fruncido, sin mirar a nadie. «Ella no merece esto», pensó en Sofía. «Debería poder disfrutar su momento» .
Entonces escribió:
William: Sí… pero está bastante
ocupado ahora mismo.
Guardó el teléfono con un suspiro silencioso, deseando que el tiempo enfriara lo que acababa de encenderse en el pecho de Adam.
A Sofía la habían sorprendido con la noticia en el Servicio de Neurología justo después de la entrega de guardia. No tenía ni idea.
—¡Sorpresa! —exclamó Alberto orgulloso, entregándole un ramo de flores con una nota, mientras un par de residentes entraban con una bandeja de café y una sonrisa cómplice.
—¡Felicidades, doctora! —dijeron otros, y las palmas llenaron la pequeña sala de residentes.
Sofía parpadeó, desconcertada al principio, hasta que las palabras comenzaron a cuajar: su trabajo había sido elegido para publicarse y representaría al hospital en un evento internacional.
Sintió cómo el corazón se le aceleraba y una risa nerviosa se le escapó mientras recibía abrazos y palmadas en la espalda.
—¡Pero si yo no sabía nada! —decía, sin dejar de sonreír.
—No es que me sorprenda, pero no deja de admirarme lo genial que eres. — le dijo Alberto besándole la frente.
El momento fue breve pero intenso. Cuando se disipó la pequeña celebración, Sofía se ajustó la bata y se incorporó al pase de visita.
El trabajo la reclamaba y ella lo retomó con la misma entrega de siempre…
aunque la curiosidad la detuvo antes de salir.
Entre las flores, desplegó la nota de Alberto:
No podía pasarlo por alto, me haces sentir orgulloso. No dejes que nadie interrumpa tu grandeza… sería un crimen no verte brillar.
A.
Sofía se estremeció. La frase le atravesó la respiración, le dejó un calor extraño y un nudo en la garganta.
Lo que pensaba Alberto sobre ella seguía importándole más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Ella lo admiraba mucho como neurólogo, lo tenía como referente desde hacía años…
y recibir esas palabras de él la sacudía de un modo íntimo y silencioso.
Volvió a ponerse en marcha, repasando historias clínicas, escuchando a pacientes, pero una parte de su mente seguía vagando lejos de allí.
Cada tanto miraba el teléfono de reojo, como quien espera un hilo de voz en medio del ruido.
Había escrito a Adam temprano, con la ilusión de compartirle la noticia.
Nada. Pasó una hora. Luego otra. Se obligó a pensar que estaría ocupado, que era solo eso.
Casi dos horas después, al fin vibró la pantalla:
Adam: Felicidades, amor.
Nos vemos en el almuerzo y lo celebramos.
Sofía lo leyó, dos veces. El mensaje era correcto…
pero helado. Ni un signo de exclamación.
Ni un emoticono. Ni una palabra de orgullo.
Sofía lo guardó en el bolsillo y siguió con su ronda, tragando la punzada que le dejó en el pecho.
Intentó convencerse de que no importaba, que él debía estar agotado o con la cabeza en otra parte.
Pero, aun así, algo se le encogió adentro. Algo que prefirió ignorar.
A la una de la tarde, el teléfono de Sofía sonó. Ella contestó al segundo timbre:
—Te estoy esperando en el restaurante de enfrente —dijo Adam al otro lado, con una voz serena, pero sin matices—. Ya tengo mesa. Ven en cuanto puedas.
—Ya voy en camino —respondió ella, guardando el móvil con rapidez.
Atravesó la calle bajo el sol de la tarde, sintiendo el calor en la espalda y ese leve hormigueo en el estómago que siempre surgía cuando se trataba de él.
Al entrar al restaurante lo vio enseguida: Adam estaba sentado junto a la ventana, la luz dibujando líneas en su rostro mientras hojeaba la carta sin atención.
Cuando la vio, se levantó y se acercó apenas para darle un beso rápido en la comisura, casi protocolar, sin la chispa que ella esperaba.
Sofía se acomodó la bata con un tirón seco, esquivando su mirada. Después de un beso breve como saludo, tomó asiento frente a él. El murmullo de platos y conversaciones sonaba más agudo de lo habitual, amplificando el silencio entre ambos.
Pidieron sin mucha charla; cada uno eligió lo suyo, y las palabras se extinguieron antes de nacer.
Comieron en silencio. Adam levantaba los ojos de vez en cuando, pero los apartaba enseguida, como si no supiera qué decir ni qué mostrar.
Hasta que, de pronto, rompió el mutismo con una frase lanzada como quien recuerda un dato al azar:
—Felicidades por el premio.
Sofía parpadeó, sorprendida por la frialdad. Tomó aire y decidió sonreírle.
—Gracias… —contestó, y añadió con sutileza—. Siento lo de tu trabajo. Sé que también participaste, aunque la verdad, para mí esto no es tan importante… no soy de este tipo de eventos.
Adam alzó la vista y, en ese instante, percibió en ella el intento de suavizarlo todo: esa ternura casi instintiva, con un dejo de culpa que no tendría por qué cargar. Algo se le encogió por dentro. Hundió los ojos en el plato, respiró hondo y dejó el tenedor a un lado.
—Disculpa, Sofía… —dijo al fin, con la voz más baja, casi ronca—. No es que no esté feliz por ti, ni que no me importe tu premio.