Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Las dueñas de la noche #2
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Las dueñas de la noche #2

Paula dejó la servilleta sobre la mesa, sin dejar de mirarla, levantando una ceja.

—¿Lo que toca?... ¿Lo que toca según quién, Rachel? ¿Quién decidió que tenemos que casarnos antes de los treinta y cinco, tener hijos a los treinta y siete y una vida ordenada a los cuarenta? Nos venden un guión  que no todas escribimos igual.

Rachel bajó la voz, casi un susurro:

—Deja que llegues aquí. A tus 25 no te lo imaginas, pero ya a los 33 puede ser duro sentir que te saliste del guión … y que todos te miren como si fueras una página en blanco que ya no tiene arreglo, como si ya hubieses dejado pasar todas las buenas oportunidades para lograr… algo.

Sofía intervino con ese tono que siempre la hacía sonar mayor que sus años:

—Yo estoy con Pau. ¿Quién dijo que el guion  es obligatorio?

Hay quien no quiere tener hijos, no quiere casarse.

Hay quien elige construir su vida de otra manera.

Eso no te hace menos mujer ni menos completa.

Creo que lo más importante es sentirte suficiente para ti misma y no traicionar eso solo por encajar en lo que otros consideran correcto.

Paula asintió, con una sonrisa sarcástica pero cómplice.

—Yo pienso lo mismo muchachitas, de verdad—aseguró Rachel—. Pero es muy jodido que a veces, el silencio de los otros grite más fuerte que mis propias decisiones.

Sofía le tomó la mano a Rachel, transmitiendo compañía, pero nunca lástima:

—Entonces hay que aprender a escucharnos más a nosotras mismas que a la gente. No se trata de alcanzar la meta que otros dibujaron, sino de sentirnos en casa con nuestros propios diseños de vida… aunque esa casa no se parezca a lo que los otros esperan.

—Ustedes están un poco profundas ¿no les parece? —agregó Amber.

—Yo me perdí un poco— Dijo Sarah—. Todavía no he pensado en casarme. Pero creo que me gustaría.

El grupo hizo un silencio fugaz, necesario , de esos que envuelven como un abrazo. Y en ese momento, todas respiraron un poco más libres.

Entonces avanzaron sus confesiones.

Rachel mencionó a Gabriel, un anestesiólogo del hospital: serio, preciso, casi perfecto.

Todo en él parecía estar en su sitio… hasta que ciertos gestos —ligeros, pero constantes— la hicieron dudar.

No era un juicio ni una burla, pero había algo en su manera de hablar y de moverse que le despertaba una inquietud difícil de nombrar.

No lograba definir si la deseaba como mujer o si, en realidad, la quería como fachada en una historia que él aún no se atrevía a contar.

También habló de Jamal, el estudiante de Medicina árabe, de ojos azules y sonrisa de anuncio. Un tipo de belleza que entraba con facilidad por los ojos, pero no llegaba más lejos. Atractivo, sí. Pero sin raíces. Siempre con una excusa para no quedarse del todo.

Y, finalmente, contó de Rafa. El chico del gimnasio. Dulce, encantador, con un cuerpo que parecía esculpido a mano y una ternura que desarmaba. Pero ocho años menor, sí… corriendo a otra velocidad, deseando otras cosas, habitando un universo distinto al suyo.

Rachel tenía ante sí la seguridad vacía de lo «estable», la fugacidad divertida de lo sin rumbo y un deseo inexplicable por lo prohibido.

El deseo la dominaba casi siempre, no la razón.

Pero debajo de ese impulso había algo más: intuición pura.

Esa sensación tácita que a veces nos guía, aunque no sepamos por qué…

y que, sin ella saberlo, algún día la llevaría directo al amor de su vida.

Cuando terminó de hablar, se sintió ligera y agitada. Sus manos dejaron el vaso, pero no dejaron de temblar. Su boca lo decía con humor, pero sus ojos gritaban urgencia. Camila intentó romper la solemnidad:

—¡¿Tres?! ¡Tú sí suenas! Mi estómago nervioso no lo aguantaría.

—¡Ya! Pero eso no es todo… —Rachel bajó la voz, con media sonrisa—. Dos de ellos están aquí. Me han saludado desde dos esquinas distintas y yo lo que quiero es que la tierra me trague.

—Ay, querida. Sé lo que se siente —dijo Sofía risueña recordando aquella guardia y levantando su copa.

Las chicas se miraron entre sí y soltaron risas cómplices. Amber propuso un brindis:

—¡Por ti, Rachel! Por mantenernos entretenidas y recordarnos que no podemos vivir sin los hombres— agregó con sarcasmo poniendo los ojos en blanco.

Rachel se rio, pero sus ojos la traicionaron un segundo, mostrando un cansancio más arraigado.

—Es que… ¿se dan cuenta lo que les digo? En serio quiero algo que dure y…, sin embargo, aquí estoy, esquivando miradas como si tuviera diecisiete otra vez.

Camila le tomó la mano con ternura:

—Tranquila, Rachel. Si algo tienes, es tiempo y encanto de sobra. Ya llegará quien te aguante el paso… y que valga la pena. De momento concéntrate en cómo vas a salir ilesa esta noche.

