Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Tus luces sobre mí #3
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Tus luces sobre mí #3

El orgasmo llegó como un derrumbe. Primero ella, mordiéndose los labios, con los ojos abiertos en asombro y la espalda arqueada.

A los pocos segundos él, estremecido, verla derrotada de placer le ponía demasiado, y luego se quedó allí como quien suplica permanencia.

La abrazó fuerte, temiendo desaparecer dentro de ella.

Quedaron enredados con los cuerpos exhaustos y los corazones acelerados.

El silencio era el único aire posible. Adam le besó la clavícula.

Después el hombro. Después algo más profundo.

Sofía decía con su cuerpo lo que no lograba pronunciar.

Pero él necesitaba oírlo. Tal vez no esa noche. Pero, tarde o temprano, sí.

Sin avisar, Sofía se recostó contra el espaldar de la cama y se sentó, lenta, como quien aún no sabe si está a salvo. Respiraba entrecortado. Aún vibraba por dentro. Lo miró con los ojos húmedos, sosteniéndole la mirada, temerosa de lo que estaba por decir:

—No me esperaba esto hoy. No estaba lista —murmuró.

Adam se acercó sin decir nada y apoyó la cabeza sobre sus muslos, buscando paz allí, o permiso. Cerró los ojos un segundo. Luego la miró desde abajo, con la voz más honesta que había usado en mucho tiempo.

—Yo tampoco estaba listo. Pero ya me cansé de hacerme el que no siente. Es muy agotador. Me cansé de esconderme detrás del trabajo, del sarcasmo… de todo eso que uso para no mostrar lo que me pasa contigo. No me sale, Sofía. No me sale.

Ella tragó saliva. Sus dedos, casi sin darse cuenta, le acariciaban el cabello. Pero su voz se deshizo en un temblor.

—Yo… es que no sé cómo decirlo —inspiró hondo—. También siento cosas muy fuertes por ti. Cosas que no me atrevo a nombrar porque me asustan. Me asustan mucho.

Hizo una pausa. Tenía el corazón en la garganta, pero siguió hablando.

—Y quiero intentar esas cosas contigo. Me dan ganas de todo: de vivir, de probarte en mi rutina, de compartir mis intimidades.

Pero aún no te conozco, Adam. Y eso me frena.

Porque lo que siento ya sobrepasa lo poco que tú me has dejado ver de ti.

—Bajó la mirada y lo dijo en un hilo de voz —Te quiero, pero me das miedo, Adam. Mucho miedo.

Él se incorporó. Se sentó frente a ella en la cama. La miró como si todo lo que necesitara estuviera justo ahí, en su respiración nerviosa. Y entonces habló, sin adornos:

—Yo también me doy miedo a mí mismo, sobre todo por como tú me desarmas. Me obligas a mirarme de frente. Y eso no me pasa con nadie. Pero, si hay algo que sé, es que no me da miedo estar enamorado de ti. Me da miedo cagarla…, eso sí. Pero no sentir lo que siento.

Sofía no se movía. Lo escuchaba sin parpadear, sentía que cada palabra le abría una puerta.

—Yo tenía un plan —continuó—. Lo tenía todo muy claro.

El próximo año es mi último de Residencia.

Todo lo que había pensado era concentrarme, aprender lo máximo posible, graduarme con honores y volver a mi país…

donde me espera mi madre, que se ha dejado la piel para que yo esté aquí.

Convertirme allá en el mejor neurocirujano que pueda ser.

Hizo una pausa. La voz ya no le temblaba, pero sí pesaba.

—Todo estaba claro, Sofía. Planeado, incluso, con una calma fría y calculada.

Y ahora..., todo parece necesitar reajustes para que tú estés.

Y eso me da un miedo terrible. Porque tú apenas estás comenzando.

Eres R1. Porque todo esto es tan nuevo y tan fuerte…

que me cuesta sostenerlo. Pero no puedo, no quiero, ignorar lo que me pasa contigo.

Le tomó una mano. No la apretó. Solo la sostuvo, eso le bastaba para no soltarse.

—En ese plan estaba ella, ¿verdad? —preguntó Sofía casi de forma inevitable.

—Sí, en ese plan estaba ella —dijo Adam bajando el tono y la vista—. Incluirla a ella no lo alteraba, al contrario…, lo afincaba bastante.

Sofía bajó la vista con una sonrisa sarcástica, recordando su conversación con Nerina.

—Incluirme a mí, lo desestabiliza… ¿Cierto?

Sofía no era tonta. Sabía perfectamente que esa declaración era una alarma que no podía ignorar.

Adam le contestó, pero no a eso:

—No quiero correr. Quiero ir paso a paso. Quiero que me conozcas. Que me preguntes lo que necesites. Que no te quedes con la duda, que me enfrentes si hace falta. Pero no te recortes. No cierres esta puerta a lo que podemos ser, por miedo. La voz se le quebró apenas:

—Vamos a asustarnos juntos. Y vemos cómo nos va —le dijo mientras le daba play a una canción que no paraba de tararear:

♫9- Sé que andabas intentando refugiarte en un pasado. Que a la vez es parecido y diferente a mi presente.

No sé si podré  darte el futuro anhelado. No sé si estaré a tu lado para siempre, aunque puede que lo intente. ♫

Sofía lo miró y le sonrió a su falta de melodía, Pero, en el fondo, estaba más asustada que al inicio de la conversación, aunque ahora con una rendición más serena.

Parecía que por fin se permitía quedarse, sostenida por esa idea salvadora de que él sí la estaba queriendo en serio.

Y entonces lo abrazó temblando… como abrazan los que aman más allá de los ojos cerrados, pero con la esperanza p e rdida en la duda solemne de si, realmente, algún día, ella podría formar parte de su plan.