Pase lo que pase
XXII
Sofía llegó a su casa cuando ya caía la noche. Después de un baño de agua tibia se dejó caer sobre su cama, aún con el cabello húmedo y la toalla enredada. Se quedó boca arriba, mirando el techo, y sonrió sin querer.
Todavía no lo creía. Lo que acababa de suceder era tan intenso que no terminaba de caberle en el cuerpo.
Un cosquilleo le recorría el estómago. Sentía una presión sorda bajo las costillas.
Y un miedo dulce, persistente, que la mantenía alerta.
No le permitía cantar victoria, pues, al cerrar los ojos, aun sentía que podía desvanecerse todo.
En otro punto de la ciudad, Adam hacía lo mismo, tumbado en su cama, el techo a oscuras y la brisa entrando por la ventana.
Se cubrió los ojos con el antebrazo, repasando en silencio cada palabra de aquella conversación, preguntándose si había hecho bien en abrirse tanto.
Entonces volvió a ese momento en que le preguntó cómo iban a sincronizar sus planes…
y ella no respondió. Ese silencio se le quedó dentro como una astilla, inquietándolo.
«¿Y si nunca se entrega del todo?», pensaba.
Adam no era un hombre de arriesgar demasiado ni de poner sus emociones en bandeja para nadie.
Nunca se había mostrado tan vulnerable… hasta entonces.
Y, aun así, cada vez que evocaba lo vivido con Sofía esa tarde, cada vez que se sorprendía imaginando un futuro a su lado, los argumentos en contra se deshacían como arena entre los dedos… sin que ella lo supiera.
Había preguntas, miedo, un temblor que no conseguía aplacar. Pero también algo que lo sostenía: lo mucho que la había disfrutado, la hondura de sentirse habitado por ella. Quizá eso alcanzara… al menos por el momento.
El lunes en la mañana se encontraron como de costumbre en la entrada del ascensor.
A Sofía le temblaron las piernas al verlo avanzar por el pasillo.
Había esperado —no podía evitarlo— que algo cambiara después de ese fin de semana.
Que, de algún modo, su relación se hiciera visible para los demás: un gesto, una mirada que no se escondiera.
Pero nada ocurrió. Fue el mismo ritual de siempre.
Adam se colocó detrás de ella, tan cerca de su cuello que podía sentirlo, y guardó silencio mientras las puertas se cerraban.
Quizá —pensaba Sofía— ninguno de los dos quería renunciar a esa adrenalina que nace de lo prohibido. Y, sin embargo, mientras el ascensor subía, buscó en el reflejo del acero su mirada y solo halló esa expresión neutra que él dominaba con maestría.
Al llegar al quinto piso, Adam por fin rompió el protocolo.
No se conformó con el roce de siempre: tomó su mano, la atrajo hacia sí y le acarició la mejilla con el pulgar, despacio, como si memorizara cada línea de su piel.
Nadie más estaba dentro, pero a través de la rendija de las puertas ya entreabiertas se adivinaban pasos en el pasillo. El riesgo le heló la respiración.
Justo antes de que el ascensor se abriera por completo, él rozó sus labios con un beso fugaz, apenas un instante, pero suficiente para encenderle la piel.
Sofía salió con la bata blanca sobre el brazo y una sonrisa imposible de disimular. Adam permaneció dentro, observándola alejarse mientras las puertas se cerraban. Alcanzó a notar cómo dos enfermeras que pasaban, se miraban entre sí con ojos brillantes de curiosidad.
Ella siguió hasta su sala. Él bajó a la suya.
Adam intentaba concentrarse en la rutina. Tenía un seminario esa mañana y conversaba con sus compañeros en el salón de su servicio. El ambiente era ligero, lleno de risas y comentarios sueltos, hasta que Dany se giró hacia él con esa sonrisa de quien está a punto de soltar algo sin filtro.
—Hey, Adam, ¿por qué no fuiste el viernes al Templo?
Adam frunció el ceño, recapitulando.
—¿El viernes? —repitió, ganando tiempo.
—Sí, mira… —dijo extendiendo el teléfono.
En la pantalla aparecieron una serie de fotos: vasos de plástico, guitarras, un grupo riendo. Y de pronto, un estallido directo: Sofía, con tres de sus amigas, tragos en mano, Christian y Dany al fondo levantando una botella de cerveza y señalando la cámara.
—La pasamos fenomenal —comentó Dany, sin maldad—. Ustedes son unos aburridos. Se perdieron una noche increíble.
Adam se quedó tieso. Sintió que la piel ardía y que la sangre se le subía de golpe a la cara.
Intentó sonreír, pero no pudo. William lo observaba en silencio; él sabía perfectamente lo que había pasado ese fin de semana y estaba consciente de que esto podía joderlo todo.
Esas cosas, entre hombres con ego, bastaban para romper cualquier tipo de calma.
Solo Dany, perdido en su burbuja, no notaba nada.
Para él, Sofía y Adam eran solo buenos amigos.
