Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Entre la realidad y el mar.
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Entre la realidad y el mar.

XXI

La bicicleta avanzaba despacio por calles casi vacías, con el aire de la madrugada rozándoles la piel.

Sofía iba delante, sentada en el marco, mientras Adam pedaleaba detrás con las manos tensas en el manubrio y los ojos fijos en la ruta.

El silencio duró lo justo para incomodar. Entonces Adam habló:

—Oye, verdad que son preciosas todas tus amigas.

Sofía parpadeó, sorprendida. Por dentro se preparaba para hacerle un reclamo inevitable, por esa espina que seguía clavada desde el parque… pero esa frase la paró en seco.

Sintió la ironía subirle a los labios —algo sarcástico, algo defensivo—, sin embargo, se contuvo. En vez de eso, se limitó a decir, sin mirarlo:

—Más que eso, son inteligentes y geniales.

Adam soltó una risa breve.

—No tengo dudas…   —hizo una pausa, bajando el tono—. Pero hablando de asuntos más preocupantes… ¿ese vestido hoy? ¿En serio?

Sofía giró apenas el rostro, incrédula, con el cabello moviéndose al viento. Miró hacia abajo, hacia ese beige drapeado que abrazaba sus formas con elegancia.

—¡Sí…, en serio! Soy muy selectiva con la ropa que uso —soltó entre una carcajada incrédula—. Y si esperas que use un hábito de monja, estás muy equivocado.

Sintió cómo Adam se tensaba un segundo detrás de ella. Él pudo haber contestado algo, pero se contuvo. En vez de eso, le rozó el hombro con los labios, inclinó el torso hacia adelante y, sin dejar de pedalear despacio, se acercó al hueco de su cuello.

El roce fue sutil, pero muy electrizante… En ese preciso instante ella olvidó todo lo que la estaba molestando.

—Yo solo sé —murmuró Adam contra su piel— que quiero quitar ese vestido de mi vista de una vez y por todas.

Sofía rió  bajito y echó la cabeza hacia atrás lo justo para sentirlo más cerca. Pero aún quedaba un reclamo latiendo, caótico, en su mente:

—Creo que fuiste un poco distante con mis amigas —dijo Sofía.

—Ideas tuyas —respondió él, sonriendo—. Solo no estaba preparado para impresionarlas.

—Sabes que no siempre tienes por qué ser perfecto, ¿verdad? —insistió ella.

—Ya estás bélica de nuevo, Sofía. No busques problemas donde no los hay. El conflicto es tu pasión —dijo, provocándola.

Por fin llegaron y Sofía endureció el gesto.

No podía ceder tan fácil…, aunque él sabía bien de su inconformidad y, en el fondo, disfrutaba esos intentos de ella por ser indomable.

Entraron casi sin palabras. La puerta se cerró de golpe y la penumbra de la sala los envolvió como un secreto.

Sofía dejaba el bolso sobre una silla cuando Adam la tomó por la muñeca y la empujó hacia atrás hasta sentir la pared fría en la espalda.

Se inclinó sobre ella, cerrándole toda salida, y tarareó en su oído una melodía de Kelvis Ochoa, obligándola a seguirle un baile improvisado, sensual y torpe a la vez.

♫11- Yo quiero estar en lo más bello de tu vida. Quiero dejarme seducir por tus encantos. Voy a perderme en ti a plena luz del día. Ser tu verso y t u  canto, vivir en tu corazón .♫

Sofía se dejó arrastrar: ya estaba en la gloria, ya no había reclamos posibles.

Los ojos de él ardían. Había en ellos algo feroz, implícito, que no necesitaba explicación. Le sostuvo la nuca con una mano mientras la otra descendía por su cintura hasta el borde del vestido.

—Este maldito vestido… —gruñó entre dientes, bajo y cortante.

Deslizó la tela hacia abajo con una urgencia indisimulada. El cierre cedió con un susurro casi animal, y la piel de Sofía se erizó al contacto con el aire. Su respiración se volvió irregular; todo lo demás desapareció.

El vestido cayó a sus pies. Adam desabrochó el sostén con un gesto preciso, seguro.

Sus manos encontraron sus pechos con una reverencia feroz.

Primero, un roce leve, casi promesa. Después, la presión exacta: dedos que giraban, atrapaban, exploraban, como si tocara una obra de arte que se revelaba bajo su contacto.

Algo la atravesó desde la pelvis hasta el cráneo, un temblor silente que la dejó sin aliento. Arqueó la espalda, los labios entreabiertos, temblando bajo la cadencia que él marcaba con una exactitud peligrosa. Ella se entregaba, rendida a lo inevitable.

El cuerpo de Sofía aún temblaba contra el sofá, latiendo al ritmo de lo que acababa de suceder.

Su mejilla descansaba sobre el pecho de Adam, siguiendo un vaivén ya más sereno.

Afuera, la ciudad murmuraba su propia historia.

Dentro, la mano de él recorría su espalda, lenta y precisa, escribiendo un idioma nuevo sobre su piel.

Y en ese instante, un poco liberada del instinto visceral, Sofía lo pensó con una lucidez que la golpeó: «Este hombre me gusta demasiado…

no me deja pensar con claridad, todo se me va de control cuando estoy así con él».

La incomodidad que le había dejado el parque, las miradas de sus amigas, todo se borró como si nunca hubiera existido. Solo quedaba él. Solo quedaba el fuego.

—Vamos a la cama… tenemos que levantarnos temprano —susurró Adam, sin dejar de acariciarla.

—¿Temprano?… ¿por qué? —preguntó Sofía  algo incrédula.

