Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Las dueñas de la noche #4
44%

Las dueñas de la noche #4

—Ha sido un verdadero «desplacer» conocerte —dijo, con una seriedad helada, pero con un tono teatral.

El silencio se hizo alrededor. Las chicas se miraron entre sí, perplejas, sin saber qué decir y aguantando la carcajada al mismo tiempo.

Rachel parpadeó, abrió la boca para contestar, pero nada salió.

Solo retiró la mano con elegancia y dio un paso atrás, sintiendo cómo las miradas de todas la seguían.

Aquella frase quedaría para la historia… y regresaría afilada, como recuerdo inamovible de aquella noche por el resto de sus días.

Paula fue la primera en soltar aire, había estado conteniendo la respiración por horas:

—Wow… ¡qué nochecita! —murmuró.

Rachel se sentía ligera, casi flotando, había disfrutado mucho la compañía de aquel chico. La diferencia de edades se había disuelto entre risas y miradas, hablando el mismo idioma sin ni siquiera notarlo.

— Good catch , querida…—soltó Sofía tras detallar lo apuesto que era el joven, guiñándole un ojo— Uno nunca sabe, a lo mejor el padre de tus hijos es 8 años menor.

—Rachel —Intervino Sarah, reflexiva y un poco atrasada para variar— ¿Has oído eso de que cuando tiramos la moneda, mientras está en el aire, ya sabemos cuál cara queremos que caiga?

—Mmmm, ¡sí! ¿Por…? —respondió Rachel confusa

—Es que tú has dejado muy claro cuál cara de tu moneda de tres, querías que cayera al suelo esta noche. —le respondió Sarah entre risas.

—¡Dímelo a mí! — Agregó Paula levantando las cejas.

Salieron todas al parque de enfrente, entre risas cansadas y pasos lentos, coordinando cómo regresarían a casa. Paula, con ese tono travieso que nunca perdía, le preguntó a Sofía:

—¿Y tú? ¿Te quedas en mi casa esta noche?

Sofía dudó un segundo antes de sonreír, bajando la voz:

—Pues… no. Me vienen a buscar. — dijo con destellos de orgullo.

Acababa de enviarle a Adam un mensaje rápido, casi temerario:

Sofía: Te espero en la esquina del parque,

donde  está el Café.

La reacción fue inmediata: un coro de gritos, silbidos y risas, esa bulla clásica de tonteo y acoso que surge de las noticias inesperadas. Entre palmaditas y miradas cómplices, Rachel levantó la mano como quien dicta una sentencia:

—¡Pues de aquí no se mueve nadie hasta que llegue Adam! ¡Esta es la oportunidad muchachitas, … que solo lo conocemos por fotos!

Sofía sintió cómo el corazón se le aceleraba. Sonrió, pero por dentro el pulso le golpeaba las sienes. No sabía si estaba lista para eso… o, mejor dicho, no sabía si Adam estaba listo para eso.

Adam llegó unos diez minutos después, pedaleando despacio hasta detenerse en la esquina del parque.

Sin bajarse de la bici, apoyó un pie en el contén mientras buscaba a Sofía entre la gente.

Llevaba un pulóver gris sencillo y un pantalón cómodo, más propio de la casa que de una salida.

Le costaba encajar en aquel ambiente. Afuera del Templo todavía quedaban grupos: guitarras, voces cantando bajo, tertulias desperdigadas en bancos y jardineras.

Ese no era su mundo. Esa no era su noche.

Y, aunque intentó aparentar calma, sus ojos lo traicionaban, era obvio que se sentía fuera de lugar.

Por fin la vio. Sofía estaba a unos metros, rodeada de sus amigas, y cuando lo señaló todas giraron a mirarlo al mismo tiempo. Él levantó apenas la mano en saludo, sin bajar de la bicicleta, y esperó.

Sofía avanzó hacia él… pero no sola. Lo hizo acompañada de seis mujeres intimidantes que venían detrás, riendo y comentando como si la acompañaran a una ceremonia importante.

Adam sostuvo la sonrisa, pero a Sofía —y a todas— no les pasó inadvertido cómo se tensaron sus hombros, y sus ojos se apagaron un poco ante la comitiva inesperada.

Ella lo saludó con un beso discreto en la comisura, pero él estaba demasiado ocupado evaluando el momento y, por un segundo, en cómo ese vestido beige le moldeaba el cuerpo y la hacía resaltar más de la cuenta.

—Mira… estas son mis amigas —dijo Sofía, esforzándose por sonar ligera, presentándolas una a una mientras ellas levantaban la mano y sonreían entre sí.

—Por fin te conocemos, hemos oído mucho de ti —se lanzó Rachel, divertida.

Paula soltó un codazo y un susurro sigiloso:

— ¡ Eso no se dice! —provocando risitas contenidas.

—Encantado… —dijo Adam desde lo alto de la bicicleta, con una sonrisa tenue, pero con tal  entusiasmo que no logró ocultar del todo su incomodidad—. Yo también he oído mucho de ustedes.

El comentario cayó tibio. Hubo un silencio breve en el que las miradas de las chicas se cruzaron, expresivas, como diciendo todo lo que Sofía temía.

—¿Nos vamos? —preguntó Adam, directo, sin bajar de la bicicleta.

Sofía asintió, tragando saliva.

—Sí… claro.

Se despidió de las chicas con abrazos rápidos, sintiendo cómo las miradas cómplices y los comentarios quedarían flotando entre ellas apenas se alejara.

Se subió al marco de la bicicleta con el corazón acelerado, preguntándose si había hecho bien en tender ese puente entre dos mundos tan complejos como vitales.

O si, en cambio, acababa de regalarles una escena que comentarían durante semanas.