Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Las dueñas de la noche #3
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Las dueñas de la noche #3

Como si no hubiese ya suficiente adrenalina, ambos invitaron a Rachel a bailar casi al mismo tiempo; pero Paula siempre anticipándose al desastre, soltó una carcajada, intentando romper la tensión, y se levantó, arrastrando a Rachel al centro para que la situación no explotara en la mesa.

El ambiente sacaba chispas: música saturada, luces parpadeantes, cuerpos que se movían sin descanso.

Rachel reunió a todas las chicas en un mismo grupo de baile para diluir la tensión y evitar quedar atrapada entre los dos al mismo tiempo.

Pero al bailar sola, algo distinto la atravesó: un escalofrío súbito, sin aviso.

No era el roce de Jamal ni la insistencia elegante de Gabriel.

Era otra mirada: más intensa, más eléctrica, más lejana.

Se giró instintivamente, buscando entre las sombras de la pista… y entonces lo vio. Era Rafa, el muchacho del gimnasio.

No, esto no es ficción, esto sucedió en la vida real. Yo estaba mirando desde lejos, y todavía lo recuerdo con el susto en la boca del estómago. Es preciso que intervenga, aunque no me hayan llamado, y lo deje claro.

Rafa, estaba de pie al fondo, quieto, mirándola con una intensidad que la atravesaba como un relámpago. Su mirada era limpia, franca, pero tan directa que le hizo olvidar dónde estaba. Ella le había comentado en el gym  esa tarde que estaría allí en la noche.

Su corazón dio un salto violento. La copa en su mano tembló y el hielo tintineó como un puñado de campanas diminutas.

En ese instante, toda la lógica que repetía para sí misma —la edad, el tiempo que corre, la urgencia de construir algo estable— se desmoronó.

No era una madre en potencia ni una mujer con un reloj apretándole las costillas.

Ahí, frente a él, era solo ella. Deseando. Sintiendo.

Paula la miró de soslayo, captando la transformación en su rostro.

—¡¡Rachel… no me jodas!!, ¿este también está aquí? —susurró, entre asombrada y divertida, pues a Rafa ya ella sí lo conocía también del gym .

Pero Rachel ya no estaba allí. Algo en esa mirada la jalaba, la quemaba, como si llevara un mensaje cifrado que no podía ignorar. Y, sin saberlo, se estaba inclinando hacia un futuro que no figuraba en sus planes pero que la esperaba con los brazos abiertos.

Dio un paso hacia atrás, luego otro, apartándose de Gabriel y de Jamal como quien se arranca de una conversación sin sentido. Se inclinó hacia Paula, casi sin aliento:

—Pau… please … resuelve esto como puedas. Necesito hacer algo.

—¿Queeeeeeé? ¿Cómo que…? Hey.... Rachel, no te vayas… ¡oye!

Paula apenas alcanzó a reaccionar cuando Rachel ya se alejaba, siguiendo ese hilo invisible que parecía arrastrarla y se quedó ahí, atónita, mirando a aquellos dos hombres frente a ella —Gabriel y Jamal—, sin tener idea de cómo manejar la tensión rara que había quedado flotando entre ellos.

Se pasó la mano por el cabello, nerviosa, y al final soltó lo primero que se le ocurrió, forzando una sonrisa:

—Bueno…, eh…, Gabriel, Jamal. Jamal, Gabriel. —Los presentó como quien apaga un incendio con palabras improvisadas—. Ambos son médicos, así que seguro tendrán mucho de qué conversar.

Gabriel enarcó una ceja en un gesto incrédulo; Jamal solo sonrió de costado, como si no pudiera creerlo. Paula sintió que le ardían las orejas y necesitaba desaparecer, así que se unió a Sofía y sus amigos del hospital, dejando a los dos hombres solos y desconcertados.

—Lo que me ha hecho Rachel no tiene perdón —dijo, mirándola desde lejos—. ¿Y ya la viste cómo está? Flotando en otro mundo, a salvo del desastre.

Sofía siguió la dirección de los ojos de Paula y sonrió con contemplación al verla.

Rachel conversaba con Rafa con una elegancia despreocupada, parecía inmune a todo lo que la rodeaba.

El vestido negro enmarcaba su silueta y la noche parecía rendirse ante ella.

En ese momento se veía feliz. Había algo radiante en la manera en que se entregaba a la vida más que cualquiera de las otras.

Y Sofía la contemplaba deseando que ese vacío, que a veces asomaba en sus ojos, se llenara pronto…

para que también lograra sentirse en casa dentro de sí misma.

Entre música, tragos y conversaciones cruzadas, la noche comenzó a desarmarse.

Las luces ya no brillaban igual, la gente empezaba a pedir cuentas y las mesas se vaciaban poco a poco.

Las chicas se fueron reuniendo cerca de la salida, entre abrazos y comentarios dispersos, guardando ese cansancio dulce que dejan las noches largas.

Rachel llegó última, todavía con un brillo raro en los ojos, proveniente de un lugar al que las demás no podían acceder. Jamal, el estudiante de medicina, se inclinó hacia ella antes de salir; su voz fue un murmullo apenas audible para las demás:

—Llámame cuando puedas.

Rachel asintió, mordiéndose el labio, y él se perdió entre la multitud.

Justo entonces, Gabriel también se acercó a despedirse. Le tomó la mano con un gesto firme —demasiado firme— y la miró a los ojos con una expresión cargada de decepción.