Adam inclinó la cabeza y rozó sus labios contra su cabello húmedo de sudor.

—Es una sorpresa —dijo en un susurro.

La luz del amanecer apenas despuntaba cuando Sofía sintió unos dedos tibios recorriéndole el brazo. Abrió los ojos despacio y lo vio inclinado sobre ella, aún con el cabello revuelto de la noche anterior, la mirada encendida y esa sonrisa tan suya que la desarmaba sin remedio.

—Arriba, dormilona… —murmuró Adam, rozándole la mejilla con los labios—. No vamos a quedarnos aquí. Tenemos que pasar por tu casa.

—¿Mi casa? —balbuceó Sofía, aun bostezando.

—Necesito que agarres una mochila, un par de mudas de ropa… y algún traje de baño.

Ella lo miró, todavía incrédula.

—¿Vamos a una piscina?

Adam sonrió apenas, mientras le acomodaba un mechón de cabello.

—Ya te enterarás. Pero avisa en tu casa que no llegarás hasta mañana por la tarde.

Sofía sintió cómo la emoción le subía por dentro, como un chispazo que la puso completamente despierta.

—¿Esto es en serio? —preguntó, y la sonrisa se le escapó sin remedio.

—Pues claro, que yo no ando con bromas. Anda, vamos.

Salieron juntos y llegaron a la casa de Sofía cuando el barrio apenas empezaba a moverse. Entró con prisa, buscó la mochila y cuando iba saliendo se encontró a su madre en el pasillo, mirándola de arriba abajo.

—¿Pero y ahora adónde vas?, si es que acabas de llegar —preguntó, con ese tono que no admitía tonterías.

Sofía se encogió de hombros mientras ajustaba la cremallera de la mochila.

—Pues no lo sé… supongo que me tienen una sorpresa.

Su madre frunció el ceño, cruzándose de brazos.

—Es que no te estás tranquila nunca. Ten cuidado y mantenme informada. Y no hagas locuras.

—Lo prometo —dijo Sofía, dándole un beso rápido en la mejilla antes de salir veloz por la puerta.

Adam la esperaba afuera recostado a la baranda del portal. Se miraron con esa complicidad que ya no necesitaba palabras y caminaron juntos por veinte minutos hasta llegar a la parada de los autobuses que salían para la playa.

El aire de la mañana olía a sal y a algo nuevo. Sofía estaba feliz… buscó su teléfono envío un audio en su grupo de WhatsApp repletos de mensajes sin leer aún ….

🎙 Sofía:     Chicas, ya sé que Adam

tiene que hacer mucho para ganárselas,

pero quería contarles que me voy con él

a la playa …hasta mañana.

🎙 Rachel:     Hmmm. ¿Cuánto dura la etapa de

prueba? Porque lo está intentando

con todo.

Paula: Qué eficiente el tipo. Va en fast track

a la amnistía. Pero ojito👀, ¡eh!

Amber:  Ese sabe que la cagó anoche

cuando ni caso nos hizo.

Y de inmediato todas empezaron a opinar, pero Sofía no hizo mucho caso. No podía. Si no estaba en las nubes, se hallaba cerca.

El viaje en autobús se sintió como un pequeño universo aparte.

Aun en el bullicio de los pasajeros y el poco confort de los ómnibus en Cuba, Sofía iba en la gloria recostada en el hombro de Adam, mientras él la rodeaba con su brazo como si fuese suya.

Ella se dejaba llevar por el paisaje y la música de fondo, tratando de no idealizar lo que le estaba pasando… pero no podía evitarlo.

—¿No te gusta aquella casa? —preguntó Adam, señalando una finca escondida en un pueblo de campo.

—¿No me digas que te ves viviendo ahí? —sonrió Sofía.

—¿Yo? No… pero a ti sí te veo, regando flores y cuidando gallinas —bromeó.

—¿Flores y gallinas yo? —Ri ó  ella—. No me parece.

Se reían bajito, como quien comparte un secreto en medio de desconocidos. El traqueteo del autobús, los asientos gastados y la brisa cálida quedaron en segundo plano frente a la sensación de estar juntos sin prisas.

Por fin llegaron a la entrada de un hotel rodeado de bugambilias . Sofía se detuvo en seco, mirando a Adam con los ojos muy abiertos.

—¿Aquí? —preguntó, apenas en un susurro.   Adam solo le sonrió, tomó su mano y la guió  hasta la recepción.

El sonido del mar ya llegaba desde algún lugar cercano, la brisa desestresante, limpia… un coctel de bienvenida los acaparó al instante. Recogieron sus llaves y caminaron hacia su habitación en silencio.

La habitación era amplia, luminosa, con paredes en tonos arena y detalles en madera clara.

Las sábanas blancas impecables caían suaves sobre la cama enorme, y el balcón con barandas de cristal se abría a una vista directa al mar, como una respiración infinita.

Una brisa salada se colaba por la ventana abierta.

Sofía dio un paso adentro y luego otro, con los hombros relajándose sin que se diera cuenta. Giró sobre sí misma, mirándolo con los ojos abiertos, extasiados:

—Adam… —dijo, y la voz le tembló apenas—. Esto es hermoso.

Él dejó la mochila a un lado y se acercó despacio, tomándole la cara entre las manos.

—Quería que lo sintieras así —respondió, simple, sincero, antes de besarla.

Ella sonrió, pero sus ojos se llenaron de un brillo nuevo. «¿Qué significaba todo esto?» Y sin buscar respuestas, se dejaron llevar y se abrazaron, mirando el mar, como quien reconoce un refugio.