Rachel se relajó, agradecida, y bebió un trago largo. La música subía de tono y el Templo parecía girar a su alrededor. Las luces seguían tintineando, y las chicas se movían entre sorbos, risas y conflictos compartidos. La noche apenas comenzaba, pero cada una cargaba con sus propios universos.

De pronto, el ritmo se volvió irresistible y, sin darse cuenta, todas se dejaron llevar y se levantaron de la mesa.

Primero fue Amber quien jaló a Sarah y a Camila al centro de la pista improvisada, moviéndose con esa naturalidad exuberante que siempre la distinguía.

Paula y Rachel las siguieron entre risas.

Sofía dudó un segundo, con la copa aún en la mano, pero el ambiente la fue arrastrando: había algo liberador en bailar sin más, sin esperar nada, solo sentir el cuerpo moverse al compás.

Giró sobre sí misma, dejando que el vestido beige drapeado acompañara el movimiento, ligera, como si el resto del mundo se hubiera detenido.

Por un segundo se sintió completa, pero una pequeña sombra la cruzó por dentro, y cuando observó a la entrada los vio entrar…

Era Christian con su sonrisa de confianza fácil, que apareció junto a Dany, el R2 de neurocirugía que no la abandonó en la pista en aquella inolvidable fiesta.

Christian la saludó con un gesto amable desde lejos y Dany levantó la mano con una sonrisa amplia.

Sofía sintió una descarga helada por la columna: sabía cómo se ponía Dany después de un par de tragos.

Sonrió de vuelta, educada, y al acercarse los saludó con un beso en la mejilla.

—¡Pero miren quiénes están aquí! —dijo Christian, que ya conocía a las chicas de otros encuentros previos en el Templo, acomodando su vaso de ron—. ¿Se puede?

—Claro —respondió Sofía con un gesto invitador, mientras las chicas saludaban. Pero en su estómago se retorcía una punzada de culpa, la sensación de estar cruzando un límite—. Vengan, únanse.

Se incorporaron al grupo sin estridencias; todo parecía sano, educado, normal.

Christian se integró rápido, comentando la música del lugar, mientras Dany lanzaba alguna broma sobre el calor sofocante de la noche.

Pero en Sofía habitaba algo extraño, un latido retrasado, una alarma de la conciencia, como si Adam la estuviera observando desde una rendija invisible.

Y lo vio en su mente con nitidez: esa camisa blanca que tanto le gustaba, el olor discreto a madera y hospital, las manos en los bolsillos, esa forma de estar que la hacía sentir segura.

Sonrió sola, convencida de haberlo invocado.

Realmente le habría encantado tenerlo allí, mostrarle de cerca ese pedazo maravilloso de mundo que tanto la sostenía: sus amigas.

Sacó el celular y, sin pensarlo mucho, se tomó una selfie  improvisada con algunas de las chicas riendo detrás y le escribió un mensaje:

Sofía:     Te extraño❤️

Adam respondió al cabo de unos segundos. Su mensaje llegó con una sonrisa que se intuía coaccionada, entre celos y ternura:

Adam:     No creo que me estés extrañando mucho.

Estás demasiado linda

para estar ahí sin mí.

Sofía sonrió, aunque supo de inmediato que no era solo un halago; había un reclamo escondido en esas palabras.

Empezó a teclearle un «no seas pesado», pero antes de enviarlo apareció otra notificación: una foto de Adam con los espejuelos puestos, recostado en la cama, acompañada de un texto que le aceleró el corazón:

Adam:     Quien sí te extraña mucho soy yo.

¿Quieres que vaya a buscarte cuando termines?

Sofía se quedó mirando el mensaje, sorprendida.

No se lo esperaba: era la primera vez que Adam se atrevía a mostrarse en un lugar público junto a ella.

Incluso si era al final de la noche, ya era un avance.

Sintió que el calor del lugar le subía al rostro, no por el ron ni por la música, sino por ese impulso inesperado.

Se descubrió sonriendo con una ingenuidad que casi dolía, hasta que un pensamiento la atravesó como un relámpago: le asustaba que todo se sintiera tan bien.

Esa facilidad, esa intensidad, eran también una advertencia de no confiarse ni dejar que las ilusiones llegaran demasiado pronto.

Aun así, no podía —ni quería— rechazarlo.

En el fondo ya deseaba que la noche terminara rápido para encontrarse con él.

Porque enamorarse también es eso: la urgencia por el próximo abrazo, por el siguiente instante a solas.

Y mientras intentaba disimularlo, los dedos temblaban sobre la pantalla, escribiendo la respuesta por ella:

Sofía:     Me parece perfecto.

En la pista, Amber, Sarah y Camila bailaban al ritmo de Raul Paz; sin reservas, tarareando y riendo como niñas.

♫10- Chica Mala… Me mira, me besa, no termina.

Ve que hay gente afuera, se maquilla .♫

Paula y Rachel quedaron un momento sentadas, pero no por mucho tiempo.

De pronto y sin enterarse cómo, ya estaban rodeadas por los dos hombres que, sin saberlo, se disputaban la atención de Rachel: Gabriel, el anestesiólogo de sonrisa impecable y modales medidos, se acercó primero, con un gesto seguro a dar las buenas noches; del otro lado, Jamal, el estudiante árabe de Medicina, de ojos azules centelleantes y juventud inquieta había llegado ofreciéndole un trago.