Un zumbido llenó los oídos de Adam mientras las imágenes seguían clavadas como tatuajes en su corteza visual. Christian tan cerca. Las risas de todos. Sofía con ese vestido beige que él no podía olvidar, el mismo que lo hacía sentirse tan inseguro.
El teléfono tembló en sus manos antes de devolverlo.
—Sí… ya veo —murmuró, evitando la mirada de Dany.
Se reclinó en la silla, pero ya no escuchaba nada de lo que decían. Las imágenes del fin de semana se mezclaron en su mente como relámpagos centelleantes: «Te lo dije, Adam. Te lo dije. Te apresuraste demasiado».
Y entonces un pensamiento más oscuro se abrió paso, rápido y punzante: «¿Y si siempre va a ser así…
y si resulta que hay algo que nunca me dice?
» Sintió la urgencia de levantarse, de salir de allí y llamarla de inmediato…
pero se contuvo, aferrándose a la silla mientras el control se le resquebrajaba.
Comprendió que Sofía no había hecho nada malo, que la verdadera batalla estaba dentro de él, y era contra sus propios miedos.
No eran celos, era inseguridad y frustración. Frustración por no ser lo bastante valiente como para lanzarse de lleno y compartir esos espacios con ella, sin importar quién los viera o los acompañara. Le había confesado que la amaba, sí, pero tenía terror de vivir en coherencia con eso.
Comenzó el seminario. Adam no lograba seguir el hilo; las dudas le hervían por dentro.
No levantaba la vista, no respondía preguntas, no anotaba nada.
Solo movía la pierna con un vaivén nervioso y tamborileaba los dedos contra una carpeta.
El profesor notó aquella desconexión inusual en él.
Lo observó un segundo de más, pero decidió callar… por ese instante.
Al terminar, mientras todos recogían sus cosas, el profesor carraspeó para captar la atención:
—Por cierto… —dijo dejando que el murmullo se apagase—, los veo muy atrás. No los siento enfocados en lo importante. Los neurólogos se están robando el show.
Algunos se miraron entre sí, incómodos; otros sonrieron de lado. El profesor prosiguió como si compartiera una simple noticia:
—El trabajo de Esclerosis Múltiple que presentó la doctora Sofía en la jornada científica será publicado. Y, no solo eso… lo seleccionaron para un evento internacional de Neurología y Neurocirugía en la capital.
El murmullo de sorpresa recorrió la sala. Adam sintió un frío súbito atravesarle la cabeza.
—Ninguno de ustedes clasificó, algunos ni se presentaron —añadió el profesor, y con una sonrisa torcida soltó la estocada—. Parece que el amor los tiene muy distraídos.
El comentario fue directo a Adam, aunque nadie lo dijo. Un par de compañeros se agacharon disimulando la risa.
William, desde el fondo, se pasó la mano por la cabeza como quien piensa: «el profe no sabe la bomba que acaba de soltar». Observó a Adam. Reconocía ese gesto en él: los hombros rígidos, los nudillos blancos contra la mesa, la mirada fija como quien se traga algo que quema.
Sabía que esa mezcla de orgullo herido y amor, fertilizaban un terreno resbaladizo.
Porque siempre que un hombre se siente cerca de algo grande, de una felicidad que no sabe manejar, su propio ego suele convertirse en la cuerda que lo arrastra de nuevo al piso.
Y al verlo allí, callado, inmóvil, supo que su amigo, estaba peleando justo contra eso.
Los susurros se transformaron en un zumbido lejano en la cabeza de Adam, mientras una idea fría y lacerante se abría paso: «Ella ni siquiera me lo ha dicho».
Y detrás de ese pensamiento irrumpió otro, más áspero, más brutal: no era solo lo del viernes.
Era también el peso de estar, por segunda vez, bajo cuestionamiento en el terreno profesional.
Y, otra vez, con Sofía en el centro de su distracción.
No porque ella fuera más brillante —él lo era también, y lo sabía—, sino porque estaba permitiéndose priorizar lo que sentía por encima de todo lo que había sacrificado para ser impecable.
Ella recogía elogios; él empezaba a acumular advertencias.
Todo esto era una conmoción abrupta. Una incisión que no se abría desde el amor, sino desde el desorden interno que le provocaba. Para Adam, aquello no era menor, era una interferencia peligrosa en su sistema. Un conflicto de fondo entre el hombre que había construido… y el que se dejaba llevar.
En ese mismo instante vibró su teléfono. Un mensaje.
Sofía: Acabo de enterarme que gané
un premio en la jornada científica.
No tengo detalles aún, pero quiero
celebrarlo contigo en el almuerzo.
Adam leyó y sintió las pulsaciones de nuevo en las mejillas. Aquello, en otro momento, lo habría hecho sonreír. Pero en ese minuto… no alcanzaba. Eligió no responder. No con la sangre tan caliente.
Tenía que ir a consulta con William, quien caminaba a su lado intentando romper el hielo:
—¿Por qué no pasamos primero a felicitar a Sofi? —soltó, con una media sonrisa.
Adam lo fulminó con la mirada. William levantó las palmas de las manos en un gesto de «ok, ok».
—Bueno…, es lo que yo haría —murmuró bajando la voz.