Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Entre la realidad y el mar. #2
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Entre la realidad y el mar. #2

El resto del día se escurrió como agua entre los dedos.

Bajaron a la playa, se bañaron juntos un buen rato, perdiéndose entre besos y caricias.

Caminaron descalzos por la arena y jugaron en el oleaje.

Hablaron de tonterías, de películas, de cosas que no habían tenido tiempo de compartir en medio de tantas guardias y noches agotadoras.

Y se fueron descubriendo en los silencios que acariciaban, en las risas fáciles, en los gestos que no pedían explicación.

Cenaron en una terraza frente al mar, con velas pequeñas que apenas alumbraban sus rostros.

La brisa salada jugaba con el mantel y con los cabellos de Sofía, mientras Adam hablaba —más de lo habitual— de sueños, de ciudades remotas, de un velero en Croacia.

Hablaba de planes a largo plazo que no llevaba anotados, pero que en su voz relajada esta vez, sonaban casi reales, casi posibles.

Sofía se sorprendió a sí misma escuchándolo con calma y con vértigo, sintiendo que los dedos entrelazados bajo la mesa no eran solo un gesto, sino un pacto. Por primera vez, se sintió parte de ese futuro, aunque él todavía no lo anotara oficialmente en su cronograma.

Entonces, la música cambió. La voz de David Torrens comenzó a sonar de fondo, como si alguien hubiese leído la escena desde afuera y pulsado play  con premeditación.

♫12-  Voy tratando de cambiar, mis impulsos sobre ti… y no voy a permitir que me traicione el corazón. (…) Y alejarme significa un suicidio. Yo te amo más que a nadie… y sin ti jamás viviré. ♫

Se miraron en silencio. No hacía falta decir nada.

Adam se levantó, estiró la mano y la invitó a bailar.

Se abrazaron despacio, con los cuerpos encajando con la naturalidad de quienes se han encontrado en otras vidas.

Bailaron al borde del mar, tarareando esa melodía que desnudaba cualquier intento de fingir irreverencia.

No había ironía posible. Ni coraza. Solo el alma entendiendo que estaba bien quedarse.

Que a veces el amor —cuando sabe a verdad— no grita, no duele, no exige. Solo baila.

Cuando regresaron a la habitación, el deseo se desbocó inevitable, pero esta vez fue distinto.

No hubo prisas ni urgencias. Fue una prolongación natural de todo lo compartido durante el día: caricias lentas, miradas cómplices, risas apagadas entre besos.

No fue la cama el centro, sino la sensación de pertenecer.

Hicieron el amor sin relojes, como quienes ya estaban seguros de que no sería la última vez.

Durmieron abrazados, con el rumor del mar entrando por la ventana.

Al amanecer, Sofía despertó antes que él. Se incorporó despacio, cuidando no hacer ruido, y se quedó mirándolo dormir. El cabello de Adam caía desordenado sobre la frente, y en esa quietud parecía menos inaccesible, casi vulnerable.

Ella levantó una mano y, sin pensar, le apartó un mechón, dejándolo deslizar entre sus dedos. Sonrió plena, percibiendo algo de orden en medio de su incertidumbre.

Hay un punto ciego en el cerebro femenino —incluso en el más lúcido y entrenado— que se rinde ante ciertos gestos precisos: un rescate a tiempo, una mano en la espalda, una mirada que no se apura…

un mar hermoso contrastando con la persona que se ama.

Podemos haber levantado muros con doctorados en defensa emocional y, aun así, basta un solo detalle —si es el indicado— para atravesarlos.

No por fragilidad, sino porque, en el fondo, todas deseamos lo mismo: ser elegidas sin tener que pedirlo.

Sofía, en ese instante, no solo reconocía que estaba enamorada.

Empezaba a sentirse segura. A creer que Adam, con todas sus sombras, le estaba abriendo la puerta de verdad.

Que tal vez, solo tal vez, lo suyo podía sostenerse más allá del hospital, y más allá del deseo.

Pero… ¿cómo decirle eso sin desarmar el encanto?

¿Cómo decirle que lo amaba sin derrumbar su coraza?

Se deslizó con cuidado fuera de la cama. Caminó descalza y en ropa interior hasta el balcón y se apoyó en la baranda, dejando que la brisa salada le despeinara el cabello. Frente a ella, el mar respiraba lento, profundo, y el mundo entero se reducía a ese horizonte azul.

Detrás, Adam comenzó a moverse entre las sábanas, revoloteando perezoso mientras abría los ojos.

La vio de pie, a contra la luz, y por un instante se quedó inmóvil, observándola.

Se sintió orgulloso… y enternecido. «Estoy donde quiero estar, la quiero para mí», pensaba, con una certeza que casi le dolió.

Por un momento cerró los ojos y bajó la cabeza, algo inesperado lo distraía, un pensamiento fugaz que no quiso enfrentar.

Se levantó suspicaz y caminó hacia ella. Se detuvo a su espalda y, sin decir nada, le dio un beso suave en la cabeza antes de abrazarla por detrás al borde del balcón.

—Es perfecto, ¿verdad? —dijo él, con la voz todavía rasposa de sueño.

Sofía se sobresaltó un poco, girando para mirarlo con una sonrisa temblorosa.

—Buenos días —murmuró— ¿qué dijiste?

—El mar… que es perfecto —aclaró él, mirando al horizonte.

Ella siguió su mirada, dejando que el viento la acariciara.

—Sí… sí que lo es —respondió con una calma nueva—. Es mi lugar feliz.

Y se quedaron ahí, en silencio por unos minutos, mientras el día apenas comenzaba y algo en ellos, sin necesidad de palabras, se afianzaba un poco más.

Se fueron a desayunar a la terraza frente al mar.

El sol ya estaba alto, pero la brisa aún era fresca.

Comieron despacio, entre anécdotas pequeñas y sonrisas inevitables, mientras sus ojos se perdían en el horizonte.

Después se recostaron en unos sofás bajos, compartiendo un cappuccino en silencio, disfrutando simplemente de estar ahí, juntos y sin relojes.

Quedaban ya pocas horas para el regreso, así que bajaron otra vez a la playa. Caminaron por la orilla, dejando que las olas les mojaran los pies, a veces hablando de nada, dejándose llevar.

De pronto, Adam se detuvo frente a ella.

Sonrió de medio lado, la tomó de la cintura y le robó un beso rápido, apenas un roce intenso…

y sin aviso la empujó hacia el agua. Sofía soltó un grito ahogado mientras caía, riendo, sintiendo cómo la tela blanca de su vestido de lino se pegaba a su piel.

Él cayó detrás, con la camisa y shorts  empapados, riendo también como hacía tiempo que no reía.