Entre la realidad y el mar. #3
Se quedaron un segundo mirándose, mojados, sorprendidos, como dos niños descubriendo algo por primera vez.
Adam levantó las manos hacia el rostro de Sofía, enmarcándolo, apartando con cuidado el cabello mojado de sus mejillas.
Sus ojos se hundieron en los de ella, intensos, sin intención de esconderse.
—Te amo, Sofía —dijo despacio, con una voz que se desgarraba al salir, como si hubiera esperado demasiado para pronunciarse, pero sincera, nacida de adentro—. Ya no tengo dudas… y sé que eso no basta, pero necesito que lo sepas. Que no lo olvides ni un instante… Pase lo que pase.
Titubeó un segundo, queriendo decir más casi sin saber cómo.
—No soy bueno en esto. Lo sabes. Pero contigo… necesito que entiendas todo. Incluso lo que no sé decir.
Ella sintió un nudo en la garganta. Quiso hablar de inmediato, pero las palabras se le quedaron detenidas justo antes de salir.
Sabía lo que sentía, lo tenía claro… No obstante, decirlo era abrir una puerta que había mantenido cerrada por miedo a perderse, por haber confiado antes y no haber salido ilesa.
Y, porque Adam, con todo lo que la había conmovido en ese instante, también era torpe e incongruente a la hora de enfrentar lo que sentía. Sabía que apostarle a él era un riesgo.
Una lágrima —o tal vez el mar— le cruzó el rostro.
—Yo también… —susurró, hundiendo sus ojos en los de él—. Yo también te amo, Adam.
Y lo dijo sabiendo que le dolía. Que amarlo era quedarse sin defensas.
Que no había lógica ni blindaje posible frente a esa verdad que se le imponía como un pulso.
Al decirlo, algo se le rompió y, al mismo tiempo, algo se alineó dentro de ella.
Era el orgullo bajando la guardia y el alivio de haber soltado la armadura.
La certeza de lo que ya no podía seguir negando.
Se abrazaron sin filtros, sin distancias.
Las fachadas desaparecieron, los miedos quedaron en pausa y el mundo alrededor dejó de importar.
Se besaron con urgencia, aferrándose al momento, al cuerpo del otro empapado de mar, a esa confesión irrebatible que los acababa de anclar o desarmar por completo.
Regresaron a la habitación riendo, todavía con la ropa mojada.
Se cambiaron y decidieron que no necesitaban un almuerzo pesado; el desayuno y la emoción seguían a flor de piel.
Prepararon las mochilas con calma, recogiendo los zapatos aún húmedos y doblando con torpeza las prendas, mientras el sol del mediodía se filtraba por la ventana.
El tiempo de espera antes de que llegara el autobús lo pasaron sentados en el balcón, cada uno con un mojito en la mano, mirando el mar que brillaba, despidiéndose también. Esta vez el silencio era un bálsamo necesario , de esos que solo se comparten con alguien con quien estás verdaderamente bien.
De pronto, Adam habló, casi escapándosele:
—En un año, máximo dos, tengo que volver a mi país —dijo, sin mirarla al principio—. Tú todavía vas a estar metida en la residencia…
Hizo una pausa y giró el vaso entre los dedos, necesitando ordenar los pensamientos antes de mirarla.
—Si lo nuestro funciona y se pone serio —continuó, ahora con los ojos fijos en ella—, ¿qué vamos a hacer, Sofía?
La pregunta quedó suspendida entre los dos, enorme, densa, más grande que el mar que tenían enfrente.
Sofía sintió un escalofrío, no por el dilema práctico que planteaba, sino por lo que realmente significaba: Adam estaba proyectando.
Estaba incluyendo su nombre en un diseño de futuro.
Estaba pensando en términos de ajustar pasos, decisiones, estructuras.
Lo suyo no era vivir en una aventura. Para él, amar implicaba trazar mapas.
Sofía hundió la mirada en el mojito y respiró profundo. El hielo tintineó en el vaso, un ruido mínimo que la devolvió al presente. Luego levantó la cabeza, con la espalda recta, impecable, y respondió:
—Dejemos que llegue el momento. Vivamos el hoy, sin anticiparnos. Tenemos tiempo.
Adam le sostuvo la mirada. S onrió, pero dudoso, sus pensamientos bordeaban la incertidumbre. Porque la pregunta era real. Él tenía que ver el terreno con claridad para poder dormir tranquilo. Necesitaba hacer planes, ensayarlos como si se tratara de una cirugía de columna.
Sofía lo tenía claro… pero también sabía algo sobre sí misma.
Lo que más miedo le daba era perder esa parte suya que se negaba a vivir atada a un cronograma.
A Sofía le gustaban las sorpresas, lo imprevisto.
No podía permitirse vivir el amor como un proyecto; para ella debía ser una experiencia.
Diseñar cosas con él la ilusionaba, sí… pero también la empujaba a un terreno peligroso, donde quizás tendría que ceder partes de sí que aún no estaba lista para negociar. No todavía.
Por dentro, era un huracán; por fuera, seguía entera. La voz no le tembló. Pero algo se desmoronaba en las entrañas. No era un escudo lo que caía, era la intuición asfixiante de que, si pasaba algo, ninguna de sus defensas bastaría.